Han pasado más de 20 años desde el estreno en cines de The Matrix (1999), una película a todas luces profética y revolucionaria, que aterrizó en salas en el lugar y momento precisos. 

Eran tiempos inciertos, saltábamos de siglo y como sociedad, eso nos daba algo de vértigo. La tecnología evolucionaba a pasos agigantados, Internet y la llamada “nueva economía” creaban una cortina de misterio que invitaba a la elucubración. 

La teoría más extendida decía que, con la entrada del año 2000, un error en la programación del software haría saltar todos los sistemas por los aires, provocando un caos a nivel mundial. Parece algo que diría Morfeo, pero fue tan real como la vida misma.


Por supuesto, como suele ocurrir, el miedo era mayor que los hechos —sino no estaríamos aquí hablando, aunque…¿lo estamos?—. Sobrevivimos al efecto 2000, pero nada volvió a ser igual, porque las hermanas Wachowski habían plantado una semilla en el imaginario colectivo.

Un miedo sustituyó a otro: el de las máquinas, cada vez más desarrolladas y perfectas. Ya no podíamos vivir sin ellas y aunque las controlábamos —o eso creemos—, nuestra incredulidad desconfiaba de su potencial. Este miedo ya lo intuyó Cameron en su pesadilla cibernética, Terminator. 

Matrix lo elevaba a una nueva dimensión. El enemigo había dejado de ser tangible, visible al ojo humano. La prisión ya no era de hormigón y barrotes, sino de unos y ceros y el reo no era nuestro cuerpo, sino nuestra mente. Nuestra alma.

Por mucho miedo que diera el T-800, más lo daba una realidad virtual diseñada para esclavizarnos a voluntad. Las máquinas habían leído a Platón y aplicaron sus enseñanzas al pie de la letra. 

Una batalla se libraba en los parámetros de la percepción humana y cada uno de nosotros teníamos la llave para liberarnos. Una llave en forma de elección.   


La elección como principio y fin de toda una franquicia que, a principios del Milenio, asombró a nivel visual y decepcionó en el narrativo, pero que indudablemente dejó su huella en la historia del cine.

Han pasado 20 años y contra todo pronóstico, una de sus creadoras, Lana Wachowski, regresa a la fuente para (re)escribir el código en Matrix Resurrections. La cuestión es si habrá merecido la pena; la elección es vuestra.


Esta cuarta entrega continúa donde lo dejó Matrix Revolutions (2003). Neo sigue con vida y trabaja como programador de videojuegos. Lleva una existencia anodina y visita a un terapeuta para luchar contra sus «alucinaciones». Aunque todo parece haber vuelto a la normalidad, una voz en su interior grita libertad. ¿Es un sueño dentro de otro sueño?

La rebeldía contra lo establecido, la rabia contenida en sus líneas de diálogo, los atuendos y las gafas oscuras, la música de Rage Against the Machine…Matrix inyectó una dosis de anarquía en el sistema. Una anomalía, un error que jamás debió ocurrir, pero que ocurrió para fortuna de todos los que en 1999 estaban preparados para creer en lo increíble.

Las Wachowski alcanzaron la gloria de la noche a la mañana. Tan brillante conceptualmente como visionaria técnicamente, la forma y el fondo de Matrix estaban alineados para crear algo fascinante.

Fue un título perfecto, rompedor, pero la perfección, por definición, no abunda, no se puede copiar y pegar; no existe fórmula mágica para replicarla.


Y así llegaron las secuelas, ambiciosas y cargantes en su empeño por superar lo insuperable. No me malentiendan, Reloaded y Revolutions me gustan, pero han envejecido peor que la original, entre otras cosas, por querer buscarle tres pies al gato.

Matrix Resurrections apuesta por un regreso a la simplicidad, rebajar la épica y potenciar las interacciones humanas, sobretodo la de Neo y Trinity. Su relación de amor siempre estuvo latente en la saga, desde que ella lo resucitara en la primera entrega.

Neo era El elegido porque Trinity así lo quería; porque ella lo amaba —aunque el amor no se elije, ¿verdad?—. Esta cuarta parte recupera ese amor como núcleo de la acción. Una búsqueda por avivar la llama del romance, que se extiende también a un público desencantado con las Wachowski.


