Parece que el destino o la fortuna ha tenido a bien echarme un capote para encubrir mi habitual tardanza a la hora de elaborar listas. Por esta razón y coincidiendo con la llegada del nuevo año chino el pasado 12 de febrero, año en el que despedimos a la pérfida rata para darle la bienvenida al buey –veremos si viene o no con mala leche–, me aventuro a dar mis diez películas favoritas del 2020.

En términos estrictamente cinematográficos, 2020 ha sido un año de luces y sombras. Por un lado, la pandemia ha acelerado un cambio de paradigma en la forma en la que consumimos cine. La encarnizada lucha que mantuvieron las plataformas de streaming y las salas de cine, se saldó con una dura derrota para los exhibidores, que miran al futuro con incertidumbre y desasosiego.


Por otro lado, sería injusto negar la calidad de muchas de las películas estrenadas, solo por la excepcionalidad de las circunstancias. Lo cierto es que 2020 nos ha dejado una gran variedad de títulos, de géneros muy distintos y nos ha recordado que, cuando peor están las cosas, aún podemos confiar en nuestro viejo amigo el cine para evadirnos de la abrumadora realidad. 

Sin más, arrancamos este top películas del 2020 que tanto se ha hecho de rogar. Para hacer la lista aún más variada y puesto que a mí aún me quedan algunas películas por ver, os invito a dejar vuestras favoritas del año. ¡Siempre es un placer leeros! 

10. Impetigore

Para algunos, el cine indonesio lleva años siendo una realidad. Para otros, lo será después de ver esta pequeña gran joya de terror, firmada por una de sus estrellas rutilantes, Joko Anwar. 

La historia nos traslada a una aldea en el corazón de la selva de Indonesia, a la que una joven y su amiga deberán viajar para descubrir una herencia familiar perdida. Sin embargo, el pueblo y sus gentes guardan un oscuro secreto. 


Impetigore es una potente mezcla de terror folclórico y sobrenatural disfrazada de drama familiar. Con un ritmo pausado, pero que deja poso en el espectador, Anwar maneja el misterio y la tensión como un maestro y aunque le falte algo de madurez a la hora de rematar su película, cumple sobradamente con las expectativas.

La película se apoya en una buena fotografía, ambientación e interpretaciones para enganchar al espectador y luego sorprenderlo con una generosa dosis de gore que satisfará al aficionado, sin descuidar por ello la trama. Impetigore es una cinta de terror muy equilibrada y a ello se debe el buen hacer de Joko Anwar, quien maneja los códigos del género a la perfección.

Con esta obra, el realizador y guionista da un paso adelante en su carrera, a la vez que establece su país como una de las grandes productoras de cine de género del continente. Si no sabéis ubicar Indonesia en el mapa, ya podéis ir buscándolo, porque va a dar mucho que hablar en los años venideros.

9. Otra ronda

Si la primera colaboración entre Thomas Vinterberg y Mads Mikkelsen, allá por 2012, ya era indicativa de su potencial artístico, Otra ronda lo confirma.
 
Como el propio título indica, la historia aborda el grave problema de alcoholismo del que adolece la sociedad danesa. Para ello, nos presenta a un grupo de cuatro profesores de instituto que, hartos de ataduras y responsabilidades, se agarran a la bebida como un náufrago a la deriva.  Lo que empieza como una investigación sobre los efectos positivos del alcohol para desinhibir el comportamiento humano, resulta en una adicción que no sabrán –ni querrán– frenar. 


Detrás de este íntimo relato sobre la crisis de la mediana edad, brillantemente narrado por Vinterberg e interpretado por Mikkelsen y compañía, se esconde una crítica mordaz al modelo de vida occidental. 

Tanto los protagonistas como los personajes que les rodean, viven atrapados por una serie de reglas y tabúes, a menudo autoimpuestos, que no les deja respirar. La infelicidad acumulada lleva a la frustración y esta, a cambio, nos empuja al borde del abismo; algunos se libran de caer en él, pero otros no viven para contarlo.  

Con gran empatía y fuerza dramática, Otra ronda nos muestra ambos lados de la moneda, confluyendo en un mensaje que aboga por una reinterpretación de las normas sociales contemporáneas. Porque los extremos jamás nos han llevado a nada bueno. 
 
8. Saint Maud

Este inquietante drama psicológico, escrito y dirigido por la debutante Rose Glass, fue una de las mayores sorpresas de 2020. Un estudio de personaje profundamente sugestivo que, en apenas hora y media, logra introducirnos en la perturbada mente de su protagonista, hasta el punto de hacernos sufrir por ella.

Maud es una joven enfermera de carácter retraído, que se refugia en la fe cristiana para huir de su trágico pasado. No obstante, su alterado estado psíquico, el cual deteriora aceleradamente, la lleva por oscuros caminos de sufrimiento y delirios que transforman su fe en algo mucho más peligroso para ella y para el resto.


Os invito a leer la crítica sin spoilers que le dediqué a Saint Maud. En ella destaco los aspectos que para mí hacen de esta una gran obra, empezando por el talento y el arrojo que demuestran tener tanto la directora como la protagonista, dos perfectas desconocidas con una carta de presentación inmejorable. 

