¡Es la guerra! Una transición brusca deja paso al bosque nublado de Vietnam, a las cruentas batallas y al olor del napalm. Lejos queda el fuego constructor de la siderurgia y el aire puro de las montañas nevadas del hogar. Mike sostiene un lanzallamas, en vez de su característico rifle, y con él abrasa a un Vietcong que minutos antes había masacrado a unos civiles compatriotas suyos. Imágenes barbáricas que dictan sentencia: los tiempos de honor han terminado. La locura comienza. Aunque hoy la recordamos como un conflicto clave de la Guerra Fría, no debemos olvidar que también fue una guerra civil donde se cometieron crímenes en ambos bandos. Ejemplos de ello son las matanzas de Mỹ Lai y de Huế.



Aquello es una carnicería. Las atrocidades se suceden a ráfagas, sin tiempo para pensarlo. Parpadeas y eres hombre muerto. El montaje se adapta al contexto, con cortes violentos e intrusivos que enfatizan la ansiedad. Meses después de aterrizar en Vietnam, Mike y Nick se reencuentran por casualidad. Pero antes de que puedan darse un abrazo, son capturados por el enemigo, quien les lleva a una cárcel improvisada de bambú y alambre, ubicada en la ribera de un río. Si hasta entonces habíamos visto el terror, ahora vamos a conocerlo en primera persona.


Cimino vuelve a tomar otra decisión arriesgada. Después de contar un prólogo de una hora, se salta el entrenamiento militar y va directamente a la acción. No es una elección insustancial. Busca confundirnos, pillarnos a contrapié. Quiere que nuestra llegada a Vietnam sea tan traumática como lo fue para ellos. Que nuestra cabeza aún esté en Clairton, mientras respiramos los gases de los agentes químicos. 


Si hubiéramos pasado tiempo en un campamento, nos habríamos acostumbrado a la nueva realidad. Ya no veríamos a Mike, Nick y Steve como obreros, sino como soldados. Pero nada puede prepararte para la guerra. El impacto de entrar en el campo de batalla es tal, que todo tu mundo se derrumba. Para Cimino, la guerra genera la fractura.


La secuencia del cautiverio es otra de las piedras angulares del filme. No solo porque reúne de nuevo a los protagonistas bajo circunstancias críticas, sino por la presentación de la ruleta rusa. Un elemento fundamental para entender la tesis de El cazador. Si bien no hay documentación que demuestre que el Vietcong emplease este método de tortura de forma sistemática, la película tampoco busca la fidelidad histórica.



Recordemos que la de Vietnam fue la primera guerra televisada. A lo largo del conflicto, hubo una importante presencia de reporteros y cámaras de guerra, que viajaron hasta allí para documentar los horrores que se estaban cometiendo. Todos los días desde la comodidad de sus hogares, las familias americanas eran testigos del horror. Cimino debía encontrar una manera de agitar la conciencia de una sociedad insensibilizada y la mejor forma de hacerlo, era a través de una metáfora. 


Las escenas de la ruleta rusa en El cazador no deben interpretarse con literalidad, sino como una hipérbole de la agónica existencia de los soldados. La naturaleza de la guerra de guerrillas generó un clima de miedo constante. Cada minuto en el frente era un lanzamiento de moneda al aire. Cara o bala. El nivel de estrés que experimentaron fue tan alto que muchos se refugiaron en las drogas, mientras otros simplemente quebraron. De hecho, el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) fue reconocido oficialmente a raíz de la epidemia de casos entre los veteranos de esta guerra. Qué mejor forma de transmitir la zozobra que sintieron los combatientes que con un juego como la ruleta rusa, donde el azar y la muerte van de la mano. 


A Steve le sobrepasa la situación. Nick aún la está asimilando y Mike, el más entero de todos, intenta calmar los ánimos, aunque sus esfuerzos son en vano. Lo cierto es que sus vidas penden de un hilo. Las probabilidades de supervivencia apenas se vislumbran desde un zulo, con el agua del Mekong por las rodillas —en realidad, se rodó en el río Kwai— y una partida de ruleta rusa jugándose sobre tu cabeza. Si juegas, dependes de la suerte para vivir, y si no, dependes de la benevolencia de tus captores.


La secuencia de rescate fue una de las más trepidantes de la cinta y la más difícil de rodar. Durante una toma en la que De Niro y John Savage colgaban de un puente, el helicóptero, que volaba bajo para rescatarles, se enganchó con las cuerdas y las retorció, lo que casi les cuesta la vida. Tardaron dos días en rodarla. Sus gritos y los del equipo se dejan oír en el montaje final.


 

Por suerte logran escapar con vida, aunque no salen indemnes. Steve queda parapléjico y un grave trastorno se empieza a fraguar en la mente de Nick. Mike, que parecía el más trastornado de los tres durante su cautiverio, sale mejor parado. La carrera de De Niro presagiaba un papel más furibundo. No en vano, venía de interpretar a Travis Bickle en Taxi Driver (1976), otro veterano de Vietnam con un funesto desenlace. Acostumbrados a su lado más salvaje, resulta refrescante verlo en un personaje con más matices. Mike no es un tipo duro al uso ni un loco, es un joven sensible que esconde su herida y finge estar bien. 