De esta forma, Resurrections mantiene, al menos en su primera mitad, un diálogo con el espectador. Cuando has apostado tanto por la espectacularidad, solo te queda un camino por recorrer. 

Lana aprovecha esta cuarta entrega para echar el freno y analizar su legado con la perspectiva que solo el tiempo concede. En definitiva, para tomárselo más a la ligera.

Al contrario de la trilogía, muy febril y grandilocuente en escala, esta película es más reposada e íntima en ciertos aspectos. No intenta abarcar tanto y eso la hace más accesible. También hay más nostalgia que en sus predecesoras, lo cual confirma a Resurrections como una obra dedicada a los fans. 


Por supuesto que no está exenta de largos discursos existencialistas, pero no tienen la misma ansia de trascender que el del Arquitecto en Reloaded, por ejemplo. Tampoco es tan adrenalínica como Revolutions.

Esto cabreará a mucha gente que esperaba una continuación en el sentido más estricto de la palabra. Sin embargo, Resurrections no es en absoluto una secuela al uso: han pasado 20 años, para bien y para mal.

Lo que más valoro de este regreso a la Matrix es que ha desistido en su misión por alcanzar la perfección de la original, sin por ello caer en la desidia. Lana es consciente de que el público ansía recuperar la misma sensación de 1999 y sabiendo que eso ya no es posible, decide confesar sus pecados. La primera mitad de Resurrections se siente casi como una sesión de autoterapia. Como un grito de socorro.

El creador atrapado en su propia creación muriendo de éxito. Es la maldición orsoniana, la de las eternas promesas: a él le ocurrió con Ciudadano Kane y a ellas con Matrix. 


Por otra parte, la película también indaga en la enfermedad mental. Igual que la original, Resurrections juega al escondite con nuestra mente, con lo que es real y lo que no, pero desde un prisma distinto.


En esta ocasión, es la propia trama de la original la que se pone en tela de juicio. Siempre dimos por supuesto la existencia de Morfeo, del mundo de las máquinas y de los humanos empleados como pilas, pero ¿y si fuese todo producto de una mente perturbada? 



Al fin y al cabo, todos soñamos con ser los héroes de nuestra historia y Neo no es diferente…¿o sí? La primera mitad de la película es un juego dentro de otro juego, autorreferencial y paródico, pero también inquietante. 


Hay algo profundamente trágico en observar el acto de rebeldía de la cinta original como un engaño más dentro de la cadena de trampas e ilusiones de algo más grande que no alcanzamos a comprender.

Este tramo es, en mi opinión, el más atractivo de la cinta. En la segunda mitad, Keanu Reeves y Carrie-Anne Moss pierden protagonismo en beneficio de caras nuevas como Jessica Henwick, Jonathan Groff, Neil Patrick Harris o Yahya Abdul-Mateen II. Todos buenos actores que defienden a sus personajes como pueden, pero que en algunos casos están mal resueltos y aportan más bien poco al universo.



Su mayor problema y su gran defecto es que hay dos películas opuestas luchando entre sí. Una batalla argumental a lo Neo vs Smith, que empuja la película a variaciones tonales disonantes y hace de la experiencia una atracción mareante.


Cuando intenta romper moldes, lo celebro, pero cuando pone el piloto automático de la acción sin sentido —y pobremente filmada—, desconecto por completo. 


La segunda mitad incurre en la crítica que la propia Lana había hecho antes, algo que no logro entender y que solo puedo explicar como un callejón sin salida a nivel creativo. La chistera se quedó sin conejos.



La parte en la que Neo vuelve a ser El elegido y todos a su alrededor lo veneran como a una deidad me provoca hastío. Los guionistas apenas se esfuerzan en ofrecer algo diferente a un déjà vu. En ese sentido, Resurrections es como un muerto que vuelve a la vida con la carne putrefacta y pretende ocultarlo detrás de toneladas de maquillaje. 

Lana y su equipo abandonan definitivamente su lucha contra la desidia y se entregan a ella. Los guiños, que antes servían como crítica a una industria cada vez más dependiente de sus mitos, se convertían en burdos plagios y los diálogos volvían a explicar lo inexplicable.


Es una pena que un concepto que apuntaba tan alto, termine cayendo tan bajo. Y la tristeza es aún mayor cuando piensas que, de haber continuado en la línea inicial, hubiera tenido un propósito, como decía con vehemencia Hugo Weaving. 