La sordidez de su puesta en escena y su fotografía, la cual se recrea constantemente en la penumbra de unos ambientes malsanos, hacen de Saint Maud una película asfixiante, sobrecogedora y absorbente, que hará sufrir al espectador más experimentado. 

7. Diamantes en bruto

Adam Sandler era una caricatura de sí mismo antes de que los hermanos Safdie contasen con él para su nuevo y adrenalínico thriller. Los resultados no tardaron en llegar: una gran película con una interpretación más que digna del actor cómico que le sirve como bálsamo para reivindicarse entre los círculos cinéfilos.

Temáticamente, Diamantes en bruto comparte similitudes con Good Time, su anterior trabajo. En él ya dejaban entrever su particular gusto por los mundillos callejeros y los personajes de dudosa honradez. Su última obra lleva estos conceptos a otro nivel, elaborando una historia plagada de situaciones inverosímiles –como si de absurdos y a menudo hilarantes sketches se tratasen– y problemas que nuestro protagonista, un lenguaraz joyero neoyorquino, tendrá que resolver a contrarreloj.


La cinta, de alrededor de dos horas de duración, jamás se vuelve tediosa ni repetitiva; más bien lo contrario. En su frenetismo encuentra su virtud: cuánto más loca se vuelve, mejor se lo pasa el espectador. El caótico ambiente que crean los Safdie ayuda a ello, lo cual dice mucho del manejo de la cámara de estos jóvenes y prometedores realizadores.

En el terreno interpretativo, cabe destacar a la exuberante Julia Fox. La actriz italo-americana seduce a la cámara con sus vertiginosas curvas y su increíble magnetismo, erigiéndose como una estrella en ciernes, cuya carrera habrá que seguir muy de cerca.

Por su parte, el elenco de personajes y sus respectivas tramas se entrelazan en una madeja de diversión desenfrenada. Un placer para los sentidos que, por momentos, puede resultar abrumador. Pese a ello, la sensación de estar presenciando el nacimiento de dos nuevos y brillantes diamantes como los Safdie, hace de esta experiencia una cita obligada para todos los aficionados al cine más gamberro.

6. Sound of Metal

A juzgar por lo que va de lista, 2020 se antoja como un año de grandes revelaciones y renovaciones cinematográficas. Si ya hablamos de Rose Glass y de los Safdie, ahora le llega el turno a Darius Marder, otro director debutante que sorprende a propios y extraños con Sound of Metal, un drama con un mensaje atronador.

La película cuenta la historia de Ruben, un joven batería de un dúo musical que pierde repentinamente la audición. Cargando con el shock y la frustración viendo cómo su carrera se va por el retrete, Ruben tendrá que aprender a vivir con una condición olvidada por la sociedad. 


El cine independiente americano a menudo se caracteriza por su esnobismo y complacencia. Una anemia artística que adolece de pedantería y academicismo mal entendido. Pero, ocasionalmente, surgen brotes verdes, como el que aquí nos incumbe. 

Sound of Metal es, ante todo, un canto a la vida en sus múltiples formas y facetas. Es una obra difícil de digerir en sus primeros compases, no huye de la dureza del relato, aunque tampoco se recrea excesivamente en ella, pero sabe profundizar lo suficiente para ver más allá del trauma que significa perder la audición. 

Marder y su equipo hacen un trabajo brillante a la hora de hacerle sentir al espectador la angustia que Ruben siente a cada instante. Con un uso magnífico del sonido y una cámara cercana que busca meternos en la cabeza del protagonista, Sound of Metal es una de las películas más efectivas del año.


Por su parte, todas las actuaciones rinden a muy buen nivel, destacando las de Riz Ahmed y Paul Raci, este último en un papel secundario corto, pero intenso. De lo mejor del año en términos de impacto por minutos en pantalla. 

Si tuviera que ponerle un pero, este sería su último acto, el cual pierde fuelle y no está a la altura de los dos primeros. Pese a todo, Sound of Metal levanta el vuelo con un final redondo y lleno de optimismo, ganándose por derecho propio entrar en esta lista.

5.  1917

Cuando Sam Mendes estrena una película, genera un tsunami de expectación entre los amantes del cine. El británico es una de las figuras más sugerentes del panorama cinematográfico actual y con su última obra bélica, titulada simplemente 1917, vuelve a demostrar una vez más porqué está entre los mejores. 

Originalmente estrenada en 2019, no llegó a las salas españolas hasta principios de 2020, razón por la cual entra en esta lista. 

Lo primero que nos viene a la cabeza al hablar de este título, es, por supuesto, el método de filmación empleado. La acción, que transcurre en un lugar y un espacio de tiempo muy definidos, invita al cineasta más experto a hacer diabluras…y vaya si las hizo. Después de colaborar en Skyfall (2012), Mendes y Deakins vuelven a unir fuerzas para realizar uno de los planos secuencia más espectaculares que un servidor haya visto en la gran pantalla.


Claro que, como es habitual en el cine, esto no es más que una ilusión. En realidad, 1917 fue rodada en más de 60 escenas distintas, de las cuales la más larga dura siete minutos. Pero esto no quita ni un ápice de valor al enorme trabajo de planificación e ingenio llevado a cabo por el equipo de producción, más bien lo ensalza. Solo hay que ver alguno de los múltiples “making-of” para darse cuenta de la enorme hazaña que alcanzaron.

