En la primavera de 1936, la ciudad sureña de Tupelo, Misisipi, fue arrasada por un huracán que dejó más de 200 víctimas e incalculables daños materiales. Entre los escombros, la desolación y la confusión de un pueblo moribundo, un bebé iluminó la escena entre los supervivientes. Ese bebé se llamaba Elvis Aaron Presley y estaba predestinado a cambiar el mundo.
 
La historia de Elvis Presley corre paralela a la de los EE.UU. Su meteórico ascenso a la fama es la quintaesencia del sueño americano; su caída en desgracia supuso la muerte de ese sueño. No se puede entender la segunda mitad del siglo XX sin repasar su obra y milagros.
 

Sus padres eran unos críos cuando lo tuvieron. Sin medios para salir adelante, los Presley fueron tratados como basura, escoria relegada a malvivir en una casa destartalada junto a otras almas desdichadas. Por si esto fuera poco, a su padre lo encarcelaron por falsificación, cargando sobre su esposa toda la responsabilidad de criarlo. 
 
Para ese joven larguirucho de caderas revoltosas y grandes sueños, la música era como respirar; lo único que lo mantenía con vida en esa ingrata infancia. Su escuela musical fue la radio, los garitos de Beale Street y el góspel, esas oraciones cantadas que llevaban al trance a quien las escuchaba. De ahí sacó la inspiración para sus icónicos bailes, algo innato que surgía de lo más profundo de su corazón y se proyectaba al público a través de su cuerpo.
 
Un chico blanco integrado en un barrio negro era algo inconcebible en los tiempos de segregación racial. Para el pequeño Elvis, sin embargo, jugar con negros y escuchar su música era lo más natural del mundo. Se había empapado de su cultura y, prendado de ella, la adoptó como suya.
 
Sin darse cuenta, Elvis ya estaba transgrediendo todos los códigos morales establecidos, conformándose con una mentalidad insólita que ejercería de guía espiritual para una generación de jóvenes idealistas. 
 
Su forma de entender la vida y la música jugaron un papel fundamental en el movimiento por los derechos civiles de los 50, cuando Elvis recorrió el largo y ancho del país llevando la música negra, su música, a millones de jóvenes blancos que enloquecían con sus sonidos. Elvis fue mucho más que el rey del rock and roll, fue el hombre que dinamitó el racismo desde dentro.


Conociendo mejor a Elvis Presley, es fácil entender por qué su figura aún causa fascinación. Su nombre está profundamente arraigado en la cultura pop. Incluso si no conoces su música, seguro que has oído hablar de su leyenda. 
 
No obstante, a excepción de un telefilm de John Carpenter estrenado en 1979, nadie se había atrevido a llevar su vida a la gran pantalla…hasta ahora. Irónicamente, tenía que ser un director australiano, Baz Luhrmann, el encargado de hacerle justicia con Elvis (2022).
 
La película está protagonizada por el novicio Austin Butler y para intentar aliviar su carga, le acompaña el veterano Tom Hanks, quien da vida al coronel Tom Parker, el astuto agente de Elvis. Aunque el reparto es tan grande como lo fue su vida, la película es en realidad un cara a cara entre estos dos personajes de carácter opuesto. Igual que una película de superhéroes, como los que Elvis creció admirando en los tebeos.
 
Luhrmann, un especialista del musical, llevaba casi una década sin dirigir un largometraje. Su estilo barroco y exagerado ha levantado pasiones y críticas por igual. Desde luego, nadie puede negar su autoría: le apasiona el melodrama, la épica romántica adornada con confetti. 
 
Su cine es una celebración de lo anacrónico y lo kitsch, un espectáculo postmoderno de luces y colores a todo ritmo. Elvis sigue el mismo patrón, aunque con algunos matices que la distinguen y, en mi opinión, la elevan del resto de su filmografía. 


Cuando un cineasta se lanza a hacer un biopic, no importa del personaje que sea, debe tomar una decisión creativa que marcará el resto de su proyecto artístico. La elección entre deconstruir el mito o, por el contrario, homenajearlo, dictará el tono y el mensaje de la película.
 
En la historia del cine, hemos visto todo tipo de biopics: unos más celebratorios, otros más reflexivos, que ahondaban en la fragilidad del ser humano. Lo cierto es que no hay respuesta correcta a esta pregunta y en realidad, la decisión la toma el propio personaje.
 
Las vidas de Nixon y Gandhi o las de Salieri y Szpilman, por citar algunos ejemplos, no pueden contarse desde el mismo enfoque. En el caso que nos atañe, me resultaría imposible arrojar sombras sobre uno de los cantantes más fulgurantes de la historia moderna. No encajaría con el personaje ni su propósito.
 
De esta manera, Luhrmann afronta su biopic desde el homenaje al artista y la misericordia al individuo —un concepto religioso para un hombre muy espiritual como era Elvis—. Quien busque ahondar en sus miserias, poco encontrará aquí. 
 