En un principio, el público se alinea con Nick, ya que ejemplifica la figura del héroe casto. Pero más adelante, veremos cómo se invierten los roles. Sus arcos de personaje se cruzan en direcciones opuestas: el de Mike camina hacia la redención, mientras el de Nick se precipita al vacío. Es aquí donde se cimenta uno de los temas centrales del filme: la influencia del azar, así en la guerra como en la vida.


Ya en Saigón, el recuerdo del cautiverio parece un mal sueño. Acompañamos a Nick a través de su rehabilitación en el hospital militar. Sentado sobre una balaustrada, observa cómo cargan féretros en un camión. Él podría haber sido uno de ellos. Quizá lo sea. Un médico le interrumpe para hacerle unas preguntas. Sospecha que su nombre, Nikanor Chevotarevich, no sea americano. Pero eso a Nick le trae sin cuidado. Él solo tiene ojos para el chico negro sin brazos que tiene enfrente suya. Allá donde mire, solo hay muerte y devastación. Este momento es clave para entender el derrumbe psicológico del personaje.



Los médicos le dan el alta y lo arrojan a la calle. Diagnóstico: fuerte y saludable. Si apenas pueden atender a los heridos físicos, imagínense a los enfermos mentales. Nick amaga con llamar a Linda, pero cuelga antes de que pueda contestar. Intenta aferrarse a la vida que tenía, pero se ve borrosa. Como si le perteneciera a otra persona.


La noche de la ciudad lo engulle y se encuentra a gusto, porque nadie lo reconoce. No hay saludos incómodos, nadie lo recibe como un héroe ni le da palmadas en la espalda por los “servicios prestados”. Solo es un alma descarriada más, un rostro entre la multitud. Frecuenta bares y prostíbulos y a punto está de pagar por tener sexo, pero algo lo hace recular. Un instinto del pasado. No puede caer tan bajo, piensa.


Atrapado en un callejón, Nick sucumbe a los cantos de sirena de un aristócrata francés que lo atrae al peligroso mundo de la ruleta rusa. Entre el gentío de la sala, distinguimos a Mike; lástima que Nick no lo vea. Como el insecto que cae en las redes de una araña, no es consciente de que su próximo paso podría ser fatal. Tal vez su última oportunidad. La cinta está plagada de momentos cruciales. Mike y Nick no se volverán a ver jamás.


Si veníamos de ver el lado más sanguinario del conflicto, ahora Cimino nos expone al más depravado. Cuando un pueblo atraviesa dificultades, también muestra su cara más repugnante. Y no hablamos solo de vietnamitas. Saigón se ha convertido en el mercado global de la perversión y su divisa es la desesperación. 


Antes de pasar al siguiente bloque, quisiera mencionar otro elemento destacable. Fijaros cómo Cimino jamás define una jerarquía militar. La película prescinde del estereotípico sargento de hierro que llega para salvar el día. En Vietnam reina el caos. Mike, Nick y Steve salen vivos gracias al apoyo mutuo y a una voluntad inquebrantable. Una visión que concuerda con el clima de escepticismo de los años 70 y que reabre un debate nacional.


 

Mike regresa a casa. Sus amigos le esperan para hacerle un recibimiento por todo lo alto, pero él no está para celebraciones. En lugar de eso, se encierra en la habitación de un motel barato, solo, en su pequeña isla donde llorar tranquilo. Suena la Cavatina y nos golpea con su efecto nostálgico. Aunque la canción no se compuso para la película, bien lo parece. Mike saca la cartera de Nick, contempla la foto de Linda y duda. Duda del futuro y de sí mismo.


¿Cómo se rehace una vida hecha añicos? El cazador se toma tiempo para intentar responder a esta pregunta tan complicada. El sentimiento de culpa, la ausencia y un hogar que ya no podrá ver con los mismos ojos. Mike ha perdido la inocencia, si es que alguna vez la tuvo. Se acerca a Linda. Ella también necesita consuelo, calor humano. Hace mucho que no lo siente; desde que se fueron. Sin embargo, cuanto más intiman, mayor remordimiento siente Mike. Debería haber vuelto Nick y no él. 


Pero el pueblo también ha cambiado. El ambiente es lúgubre y los ánimos han decaído. A medida que avanza, el tiempo hace mella en sus habitantes. Podemos verlo en el rostro de Ángela, la mujer de Steve, que ha quedado catatónica tras ver el estado de su marido. Incluso los que siguen igual, como Stanley, se ven demacrados. Nada vuelve a ser lo mismo.


Ni siquiera la caza se siente igual, como estamos a punto de comprobar con una de las escenas más poderosas del filme. Mike y los colegas vuelven a quedar para cazar ciervos, como en los viejos tiempos. Se separa nuevamente del grupo, obcecado con llevarse un trofeo a casa. Después de una larga y serena caminata por las montañas, al fin lo tiene en el punto de mira. El ciervo es suyo, pero lo deja escapar con vida. Lo mira fijamente y se despide de él. Las reglas que antes daba por sentado, su filosofía del disparo único, ya no tienen sentido.