No obstante, etiquetar a 1917 como un mero trucaje audiovisual destinado al público más impresionable, sería un craso error. Mendes parte de una premisa sencilla –algunas de las grandes películas de la historia lo han hecho– para entregarnos un ejercicio de puro cine. Con los diálogos justos y escasas concesiones al dramatismo, 1917 es puro nervio. Nervio bélico. 

En los últimos años, pocas películas del género me han metido tanto en la acción como esta. Tuve el corazón en un puño durante las dos horas de metraje, pero para mi sorpresa, no noté la fatiga hasta que salieron los créditos finales. Su ritmo está tan logrado, tan cuidadosamente medido y dosificado, que ni siquiera pensé en lo mal que lo estaba pasando. Solo estábamos los soldados, yo y la misión. Cuando una película logra transportarte de esa manera, solo queda quitarse el sombrero y aplaudir a esos maestros llamados Sam Mendes y Roger Deakins.

4. Soul

Raro es el año en el que una película de Pixar no entre en lo mejor del año. El estudio encargado de obras maestras como la trilogía de Toy Story, Buscando a Nemo o Wall-e, llega Soul, una obra madura emocional y narrativamente, que busca –y consigue– hacer reflexionar al público adulto y fascinar al infantil.Estamos seguramente ante la obra más compleja del estudio hasta la fecha, lo cual ya es un riesgo de por sí. 

Lo que más me gusta de Soul es lo comprometida que está con su mensaje. Lo más fácil hubiese sido sacar un producto conservador, con chistes dirigidos a los más pequeños de la casa y una trama sencilla con final feliz asegurado. Desde luego nadie podría echárselo en cara ya que, si alguien ha apostado todos estos años por el cine infantil de calidad, han sido ellos. 


Afortunadamente, Pixar no ha llegado a la cumbre de la animación precisamente por ser acomodaticia. Soul es una muestra más del maravilloso crecimiento del estudio. Una obra etérea, abstracta y onírica, muy plástica e imaginativa, que pone de manifiesto el talento que atesora su equipo artístico, desde los guionistas hasta los animadores, pasando por todo el departamento de innovación el cual, en esta película más que en ninguna otra, tuvo que superarse a sí mismo.

Visualmente, pocas cintas pueden competir con Soul. Pixar no busca una animación detallada, sino amoldar los diferentes estilos artísticos a la personalidad, estado anímico y espacio-tiempo en el que se desarrolla la acción. Todo persigue un mismo objetivo: construir un mundo fantástico que se sienta vivo y real. 

Un claro ejemplo son los llamados “consejeros”, unos entes amorfos que conforman el Universo y que están representados a modo de líneas móviles. Otro gran ejemplo serían las almas o el propio mundo que habitan, conocido como el “Más allá” y que nos traslada a una especie de ensoñación. 


Mención aparte para la inmensa banda sonora de Trent Reznor, Atticus Ross y Jon Batiste, donde el jazz cobra tanto protagonismo que casi se puede decir que es un personaje en sí mismo. Sin duda, la mejor composición musical del año.

Si Soul no entra entre las tres primeras, se debe únicamente a que la emoción del relato se ve en ocasiones mermada por los grandes conceptos metafísicos que introduce al espectador. Dicho de otra manera, a diferencia de Coco o Del revés, Soul no logró conmoverme tanto como sí logró fascinarme por su riqueza intelectual.

3. Possessor 

Lo último de Brandon Cronenberg se lleva una merecida medalla de bronce. Possessor bebe de la fuente de la nueva carne, anunciando la continuación de su legado y dejando claro que al género aún le queda cuerda para rato.

Por separado, el cine de terror y el de ciencia ficción han sido constantemente menospreciados por algunos círculos cinéfilos; son como dos patitos feos, una pareja de ovejas negras a las que (casi) nadie quiere echar una mano, mucho menos entregarle premios –no vaya a ser que empiecen a creerse alguien–. 

Quizá se deba en parte a este ninguneo, que la haya subido hasta la tercera posición de mi lista. Pero no se equivoquen, esto no es un premio por misericordia, ni muchísimo menos, ya que Possessor derrocha personalidad. 


Una película oscura y perturbadora, pero increíblemente seductora y magnética, gracias sobretodo a una elegante fotografía y unas sólidas interpretaciones. Si ya en su ópera prima traslucieron las inquietudes del autor canadiense, Possessor las toma de referencia y las lleva a nuevas y espeluznantes cotas. 

Por supuesto que no será un título para todo el mundo, eso está claro, pero dentro de su nicho resultará familiar y a la vez sorprendentemente fresca. Brandon toma ideas previamente exploradas en el género y las lleva a su terreno. Como ya expuse en la crítica sin spoilers, estamos ante una verdadera continuación de esa perversa filosofía del hombre-máquina, apadrinada en el cine por David Cronenberg y que tantos adeptos ganó en los años 80 y 90. Títulos como Scanners (1981) Videodrome (1983), Crash (1996) o eXistenZ (1999) caben, de una u otra forma, en el enfermizo cuerpo de Possessor.