El director de Moulin Rouge no ofrece carnaza. No hay cotilleos ni truculentas anécdotas sobre su vida privada. Por lo general, EE.UU. siempre ha sido reacia a desmitificar sus símbolos y Elvis es el mayor de ellos.
 
Ese “blanqueamiento” quizá enoje a una parte de la audiencia, que la vea demasiado tibia y conservadora; una oportunidad perdida de descubrir sus demonios internos. A pesar de su glamour y vitalidad en el escenario, Elvis era una persona tímida, sensible e incluso insegura. Sí, hasta a un hombre de su talento, le asaltaron las dudas.
 
La gente que lo conoció en las distancias cortas se cuenta con los dedos de una mano y la mayoría están muertos: sus padres, su gran amigo Charlie Hodge, su representante....
 
Por eso, me alegra que Luhrmann no le haya hecho una cirugía a corazón abierto y que, de alguna manera, podamos conservar en nuestra memoria esa imagen de Elvis cantando como los ángeles y moviéndose como un demonio. 


Otro de los grandes aciertos del filme es su irresistible ritmo, que baila al compás del rockabilly en sus dos primeros actos y se transforma en una balada susurrada al final. El montaje ejerce de guía para entender el estado emocional en el que se encuentra Elvis.
 
Si ya de por sí es difícil montar una película, tanto más cuando se trata de la vida de un personaje de su envergadura. El esfuerzo para unir todas las piezas del rompecabezas, sin dejar ninguna de lado, ha debido ser titánico. Afortunadamente, el resultado es inmejorable, digno de todos los elogios y premios que reciba.
 
Más allá de los esfuerzos (piro)técnicos, el corazón de esta película, su razón de existir, es la historia. El guion ha de ser tan potente como su música. De lo contrario, se verá diluida y será tan olvidable como un viejo disco de “greatest hits”. 
 
Sabedor de ello, Luhrmann se rodea de su equipo de confianza para confeccionar un libreto muy equilibrado, tanto en el fondo como en las formas. Los diálogos van directos a la yugular, sin ambages ni pausas; aquí no hay tiempo que perder. Sin embargo, cada escena dramática va intercalada de un concierto vibrante que, a modo de brújula, reconduce la narrativa hacia el show musical de Elvis.
 
Durante dos horas y media de metraje, la historia se mantuvo en el fino alambre que separa, de un lado, los excesos del director y de otro, la tragedia de una estrella que, en su eterna búsqueda de lo inalcanzable, terminó apagándose ante la inmensidad de la nada. 

 
Un aspecto que me desconcertó es la elección del coronel Parker como narrador. Su personaje es tan amoral, tan rastrero y manipulador, que sorprende verlo en ese rol. Aunque, pensándolo bien, él fue quien más y mejor lo conoció. Resulta irónico y triste que su mayor némesis, su peor villano, fuera también su hombre de confianza.
 
La alternativa hubiese sido que el propio Elvis contara sus hazañas, pero eso sería demasiado obvio e impropio de él. Como el propio coronel dice: “yo soy el farsante y Elvis el cantante”. Esa ambigüedad le viene muy bien al relato, lo envuelve de cierto misterio que ayuda a perpetuar su mito para las décadas venideras.
 
En cuanto a las actuaciones, cabe destacar al protagonista Austin Butler, que irradia la energía de Elvis en cada fotograma y hace una labor impropia de un chico que apenas ha debutado en el cine. 
 
Curiosamente, los focos de la polémica no están sobre él, sino sobre su compañero de reparto y titán de Hollywood, Tom Hanks. En su prolífica carrera rara vez ha interpretado al antagonista, mucho menos alguien tan vil como el coronel. 


Se ha hablado largo y tendido sobre su exagerada caracterización y sí, se nota, igual que se notó con Gary Oldman en El instante más oscuro, por ejemplo. Entiendo que a algunos les saque de la experiencia: ver a un actor de su talla sepultado bajo kilos de maquillaje resulta chocante. No obstante, la verdadera transformación de Hanks está en su interpretación, su trabajo físico y de voz son el factor determinante que da vida al coronel, no el maquillaje.
 
Al igual que la personalidad de Elvis, la película no está exenta de defectos y problemas que lastran el conjunto, si bien levemente. Como todo buen mago, Luhrmann oculta sus trucos con subterfugios y engaños encantadores, pero todo truco deja un rastro.
 
El más notable y criticado incluso por aquellos a los que les gustó el título, es que la historia está empeñada en ligar la vida de Elvis a la del coronel. Este ‘enfrentamiento’ es una navaja de doble filo: por un lado, hace la narración más directa y clara, más comprensible; por el otro, pierde complejidad, encorseta su trayectoria vital y en cierta medida, lo empequeñece. Es como si Elvis y el coronel fueran reversos de una misma moneda que vemos girar y girar durante casi 3 horas.

 
En su obcecación por explorar la dualidad héroe-villano, los guionistas pierden la visión completa de su carrera. Ni su mujer, ni su descubridor, ni siquiera su madre que lo inspiró tienen peso específico en la trama. Entran y salen de la pantalla como meros figurantes, testigos del show, pero nunca son partícipes.
 