Lamentablemente, esta secuela termina engrosando la larga lista de remakes encubierto. Si se diferencia del resto, es porque su envoltorio es más excéntrico que el del resto. Es un quiero y no puedo y es frustrante porque casi pudo, pero no quiso o no creyó lo suficiente.


Pese a todo lo malo que tiene, el reparto es acertadísimo. Jessica Henwick y Yahya Abdul-Mateen II lo bordan y no me cabe duda de que sus personajes podrían dar más de sí en otras manos; podría decir lo mismo de Jonathan Groff y de Neil Patrick Harris, aunque este último carga con su propia cruz en forma de éxito de nombre y apellido Barney Stinson.


Visualmente, la franquicia sigue siendo estimulante, aunque le falta chispa. Garra. Los años no pasan en balde y las ideas no fluyen igual. Los tonos verdes han sido sustituidos por naranjas y dorados que le restan oscuridad. Resurrections es más optimista y luminosa, aunque no se lo cree del todo. 

En definitiva, este cuarto capítulo es quizá el más extraño de todos. No solo por el tiempo transcurrido, sino por el conflicto que yace en su interior. 

Quiere criticar al sistema, pero dentro del confort que este ofrece; quiere deconstruir su leyenda, reforzándola y llevándola al paroxismo; pretende decir algo nuevo, empleando el mismo lenguaje; es un sueño del que despiertas para darte de bruces con la realidad. Y la realidad es que su momento hace tiempo que expiró.


Por muchas secuelas que hagan de todos los colores y sabores imaginables, nada se podrá comparar con la experiencia primigenia. Pero estamos tan apegados a ella, Lana incluida, que no vemos en lo que se ha convertido. Y es que, en ocasiones, la mayor muestra de afecto es saber cortar a tiempo.

No tengo claro que Resurrections sea buena, pero eso no significa que sea mala necesariamente. Lo que sí tengo claro es que ha llegado la hora desconectar de una vez por todas. Por Neo, por Trinity y por nuestro amor a la Matrix.


6/10: VACÍA LA PAPELERA DE LA NOSTALGIA.

Entre los artistas que cruzaron el charco huyendo del horror nazi, los Lang, Wilder, Dietrich y compañía, encontramos a un cineasta más humilde, quizá sin la genialidad de estos últimos, pero con una gran agudeza audiovisual: Robert Siodmak. 



Su vida es la de un drama seco, desolador. Hijo de una familia judía afincada en Leipzig, a Siodmak siempre tuvo inclinaciones artísticas. De joven aspiraba a ser actor, aunque acabó desistiendo de pura frustración, igual que muchos antes y después de él. 


Alcanzó cierto éxito trabajando en el banco de su padre, aunque la Gran Depresión —que a menudo se circunscribe erróneamente a Estados Unidos— empujó a la familia al fatídico pozo de la miseria. 


Su hermano menor, Curt, también tenía talento, aunque no tanto en lo audiovisual como lo narrativo. Juntos se fueron a Berlín para trabajar en la difunta UFA, fábrica de los sueños expresionistas, donde se codearon con lo más granado de la industria de cine alemana. 



Tres años después de debutar con la película-documental Los hombres del domingo (1930) —guionizada por un joven principiante llamado Billy Wilder—, se vería obligado a exiliarse a Francia ante el inminente ascenso de los nazis al poder. Al parecer, Goebbels lo tenía fichado en su lista negra y era cuestión de tiempo que acabase ejecutado.


Para muchos cineastas europeos, París era la antesala de Estados Unidos. Una especie de purgatorio, donde muchos genios anónimos hacían escala en búsqueda de un futuro sin represión ni miseria. 

Aunque rodó alguna película en el país galo, no fue hasta que firmó un contrato de siete años con la Universal, que Robert se sintió libre de expresarse justo como él quería. Él pertenecía a una generación de directores camaleónicos, capaces de adaptarse a cualquier medio; no eran simples artistas, eran supervivientes y como tal, actuaban.



De esta forma arrancó una carrera constante y meticulosa. Muchos calificarían a Siodmak como el padrino del cine negro hollywoodiense, con permiso de Fritz Lang. En mi opinión, era un estupendo artesano, alguien con verdadero talento para jugar con los claroscuros a su antojo. Una de las obras que mejor muestran esa maestría de la que hablo es La escalera de caracol (1946). 