Mientras sus amigos se han estancado o, peor aún, han caído víctimas de la guerra, Mike atraviesa cambios. Caminamos con él en su viaje a la madurez, avanzando para seguir vivos. Para seguir sintiendo. Según Cimino, solo a través de la aceptación podemos cerrar la herida. Mike y Linda se apoyan con la esperanza de construir un mañana mejor. 



Quien no acepta los cambios es Stanley, que sigue igual de inmaduro e impulsivo. Él y Mike se enzarzan en la cabaña, cuando este vuelve de la cacería abortada. Stanley amenaza a sus colegas con su ridícula pistola. Esto no le sienta bien a Mike, que le arrebata el arma y le apunta con ella. Stanley no sabe lo que es quitar una vida; él sí. Si no va a entender el mensaje por las buenas, lo hará por las malas. Un dato curioso de esta escena es que De Niro le propuso a Cazale introducir una bala en el revólver para elevar la tensión, a lo que él accedió.


Mike parece decidido a pasar página y mirar al futuro, pero antes deberá confrontar su pasado. Por un lado, saca a Steve del anonimato en el que vive. Él representa al veterano silenciado, el rostro de una vergüenza que EE.UU. tapó. Nadie en el pueblo desea saber nada del chico y Mike tendrá que hacer lo imposible para rescatarlo una vez más. Se repite la misma historia que en Vietnam, pero en suelo americano. Solo un veterano puede devolverle la vida a otro veterano. Esta escena me recuerda a otros filmes soberbios que tocaron antes el tema, como Escrito bajo el sol (1957) o Los mejores años de nuestra vida (1946).


Por otro lado, aún recuerda la promesa que le hizo a Nick antes de la guerra. Tiene que regresar a por su amigo. Traerlo de vuelta, vivo o muerto. Su código de honor le obliga. Es su deber moral. Así comienza el clímax de la película, uno de los más intensos y traumáticos que el cine americano recuerde.



Último bloque en Vietnam. Mike regresa, no como soldado raso, sino como héroe condecorado. Se observa en el reflejo de aquel boina verde con el que charló en la boda; ahora lo entiende. El recuerdo se antoja tan lejano que parece otra vida. Se acerca el final de la guerra. Saigón es un polvorín a punto de explotar. Si quiere encontrar a Nick debe hacerlo sólo y debe hacerlo rápido. Esto no es Salvar al Soldado Ryan (1998). A nadie le importa si vive o muere. Recuerden que el fracaso de EE.UU. se debió, entre otros factores, a la falta de estructura y de estrategia militar, además de una inestabilidad política permanente en Vietnam del Sur. Era cuestión de tiempo que Saigón cayese.


Una vez retornado, Mike emprende una búsqueda que le llevará a las entrañas del Hades. Contacta con el adinerado francés, pero le cuenta que se ha retirado del negocio. Se le ve agitado, como si huyese de su conciencia, aunque finalmente accede a llevarlo hasta Nick. Juntos, cruzan el río Aquerón —la morada de los muertos— y desembarcan en la caseta donde, al parecer, se encuentra. Enseguida advertirá que su amigo ya no existe.


Un viejo hombrecillo, de pie frente a una mesa, sostiene un revólver. A cada extremo de la mesa, se sienta un joven con una cinta roja atada a la cabeza, en actitud de concentración. El anciano introduce una bala en el revólver, gira el tambor y se la entrega a uno de los jóvenes. Este la recoge, apunta con ella su sien y dispara sin pestañear. La pólvora explota y propulsa la bala, que atraviesa el cráneo del joven. La muchedumbre, salpicada con su sangre, se funde en un clamor de victoria o de derrota, según la apuesta. Mike coge aire y reclama ver a Nick, al que allí conocen como «El americano». Ha llegado el momento de la verdad…


Mike y Nick, dos caras de la gran pesadilla americana. Antes de la guerra, Nick representaba el idealismo y la unidad; mientras, Mike era reservado y solitario, el eterno pragmático. Tras su paso por ella, ambos entendieron que el futuro que imaginaban jamás se podría realizar, pero solo uno supo afrontar el hecho. Nick se perdió para siempre, atrapado en un mundo de dolor autoinfligido. Su carácter inocente no soportó la cruda realidad. Por el contrario, Mike supo liberarse de ese yugo, luchando por rescatar como un líder a sus afligidos amigos. Mike eligió vivir.


A través del plano y del montaje, Cimino provoca un creciente desasosiego en el espectador. La imagen, envuelta en sombras, adquiere un cariz de gravedad. Solo están iluminados Mike y Nick alrededor de la mesa, aunque la luz tampoco es acogedora; todo en ese lugar quiere matarte.  El ambiente está cargado de miedo y de tensión. Mil ojos extraños observan a nuestros protagonistas como hienas esperando la carroña. El encuadre cerrado y la ausencia de sonido extradiegético anticipan la tragedia que estamos a punto de vivir. 


El juego de la cámara acentúa la incertidumbre: ¿quién sobrevivirá? Resulta difícil elegir. Sentimos afinidad por ambos, aunque sabemos que la muerte de Nick ya se dio mucho antes de esta escena. No se puede matar a un muerto. Mike, sin embargo, está dispuesto a todo con tal de cumplir su promesa. Con tal de hacerle volver.