Aún con sus errores, que a nadie le quepa duda de que este y no otro era el biopic ideal para honrar la memoria de Elvis. Baz Luhrmann ha obrado el milagro. Después de estar casi una década en el dique seco, el australiano toma las riendas de este mastodonte cinematográfico y vuelve a reivindicar su arte.
 
Para concluir esta función, he de admitir que tenía mis reservas antes de verla, pero me ha ganado por completo. Es un espectáculo alegre, colorido y frenético, todo lo que esperaríamos de una película de Elvis, pero también es un relato descorazonador sobre una persona que brilló tan intensamente, que acabó agotada. Porque a veces, la distancia entre un juguete roto y una leyenda es cuestión de perspectiva.


8/10: UN HOMBRE EN UNA MISIÓN.
Hace 27 años, un desconocido estudio de animación llamado Pixar conquistó nuestros corazones con Toy Story (1995), un entrañable cuento que celebraba el vínculo inseparable entre un niño y sus juguetes. Este éxito supondría un hito en la animación generada por ordenador. 
 
Con el transcurrir de los años, algunas productoras han caído en desgracia y otras nuevas han surgido de las cenizas, pero Pixar se ha mantenido en la cima gracias a títulos deslumbrantes como Buscando a Nemo (2003), Wall-E (2009), Del revés (2015) o Coco (2017), por nombrar algunos.


Entre sus más exitosas producciones se encuentra la trilogía de Toy Story, que sigue las aventuras de Woody, Buzz Lightyear y el resto de juguetes hasta una tercera y conclusiva parte que aún me emociona como la primera vez.
 
Si algo define al estudio de la lámpara inquieta, es su capacidad de reinvención dentro de unos códigos que siguen fielmente desde su debut: un nivel técnico y artístico sin igual, historias refrescantes que educan en valores y un talentoso equipo creativo.
 
Lightyear (2022) marca la primera incursión del estudio en la space opera. De esta forma, Pixar pone sus infinitos recursos al servicio de la aventura espacial más desenfadada y divertida. Un sentido homenaje a las historietas de Buck Rogers y Flash Gordon, héroes que inspiraron a una sociedad que fantaseaba con vivir entre las estrellas.
 
La película está dirigida por Angus MacLane, un principiante en el largometraje con tan solo un film en su haber, Buscando a Dory (2016), y un puñado de cortos que acreditan su veteranía dentro del estudio.
 
El argumento nos traslada a los confines del espacio, donde una nave científica apodada “El rábano” navega por la galaxia con el objetivo de encontrar recursos. 
 
Los garantes de que la expedición llegue sana y salva a su destino son conocidos como guardianes espaciales. Dos de ellos, el capitán Buzz Lightyear y la comandante Hawthorne, despiertan del hipersueño cuando la nave se desvía de su ruta para aterrizar en un planeta de naturaleza desconocida…y peligrosa.
 
En el reparto encontramos, entre otros, a Chris Evans en el papel de Buzz (sustituyendo a Tim Allen); Keke Palmer como Izzy, la infatigable compañera y aliada de Buzz; James Brolin como el villano Zurg; y Peter Sohn dando vida al carismático gato Sox. 


Quizá os estéis preguntando qué tiene que ver esta sinopsis con Toy Story y mi respuesta es ¡nada! He leído opiniones de todos los gustos sobre la película, gente que la cataloga como precuela o spin-off de Toy Story, pero en realidad no tienen nada que ver.
 
Lightyear se desmarca del mundo de los juguetes para aventurarse más allá del universo conocido por el estudio. De hecho, está tan alejada que, en sus 100 minutos de duración, solo hallaremos una referencia en forma de un simple cartel explicativo al inicio.
 
Es importante tener esto en cuenta, ya que de lo contrario las expectativas pueden jugar una mala pasada al espectador. Si esperas que Lightyear esté en el mismo plano emocional o disfrutar de la misma ambientación infantil que en Toy Story, la decepción puede ser mayúscula.
 
Una vez aclarado este tema, he de admitir que Lightyear me ha sorprendido gratamente. A priori, parecía una película trámite, un producto nacido de la mente de un ejecutivo de marketing más que de un creativo de Pixar.
 
Sin embargo, la cinta cuenta con todos los ingredientes de una película de aventuras para toda la familia, perfecta para desconectar de la canícula. 
 
No hay nada malo en una película modesta, sin grandes ambiciones ni ideas trascendentales. Pixar ya demostró sobradamente que puede llegar al corazón y alma del espectador; con esta obra, reivindica el valor del entretenimiento de calidad.

 
Es cierto que, en los últimos años, el estudio se ha decantado por historias más íntimas y reflexivas. Una apuesta arriesgada y estimulante con la que han abordado temas maduros incluso para el cine a imagen real contemporáneo.
 
No obstante, tampoco hemos de olvidar que es el mismo estudio que nos hizo vibrar con Cars (2006), alucinar con Los Increíbles (2004) o partirnos de risa con Ratatouille (2007).
 
