sábado, 23 de septiembre de 2017

Análisis: Blade Runner (Spoilers)

Buscando una verdad en la ciudad apócrifa. Ridley Scott culmina su obra magna con un profundo relato sobre la condición humana, el sentido de la vida, los recuerdos y las consecuencias de nuestros actos.




La vida se compone de momentos que nos cambian, nos moldean y nos convierten en lo que somos. Para nosotros, ese momento fue una película. Una obra que dejó una marca indeleble en nuestra memoria y nos hizo enamorarnos definitivamente del cine. Puede que estuviésemos predispuestos a ello desde el principio, pero fue en ese instante cuando descubrimos que éramos cinéfilos. En mi caso ese filme fue Blade Runner, cinta estrenada en 1982, escrita por Hampton Fancher y David Peoples, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Harrison Ford. Hubo un antes y un después tras visionarla por primera vez; recuerdo que por algún motivo no podía dejar de verla. Su atmósfera, el lirismo de sus diálogos, la atención al detalle de sus escenarios, sus magnéticas interpretaciones y una banda sonora para el recuerdo hicieron de aquella una experiencia inolvidable. Tiempo más tarde volví a verla y a redescubrirla, entresacando numerosas lecturas subyacentes a la historia detectivesca de Rick Deckard. Y así, la vi una y otra vez y no me cansaba de hacerlo, ya que su mensaje era tan desafiante y a la vez tan cautivador que uno no podía más que rendirse ante su visión. La trama principal en sí no es complicada: nos encontramos en el año 2019, la tecnología ha avanzado de tal manera que somos capaces de crear vida artificial a imagen y semejanza nuestra. A estos androides, denominados Nexus 6, los llamamos replicantes y los empleamos como mano de obra esclava en misiones espaciales. Estas máquinas, creadas por la Corporación Tyrell, nos superan en fuerza y agilidad y nos igualan en inteligencia. Sin embargo, carecen de emociones…o eso queremos creer. Por eso, para evitar que sus experiencias les confieran una identidad, les han puesto una fecha de caducidad de cuatro años. Sin embargo, cuando un grupo de Nexus 6 huyen de su esclavitud, el detective y caza-replicantes Rick Deckard se verá obligado a “retirarlos” de las contaminadas calles de Los Angeles, ciudad donde se esconden. Una historia de cine negro, ambientada en un futuro distópico, que cuenta además con una crítica mordaz sobre la deshumanización de nuestra raza; sobre el abandono de la naturaleza que nos vio nacer, en pos de la tecnología. Como suele ocurrir con estas películas, no fue comprendida en su momento, lo cual se tradujo en un batacazo en taquilla aunque a la postre sería considerada como una obra visionaria que, a la luz de los acontecimientos recientes, está más de actualidad que nunca. Su influencia impulsó subgéneros como el cyberpunk y sirvió como fuente de inspiración para obras de culto de la talla de Ghost in the Shell y Días extraños (1995), Gattaca (1997) o Dark City (1998) entre otras. En este análisis entraré en los detalles que, desde la música hasta el guión, hacen de Blade Runner una obra maestra.