Nick dispara primero con un gesto automático. Ya ha jugado muchas partidas. Conoce bien la mecánica. El chasquido del revólver no anuncia bala. Sigue con vida. Turno de Mike. Intenta dialogar con Nick, pero no le responde. En su mirada no se vislumbra un ápice de familiaridad. Es un desconocido para él. Otro rival al que vencer. Cada vez que se sienta a esa mesa, es cuestión de vida o muerte. Nick está completamente alienado. 



La escena final de la ruleta rusa no es solo un acto de violencia extrema. Esconde la tesis de la película: la guerra no solo mata hombres, mata esperanzas, vínculos, raíces. Mike y Nick simbolizan la polaridad entre fortaleza y aislamiento. Entre el héroe que regresa a Ítaca y el que se pierde para siempre en el Hades. El espectador, sometido al mismo estrés que los soldados, comprende el deterioro psicológico del conflicto bélico. El desarraigo de Nick agota sus energías, hasta que solo queda una vasija vacía y entonces, muere. Mike llora su muerte desconsolado. No pudo salvarlo, pero aún puede traerlo a casa y darle descanso. Cerrar la herida. Gente que estuvo en el estreno asegura que muchos salieron despavoridos de la sala. Mujeres y hombres que salieron a llorar, cuando vieron su historia representada en la pantalla.


El epílogo cierra esa herida con un homenaje velado a todas las víctimas. Las que volvieron y las que se quedaron por el camino. Muchos le achacan al filme su pausa. Según yo lo veo, esa lentitud es indispensable para hacernos partícipes de la acción. No limitarse a ser meros espectadores, que ven una película con la misma atención con la que engullen una comida basura. Cimino quiere emocionarnos y para conseguirlo, necesita que nos involucremos. Para él, el cine es otro ritual que une a las personas; es una experiencia que nos humaniza y nos une. Sin el prólogo y el epílogo, El cazador sería una aventura bélica más.


El pueblo se viste de luto para despedir a su héroe caído. La imagen se vuelve más amplia, pero no transmite paz. El desánimo predomina en la escena. Incluso los árboles, que tanto amaba Nick, parecen llorar su pérdida. El humo de la fábrica tiñe de negro la naturaleza. Los rostros desencajados de sus amigos y familiares desfilan ante nuestros ojos. Mike observa el féretro y le presenta respetos a su amigo con un saludo militar. 


En un ejercicio de circularidad narrativa, la última escena nos devuelve al bar donde comenzó la película. No obstante, ni el bar luce igual ni la gente es la misma. Apenas hay luz en el interior. El ambiente es más frío y lúgubre. No hay miradas cómplices entre los amigos allí reunidos. Incluso John, que siempre fue el alma de la fiesta, tiene un tono apagado y cuando está a solas en la cocina, rompe a llorar. Todos parecen ausentes, incapaces de vislumbrar un futuro sin Nick.



Tras un silencio solemne, los amigos sentados a la mesa llena de comida, arrancan a cantar «God Bless America». No es una interpretación exaltada ni hace gala de un patriotismo efervescente. Todo lo contrario. Es un cántico emotivo. Un himno al consuelo, que busca reanimar el espíritu de un pueblo abatido y de una nación conmocionada. Aún es pronto, muy pronto para el optimismo, pero no para la sanación. Un proceso del que EE.UU. aún no ha salido. Porque un país lo componen sus personas.


Linda mira a Mike y sonríe abiertamente. Imagina un futuro juntos. Amándose. Respetándose. La idea la reconforta. Quizá nunca llegue a amarlo igual que a Nick, pero aquel amor se fue como tantas cosas. Como tanta gente. Lo importante son los que se quedan. Echar raíces para no marchitarse. Eso es el arraigo.


El cazador fue un éxito de crítica y taquilla. Cosechó cinco premios Óscar, entre ellos el de mejor película, dirección y actor de reparto para un Christopher Walken estelar. A pesar del gran trabajo de fotografía del legendario Vilmos Zsigmond, perdió frente al de Néstor Almendros en otro filme deslumbrante como Días del cielo. La película no sólo inició una conversación social, sino que propulsó las carreras de dos titanes como Meryl Streep y el mencionado Walken y también supuso la despedida del eterno John Cazale, que murió antes del estreno. Falleció acompañado de su gran amor, Meryl Streep y de su gran amigo, Robert De Niro. La historia de afecto que une a estos tres actores es la misma que nos cuenta Cimino en el filme. La historia de una amistad abnegada que sobrevive a la tragedia.


10/10: CIMINO BENDIGA A AMÉRICA.

Desarraigo. Acción y efecto de arrancar de raíz una planta, quitarle su soporte vital. Sin nutrientes ni hidratación, la planta irá perdiendo su energía, se secará y al cabo de un tiempo, morirá. Un acto tan fortuito, tan simple e inadvertido por el resto, tiene consecuencias devastadoras. Arrancar una planta es abrir una herida en la tierra; herida que grita, herida que llora.


One shot! One shot! Estas fueron las últimas palabras que Mike (Robert De Niro) le dedicó a su gran amigo del alma, Nick (Christopher Walken), instantes antes de que este se quitara la vida de un disparo en la sien ante una multitud enardecida, como quien presencia el último asalto de un combate de boxeo. 