Creo que en los últimos años se ha subestimado el rango de Pixar, esperando de ellos películas con fuerte carga dramática, cuando esto no siempre fue así. De hecho, sus inicios se acercaban más al cine de aventuras con gran corazón, que al estudio introspectivo de la naturaleza humana que vemos hoy día.
 
Lightyear rescata esas sensaciones de una forma refrescante, imaginativa y al mismo tiempo familiar para los fans. Porque hay muchos guiños, mucha referencia al género en el que se inspira, desde Star Wars hasta Interstellar, pasando por 2001: Odisea en el espacio o Aliens.
 
La historia no ofrece nada nuevo, quizá incluso peque de conservadora, pero la suma de sus partes y un apartado audiovisual envidiable contribuyen a crear una experiencia gratificante. Seguramente no entre en el top del año ni en de Pixar de ningún aficionado al cine, pero tampoco lo persigue. 


Aunque su escala es galáctica, Lightyear no tiene la grandeza de las mejores producciones de Pixar. Ese cosquilleo de expectación que sentíamos antes de ver sus producciones más esperadas no está presente aquí. Es más prosaico y por lo tanto, más previsible, pero no necesariamente malo si se sabe gestionar y creedme, Pixar se las sabe todas.
 
¿Quién no disfruta con hora y media de aventuras espaciales, naves enormes que ocupan toda la pantalla, gadgets únicos y robots carismáticos? Yo desde luego lo hago. Sobretodo cuando ritmo y tono están tan conseguidos que logran cautivar tanto al público adulto como al infantil.
 
Lightyear puede ser disfrutada de igual manera por ese niño de 10 años con un X-wing en su mano, como por su madre y su abuelo. El tono es equilibrado, incluso diría que inclina la balanza hacia lo adulto, introduciendo conceptos sobre el espacio-tiempo que muchos jóvenes no entenderán; por otro lado, el ritmo es perfecto, tomándose su tiempo para construir el pequeño, pero efectivo núcleo emocional de la película y dejando el resto a la imaginación del dibujante.
 
La animación de esta película es exquisita. Por momentos, impresiona la escala que alcanza Pixar con sus imágenes. Resulta interesante ver cómo un estudio que se ha caracterizado por historias contenidas, salta al vacío y experimenta con nuevas técnicas.


Sin embargo, y aunque en líneas generales me ha gustado, no está exenta de problemas. El primero y quizá el más flagrante es un guion que se vuelve algo reiterativo en su parte central, dándonos la impresión de estar viendo un déjà vu. 
 
Angus MacLane ya demostró en su debut que no era el mayor talento narrativo de la casa Pixar. Buscando a Dory falló a la hora de reavivar la magia de la película original; algo parecido podría decirse de Lightyear. 
 
El cineasta juega bien sus bazas, conoce al personaje y el universo en el que quiere ambientarlo, pero no cuenta con demasiados recursos para ir más allá del infinito —aunque esto, sea imposible—. Aunque toca temas interesantes como el paso del tiempo, no lo hace con la habilidad ni la exquisitez de Up (2009).
 
Aquí es donde entran las expectativas de cada espectador. Unos la verán como una oportunidad perdida de hacer algo más significativo; otros, entre los que me incluyo, saldrán satisfechos con el espectáculo pirotécnico. Aún así, no puedo negar que la película huye de cualquier atisbo de profundidad o riesgo que la aleje de lo puramente comercial.


Otro punto negativo está en sus personajes. Algunos como el gato Sox o Hawthorne le aportan humor y emoción al conjunto, pero otros como el patoso recluta Mo (Taika Waititi) o el villano de la historia lastran la aventura. El primero por ser el recurso fácil para avanzar la acción; el segundo, porque entra demasiado tarde y su presencia no está justificada. 
 
Se suele decir que una película es tan buena como lo sea su villano y este no alcanza el nivel de otros de Pixar, no solo porque entra tarde en escena, sino porque llegado el momento, no causa el impacto necesario. Simplemente es una excusa para darle a Buzz un antagonista.
 
En definitiva, Lightyear es un producto entretenido, de buena factura y metraje ajustado que logrará transportarte a una galaxia distante. No es una película memorable ni pasará a los anales de la historia, algo que para Pixar se ha vuelto casi una exigencia. En mi opinión, se lo han tomado más como un proyecto de transición, el típico trabajo de verano que el estudiante saturado a exámenes toma para poder asistir al concierto de Metallica. 

 
Si alguien me preguntara si la recomiendo, diría que sí, pero con reservas. Lightyear fue concebida como algo diametralmente opuesto a Toy Story. El peso de su legado puede que haya hecho más dificultoso el despegue de esta película, aunque ha sabido aterrizar con la elegancia y la espectacularidad propia de un estudio ensoñador.
  
6,5/10: LA ‘CARA B’ DE PIXAR.
Han pasado 36 años desde que Tony Scott y Tom Cruise nos hicieron sentir la necesidad de velocidad en Top Gun (1986), un éxito de taquilla que le arrancó las pegatinas a otros mitos de la década como Aliens o Cocodrilo Dundee. Pero, más allá de eso, las aventuras de Maverick y Iceman, inspiraron a miles de jóvenes americanos a alistarse en la Armada, soñando con surcar los cielos subidos a esas águilas de metal.