Brandon Cronenberg nos muestra una ciencia al servicio del mal, pervertida y adulterada con fines espurios, la cual, combinada a la despersonalización del individuo y su creciente paranoia, nos lleva a una pesadilla futurista de consecuencias imprevisibles. Es una visión ciertamente fatalista, incluso retorcida, pero no imposible de creer; Brandon tiende paralelismos con nuestra sociedad y su funcionamiento, lo cual la hace aún más inquietante. Al fin y al cabo, hoy en día ya experimentamos, aunque sea parcialmente, cierta esclavitud a la tecnología. 

Lo que hace de Possessor una película profundamente sugestiva, es que lo que muestra no deja de ser un escenario plausible, con verdaderos problemas humanos que pueden ser extrapolados a la realidad más actual. Sí, no hemos llegado a ese punto aún, pero ¿acaso el cine no juega dentro de ese terreno ambiguo entre lo posible y lo increíble? 

2. Mank

Después de seis años y varios proyectos malogrados, David Fincher regresa al cine con la que seguramente sea su obra más personal. Basada en un guion escrito por su padre, Jack, la historia de Mank se desmarca de sus habituales escarceos criminales, para adentrarse en el hermético y siempre excesivo mundo de Hollywood.

Narrada a modo de flashbacks, este sentido homenaje a la frecuentemente vilipendiada figura del guionista, fue uno de los momentos cumbre del año pasado. Soy consciente de que no es la película más accesible o entretenida, puede que ni siquiera sea la más fascinante del año y sé que más de uno y de dos se aburrieron soberanamente viéndola, pero yo no pude resistirme a su encanto. 


Si os digo el nombre Herman Mankiewicz, probablemente no os suene de nada –algunos quizá adivinen su parentesco con el famoso cineasta–. De igual forma, si hablo de Jack Fincher, tampoco lo ubicaríais…ni yo tampoco, hasta que su hijo decidió rendirle este tributo y en su empeño, acabó haciéndolo a todo el gremio de guionistas.

Y es que detrás de esta elegante y poética obra, se halla un escritor, un juntaletras que, igual que un alfarero, moldea la historia que luego será llevada con bombo y platillo a la gran pantalla –o a la pequeña, en este caso–. La verdadera magia de esta película radica en que, primero, llama la atención por su cautivadora puesta en escena e interpretación de Gary Oldman, pero acaba atrapándonos por esos pequeños momentos de cine, esos diálogos punzantes y personajes de distinto pelaje, que Jack elabora con tanto mimo y respeto hacia los clásicos.


Igual que le ocurriese a Herman tras elaborar el guion de Ciudadano Kane, punto de partida y macguffin de esta increíble, pero cierta historia, las miradas siempre tienden al realizador y a las estrellas protagonistas. Oséase, a David Fincher y a Gary Oldman, los cuales, dicho sea de paso, nos brindan un trabajo que roza la perfección. 

Sin embargo, lo que distingue a este de otros títulos es que ambas estrellas supeditan su propio éxito al del material con el que trabajan. En una época donde el guion pierde cada vez más protagonismo, Oldman y Fincher recuperan su esencia, no solo ensalzándolo, sino reverenciándolo. Postrándose ante él. Por esta razón caí rendido a los encantos de Mank y por eso creo que, con los años, será recordada como una magnífica rara avis, libre e inclasificable que, igual que un mirlo blanco, destaca en una industria a menudo dominada por el egocentrismo y la megalomanía.

1. El padre

El film que más me ha emocionado. El que más me ha impactado y el que considero rinde a un nivel superior al resto. El debut en la dirección del dramaturgo francés Florian Zeller no podría haber sido mejor. Adaptando su propia obra, el realizador cuaja una película soberbia, madura y demoledora como ninguna otra este año.

La historia nos presenta a Anthony, un obstinado y jovial octogenario que, en su soledad, rechaza todas las cuidadoras que su hija, Anne, intenta contratar para ayudarlo en el día a día.
 

Por un lado, ella está desesperada, viendo cómo su padre se niega a recibir ayuda, mientras su estado mental empeora; por otro, Anthony desea aferrarse a esa pizca de independencia que representa para él su querido apartamento, lugar donde guarda tantas vivencias. Es entonces cuando surge un choque entre ellos, pero también en sus adentros, ya que ambos cargan con una pesada carga emocional: ella mirando con pesar hacia el futuro y él mirando con nostalgia hacia ese pasado que tanto anhela.


Cuando vi El padre supe que estaba ante una de las mejores producciones del año. Salí con un nudo en la garganta, conmovido y devastado por la historia que acababa de ver y la forma en la que Zeller la había narrado. El padre es un drama intimista, una obra de teatro maravillosamente trasladada a la gran pantalla.
 

Con un dinamismo y una chispa inusitada, la cinta navega entre diversos tonos que van del humor al llanto, con pasajes incluso de misterio y suspense. Aunque, a priori, pudiese parecer una obra fría y contemplativa, nada más lejos de la realidad y a ello contribuye, en gran medida, un espléndido Anthony Hopkins.

El laureado actor británico, conocido por dar vida al maquiavélico y calculador Hannibal Lecter, imparte una nueva “masterclass” de interpretación. Nadie va a descubrir ahora el talento de Anthony Hopkins, aunque esta quizá sea la última oportunidad de verlo en todo su esplendor, razón por la cual cobra aún más importancia.