Esta película de suspense adapta una novela de Ethel Lina White y cuenta con un reparto femenino cautivador: una debutante Rhonda Fleming, que ya comenzaba su idilio con las cámaras; Ethel Barrymore, una luchadora de las trincheras fílmicas; la maravillosa Elsa Lanchester; y Dorothy McGuire, candidez personificada.



La historia se ambienta a principios de siglo y nos presenta a una joven muda (McGuire) que trabaja como criada de una anciana huraña (Barrymore) en una gran mansión. Una ola de asesinatos asola el lugar, pero nadie sabe quién es el autor ni dónde se esconde: solo que se dedica a matar mujeres. Una noche, de vuelta a la mansión, la joven siente que algo o alguien la acecha en la oscuridad. ¿Habrá logrado entrar en la casa? 


La acción ocurre en un único espacio en el transcurso de una noche, lo que da lugar a muchos juegos de cámara, ángulos interesantes y una puesta en escena soberbia en la que Siodmak pone todo su ingenio al servicio del espectáculo. 



Además, el título cuenta con un fantástico —y tristemente ninguneado— compositor como Roy Webb y un no menos genial director de fotografía como Nicholas Musuraca, a quien sacaron de la cantera de la RKO para la ocasión. ¿Y quién los reunió a todos ellos? Ni más ni menos que el magnate del Hollywood clásico, David O. Selznick.


La película es tan precisa en sus tiempos como el mecanismo de un reloj y a su vez tiene un extraordinario sentido de la sorpresa. Siodmak toma prestada una página de Hitch, el maestro del suspense, para crear una atmósfera inquietante, opresiva. 


La mansión se siente fría y hostil con nuestra joven protagonista. El hecho de que no pueda hablar le añade un punto de vulnerabilidad y angustia fantásticos. 



Dorothy McGuire es perfecta para el papel. Su cara de ángel —más similar a la de Audrey Hepburn que a la de Jean Simmons— es lo único noble y puro que encontraremos en el nido de depravación, arrogancia y misantropía de la acaudalada familia a la que sirve.


Aunque sus giros de guion no son ningún salto mortal con doble tirabuzón, se emplean con sobriedad y comedimiento. Lo propio en un maestro alemán como Siodmak. También era propio de él hacer un excelente aprovechamiento de los escenarios. Aunque ahora se le considere un cineasta de clase “A”, gran parte de su carrera se desarrolló en la serie B. B de Brillante.



La cinta arranca con una escena impecable, que firmaría el propio Hitchcock. Una muerte, un asesinato a sangre fría mostrado en cámara con la única referencia de los brazos agonizantes de la víctima. En aquel entonces, no necesitaban dar sustos; bastaba con infundir miedo. La imaginación puede ser mucho más aterradora que la demostración. 


Prueba de ello es el ojo que Siodmak utiliza frecuentemente en la película para representar el frenesí del asesino. Se intuye cierto voyeurismo en él. Nunca llega a confirmarse, pero hay carga sexual en el aire. Sexo, impotencia y locura, una mezcla que da para un psicópata de manual. 


Su metraje apenas llega a la hora y media, algo que cada vez agradezco más. La partitura de Webb, muy señorial y melódica, pero también perturbadora cuando hace acto de presencia el theremin, baila un morboso vals con la genial fotografía de Musuraca. 



Siempre hay una sombra en el encuadre, ya sea la de una silla, un teléfono o la del asesino. Por supuesto, las imágenes vienen acompañadas de efectos de sonido muy logrados: los árboles golpeando las ventanas, como si intentasen avisar a la próxima víctima; los lentos pasos del misterio; el chirrido de una puerta…En fin, ¿qué más puedo decir para convenceros de que le deis una oportunidad?

La escalera de caracol es un suspense ejemplar. Modélico. Quizá la mejor muestra del talento y del oficio de un cineasta que nunca se las dio de genio, pero lo era. Tensión, drama y mentes atormentadas llenan esta mansión de misterios insondables, listos para ser descubiertos por el espectador más curioso. No digas Hitchcock. Di Siodmak (See-odd-mack).