Quisiera comenzar por lo primero que nos impresiona de esta obra: sus efectos visuales. Y no puedo hablar de ellos sin mencionar el nombre de uno de sus grandes artífices: Douglas Trumbull. Tras haber trabajado en proyectos como Encuentros en la tercera fase o la revolucionaria 2001: Una odisea del espacio, Trumbull se vio atraído al proyecto por su particular enfoque artístico y la posibilidad de trabajar con Ridley Scott, cuya escasa filmografía ya reflejaba sus dotes como realizador. Y así fue como obtuvimos una de las mejores colaboraciones en la historia del cine. Hay que tener en cuenta que en 1982 los efectos por ordenador aún no eran una opción, lo cual hace su labor aún más meritoria. Tan sólo podemos hacernos una idea de la magnitud de los sets de rodaje, de los decorados y en general del enorme esfuerzo que tuvieron que poner todos los integrantes en la producción de la película, para crear una atmósfera única, que trascendiese la pantalla; que nos hiciera sentir dentro del universo ideado por el visionario director británico. Tanto interiores como exteriores, desde el mugriento despacho del Capitán Bryant hasta el destartalado piso de Deckard, pasando por las infestadas calles de un Los Angeles donde la multiculturalidad reina. Los letreros de neón escritos en japonés, los paraguas con luz LED, el humo que brota del subsuelo y contrasta con la pesada lluvia que no cesa de caer. La ingente cantidad de extras, cada uno cumpliendo un rol en este particular ecosistema. Nadie ni nada está puesto al azar; todo contribuye a la total y absoluta inmersión del espectador. Y todo lo que veis es real. Sin duda, Blade Runner es uno de los grandes hitos de Hollywood. Un ejemplo de colaboración, donde todas las piezas encajan y cumplen su propósito a la perfección. Además de Trumbull, otro nombre que cabe mencionar es el de Syd Mead, diseñador industrial y artista, que contribuyó enormemente a concebir las imágenes que más tarde veríamos en pantalla. En colaboración con Scott, cuya idea del futuro fue inspirada por la revista Heavy Metal, Syd Mead tuvo una visión y esta la plasmó en arte. Si deseáis saber más sobre este y otros aspectos fundamentales del proceso de producción, que costó 28 millones de dólares de la época, les sugiero los siguientes documentales: Días peligrosos y On the edge of Blade Runner.














Hecha la introducción, les propongo que comencemos a hablar de todos los secretos que guarda esta cinta. Para hacerlo me he basado en el “Final Cut”, la última y en mi opinión la mejor edición del filme. Lo primero que me llama la atención es el uso del texto inicial, una herramienta poco vista por aquel entonces, pero muy eficaz en este caso. Con un breve párrafo, Ridley Scott sienta las bases sobre las que se levantarán los argumentos que explorará más tarde. Los replicantes, a los cuales se les considera indignos de convivir en la Tierra con sus creadores, deben ser “retirados” por una unidad especial de la policía conocida como Blade Runner. Ni siquiera se le considera asesinato, ya que no se les confiere ninguna cualidad humana –pese a estar igual o mejor capacitados-. Acto seguido vemos las primeras imágenes de Los Angeles, una ciudad convertida en basurero. Como si de una nueva industrialización se tratase, las fábricas contaminan el ambiente, escupiendo fuego por sus chimeneas como si del mismísimo infierno se tratase. Los coches voladores han sustituido a las aves; la luz del neón a la del sol; mientras, la luna se encuentra tapada por la espesa y asfixiante atmósfera. La oscuridad se ha apoderado hasta del último rincón de la megalópolis. Luego está el ojo, representación del alma, observando atentamente las catastróficas consecuencias de la acción del Hombre. La pirámide faraónica de la Tyrell Corporation hace gala de su poder, erigiéndose incluso por encima de los rascacielos; su arquitectura de inspiración egipcia contrasta con las edificaciones occidentales y las orientales, creando una amalgama de culturas impensable. Pero pronto aprenderemos que, en el universo de Blade Runner, lo inimaginable se vuelve realidad. De pronto, observamos a un Blade Runner manteniendo una reunión con un trabajador de la Tyrell llamado León. Sospechoso de ser uno de los cuatro replicantes fugados, el agente le hace pasar el test Voight-Kampff. Dicho examen plantea preguntas incómodas, para poner a prueba su respuesta emocional, mediante la observación de las pupilas y la dilatación involuntaria del iris. En la siguiente escena aparece por primera vez nuestro protagonista (¿o antagonista?) Rick Deckard, leyendo un periódico, dando la apariencia de estar anclado en otra época. Está claro que, o no cree pertenecer o no ha sabido adaptarse, lo cual nos indica cierto grado de inconformismo. Levanta la mirada cuando un zepelín en el cielo le intenta vender una nueva vida lejos de allí. La idea le seduce pero la realidad no tarda en golpearle cuando Gaff –personaje interpretado por Edward James Olmos- interrumpe su almuerzo. Hablando una jerga que combina elementos del japonés, inglés, español, alemán, francés, chino y húngaro, el veterano Blade Runner convence a Deckard para que asista a una reunión con Bryant, capitán del departamento. Poco después, este le amenaza con matarlo sino accede a trabajar para él. En una de las escenas más “noir” de la cinta, Bryant le enseña la ficha de cada uno de los cuatro fugitivos. La atmósfera cargada con humo de cigarrillo y la iluminación, que juega con las sombras y con un azul tan pálido que roza casi el blanco, recuerda a las cintas policiacas clásicas. Deckard, a su vez, guarda cualidades “marlowescas” como el abuso del alcohol, su carácter solitario y temperamental o su indumentaria. Sin embargo, uno de los detalles que más me fascinan de esta escena es el ventilador encendido que hay al fondo del despacho. ¿Estamos en 2019 y aún no hay aire acondicionado? Evidentemente Scott juega con la idea de un futuro gastado, donde algunas facetas de la vida cotidiana han cambiado mientras otras permanecen ancladas en el pasado. Estando tan acostumbrados a la idea de un futuro pulcro, resulta chocante ver una nave destartalada como la Nostromo o una ciudad tan inmunda como Los Angeles. Sin embargo, esa particularidad es la que hace que cobren vida, ya que no se ve estéril ni aséptico en los ojos del espectador. Cada fotograma es una combinación entre el futuro y el pasado, entre la esperanza y la nostalgia, entre la vida y la muerte. Dos conceptos necesarios para comprender la filosofía del filme.