En el papel de Anthony, Hopkins muestra nuevamente su gran rango interpretativo. Se le ve vigoroso, locuaz, sonriente, pero también afligido, frustrado, perdido…y todos estos cambios anímicos ocurren en un abrir y cerrar de ojos. Su retrato de un anciano debilitado por la enfermedad atraviesa el corazón del espectador, desnuda su alma y lo empuja a las lágrimas. Ante una interpretación de ese calibre, solo queda ponerse en pie y aplaudir incansablemente.

Pero es que el resto de la película tampoco se queda atrás. Por un lado, la actuación de Olivia Colman y en menor medida, las de Olivia Williams, Rufus Sewell o Imogen Poots ensalzan aún más el despliegue interpretativo de Hopkins. Por otro, su faceta técnica es de auténtico escándalo. La sobria puesta en escena y fotografía contrastan maravillosamente con un montaje que encuentra un orden en el caos, para transmitir la enfermedad del Alzheimer de forma contundente, a la par que brillante. Al igual que ocurría en Sound of Metal, El padre utiliza todos los recursos a su disposición para retratar la enfermedad con una autenticidad devastadora.

Podría hablar largo y tendido de esta maravillosa obra, que tan de actualidad está después de vivir una pandemia que ha afectado especialmente a nuestros mayores. Solo puedo decir que sentí a los personajes de Anthony y de Anne, así como sus tribulaciones, tan de cerca, que un pedazo mío se quedó sin aliento cuando salieron los créditos finales, pensando en la grandeza del cine.

Una joven y exitosa pareja regresa a su lujosa casa tras asistir a una premiere de la película dirigida por él. Mientras esperan impacientes a que salgan las primeras críticas, ambos se enzarzan en una acalorada discusión que pondrá a prueba su relación. 


Tras el éxito televisivo de Euphoria, el hijo del aclamado realizador Barry Levinson, Sam, dirige su tercer largometraje. Apadrinada por Netflix, plataforma que adquirió los derechos de distribución por nada más y nada menos que $30 millones, Malcolm & Marie busca rescatar la mejor tradición del teatro filmado, reuniendo a dos actores en liza como John David Washington y Zendaya y mezclando el espíritu transgresor de John Cassavetes, con la trágica mirada de Kazan o Nichols y los dilemas del amor y de la vida de Ingmar Bergman. 

Lamentablemente, todo lo que tiene de referente, lo tiene de superfluo. En el mejor de los casos, estamos ante una imitación, a ratos llamativa, del cine de estos maestros; en el peor, ante un insoportable pastiche de gritos, movimientos de cámara fatigosos y diálogos pomposos escritos por alguien que necesita reafirmarse constantemente.


Levinson saca su vena más autoindulgente con una historia donde los personajes no son más que tristes guiñoles. Las interminables conversaciones que mantienen no se deben tanto a un choque de personalidades, sino más bien al debate que el director mantiene consigo mismo. 

¿Quiénes son Malcolm y Marie? ¿Por qué deberían de importarnos? La cinta fue rodada íntegramente en tiempos del Covid y ese aislamiento se traduce en una narración insulsa y repetitiva, que recurre demasiado a ataques emocionales furibundos para intentar enganchar al espectador. 

Discusión. Reconciliación. Y vuelta a empezar. La estructura del guion es siempre la misma; un bucle interminable de reproches, alaridos y sobreactuaciones que acaban agotando la paciencia del espectador. 


En sus 106 minutos de metraje, el director y guionista no introduce ningún estímulo ni profundiza en ninguno de los personajes ni de su relación de pareja. Levinson se empeña en remover agua pasada una y otra y otra vez en lo que se antoja una falta de ideas alarmante. 

Lo peor es que, detrás de todo ese artificio, de todas las discusiones que mantienen Malcolm y Marie a lo largo del film, nada de lo que dicen tiene la menor relevancia. Levinson jamás indaga en los problemas nucleares de la pareja, quizá porque son demasiado inmaduros para admitir que no han tenido pasado juntos.

A esta pareja fílmica la veo como un quiero y no puedo. Desean amarse, pero sus egos se interponen entre ellos; desean odiarse, pero no tienen el suficiente coraje para llegar hasta el final. 


Tengo la sensación de que Malcolm y Marie, en un deseo irrefrenable por pasar a los anales de la historia, se empeñaron en emular a las parejas más tóxicas del Hollywood dorado. Claro que, para lograrlo, necesitan vivir y beber más.

Encerrado en su torre de marfil, Levinson nos recita su Evangelio con tanta vehemencia que se olvida de la audiencia. Y es que escuchar sus diatribas en boca de Washington y Zendaya es lo más similar a escuchar silbar el viento; suena muy fuerte, pero no dice nada. 

Eso sí, la nada está envuelta en un precioso papel de regalo postmodernista. Levinson juega con fastuosos planos secuencia, con el fuera de campo y con la distancia entre la cámara y los personajes. Más de lo mismo ocurre con el blanco y negro. Técnicas que, en vez de estar al servicio de la historia, sirven al ego del realizador.


Al final, Malcolm & Marie se queda en una gran parodia de sí misma. Si ya resulta irónico que un producto hecho para mayor gloria del director, pretenda criticar la hipocresía de la industria del cine y de sus palmeros, aún lo es más que un tipo blanco burgués esconda sus frustraciones tras la carta del racismo. “¿Cómo puedo criticar a mis detractores sin parecer un snob?”, pensó Sam mientras leía un artículo acerca del blackfishing. 