Todo eso forma parte del recuerdo. Víctima del tiempo, Top Gun ha pasado a ocupar una vitrina en el museo del ayer, donde muchos nostálgicos acuden para reencontrarse con el carismático escuadrón de pilotos y dejarse llevar por el espectáculo audiovisual del hermano rebelde de los Scott. 
 
Hay quien opina que la cinta original ha envejecido mal. Entre los principales motivos están los tropos habituales del director, sumados a una década marcada por el amor febril, el electro rock y un idealismo que impregnaba cada plano; aquella fue la década de la alegría desinhibida, del optimismo y los sueños de primavera.
 
Hoy ocurre lo contrario: vivimos encerrados en nosotros mismos, atenazados por el miedo que proyectan las noticias y el bombardeo de información digitalizada. Esta es la época de las cavilaciones, de las malas noticias y los peores presagios, del odio en las redes, el estrés y la desilusión ciudadana.


No es de extrañar que Top Gun no encuentre su sitio en la actualidad. Quizá por eso o por las ganas de superación de su estrella, Top Gun: Maverick (2022) aterriza con fuerza en las salas con la promesa de encandilar al público joven y devolver el sentimiento de velocidad a todos aquellos que crecieron con la original.
 
Pete “Maverick” Mitchell (Tom Cruise) lleva más de 30 años siendo uno de los mejores pilotos de la Armada. Condecorado por sus hazañas de guerra, rechaza cualquier ascenso para seguir en la cabina. Su experiencia se verá puesta a prueba cuando lo reclaman de Top Gun para entrenar a la próxima generación de pilotos. 
 
El reparto está encabezado por el Rey Midas de Hollywood, el hombre orquesta moderno, Tom Cruise. A él se unen otras caras conocidas como Jennifer Connelly, Val Kilmer o Jon Hamm y jóvenes talentos como Miles Teller, Mónica Barbaro o Glen Powell.


La silla del director la ocupa Joseph Kosinski, al que conocemos principalmente por Tron: Legacy y Oblivion. Por su parte, Hans Zimmer, Lorne Balfe, Lady Gaga y el compositor de la original, Harold Haltermeyer, se unen para componer una banda sonora muy continuista, pero igual de efectiva que la anterior.
 
La industria experimenta, desde hace unos años, un revival del cine ochentero. Robocop, La Cosa, Rambo, Conan el bárbaro, Cazafantasmas, Evil Dead son algunos de los títulos que han visto una secuela o remake en el siglo XXI con resultados mixtos. Y es que es muy difícil extrapolar la magia de aquellos tiempos a estos. 
 
Pues bien, donde otras han fracasado, Top Gun: Maverick consigue un triunfo atronador. Esta secuela pasa a ser, desde ya, una de las mayores hazañas del fenómeno ‘Cruise’. Un milagro fílmico que revitaliza el género y lo devuelve a la primera plana, igual que hizo George Miller en su magnum opus, Mad Max: Fury Road (2015). 


Esta secuela mejora a su predecesora en todas las facetas, sirviendo de ejemplo para el cine comercial moderno y reivindicando la figura de Tom Cruise como abanderado del taquillazo tradicional: ese que casi puedes tocar de lo real que se siente —sin necesidad de llevar gafas 3D— y que lo arriesga todo en su apuesta por la autenticidad.
 
Top Gun: Maverick rescata una forma de hacer cine que se creía extinta, una donde la satisfacción del espectador prima por encima de la de los ejecutivos. Cruise y su equipo demuestran que calidad y rentabilidad no tienen por qué estar reñidos.  
 
Solo el cine nos permite abrir una ventana a todas las vidas posibles y sentirlas propias sin exponernos a los riesgos que estas conllevan. Ese es su gran valor, es lo que ha enamorado a tantas generaciones y continúa haciéndolo; saber que, por unas horas, puedes ser quien te propongas. 

Top Gun: Maverick nos mete en la piel de un piloto más que ninguna otra película de aviación que haya visto y lo hace sin abusar de cromas, muñecos animados o cualquier otro artificio generado por ordenador. El CGI se emplea con moderación y sólo cuando es inevitable.
 

Aún no ha llegado el día en el que el ojo humano pueda ser engañado por un programa. Por eso, el pegamento que une ficción y realidad sigue siendo la verosimilitud. Si acabas con ella, si el ojo se percata de tu trampa, acabas con el poder del cine. 
 
Tom Cruise, como veterano que es, entiende este concepto y se asegura de que se cumpla. Su obsesión por crear la experiencia cinematográfica definitiva supera cualquier moda impuesta por los trajeados de Hollywood. 

En una industria plagada de seguidistas y empresarios disfrazados de artistas, Cruise es un hombre de acción, quizá el último de su raza, que se resiste a dar el brazo a torcer.