Sentados frente a frente, con la mirada clavada en el otro, Mike y Nick mantienen un pulso por el futuro que les fue arrebatado: uno se aferra a la amistad, dispuesto a descender al infierno para traerlo de vuelta al hogar; al otro no le queda un atisbo de humanidad. Sus raíces fueron arrancadas hace mucho. Los ojos conscientes y aterrados de Mike contrastan con el vacío espiritual de Nick. Ya no queda nada de aquel joven dulce y apasionado con el que cazaba ciervos en la montaña. Nada salvo un nombre. 


Mike sostiene tembloroso la mano de su amigo, desesperado porque entre en razón. Porque despierte de la pesadilla. Por un momento, el tiempo se detiene. Toda una vida les ha conducido hasta aquí, lejos del mundo que creían conocer, lejos de sí mismos. 


En inglés, one shot puede traducirse como un disparo o una oportunidad. Mike y Nick han librado su batalla hasta el último suspiro. Ante ellos, se presenta una última oportunidad para vivir o para morir. La bala aguarda en el tambor cilíndrico; todo lo que empieza tiene un final. Conocemos bien el juego y sabemos que, tarde o temprano, todos perdemos una parte de nosotros. Eso es el desarraigo.



Hollywood ha abordado la Guerra de Vietnam en numerosas ocasiones. Ya desde los primeros años, la industria actuaba como una eficaz máquina de propaganda para reclutar jóvenes idealistas. Uno de los casos más flagrantes es Boinas verdes (1968), un panfleto militarista encabezado por John Wayne, que sirve como advertencia del poder perverso del cine. 


Con el paso del tiempo, las películas fueron aportando mayor complejidad y agudeza, hasta llegar al presente con títulos como Rescate al amanecer (2006), de Werner Herzog. Entremedias se estrenaron grandes películas y otras olvidables, pero pocas resultaron tan decisivas para el género como El cazador (1978), de Michael Cimino. Una obra capital que abordó, en clave de epopeya trágica, las secuelas de una guerra que envenenó el alma de una nación. 


Hasta entonces, nadie en Hollywood había reunido el coraje para denunciar las atrocidades vividas en Vietnam, mucho menos financiar un proyecto de calado. Tan solo Elia Kazan se acercó al tema en Los visitadores (1972), una rareza con guión escrito por su hijo y escaso presupuesto. Así pues, Cimino, que por aquel entonces era un director novel con un puñado de trabajos menores en su haber, se lanzaba a la mayor aventura de su vida. Una que le traería grandes glorias y desgracias por igual. Su trayectoria acabaría reflejando, de forma nítida, el mito de Ícaro.


Michael Cimino nace en Nueva York en 1939 en el seno de una familia de inmigrantes sicilianos aferrados a las tradiciones. Considerado un niño prodigio, Michael se rebeló contra su destino en la adolescencia. Estudió artes gráficas en la universidad, donde desarrolló su talento innato para captar imágenes de gran belleza.


A principios de los 70, Cimino empezó a trabajar en Hollywood como asesor de guiones. Uno de sus trabajos llamó la atención de Clint Eastwood, el cual quería dirigir el proyecto, pero él se negó tajantemente. Finalmente, llegaron a un acuerdo: Clint lo financiaría bajo el sello de la floreciente Malpaso y Cimino lo dirigiría. La película se tituló Un botín de 500.000 dólares (1974) y fue un éxito de recaudación.



A mediados de los setenta, el productor Michael Deeley había comprado un guión sobre un grupo de amigos que viajaba a Las Vegas para jugar a la ruleta rusa. Según él, le faltaba algo y ese era Michael Cimino. El italo-americano, que era un talento emergente, le expuso su visión a Deeley y este quedó cautivado. Le dio luz verde de inmediato. Nadie podía imaginar la magnitud que alcanzaría el proyecto.


Un velo de misterio envuelve los orígenes de El cazador. Cada cual tiene su versión acerca de quién plantó la semilla de la idea, pero nadie sabe la verdad. Cuando esto ocurre en Hollywood, se imprime la leyenda. 


Cimino era un director megalómano y mentía más que Howard Hawks; una bomba de relojería lista para estallar. Tanto es así, que alcanzó la cumbre y cayó a los infiernos en tiempo récord. Su malograda carrera conversa con la de Orson Welles o Erich von Stroheim.


Por aquel entonces, la Guerra de Vietnam recién había concluido con derrota para los Estados Unidos. El país sufrió una fractura irreparable: más de 58,000 bajas y 300,000 heridos. Una vergüenza nacional agravada por el siniestro magnicidio de JFK y el ascenso al poder de Lyndon B. Johnson, responsable directo de la guerra, que hizo desembarcar más de medio millón de tropas en cuestión de días. En 1973, tras años de desgaste y de mentiras, Nixon ponía fin al conflicto armado, pero era demasiado tarde. La desconfianza había hecho metástasis en la ciudadanía. El movimiento hippie calaba hondo entre los jóvenes, que rechazaban de pleno las estructuras tradicionales. Mientras, sus padres asombrados leían en la prensa los escándalos del gobierno. El gran sueño americano llegaba a su fin y una nueva era comenzaba.