Si has leído hasta aquí, seguramente te hayas percatado de que la película no me ha gustado. No obstante, si alcanzamos a ver más allá de su enorme arrogancia, Malcolm & Marie tiene momentos realmente buenos.

Para empezar, Levinson conoce muy bien a sus actores y ellos, a cambio, le recompensan con actuaciones meritorias. Por un lado, está John David Washington, el cual da la impresión de haber estado reprimiendo sus emociones durante demasiado tiempo. Después de Tenet, su intento por llamar la atención de la Academia queda en puro histrionismo. 


Zendaya sale mejor parada que su compañero de reparto pese a contar con menos material. Esto en mi opinión se debe a que Levinson no tiene tanto interés en su personaje como en el de Malcolm, el cual no es sino una representación de sí mismo. Esto le da a la actriz cierta libertad a la hora de dar vida a su Marie; es un lienzo en blanco en el que ella puede dibujar lo que le plazca.

Además de las actuaciones, la factura audiovisual también destaca, aunque se ve algo empañada por el afán de protagonismo del realizador. Un buen director dramático no se excede en su labor, ya que el protagonista no es él, sino sus personajes. 

En definitiva, Malcolm & Marie es una película de luces y sombras. Al igual que el protagonista, Sam Levinson quiere tocar la gloria demasiado pronto y demasiado rápido, lo cual hace que su ego se interponga a sus instintos creativos. 


La supuesta crisis de pareja alrededor de la cual se construyó esta película es, en realidad, un gran monólogo interior del director, dedicado a la prensa escrita y a la industria del cine que tanto repudia, pero sin la cual no puede (ni quiere) vivir. Sus protagonistas se antojan demasiado caprichosos, superficiales y temperamentales como para hilar una reflexión significativa. Por más que lo intenten disimular, Malcolm y Marie no resultan creíbles ni en pareja ni independientemente. Su historia empieza y termina en la casa en la que viven, la cual es por extensión, la propia mente de un director que pretende ser más de lo que realmente es.

4,5/10: SAM & LEVINSON. 
En un futuro alternativo, una multinacional contrata a agentes para infiltrarse en el cuerpo de otras personas, controlando así sus acciones. A través de implantes neuronales, la compañía puede asesinar a objetivos específicos sin dejar rastro alguno. Tasya Vos es la espía cerebral más experimentada de la organización, aunque sus años de trabajo le han pasado factura tanto física como psíquicamente. En su última y desafiante misión, Vos tendrá que llevar su mente al límite, introduciéndose en el cuerpo del conflictivo Colin Tate, el futuro yerno de un poderoso empresario al que debe eliminar.

Tras firmar su ópera prima, Antiviral, Brandon Cronenberg vuelve a regalarnos una experiencia de pesadilla lisérgica, donde la maquinaria orgánica y la crítica social se dan la mano. 


Possessor es un escalofriante thriller, marca de la “casa Cronenberg”, que aborda temas como el miedo a la despersonalización, la pérdida de la privacidad y las crisis nerviosas que a menudo surgen en el contexto de una sociedad deshumanizada.

Al igual que su padre, Brandon ha desarrollado una filia por la afectación de la tecnología en la vida del hombre. Lo que muchos neófitos conocemos como “La nueva carne” y que, traducido para los no iniciados, sería la monstruosa hibridación del hombre-máquina. 

En otras palabras, metamorfosear la naturaleza humana para crear al superhombre de Nietzsche; el siguiente paso en la evolución, motivado por el miedo a la mortalidad, que se sirve de los avances tecnológicos para subvertirla y dar vida a un nuevo ser de naturaleza ambigua y voluble. 


La película, guionizada por el propio Cronenberg, está protagonizada por Andrea Riseborough y Christopher Abbott. También cuenta con veteranos como Jennifer Jason Leigh y Sean Bean en papeles secundarios, pero de gran importancia para la trama.

Y hablando de la trama, esta es una de sus grandes virtudes –y uno de los principales obstáculos–. Como habréis podido colegir, Possessor no es una propuesta convencional, más allá de una escenografía cuidada y una fotografía pulcra que sigue las pautas del cine independiente contemporáneo. 

Su historia se mueve siempre entre lo onírico y lo real, buscando difuminar, en muchas ocasiones, la línea que divide ambos mundos. Para la protagonista, existen varios niveles de consciencia, lo cual nos queda claro desde su magnífica primera escena, que sirve para establecer las reglas de este extraño mundo de identidades mutables.


Cronenberg nos presenta a Tasya Vos (Riseborough) como una loba solitaria. Un personaje de naturaleza esquiva, cuya vida y motivaciones apenas conocemos, pero con la que acabamos creando un vínculo de fatalidad irrevocable. Possessor utiliza su poder de seducción para aterrarnos.

Por muy repulsivos y decadentes que resulten los personajes, el espectador no deja de sentirse atraído por ellos. Parte de la gracia del cine es poder zambullirnos en un mundo sórdido, sucio, donde las normas sociales no se apliquen y donde logremos vislumbrar, sin peligro alguno, la cara oculta del ser humano. En estos términos, Possessor es una de las obras más sugestivas del año pasado. Todo en ella parece estar dispuesto con el único propósito de agobiarnos y vaya si lo consigue.