Ya desde la primera escena, un vuelo alucinante que recuerda a los frenéticos arranques de Misión Imposible, deja claras sus intenciones. Cruise convierte las limitaciones en oportunidades, empujando los estándares del género a cotas estratosféricas; más gente así, por favor.
 
Top Gun: Maverick es una proeza técnica que escapa incluso a la comprensión. Mientras sus imágenes me arrollaban, la poca lógica que me quedaba se preguntaba cómo era posible. 
 
No deseaba tanto ver un making-of desde Tenet (2020) de Christopher Nolan. Un cineasta que, si algo comparte con Cruise, es su continua búsqueda por preservar la experiencia primigenia de la sala de cine.
 
La cinta traslada la adrenalina de la cabina directa a tu butaca. Sientes la presión del aire en tus pulmones, la fuerza de la gravedad en tu pecho y la respiración acelerada del piloto que se debate entre la vida y la muerte en cada decisión que toma. Es impresionante lo que logran hacer con un puñado de cámaras IMAX y dedicación.
 
Los planos se suceden, la acción se intensifica y nuestro pulso se acelera hasta que la tensión nos cala los huesos. Un peligro inminente acecha a los personajes. Entonces, cuando el corazón palpitante reclama una tregua, Cruise hace caso omiso y sube las revoluciones en un último acelerón que nos lleva al borde del éxtasis. 

 
No se ha hecho una película de aviones capaz de sumergirte en su realidad igual que esta. Top Gun: Maverick juega en otra liga, arrojando al aire el manual del cine de acción para atreverse a ir donde nadie ha llegado. Sin ataduras ni reglas que obedecer, se mueve por puro instinto creativo; como dice Mitchell, “no lo pienses, hazlo”. 
 
No esperéis grandes innovaciones en el plano narrativo. La franquicia jamás se ha prodigado por su historia y esta vez no es diferente, aunque los guionistas han aprovechado mejor el material para darle profundidad a las relaciones humanas. 
 
Si la primera vivía en un verano ardiente, esta lo hace en el sensato otoño. La testosterona ha dejado paso a la nostalgia, la imprudencia a la reflexión. Una sensación de añoranza envuelve a nuestro intrépido héroe, que observa sus días de gloria por el retrovisor de su moto.
 
Con el paso de los años, Maverick cobra consciencia de su propia muerte. Los errores del pasado cada vez le pesan más y siente la responsabilidad de su legado, la importancia del deber cumplido. Por fin ha entendido que su lucha más importante la ha de librar con los pies en la tierra. 

 
Para cumplir esta misión, cuenta con la inestimable ayuda de una actriz tan solvente como Jennifer Connelly, quien aporta un punto de madurez necesario. Su papel, aunque secundario, obliga a Tom Cruise a salir de su zona de confort y aventurarse en el terreno de lo dramático. Un acercamiento bienvenido, si me preguntáis, aunque escaso.

Tampoco puedo olvidar a Val Kilmer, el cual vuelve a dar vida a Iceman. Condicionado por un impedimento del habla, su presencia es breve, pero sentida, sobretodo después de haber visto el documental biográfico Val (2021), que recomiendo encarecidamente si queréis conocer más sobre su carismática figura.
 
Top Gun: Maverick guarda un buen equilibrio entre la acción y la emoción. El film de Scott era irreverente, exagerado y celebraba el sinsentido; la segunda parte opta por oxigenar la acción con algún destello de humanidad que, a cambio, nos haga sentir más cerca a los personajes.
 
Sin embargo, una buena película de acción nace y se hace en la sala de edición. Por fortuna, el montaje de Top Gun: Maverick es extraordinario. En una cinta de estas características, la importancia del montaje es capital, ya que todas sus escenas son aéreas y, por lo tanto, es más fácil perderse. 


Acostumbrados a ver cámaras temblorosas, cortes rápidos y planos cortos para camuflar coreografías mediocres, Top Gun: Maverick es un soplo de aire fresco que embriaga los sentidos y fascina del primer al último minuto.
 
Kosinski alcanza la madurez filmando unas secuencias de acción exquisitas, vibrantes y precisas. En un ejercicio de orquestación apabullante, las cámaras siempre saben dónde situarse, pero nunca cobran protagonismo. El ego del director jamás se entromete en la eficacia de las escenas, lo cual es de agradecer.
 
El metraje está milimétricamente ajustado. En ningún momento sentí el paso de los minutos, algo meritorio teniendo cuenta que dura más de dos horas. Tiene un ritmo sostenido, pero nunca abrumador. Las secuencias de acción están bien dosificadas y llegan justo cuando el espectador las necesita. 

 
La única pega de esta fantástica producción es la mala gestión que hace de Jon Hamm y Ed Harris. El primero por falta de personaje y el segundo porque su talento está trágicamente desaprovechado. Su subtrama era de lejos la más interesante del filme, pero quedó relegada a una escena testimonial al inicio. Inexplicable.
 