Resulta fácil hacer una película sobre un conflicto del que has salido victorioso. Más complicado es sacar a relucir las miserias silenciadas. Aunque Coppola ya estaba gestando Apocalypse Now (1979), El cazador fue la primera, junto a El regreso (1978) de Hal Ashby, que tuvo las agallas de tratar abiertamente el tabú y lo hizo con una sutileza que marcaría tendencia en el cine bélico. Porque El cazador no es una película sobre la Guerra de Vietnam, sino sobre la fractura moral de los EE.UU.  



La historia se ambienta en el pequeño pueblo siderúrgico de Clairton, Pensilvania, en una comunidad de inmigrantes rusos. Seis jóvenes amigos disfrutan de sus últimas correrías juntos, antes de afrontar los cambios drásticos que se avecinan. Son unos críos que no conocen más allá del valle en el que viven. Su máxima preocupación es cazar ciervos y beber cerveza hasta caer de espaldas; unas “Rolling Rock”, el mejor lúpulo de la región. Les encanta picarse entre ellos, echar la tarde en el bar de la fábrica y perseguir chicas. La vida en Clairton es tranquila y próspera, su gente está unida y miran al futuro con esperanza. 


Pero los días de vino y rosas pronto terminan. Por un lado, Steve (John Savage), el más responsable del grupo, está a punto de casarse. Es el primero en dar el gran paso a la vida adulta y siente vértigo. Por otro lado, quedan apenas unas horas antes de que Nick, Mike y él se marchen a combatir a Vietnam. Para ellos es una aventura. La oportunidad de conocer mundo. Para el pueblo, es un motivo de orgullo: sus hijos predilectos van a defender a la patria. 


Antes de alistarse, los chicos organizan una última cacería, uno de los ritos que componen el espíritu inquebrantable de Clairton. Son jornadas de júbilo, pero también de angustia frente a la incertidumbre. Nadie se atreve a decirlo, pero todos lo piensan. Se aproxima una tormenta y solo Dios sabe qué se llevará con ella. 


El gran mérito de El cazador está en su particular estructura. Michael Cimino era un estudioso de las artes, pero no tuvo formación cinematográfica formal y por tanto, no seguía los cánones académicos; era su forma de transgredir las normas, igual que hizo de joven.


La decisión de incluir un prólogo de una hora solo la puede tomar un verso libre como él. Cualquier otro cineasta hubiera condensado el metraje, poniendo énfasis en el tratamiento de la guerra. Pero Cimino no quería que la obra perdiera relevancia o frescura. Quería que fuera universal y qué hay más universal que una gran tragedia. 


El armazón del filme es mucho más literario que fílmico. Corresponde a los mitos y leyendas del teatro griego, adaptados a la realidad norteamericana. Los personajes se emparentan con La Odisea de Homero; el regreso del héroe a casa tras un largo exilio. Lealtad, valor y sufrimiento humano como vehículo para alcanzar la sabiduría. Ahí reside la épica de El cazador.



Si lo pensamos detenidamente, es fácil distinguir los arquetipos. Mike es Ulises, el líder astuto e ingenioso que siempre mantiene la calma. Es un faro que guía a sus amigos a través de las tinieblas. Él se adentra en el Hades y regresa a Clairton, la Ítaca transformada. Al contrario que Nick, el héroe caído, consumido por la desolación. 


Después de un inicio raudo y veloz, igual que el camión cargado de combustible que irrumpe en el pueblo, Cimino se recrea con afán documentalista en las costumbres y tradiciones de la gente. No es casual que eligiera una comunidad rusa como protagonista de la cinta. Muchos huyeron a EE.UU. por motivos religiosos o políticos. Un recordatorio de que la desgracia forma parte de la vida, tanto como el imperativo de seguir adelante.


La mente obsesiva de Cimino quiso que todos los rituales del prólogo fueran precisos, más concretamente el de la boda. De esta forma, la película nos muestra los entresijos de una ceremonia ortodoxa, tal y como ocurriría en la realidad. El director pidió a los innumerables extras que se comportaran igual que lo harían en una boda auténtica. Llegó incluso a contratar a un cura de verdad; no quería que se le escapara ningún detalle. No obstante, hubo uno que fue particularmente problemático. 


En la escena en la que Steve y Angela (Rutanya Alda) beben de una copa, la tradición dice que si se derrama una sola gota de vino, significa un signo de mal augurio. Cimino quería capturar este momento con la cámara, pero la copa que habían diseñado no funcionaba. Después de pasar un día de rodaje intentándolo, un Cimino enfurecido llenó una copa de vino, se subió a una escalera y desde ahí, dejó caer una gota en el vestido de Angela. 


La secuencia de la boda tardó cinco días en rodarse y ocupó casi un tercio del metraje final. Cuando los productores se enteraron, debieron pensar que se había vuelto loco. Efectivamente, lo estaba, pero había un método en su locura. La secuencia de la boda marca el pistoletazo de salida para todo lo que vendrá después.


