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martes, 23 de mayo de 2017

No pienses. Obedece.

Están vivos es sin duda una de las grandes obras del irreverente realizador, guionista y compositor John Carpenter y lo es, en parte, por lo fascinante que resulta su planteamiento. Ambientada en el presente, la película nos sitúa en una realidad alternativa casi orwelliana en la que muchos seres humanos han sido abducidos y sustituidos en su lugar por una peligrosa raza alienígena –que recuerdan a zombis- que se propone someternos bajo su yugo. Protagonizada por el ex-luchador Roddy Piper y por Keith David, Están vivos es una de esas obras con un trasfondo que va mucho más allá de la puesta en escena de serie B.  Carpenter nos recuerda en esta obra que la diversión y la reflexión no deberían ir reñidas.

Aún me sigue asombrando la falta de reconocimiento que ha recibido este visionario a lo largo de su dilatada carrera, en la cual firmó títulos tan recordados y queridos por el público como La cosa, Christine, Halloween o Rescate en Nueva York. Creo que a veces la crítica especializada está demasiado ocupada mirándose su propio ombligo y en el proceso se olvidan de la dificultad que entraña hacer este tipo de películas. Cuando resulta efectivo, el terror puede convertirse en uno de los géneros más originales y cautivadores del cine y Carpenter es considerado como uno de sus maestros.  En esta cinta en cuestión, el cineasta neoyorquino oscila constantemente entre la comedia absurda y la aterradora idea de estar controlado por una raza extraterrestre maligna. Ambos planteamientos se complementan a la perfección y consiguen elevar un filme que de haberse tomado demasiado en serio habría caído en el esperpento. La mejor carta que juega es conocerse a sí misma y ser fiel al público al que se dirige.


Si bien las espectaculares secuencias de acción –mención especial para la legendaria pelea entre el personaje de Piper y el de Keith David- que colman la segunda mitad del filme forman ya en sí mismo un entretenimiento eficaz aunque superficial, la experiencia se ve ampliamente mejorada por un concepto brillante. ¿Nunca te has preguntado el motivo por el que continúas viendo ese programa basura que echan en la tele? y ¿qué pasa con el bombardeo de publicidad que intenta engatusarte para que gastes? Pues es posible que te estén controlando desde la distancia, a través de mensajes ocultos de opresión que anulan el libre pensar. Esta es la demoledora crítica social que Carpenter integra con naturalidad en la historia, utilizando a alienígenas como pretexto, al igual que hizo George A. Romero en el subgénero de los muertos vivientes. De esta forma reivindica el pensamiento crítico y la identidad individual en unos tiempos en los que la mundialización se iba imponiendo como modelo económico mundial -la cinta se estrenó a finales de los 80-. Y todo esto con un presupuesto de cuatro millones que le viene como anillo al dedo; resultaría irónico ir contra el sistema si estuvieras financiado por él. Sólo en aquella época podías filmar con tan poco presupuesto, arriesgar tanto y aún así mantener un producto acabado notable. Pero, ¿cómo podemos convertir lo increíble en realidad sin creatividad y originalidad? No os preocupéis que para eso tenemos la increíble visión de Carpenter, que una vez más demuestra un don para trasladarnos a los mundos que crea.


El único problema que para mi tiene esta película es que en su tercer acto se desvía excesivamente de su propósito, centrándose más en el estilo que en el contenido. Por supuesto que con estos actores tampoco había mucho más que pudieras hacer pero creo que el fallo se encuentra más en el guión; el planteamiento inicial nos atrapa de inmediato y el segundo acto amplia esos horizontes pero es al final donde desperdicia todas esas posibilidades de darnos alguna enseñanza y se vuelve demasiado autocomplaciente. No es que rehuya la acción por completo, es sólo que siento que podían haber dejado mayor impronta en el espectador.  Además, las actuaciones de algunos secundarios como Meg Foster son bastante desafortunadas; cada vez que estos entran en escena el filme se resiente. Claro que entiendo que en este tipo de producciones no pidamos actores de calibre pero es que a veces no sabes si el que sale en la pantalla es un actor o un maniquí.

En conclusión, Están vivos es una película muy disfrutable con algunos tintes mordaces que le confieren personalidad propia. Por supuesto, nada de esto hubiera sido posible sin el talento de uno de los grandes infravalorados de Hollywood como John Carpenter, que vuelve una vez más a estampar su particular sello para reclamar que el cine de serie B no tiene nada que envidiarle a las grandes superproducciones. La recomiendo no sólo a aquellos que sigan el trabajo del director, sino a todos los que quieran pasarse una buena hora y media viendo cine entretenido a la par que sugerente.



7/10: ¡REFLEXIONA. ÁLZATE!

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