8/10: 39 ESCALONES Y MEDIO

El cine negro, ese cajón de almas torturadas. Altavoz de las miserias humanas. Las horas clandestinas, cuando la civilización echa el cierre y deja paso al crimen y en sus calles, iluminadas por el neón de los bares, se elaboran perversos planes bajo susurros que hieren como puñales. 


El cine negro somos tú y yo. Es el azar del destino. Es la mano de póker que traiciona tu suerte y te envía al fondo de una botella de whiskey barato. 

Son las malas decisiones, la pasión, el sexo y el amor, envueltas en el humo de un cigarro y el carmín del pintalabios dibujado en el rostro de aquella mujer etérea.

El cine negro es el amargo trago que te sirve la vida. El último grito de socorro, la herida que no cierra y que te empuja a la ira ciega. Es causalidad y casualidad, desdicha y condena. Son historias anónimas de tipos corrientes en situaciones extraordinarias.

Si este género aún continúa vigente se debe, en parte, a que es un reflejo de nuestra propia naturaleza. Y es que no hay nada más cinematográfico que la mente humana; esa gran saboteadora, que primero nos seduce y luego nos abandona en un callejón. 

Es en ese enigmático territorio, fascinante y aterrador a partes iguales, donde el cine negro se mueve con su habitual y morbosa elegancia. Y eso es precisamente lo que más me cautiva de este género. Encontrar la belleza en lo prohibido. Dejarse abrazar por las tinieblas; incluso sabiendo que todo acabará mal, no podemos evitar mirar. Es un cruce entre deseo y culpa; un extraño magnetismo que nos conduce a la dulce perdición.

Es como arrimar la mano al fuego o acercarse al precipicio lo suficiente para contemplar el vacío. Eso es el cine negro y no podemos eludirlo. Así que asomémonos juntos al vacío para disfrutar de estas seis joyas del noir que hoy os recomiendo.

Policía Python (1975)

El ser humano es capaz de cometer los más atroces crímenes en nombre del amor. Así resumiría la esencia de este polar francés protagonizado por el impasible Yves Montand. 


Su personaje, un policía de mediana edad que vive por y para su trabajo, descubre una nueva faceta de sí mismo cuando se enamora de una joven misteriosa encarnada por la hermosa Stefania Sandrelli. A partir de este momento, su vida dará un vuelco inimaginable.
Un rasgo común del género es que empiece retratando una vida monótona y rutinaria, con la que el espectador se pueda sentir identificado. 

El personaje de Montand no es ni héroe ni villano; simplemente existe. No hay en él nada extraordinario, ningún superpoder ni misión imposible, lo que nos ayuda a empatizar con él porque, al fin y al cabo, se ensucia en el mismo barro que el resto de mortales.

Policía Python 357 comienza como un drama romántico. Ver a este señor, de rostro duro y taciturno, bebiendo los vientos de una jovencita que, a su vez, anhela una relación más madura, resulta entrañable. Por momentos, me recordó al Fred Astaire enamorado de Audrey Hepburn en «Una cara con ángel» o al William Holden de «Primavera en otoño», persiguiendo una segunda juventud.


Sin embargo, casi sin darnos cuenta, el filme va girando lentamente hacia un tono más perturbador. Todo cambia en una escena decisiva y despiadada, que rompe en mil pedazos cualquier atisbo de romanticismo. 

Lo que nos espera en adelante es un noir puro y duro, muy sombrío y trágico, donde el protagonista sufrirá sobremanera las consecuencias de estar en el lugar y el momento equivocados. 

Médico de noche (2020)

Permanecemos en el país galo —una de las cunas del género— para hablar de este pequeño título estrenado el año pasado y que cuenta las desventuras de Mickaël, un médico de emergencias que trabaja de noche. 


Los lazos de sangre no se eligen y los infortunios que surgen a raíz de ellos tampoco. Poco importa el bien que hagas, como es el caso de nuestro doctor, que recorre en coche las calles atendiendo a los desamparados. La soledad del héroe anónimo.


Con una fotografía muy cuidada y una puesta en escena que recuerda a Taxi Driver, Médico de noche nos mete en la piel de un hombre agobiado por la desgracia que le rodea: drogadictos, prostitutas, ancianos desvalidos, etc. 