Como el gran narrador que es, Cimino emplea los preparativos de la boda y la boda en sí para vehicular el carácter y las motivaciones de los personajes. Empezando por Linda, interpretada por una primeriza Meryl Streep. En un principio, la vemos atendiendo a su padre alcohólico y abusivo. Más tarde, ya en la boda, descubrimos que ella y Nick se aman. Linda representa la pureza de espíritu, la bondad y la resiliencia ante las dificultades.


También nos introduce a las dinámicas del grupo de amigos, a quienes vemos fichando en la fábrica, como en una película de los hermanos Lumière. Por un instante, la memoria nos devuelve a Innisfree, al pueblo minero de ¡Qué verde era mi valle! o a cualquier otro lugar atemporal del cine de John Ford. Cimino está trascendiendo la ficción.



Enseguida nos percatamos de que Mike y Nick son el alma de este grupo. El propio Mike le confiesa que, de no ser por él, iría a cazar ciervos solo. Stanley (John Cazale) es un infeliz de carácter conflictivo y espíritu enclenque. Un coleccionista de vicios. Axel (Chuck Aspegren) no destaca en nada, aunque tampoco molesta. John (George Dzundza) es el único que no se dedica a la siderurgia. Regenta el bar-parroquia donde quedan para beber, jugar al billar y hacer apuestas descabelladas. Ninguno de ellos tiene el valor para ir a Vietnam. Incapaces de avanzar, de crecer, de madurar. Ellos representan los que se quedan atrás.


Mike ejemplifica la autoridad y Nick, la ternura. Juntos reúnen la cabeza y el corazón del grupo. A lo largo del prólogo, veremos cómo Cimino cincela sus aspiraciones. Nick muestra una imagen inmaculada, de rostro aniñado y actitud risueña; es la personificación de la inocencia. Mike está en las antípodas. Es más ladino, introvertido y calculador. No sabe bailar y no le gusta socializar. Sin embargo, le cae bien Nick, quizá porque es todo lo que él aspira a ser y tiene todo cuánto anhela. Concretamente, el amor de Linda.


Terminada la ceremonia nupcial, llega el momento de la celebración. La escena no podría ser más berlanguiana. También fordiana. Parece que estuviera todo el pueblo allí reunido. Gente bailando que entra y sale del plano, conversaciones cruzadas y la orquesta tocando de fondo un popurrí de música: desde Can’t take my eyes off you de Frankie Valli, un tema recurrente del filme, hasta canciones populares de Rusia como Korobeiniki


Un caos que Cimino aprovecha para ahondar en la naturaleza de los personajes. Vemos a Mike intentando declararle su amor a Linda, a Nick siendo el alma de la fiesta —Walken baila como nunca—, a Stanley quedando en ridículo y a Steve en una nube. La escena es mucho más que un paréntesis para tomar aire antes del desastre. Cumple una función integral en la narración, estrechando el vínculo emocional entre los protagonistas y el espectador. Ensalza el valor de las tradiciones como pegamento social y además, presenta la amenaza inminente. Sobre el escenario, una pancarta que reza «Sirviendo orgullosos a Dios y a la patria» se alza sobre los asistentes, dejando una estampa funesta.



Por si fuera poco, la película añade otra capa de crueldad con la llegada a la fiesta del boina verde. Su irrupción tiene mucho de sueño premonitorio. A pesar de ir uniformado, nadie allí lo reconoce, como si fuera el fantasma de las navidades futuras. La imagen se vuelve oscura y la fiesta se escucha distante. ¿Quién es ese tipo? Solo un Mike completamente ebrio le presta atención. Le invita a un trago a cambio de información sobre la guerra y este le responde con un sucinto “¡a la mierda!”. Tiene la mirada perdida en un lugar lejano. Tal vez piense en un compañero agonizando en la selva o en el grito de auxilio de una mujer que sostiene a su hijo muerto entre brazos. Tal vez piense en todos o tal vez en ninguno. Después de todo, ¿qué le queda salvo el desarraigo?


Tras una larguísima escena de interiores, regresamos al exterior. Steve está nervioso porque es su primera vez con Angela, aunque ella está embarazada. Nunca sabremos quién es el padre. Hay quien conjetura que es Stanley, porque al final de la película lo vemos muy próximo a Angela y al niño, ejerciendo casi de figura paterna. Sin embargo, en una entrevista del DVD, Cimino desvela que el padre es Nick, lo que explicaría los envíos de dinero y de elefantes de madera que envía desde Vietnam. Esto es como el final de Blade Runner, a cada cual el suyo. Personalmente, me quedo con la primera hipótesis. Encaja mejor con el carácter de los personajes y mantiene intacto el amor que Linda y Nick se profesan. 


Steven y Angela se marchan juntos en el coche de bodas, jaleados por toda la comunidad. El coche es otra presencia constante a lo largo de la película. Un Cadillac Coupe de Ville de 1959, propiedad de Mike. Es un modelo anacrónico y destartalado que simboliza la gloria de un tiempo pasado, cuando EE.UU. vibraba con el rugido de los motores y el crecimiento industrial. Esta nota amarga entronca con la de una época, los años 70, en la que el país comenzaba su desindustrialización. El pueblo siderúrgico de Clairton representa el Cinturón de óxido que se extendía por los estados de Pensilvania, Virginia Occidental y Michigan. De nuevo, Cimino insiste en la idea del fin de una época.