Sin embargo, la propia trama es a la vez su gran baza y su peor enemigo. Si bien su propuesta no deja a nadie indiferente, esta le exige al espectador entrar en su juego. Por suerte, el hecho de haber visto Antiviral, dejó el terreno abonado y listo para emprender este viaje. 


Possessor cuenta con una violencia muy estilizada, grotesca y artística al mismo tiempo.  Sabe cuándo y cómo sacudir al espectador y no vacila un segundo en hacerlo. Es una película enérgica, con mucha fuerza y ritmo, pero también reflexión dentro de los márgenes de su historia.

El control que la mente llegar a ejercer sobre un cuerpo ajeno, como si de un parásito invasor se tratase, está muy bien narrado por Cronenberg. Este se apoya frecuentemente en una narrativa visual exquisita, demostrando una vez más su dominio de la técnica cinematográfica. 


Desafortunadamente, el desarrollo de la historia se hace un tanto confuso y caótico, debido al pulso que mantiene tanto a nivel físico como mental. Y es que no siempre queda claro a quién de los dos protagonistas estamos viendo, lo cual puede llevarnos a desconectar de la acción. Possessor es un claro ejemplo de que, a veces, basta con dejarse llevar para disfrutar de una película.

La premisa es tan exagerada, tan loca y surrealista, que uno no tiene más elección que abrazarla si quiere disfrutar de esta experiencia; de lo contrario, el propio realizador te echará de ella a patadas. Su nueva cinta hace aún menos concesiones que Antiviral, testimonio de la confianza que tiene en su visión y que se traduce maravillosamente en la pantalla.

Las actuaciones rinden todas a muy buen nivel. El dúo protagonista formado por Andrea Riseborough y Christopher Abbott resulta magnético. Ambos se compenetran como un reloj suizo, algo harto complicado teniendo en cuenta la naturaleza introvertida de sus personajes. 


Por su parte, los actores secundarios ayudan a darle mayor empaque al conjunto. Siempre que Jennifer Jason Leigh y Sean Bean entran en escena, aunque sea brevemente, hacen sentir su presencia. La ambigüedad moral y la rotundidad de sus acciones dejan entrever el gran poder que ostentan sus personajes. 

Leigh hace gala de una perversidad sibilina que afectará sobremanera a Tasya; por otra parte, Bean ejerce su autoridad y puño de hierro sobre Colin, empujándolo poco a poco a la desesperación. Ambos representan toda la podredumbre e inmoralidad que invade este universo ficticio y de cuyo yugo es imposible escapar.


En lo técnico, la cinta es irreprochable. Como decía antes, la puesta en escena y la fotografía son magníficas. Además, la banda sonora contribuye a la sensación onírica que impregna todo el filme, siendo esta más atmosférica que barroca. Aunque eche en falta temas más cañeros, el compositor hace bien en ceñirse a sonidos hipnóticos y armoniosos propios de la ensoñación.

En conclusión, Possessor revitaliza la corriente cinematográfica de la Nueva Carne. Después de sorprender a propios y extraños con su ópera prima, Brandon continúa el legado de su padre, David, con una cinta obsesiva y malsana que atrapa al espectador en una espiral de suplantaciones, trastornos, ataques furtivos y ríos de sangre. 

De una forma muy estética y sugerente, el realizador consigue sumergirnos en un mundo donde nada es lo que parece y todo está sujeto a cambio. La naturaleza del ser humano, sus instintos más bajos, salen a relucir cuando el matrimonio entre la máquina y la carne se hace efectivo. 


Aunque su forma resulte algo desordenada y su mensaje a veces se pierda entre tanta violencia, Brandon Cronenberg, actuando cual espía, hurga en nuestras mentes y juega con nuestras expectativas para entregarnos algo ciertamente único, que no podremos sacar de nuestras cabezas en mucho tiempo.


7,5/10: EL CUERPO Y LA MENTE SOMETIDOS A LA MÁQUINA.

Una de las cintas que suenan con más fuerza para esta temporada de premios es, sin duda, Sound of Metal, la ópera prima de Darius Marder que protagoniza con poderosa presencia, Riz Ahmed. Estamos ante una película de superación personal, de lucha contra los obstáculos de la vida y contra la vida en sí misma, no para que esta cambie, sino para aprender a cambiar con ella.


La historia nos presenta a Ruben, un joven batería de un grupo de metal compuesto por él y su novia, Lou. Ambos recorren el país subidos a una vieja caravana, dando giras y conciertos allí donde pueden. Son un verso libre con un pasado tumultuoso que intentan corregir. Sin embargo, un día, sus vidas cambian radicalmente cuando Ruben pierde gran parte de su audición.


Darius Marder dirige y escribe junto a su hermano, Abraham, el magnífico guion de Sound of Metal. Una historia que, ya desde sus primeros compases, golpea duro al espectador. Hay cosas que damos por sentadas, como el caso del oído, pero que cuando perdemos nos hacen sentimos desnudos; como si nos hubiesen arrancado el corazón del pecho.