En definitiva, Top Gun: Maverick vuela por encima del resto de ‘blockbusters’ veraniegos, demostrando que la veteranía es un grado. Su capacidad de reinvención sin perder su esencia ochentera la convierten en una rara avis, que pide a gritos ser vista en la pantalla más grande posible. 

 
Tras unos años de sequía, Tom Cruise regresa por la puerta grande encarnando a uno de sus personajes más icónicos y lo hace con energías renovadas. Puede que la máquina acabe venciendo al piloto y el croma engañe al ojo, pero hoy no es ese día. ¡Hoy es el día de Maverick!
 
8/10: TRADICIÓN Y MODERNIDAD VOLANDO JUNTOS.

Después de la increíble experiencia de El faro (2019), Robert Eggers vuelve, ataviado con armadura y hacha vikingas, a noquear la cartelera con puño de hierro en guante de seda. The Northman es la confirmación de un autor ecléctico, un trovador moderno cuya voz da nueva forma a las leyendas de antaño.

 

En esta, su última película, combina la dimensión trágica de Shakespeare con la crueldad de un mundo hostil y primitivo. La vida en tierras nórdicas vale lo que tu fuerza en batalla. Es un lugar despiadado, dividido en clanes sanguinarios, regidos por la ley del más fuerte y gobernados por linajes cambiantes.

 

The Northman dibuja con precisión quirúrgica una era ancestral enraizada en el paganismo, los cultos politeístas y las costumbres que hoy tacharíamos de incivilizadas. 

 


Sin embargo, como buen amante de la Historia, Eggers no ejerce de juez en la silla del director. Al contrario, se limita a observar la sociedad vikinga, intentando descifrar sus violentos códigos. Incluso en este lugar barbárico existen lealtades inquebrantables, leyes escritas en sangre y sentimientos universales como el amor o el rencor, expresados con tosquedad. 

 

Una constante en su cine es la eterna lucha del individuo contra los elementos que lo rodean. Sus personajes, a menudo atormentados por profecías autocumplidas y pensamientos obsesivos, son meros espectadores de su propia tragedia, incapaces de cambiar su destino mientras se precipitan por un pozo de desesperación.

 

Esto lo vemos claramente en sus anteriores películas, todas ellas imbuidas de un determinismo que se confunde fácilmente con nihilismo en esa espesa bruma que las envuelve. The Northman retoma ese legado, impulsándolo a nuevas y espectaculares cotas.

 

El film ha costado $90 millones —a los que habría que sustraer los costes causados por la pandemia—, sus cifras más altas hasta la fecha, que demuestran la ambición de este director en su búsqueda del Valhalla cinematográfico.

 

En cuanto al reparto, regresan Willem Dafoe y Anya Taylor-Joy, radiante superestrella que debutó a la vez que Eggers en La bruja (2015). A ellos se les une Alexander Skarsgard en el papel protagonista, Nicole Kidman y Claes Bang entre otros.

 


La historia, que surgió a raíz de un viaje del director a Europa, narra la leyenda medieval escandinava del príncipe Amleth, hijo del rey Aurvandil Cuervo Guerrero (Ethan Hawke), que clama venganza contra su tío Fjölnir después de que este asesine a su padre.

 

Si el nombre Amleth os dice algo, vuestras sospechas son correctas. El nombre y su mito sirvieron de referencia para el Hamlet de Shakespeare, una de las grandes obras de la literatura universal. 

 

Eggers se inspira en el dramaturgo inglés para dotar a su película con una teatralidad refrescante. The Northman es clásica en sus formas, desprovista de artificios y subrayados redundantes que emborronan la narrativa. En este sentido, se acerca más a la sutileza del cine europeo, haciéndose eco de Bergman, Dreyer o Murnau, que al continuo martilleo del cine comercial contemporáneo.

 

No obstante, podemos decir sin temor a equivocarnos que este es el título más comercial de su carrera —que no con vocación comercial, ojo—. Dicho así puede parecer algo peyorativo, pero nada más lejos de la realidad. Si antes hablaba de la confirmación de un autor, es porque aquí demuestra que el dinero no nubla su visión, que sigue siendo fiel a sus principios, pese a los cantos de las nornas hollywoodienses.

 


Al igual que El faro y La bruja, The Northman se apoya en una excelente puesta en escena y unos efectos de sonido deliciosos para traernos la experiencia vikinga definitiva. 

 

Este género nunca se ha prodigado en la historia del cine, salvo honrosas excepciones como Los vikingos (1958), firmada por el ilustre Richard Fleischer. Eggers emprende el reto de traer a la vida una época rodeada de misticismo y lo consigue con una verosimilitud inaudita. 

 

Estamos ante un logro cinematográfico sin parangón, considerada desde ya una obra de culto a reivindicar en los años venideros. Es una película fascinante, con un ritmo sereno que no desfallece y que se ve salpicado por una violencia muy calculada. 

 

El director maneja los ritmos como nadie, demostrando haber alcanzado la madurez en tiempo récord. The Northman no se deja llevar por el influjo de la sangre, guardando un complejo equilibrio entre la barbarie y la exploración psicológica de los personajes.