Al fin solos bajo el cielo nocturno de Clairton, Mike y Nick confiesan su miedo por ir a la guerra. El día había sido tan intenso y apenas hubo margen para reflexionar, salvo por una pequeña charla que mantuvieron minutos antes de la boda en la caravana. Allí, Mike le explica su pasión por la caza y la importancia de hacerlo de forma limpia, profesional, de un disparo. Nick no está tan convencido. A él la caza no le importa tanto como el ciervo, la montaña y los árboles. Le encantan los árboles. En definitiva, está enamorado de su hogar y esa noche, con las estrellas por testigo, le hace prometer a Mike que lo traerá de vuelta a casa, vivo o muerto. Mike no se puede negar. Después de todo, son amigos del alma. Hermanos.



Hemos seguido al grupo a lo largo de una jornada extenuante. Los vimos saliendo del trabajo, bebiendo en el bar y bailando en la boda, pero aún queda un último rito, también litúrgico, antes de marchar a Vietnam. Es el que da título a la película, The Deer Hunter. Aquí es donde Cimino hace gala de su ojo clínico para rodar amplias panorámicas de una belleza casi religiosa. La montaña en El cazador tiene el mismo tratamiento que un templo. Es un lugar sagrado, donde Mike es el maestro de ceremonias y los demás, sus invitados. 


Dos escenas destacan sobre las demás. La primera tiene lugar en los prolegómenos, cuando Mike se niega a darle las botas de caza a Stanley. Este se muestra intransigente ante las súplicas de su amigo, para sorpresa de los allí presentes. La tensión crece a medida que la discusión se vuelve más acalorada y las armas entran en el plano. Nadie entiende lo que ocurre, pero hay una explicación para su comportamiento: pronto se irá y Stanley tendrá que madurar. No os dejéis engañar por su semblante amenazador, Mike tiene miedo. Miedo de no volver. Miedo de que sus amigos no puedan salir adelante sin él. Al fondo, contrasta una impresionante postal invernal del Monte Baker, al norte del Estado de Washington, en la frontera con Canadá. Cimino recoge la tradición fordiana del paisaje como construcción moral. La grandeza y serenidad que transmite Clairton choca con el constante estado de alerta de Vietnam. En el hogar se estrechan los vínculos, mientras que en la guerra se arruinan.


La otra escena es más significativa aún si cabe. En un gesto de íntima camaradería, Mike y Nick se separan del grupo para rastrear juntos a un ciervo. Ambos van a la par, escalando la montaña por riscos y promontorios de alto riesgo. Mike, absorto en la persecución, se olvida de Nick, que es incapaz de seguirlo y termina perdiéndose en la niebla. Cuanto mayor es la altitud, más cerca se encuentra del cielo y mayor es el misticismo. Entonces, gana fuerza el Vichnaya Pamyat, o Memoria eterna, un himno litúrgico en memoria a los difuntos que rima a la perfección con la escena.



Cimino abre un abismo emocional entre Mike y sus compañeros. Queda claro que es un tipo diferente, con unos códigos estrictos y un objetivo claro en mente. Mike tiene un propósito y por eso lo siguen, porque sabe lo que quiere y tiene la habilidad para conseguirlo. Más tarde, descubrirá que estaba equivocado y que todo eran castillos en el aire.


A nivel formal, la secuencia de la caza produce asombro. El montaje pausado deja respirar a los planos, un elemento muy necesario a la hora de generar gravedad. Al contrario que el cine moderno, El cazador no tiene prisa por pasar a la siguiente escena, sino que la alarga, confiando en la riqueza del lenguaje audiovisual. Por esta razón, una película de hora y media puede caer pesada, mientras que otra de tres horas como esta, se siente ligera como una pluma. Cimino no machaca con mensajes aparentes. Deja que el público descubra su historia a medida que avanza.


Y es que la secuencia de la caza funciona a múltiples niveles. El más evidente es el de comunión entre los jóvenes protagonistas. Es una forma de arraigo a aquel lugar. También es un ritual de paso hacia la madurez. La caza representa un mundo de reglas e implica una responsabilidad moral. El ciervo se mata de forma limpia, quirúrgica, sin sadismo. La violencia está sometida a la ética. O eso creen.


Sin embargo, la caza también funciona a nivel psicológico, como espejo del estado interior de Mike. Antes de la guerra, representaba el orden y la identidad. Después, la pérdida del sentido. El ritual es el mismo, pero él ha cambiado; ya no puede seguir practicándolo. El cuerpo esbelto del ciervo también invita a pensar en la inocencia, en la vida pura condenada a morir.


El grupo regresa a casa con su preciado trofeo sobre el capó del Cadillac. Se lo ofrecen a Steve y Angela como regalo de bodas y acto seguido, se dirigen al bar para tomar un último trago. El plano ya no es amplio, sino angosto, encerrados como en una prisión. John toca al piano un fragmento del Nocturno de Chopin. Un pensamiento llena la estancia: ¿y si no nos volvemos a ver más? El instante no podría ser más desgarrador. Cuando, de pronto, se escucha un sonido lejano de helicópteros…