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lunes, 31 de octubre de 2016

El cumplimiento del deber es la responsabilidad del honorable


Ante la falta de ofertas en la cartelera de mi cadena de cines local decidí tirar de los oscuros rincones de la videoteca, sabedor de que alguna obra captaría mi atención. Y así fue cuando me encontré con Yakuza (1974), película que dirigió Sydney Pollack tras hacer Tal como éramos y basada en una historia de los hermanos Schrader (uno de ellos, Paul, fue el guionista del clásico Taxi Driver) que narraba las andaduras de un hombre occidental en un mundo completamente contrario al que estaba acostumbrado. Más allá del gran thriller mafioso que es, Yakuza es una gran historia de amor apoyada sobre temas tan intrínsecos como el choque cultural. Robert Mitchum y Ken Takakura dan vida, de manera brillante, a dos personajes completamente antagonistas en cuanto a filosofía de vida y código ético que se ven obligados a trabajar juntos por un fin común. A medida que transcurre la cinta y se desvelan hechos trascendentales en la vida de ambos, uno no puede evitar sentir empatía y condescendencia, al mismo tiempo que nos maravillamos con algunas violentas escenas de acción.

Empezaré comentando la calidad del guión que nos presenta un Pollack absolutamente desatado y en el punto álgido de su carrera cinematográfica. Paul Schrader adapta a la pantalla esta historia creada por su hermano Leonard Schrader (¡qué par de narradores!) de una manera muy sutil y llena de matices. La historia se desarrolla alrededor de la relación entre el americano Harry Kilmer (Mitchum) y Tanaka Ken (Takakura). Tras años sin verse y enfrentados a causa de una mujer, Kilmer se ve obligado a regresar a Japón para salvar a la hija de uno de sus mejores amigos, la cual ha sido secuestrada por la mafia nipona, también llamada Yakuza. Sin embargo, al contrario de lo que hacen la mayoría de películas de artes marciales, el guión de los hermanos Schrader huye de prejuicios y estereotipos manidos detallando fielmente las tradiciones, jerarquía, normas y comportamientos de esta desconocida organización criminal. También me gustó que al principio explicaran brevemente cómo, cuándo y por qué nació la Yakuza porque desmiente muchos mitos y revela verdades que humanizan en cierto sentido a sus miembros. Y con esto no quiero decir que sean angelitos de la caridad ni mucho menos, sino que les dan un motivo para existir. Todo buen villano ha de tener una buena razón para hacer lo que hace al menos desde su perspectiva ya que, de lo contrario, se convierte en una burda caricatura cuyo único objetivo es destruir el mundo o ganar montones de dinero. Los hermanos Schrader nos retratan a esta mafia como una especie de religión o secta.



El siguiente apartado a resaltar es el interpretativo, donde Robert Mitchum y Ken Takakura destacan sobremanera. Su tormentosa relación, a caballo entre el respeto y la animadversión, no representa más que el choque cultural entre EE.UU. (Occidente) y Japón (Oriente). Pero las diferencias van más allá de sus costumbres, trascienden lo físico o lo aparente. No es solamente una cuestión de modales sino de valores. En la película, Harry Kilmer trabaja como profesor de cultura japonesa con lo cual no es desconocedor de las diferencias plausibles entre ambas culturas. A veces, por mucho que conozcas una cultura no significa que la entiendas y eso es precisamente lo que le ocurre a Harry. Cuando llega, su relación con Tanaka es fría y distante. Ninguno consigue descifrar los pensamientos del otro aunque tampoco hacen mucho por ello. Sus acciones están llevadas por sus prejuicios y por mucha razón (u obligación) que haya de colaborar, nada parece cambiar. Sin desvelar nada de la trama, diré que esto va cambiando conforme se van conociendo y esto no debería sorprendernos ya que lo experimentamos a menudo. Pollack y el reparto entienden muy bien que esto no es sólo ficción. No son sólo escopetazos y duelos a katana, si bien es cierto que su violencia es precursora de la vista en el cine de Tarantino.


Pero no podría terminar este análisis sin hablar del gran trabajo de un Sydney Pollack que se adueñó de la primera mitad de los años 70 gracias a grandes obras como Las aventuras de Jeremías Johnson (1972), Tal como éramos (1973), Los tres días del cóndor (1975) y ésta. La fotografía es sencillamente sublime, sobretodo la escena del duelo final. Apoyada en sus interpretaciones, Yakuza está filmada de forma sobria y contenida. Sin grandes alardes ni rápidos cortes de edición, la acción se siente realista y feroz y los extras, lejos de gritar como animales (un fallo estridente y común en las películas de artes marciales) gesticulan poco y hablan aún menos. La sangre sirve un propósito. Se utiliza pero para darle intensidad y sensación de peligro, no para llenar el escenario. Además, el director de fotografía Kôzô Okazaki sabe filmar interiores. Algo muchas veces olvidado en la fotografía norteamericana, tan dada a los grandes escenarios y superproducciones épicas. Esta decisión no sólo mejora la ambientación de la cinta sino que “orientaliza” la obra al completo. Eso es algo que en ocasiones echo de menos en películas del mismo corte como El último samurái o Black Rain. Buenas obras, sin lugar a duda, que en mi opinión están un escalón por debajo de Yakuza en lo que a ambientación se refiere. El uso de planos generales, que nos informan del salón en el que la acción se ubica, hacen de antesala a planos cortos, medio cortos (por encima de la cintura), medio largos (por debajo de la cintura) y cenitales. Las luchas son brutales y violentas y en muchas ocasiones tienen como elemento principal la katana, el arma samurai por antonomasia. 

En conclusión, Yakuza retrata a esta mafia de manera justa, minuciosa y carente de maniqueísmos. Sus costumbres, normas y tradiciones ocupan la pantalla en casi todo momento, haciendo de ella una obra imprescindible para el apasionado de esta cultura. Esta organización criminal está incrustada en la sociedad japonesa y Pollack y compañía saben muy bien cómo atribuirle el respeto y peso que se merece. Pero toda esta formalidad y responsabilidad se compagina con una historia de amor imposible entre dos personas frustradas por las normas que los encorsetan. Robert Mitchum nos brinda su última gran interpretación y Ken Takakura se descubre como una pieza necesaria de este complejo y efectivo drama romántico. En su cultura, la deuda hacia alguien no es algo que se pueda pasar por alto. Para ellos significa mucho más que la devolución de un favor. Cumplir o no con tu deber marca la diferencia entre el hombre y el cobarde. Ese estoicismo es digno de admiración y respeto.



9/10: DOS MUNDOS YUXTAPUESTOS, UN MISMO DEBER.

Más información sobre Yakuza siguiendo el siguiente enlace: http://www.filmaffinity.com/es/film991550.html

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