Esta es la situación que atraviesa Ruben, un músico al que le quitan su instrumento más importante. Los hermanos Marder abordan este desgraciado relato con la mayor naturalidad posible, sin adornos ni melodramas que edulcoren una experiencia que, ya de por sí, resulta abrumadora.


Uno de los grandes pilares de este notable ejercicio de empatía recae en su guion. Todo lo que narran se siente tan verídico, tan cercano y dolorosamente humano, que resulta imposible no ponerse en la piel de este batería atormentado. Los Marder no embelesan la premisa ni pretende generar más expectativas de las que tendrías leyendo la sinopsis. Lo que veis es lo que hay; la vida en su faceta más desafortunada.

¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué ha pasado? La historia no pierde el tiempo en esa clase de preguntas porque, tanto en la vida como en la muerte, siempre quedarán misterios por resolver. El llamado vacío legal del Universo, el lanzamiento de la moneda cósmica para el que todos compramos una tirada sin desearlo, es lo que más nos preocupa y es lo que afecta a Ruben.


En ese momento, cuando todo parece acabado, es cuando arranca la película. Con un excelente uso del sonido, una cámara que combina planos más contemplativos con otros más subjetivos, Marder busca transmitir la angustia del protagonista al espectador. Spoiler, lo consigue.

Y es que nunca un silencio fue tan ensordecedor. Nunca la quietud resultó tan desasosegante. Quizá no sorprenda, pero sí asusta la facilidad con la que todo puede cambiar en un instante. Ruben jamás volverá a ser quien era. Que sus oídos le hayan abandonado no es ninguna conjetura con la que juegue el guion, sino una realidad que nos es comunicada ya desde el principio; estas son las nuevas reglas de juego, tómalas o déjalas.


Lo que más me gusta es la sencillez con la que Marder narra las distintas fases de aceptación. La forma en la que Ruben aprende a convivir con su situación llega de forma orgánica, aunque el camino no está exento de dolor. Sin desvelar nada de su desarrollo, decir que Sound of Metal lleva el proceso de pérdida y de recuperación con suma elegancia, comprensión e incluso esperanza. No una prefabricada por un incrédulo que jamás ha prestado atención a la comunidad sorda y solo quiere apelar a las emociones más básicas; no, esta se siente auténtica y sincera.

A ello ayuda un elenco comprometido con la historia, sobretodo por la inmensa participación de Paul Raci, cuyo personaje, aunque secundario, es fundamental para entender el mensaje del filme. Este veterano actor de reparto, cuyos padres eran ambos sordos, entiende bien el material y aporta una muy necesaria reflexión, que el público agradecerá.


Aparte de Raci, el reparto cuenta con caras conocidas como Olivia Cooke o Mathieu Amalric, aunque ambos se ven relegados a papeles secundarios que, ni acaban de carburar ni de compenetrarse con la acción principal del filme. 

Pero el mayor reclamo en lo que a interpretaciones se refiere es Riz Ahmed. Aunque su talento ya se intuía en producciones como The Night of (2016) o Los hermanos Sister (2018), este papel lo pone en el mapa. 

Su actuación es de las más sentidas y creíbles del pasado año. Si no fuera por el papelón que se marca Anthony Hopkins en El padre, de la que intentaré hablaros, no me cabe duda de que la estatuilla tendría inscrita su nombre. Aún así, espero que este sea el nacimiento de una estrella y que Ahmed siga entregándonos papeles tan intensos y perdurables como el de Ruben.


Cuando más brilla Sound of Metal es, sin duda, cuando profundiza en el día a día de una comunidad sorda y de las personas que la conforman. En ella encontramos perfiles de todo tipo: desde alcohólicos, hasta drogadictos o niños que han nacido con esta condición. Esa vida de silencio ineludible, de traumas y lamentos, de una ardua lucha, pero también de felicidad y de plenitud. 

Sound of Metal puede ser inclemente, demoledora, una de las cintas más incómodas del año, pero también encierra una de las más bellas historias de superación. Puede que no emocione, eso es algo muy subjetivo, pero desde luego deja un poso difícil de obviar una vez terminada. Su mensaje, aunque sencillo, no deja de ser cierto y relevante en los tiempos que corren. 


Audiovisualmente, la película roza el sobresaliente. Como decía antes, el juego de sonido nos mete en la piel de Ruben. El contraste entre la vida, tal y como la percibimos nosotros y cómo la percibiría un sordo, me dejó simplemente boquiabierto. No solo por el truco, que ya habremos escuchado en numerosas películas de acción o bélicas, sino por el impacto dramático que causa y cómo está integrado en la narrativa. 

Para terminar, Sound of Metal es una de las cintas del año. Una película que inicialmente causa impresión, pero que sabe ir más allá de su premisa. Riz Ahmed se destapa como un actor a tener muy en cuenta y Marder tiene el pulso y la visión de un director con mimbres. 


Tiene sus puntos débiles, entre los que se encuentran unos personajes secundarios algo desaprovechados y desconectados de la trama principal, así como un tercer acto que pierde fuelle y no acaba de rematar emocionalmente al espectador. No obstante, poco más se le puede achacar a esta notable ópera prima, que acompaña al espectador en el descenso a los infiernos de un joven que tuvo que volver a aprender a vivir.

8/10: ¿HAY VIDA MÁS ALLÁ DE LA TRAGEDIA?