Llevamos unos quince minutos cuando Deckard obtiene la misión que lo guiará el resto del metraje. El primer acto ya ha terminado, lo cual le deja más espacio a la historia para desarrollarse debidamente. Un tiempo que Scott empleará en evolucionar a sus personajes, entregarnos su mensaje y plantear un debate. El segundo acto arranca con una escena de uno de los apabullantes salones del palacio de Tyrell, cuya superioridad sobre el resto de la población recuerda a la de un Dios viviendo en el Olimpo. El sol luce tras la balconada y refleja sus rayos en los brillantes objetos del lugar. Un búho artificial nos recuerda que en este futuro, los animales se han extinguido o están a punto de hacerlo. Poseer uno, aunque este fuese falso, era una muestra de riqueza. Rachael irrumpe en escena junto a Eldon Tyrell. Este deja claro que, para que el negocio siga prosperando, el lema de su empresa “más humanos que los humanos” debe cumplirse a rajatabla. Por lo tanto, Rachael no es más que un producto mejorado. Y su éxito se vuelve rotundo cuando Deckard suda tinta china para verificar si es o no una replicante. Ante el asombro del agente, Tyrell le explica que ella tiene recuerdos implantados que la hacen más segura de sí misma, menos inestable. Crea toda una vida de mentira alrededor de ella, para que no se obsesione con la duda sobre su naturaleza, como han hecho Batty y los demás. Y hablando del rey de Roma, pasemos a la escena del fabricante de ojos, donde Rutger Hauer recita el primero de los dos versos de la película. Este fue sacado de un poema de William Blake y se refiere a la figura de Orc, un personaje dentro de la mitología del poeta, que representa la encarnación de la rebelión contra las leyes de Dios. De esta forma, vemos un claro paralelismo entre los replicantes que, buscando extender sus vidas, se rebelan contra su creador. Mientras, Deckard regresa a su apartamento tras haber examinado el de León y haberse llevado unas fotos suyas. Lo que no sabe es que Rachael sabe donde vive y le hace una visita. Vemos el interior del piso lleno de libros, fotos, alcohol y demás cosas tiradas en la oscuridad. La penumbra y el desorden del lugar manifiestan el propio estado de ánimo de su morador. Rachael tiene una pregunta que busca resolver: “¿soy verdaderamente humana?” La respuesta negativa que le da Deckard la cambia por completo. Imaginaos que todas vuestras fotos, vuestros recuerdos, pertenecieran a un extraño. Ella pierde todo propósito, cayendo en la cuenta de que sólo es un experimento más. La sensación de vacío provoca tal frustración en Rachael, que huye despavorida del apartamento. En ese instante somos testigos de uno de los momentos más emotivos y sinceros de la cinta. De pronto, la línea entre lo humano y lo replicante comienza a confundirse y el espectador empieza a dudar: “¿son tan artificiales como nos quieren hacer creer? ¿Tan poco valen sus vidas?” Por supuesto, ninguno de estos momentos resultarían tan emocionantes sin la mística banda sonora de Vangelis, de la que hablaré más tarde. Tras la decepción de Rachael, Pris entra en la historia para engatusar a J.F. Sebastian, un personaje que padece una enfermedad de envejecimiento prematuro (Síndrome de Matusalén) y que conecta rápidamente con la situación de los Nexus 6. De nuevo, como ocurre con todos los habitantes de este mundo, nadie parece feliz ni satisfecho consigo mismo. Todos parecen sumidos en un estado permanente de tristeza, desidia y nostalgia. Es como si la raza humana, tal y como la conociéramos, estuviese en las últimas y los pocos que pueden permitírselo escapasen de La Tierra. Como un éxodo. Pasamos a otra escena capital para entender a Deckard. En ella le vemos presumiblemente borracho, tocando el piano y mirando fotos que parecen ser demasiados antiguas para ser suyas. De repente, cae dormido y sueña con un unicornio. Más adelante entenderemos la significación que tiene…o puede que no. Después de hacer unas pesquisas con la máquina que manipula fotografías –muy original por cierto-, se dirige a un bar donde cree que trabaja una de las replicantes fugadas. Sus sospechas estaban bien encaminadas y, tras una espectacular persecución, Deckard acaba con la vida de Zhora. Disparada por la espalda, intentando huir, así es como murió. Su sangre no es blanca como la de Ash en Alien. Es tan roja como la de cualquier humano. Acto seguido, León aparece para vengar la muerte de su amiga. Por suerte, Rachael lo salva. Pese al desprecio de Deckard, ella eligió salvarle la vida. Él sabe que ese acto de compasión no abunda en esos días y cae en la cuenta de que, humana o replicante, sus acciones hablan por sí solas. De vuelta en el apartamento, el amor surge entre ellos. Aunque no es un amor tierno, al menos para Deckard, que la obliga a quedarse. Esta escena es un tanto divisoria: algunos piensan que la fuerza a quedarse con él, otros que refleja la falta de relaciones afectuosas de esa sociedad. Sinceramente, creo que ninguna de estas posturas puede descartarse. Lo que yo creo es que él admira su inocencia, sus ansias de vivir y trata de reconocer sus méritos diciendo que toca muy bien el piano, separándola de sus recuerdos prefabricados, para que cree los suyos propios. Pero ella ya no está segura de qué es real y qué artificial; dónde termina su memoria implantada y  dónde comienza la suya propia, si es que acaso la tiene. ¿Puede sentir por sí misma? Ridley Scott y Harrison Ford comunicaron esto de una forma un tanto brusca, pero quiero creer que su relación es verdadera y que están aprendiendo a lidiar con ella. Además, teniendo en cuenta el rol fundamental que le atribuyó a lo largo de su carrera cinematográfica a las mujeres (Alien, Thelma & Louise, La teniente O’Neil, etc.) , dudo que Scott tuviese en mente nada discriminatorio. Y pasamos de un momento de revelación para estos personajes a otro igualmente revelador para Pris y Batty, los últimos replicantes fugados con vida. Pris le dice a J.F. Sebastian que “piensa, luego existe”, célebre frase de Descartes. Este pretendía establecer una verdad indubitable y para ello sostenía que no puede dudar de que está dudando, puesto que eso conduciría de vuelta a la duda. Dado que dudar es pensar, Descartes postula que por ello debe existir. A Pris y a Batty les invaden las dudas sobre su identidad, sobre el tiempo que les queda de vida, lo cual nos lleva inequívocamente a reconocer su existencia. Entramos en los últimos instantes del segundo acto, Batty se dirige a los aposentos de Eldon Tyrell para exigirle que prolongue su existencia y la de su amor. Lo que obtendrá no será la verdad que deseaba. Al fin de cuentas, pese a que Tyrell intente crear una imagen casi divina de sí mismo, no es más que un humano como los que andan por las calles de Los Angeles. De ahí que Batty se burle de él llamándole “dios de la biomecánica”. Falso dios, falso reino.