 

Un guion aparentemente sencillo se torna complejo, cuanto más profundizamos en su contexto histórico, en sus fábulas y tradiciones que tan inteligentemente describe. Si solo buscamos entretenimiento, lo encontraremos; si nos fascina su mundo, tendremos infinitas oportunidades para sumergirnos en él. 

 


Todo está narrado con ingenio y elegancia formal. La cámara, que aquí es más agresiva por motivos evidentes, elige sabiamente qué mostrar y qué intuir, fomentando el debate y recompensando múltiples visionados. 

 

A Eggers le encanta que rumiemos sus películas, que nos preguntamos dónde termina la magia y comienza la superstición. Nos plantea un juego divertido y depende de nosotros entrar o no en él.

 

The Northman se mueve constantemente en dos planos, dos universos contradictorios que chocan y confluyen: el de la realidad más sucinta y descarnada y el de lo onírico, lo pesadillesco. Por un lado, está la violencia ejercida por los hombres y la opresión del entorno en el que viven; por otro, está la ira de los dioses, surgida de los miedos atávicos de las gentes.

 

La primera está anclada en el territorio, en este caso Islandia, que ejerce su autoridad con brutalidad. Sus escasos habitantes, endurecidos por el brusco viento y la lluvia, únicamente piensan en conservar su integridad física. Sobrevivir un día más al frío, al hambre y a las bestias furibundas con forma animal o humana.


 

La segunda tiene que ver con los rituales celebrados bajo la pálida mirada de la Luna. Reuniones secretas con entes fantasmales, portadores de desgracias y noticias del más allá. Esta parte se desarrolla en entornos claustrofóbicos, dominados por las sombras, ya sea en una cueva húmeda o en una casa maldita. Cuando se cierne la noche, comienzan las maquinaciones.

 

Este último apartado gana enteros gracias al estilo expresionista de Eggers, que saca el máximo partido a los rostros de los personajes y los espacios en los que rueda. The Northman hubiera podido estrenarse en blanco y negro y no habría perdido ni un ápice de su poderío visual.

 

Los cortes y desmembramientos ocurren con frecuencia, aunque Eggers no se regocija en ellos. Contrario a una película de Mel Gibson o del French Extremity —ese movimiento transgresor de violencia y sexualidad aberrantes—, esta no sucumbe al gore, lo cual puede sorprender e incluso defraudar a una parte del público.

 

El único problema real que tengo con la película es a nivel narrativo. La historia de The Northman no escapa de la linealidad convencional. Es un arquetipo del viaje del héroe llevado al extremo. Desafortunadamente, se ahoga a causa de un protagonista gris. Los sentimientos vindicativos de Amleth no son suficiente para mantener el interés del espectador hasta el desenlace.


 

Sin desvelar nada de la trama, hay una escena al final del segundo acto que cambia por completo la visión que Amleth tiene de su venganza. Hasta esa revelación, el mantra que repetía a modo de motivación “te vengaré padre, te salvaré madre, te mataré Fjölnir” resumía todas sus motivaciones. Para Amleth todo es blanco o negro, no existen los matices ni los conflictos internos, tan solo él y su próxima víctima. 

 

Entiendo que Eggers persigue la simplicidad del planteamiento para darle mayor realismo, pero a veces hay que permitirse alguna licencia histórica en beneficio de la dramatización.

 

El trabajo sonoro merece un punto y aparte. Todos los sonidos de la naturaleza están presentes en la película. Una característica que distingue y eleva el cine de Eggers, es su enfermiza atención al detalle. Nada queda al azar.

 

Además, la banda sonora cuenta con instrumentos y coros propios de las tribus vikingas. Las voces son agudas, pesadas, contundentes como la espada que hiende su hoja de acero en la carne del enemigo. La música se compone principalmente de cánticos y tambores de guerra que anuncian el combate.


 

Por último, las interpretaciones son todas fabulosas. También hay que reconocer a Eggers como un fantástico director de actores; ya lo hizo con una jovencísima Taylor-Joy y en El faro con Pattinson. 

 

En esta ocasión hace lo propio con Alexander Skarsgard, un actor con una carrera discreta, que aquí hace un despliegue físico arrollador. El contrapunto necesario lo pone Taylor-Joy en un papel secundario, pero de suma importancia para el desarrollo de la acción y Nicole Kidman descubriendo su reverso tenebroso. 

 

En definitiva, The Northman es un film sólido de un cineasta que tiene las ideas muy claras y no piensa renunciar a ellas. Tiene defectos, cierto, pero los navega bien. Su segundo acto baja mucho las pulsaciones, se pierde en un batiburrillo de escenas lisérgicas y planos monolíticos, pero retoma el rumbo en un final de levantarse y aplaudir.

 

The Northman trasciende el cine de género, es más potente que su debut y menos experimental que su segunda obra, lo cual la hace más accesible. Es entretenida, pero no complaciente; arriesgada, pero no temeraria; es apoteósica y contenida. Una canción folclórica de barro y sangre.



8/10: ¡GUERREROS, EL VALHALLA NOS ESPERA!