Nada invita al optimismo, salvo el espíritu de nuestro protagonista, que hace lo indecible por paliar el dolor de los desarraigados. Hay un momento en la película en que alguien le espeta: «no puedes salvarlos a todos». 


La impotencia en cinco palabras. Un baño de realidad que derrumba al médico y hace que se pregunte si merece la pena. Si de verdad merece la pena perder todos esos momentos con su familia por alcanzar lo inalcanzable.



La quimera pronto se convierte en pesadilla, cuando su hermano le mete en más problemas de los que desearía. Ahora le quedan unas horas para deshacer el entuerto y enmendar su vida antes de que sea demasiado tarde. 


Narrada a lo largo de una noche, muy al estilo de los hermanos Safdie —si habéis visto «Good Time» o «Diamantes en bruto» sabréis a lo que me refiero— pero sin esa adrenalina que los caracteriza, Médico de noche nos muestra la cara más fea de la ciudad. La más enferma y desesperada, pero también la más vulnerable, logrando crear una imagen muy descriptiva y fascinante de la noche parisina. 


El confidente (1973)

Robert Mitchum da vida al fracasado delincuente Eddie Coyle en este thriller de atracos dirigido por el ilustre Peter Yates, al que recordaréis por el célebre policíaco Bullitt.



Esta cinta es una verdadera rareza. Un noir crudo y descarnado en el que es difícil empatizar con ninguno de los rastreros personajes que lo pueblan. Ni siquiera el bueno de Mitchum, presencia carismática donde las haya, logra que sintamos algo más que pena por él.


A Eddie Coyle, el protagonista de esta historia de perdedores, no le sonríe el destino. No importa cuánto se esfuerce por salir del fango, este siempre encuentra una manera de mancharlo.


Lo curioso de El confidente —no confundir con el clásico de Jean-Pierre Melville— es que, por un lado, es fría y calculadora, pero por el otro, es apasionada. Una contradicción difícilmente entendible, si no fuera porque se traduce tan bien en pantalla.



Yates parece más interesado en filmar los robos con precisión milimétrica, que en dramatizar a unos personajes cuya salvación simplemente no es posible. Pese a esta indiferencia, la figura de Coyle nos despierta sentimientos de melancolía y tristeza, porque todo lo que persigue es una segunda oportunidad.

¿Quién no ha soñado alguna vez con tener una nueva oportunidad? Lo realmente trágico es que rara vez se presenta y en su lugar, nos quedamos pasmados con el dudoso consuelo de haberlo intentado. O creer que lo hicimos. De eso va El confidente.


El amigo americano (1977)


Supón que te quedan pocos meses de vida. ¿Qué harías con el tiempo que te queda? Esa es la premisa de la que parte esta sugerente cinta del inclasificable Wim Wenders, basada en una novela escrita por la célebre autora Patricia Highsmith. 



Bruno Ganz y Dennis Hopper forman aquí la pareja más improbable del género, confirmando el dicho de que polos opuestos se atraen. Uno tiene el carácter alemán impreso en su rostro; el otro es un verso libre, un rebelde sin causa al que conocimos subido a una Harley. Los dos se complementan a la perfección. 

Pero más allá de la impresionante química que tienen, El amigo americano es una auténtica maravilla, que se cuece a fuego lento y explota como una olla a presión en su acto final. 

La historia nos presenta a Jonathan Zimmerman, un humilde fabricante de marcos que vive en Hamburgo con su mujer y su hijo. A Zimmerman le preocupa su frágil estado de salud y quiere asegurarse de que no les falte de nada en caso de morir. 


Hasta ahí, todo apunta a un drama familiar y lo es, porque si algo tiene el cine negro es que muta y se adapta a cualquier otro género. Desgraciadamente, todo se complica cuando entra en su vida el enigmático granuja Tom Ripley (Hopper), quien le involucra en una espiral de asesinatos que lo arrastrarán a los infiernos.

Si algo tiene esta película es que no deja de sorprenderte. El relato pasa de conmovernos a helarnos la sangre, incluso nos saca alguna sonrisa propia de la comedia negra. Es todo tan inverosímil que se vuelve realidad, porque los extremos se tocan y ya sabemos que la realidad supera muchas veces la ficción.