Por último, el tercer acto es donde ser resuelven los arcos de los personajes antagonistas: Roy Batty y Rick Deckard. Replicante contra humano. Un duelo bajo la lluvia que culminará con uno de los momentos más mágicos de la historia del cine. Con Pris ya muerta, vemos a un Batty más humano que nunca. Poco a poco se va deshaciendo de sus temores y de su ira. En el instante final, cuando Deckard está a punto de morir, Batty elige salvarlo. La opción más humana. Ha aceptado su condición y ha alcanzado la paz interior, representada por la paloma. En su últimas palabras condensa su vida, sus recuerdos, su humanidad y lamenta que todo eso “se pierda en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Magníficas líneas improvisadas por el propio Rutger Hauer. Deckard admira su sinceridad y empatiza con él. Al fin y al cabo, ambos representan dos caras de la misma moneda. Un reflejo del mismo problema: la deshumanización de la sociedad en la que viven. Ambos son románticos en un mundo que los ha abandonado a su suerte. Su mensaje es que no importa si eres humano o no, sino lo que haces con la vida que te ha sido conferida. Los momentos únicos y propios a tu ser; aquellos que te hacen quien eres y te distinguen de los demás. Aprovéchala pues, vívela y transmite tus experiencias para sobrevivir en los recuerdos de los demás. Deckard comprende la importancia del amor de Rachael y corre a buscarla al apartamento, rezando para que siga con vida. Y así es, aunque Gaff parece habérsela perdonado, ya que encuentra una figura de origami suya en la entrada. Una figura de un unicornio…¡un momento!, ¿quiere decir esto que Deckard es un replicante? Yo digo que no importa. No hay una respuesta correcta a la pregunta. Porque, si es cierto y tan sólo fuese un esclavo a las órdenes del departamento de policía, su decisión de anteponer sus sentimientos a su despreciable trabajo le ha dignificado. Le han humanizado.