El amigo americano es una rara avis a medio camino entre el cine estadounidense y el europeo. Un seductor ejercicio de fatalismo, triste y paródico por momentos, pero siempre hipnótico.  

El expreso de Andalucía (1956)


Ahora nos vamos más al sur, al caótico y ruinoso Madrid de los años 50, donde el lujo y la decadencia forjan una unión que solo puede traer desgracias. En esa fina línea entre la necesidad y la avaricia es donde juega este thriller igualmente fatalista.


La película está dirigida y co-guionizada por Francisco Rovira Beleta y en ella encontramos caras conocidas como la de Jorge Mistral o un jovencísimo Vicente Parra. Ambos son la cara y la cruz de una sociedad sin rumbo fijo, con los ánimos hundidos y el delito campando a sus anchas.

Tres hombres —un pelotari retirado, un joven y acomodado estudiante y un timador de poca monta— se juntan para planear y llevar a cabo el asalto del furgón del correo expreso de Andalucía. Su objetivo es hacerse con unas joyas reportadas desaparecidas y venderlas en el mercado negro, pero como suele acostumbrar el género, si algo puede salir mal, saldrá mal.


80 minutos de pura tensión donde asistimos a una serie de malas decisiones en cadena. Es la crónica de una muerte anunciada y los culpables son los mismos protagonistas que, en su afán por salir del atolladero, cavan inconscientes su propia tumba.

Narrativamente es ejemplar, demostrando que cuando queremos, somos capaces de destacar en el thriller. Además de la trama criminal, tenemos otros ingredientes típicos del guiso negro como la femme fatale, interpretada por Mara Berni y también un muy necesario trasfondo social que ayuda a darle mayor dramatismo al conjunto.


Cerco de odio (1948)

Cierro este especial con un valor seguro en estas lides como Rudolph Maté. El cineasta polaco, que ya se había labrado una reputación como director de fotografía en los estudios Babelsberg —lugar donde se crearon algunas de las mayores obras del expresionismo alemán—, desembarcó en EE.UU. en los años 30 y debutó como realizador en 1947.


Cerco de odio —The Dark Past, en su título original y menos inspirado— es su segundo largometraje y cuenta con un reparto de excepción, encabezado por un joven William Holden y el secundario de lujo Lee J. Cobb. Dos actorazos frente a frente, dándolo todo durante 70 minutos. Solo con eso el espectáculo ya está asegurado.

Pero es que, además, la película enhebra una historia delictiva realmente lograda, con tintes psicológicos que ayudan a darle profundidad al atormentado protagonista. Repito, todo esto en apenas hora y diez de metraje.

La película, que está narrada a modo de flashback, se ambienta en una casa de campo en la que residen un psicoanalista (Cobb) con su familia. Una noche reciben la inesperada visita de un peligroso fugitivo llamado Al Walker (Holden), acompañado de su novia (Nina Foch) y un par de matones. 

Mientras esperan que alguien los recoja, el doctor empieza a interesarse en conocer la mente del asesino Walker. De esta forma, ambos entablan una conversación o más bien una terapia, que tendrá consecuencias imprevisibles y trágicas revelaciones.

Lo más interesante de esta pequeña gran obra es cómo disecciona la psique del fugitivo, yendo al origen del mal para intentar darle una dimensión lógica a tanta violencia. 


Sí, es una película profundamente analítica y reflexiva, de esas que dan para debate, pero también es muy pasional. Muestra de ello es la compleja relación que Walker mantiene con su novia: tóxica por momentos, pero también vulnerable y triste. También las secuencias oníricas ayudan a completar el retrato de este hombre atenazado por sus miedos.

Unos traumas que, lejos de dramatizarlos y retorcerlos para encajar en un molde, se antojan genuinos dentro de la trama que tan inteligentemente propone Maté. Es una defensa a ultranza de la reinserción como herramienta social, pero sin caer en maniqueísmos absurdos que tan en boga están en el Hollywood actual.

Antes de despedirme y dejar que recorráis por vosotros mismos los oscuros senderos del género, me gustaría terminar con una cita de esta película, que creo resume a la perfección la hermosa y terrible verdad de estas historias de almas en pena: «Algunos sólo precisan de un paréntesis. Con un poco de comprensión y orientación, quizá podremos salvar algo que acabaría perdiéndose». El diablo está en el quizá.