Antes de terminar este extenso análisis, hay un último apartado del que debo hablar. La música de Vangelis. Una hipnótica sinfonía tecnofuturista con notas de jazz, que encierran un emotivo mensaje sobre la nostalgia y la tristeza de un pasado que perseguimos. Algunos porque desearían tenerlo (replicantes) y otros porque sienten el pasar de los años, de esos momentos que nos conforman y nos traen recuerdos (humanos). Me viene a la mente el tema “Memories of Green”, “One more kiss, dear” o el mismo “Love Theme”. Por otra parte, otras piezas como “Tales of the future”, cantada en árabe por Demis Roussos, ayuda a crear ese místico y multicultural ambiente tan característico de la ciudad. Su música no sólo acompaña a las exquisitas imágenes filmadas por Jordan Cronenweth, sino que se funde con ellas para ser una sola.


En definitiva, Blade Runner es uno de los máximos exponentes del género cyberpunk. Alta tecnología y bajo nivel de vida, así se definiría en adelante. Su visión del futuro es premonitoria, las preguntas que plantea están lo suficientemente bien formuladas como para tentarte a responderlas. Algunas de ellas puede que las resuelvas tras múltiples visionados, mientras otras permanecerán abiertas, contribuyendo a la perennidad del filme. En cuanto a Rick Deckard, su historia es la de alguien perdido en un mar de dudas. No sabe en qué creer ni en quién confiar. La sociedad se desmorona y él está en el centro del problema. Quiere escapar pero no puede…ni sabe. Condenado a llevar la vida de un Blade Runner, un asesino, alguien repugnante que se alimenta del fracaso de otros. Sin embargo, cuando menos se lo espera surge la oportunidad de cambiar su sino, por difícil que parezca. Batty le ayudó a encontrar el camino y Rachael es la persona con quien quiere compartirlo. Quizás no tengan mucho tiempo pero, ¿quién lo tiene?



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