Desarraigo. Acción y efecto de arrancar de raíz una planta, quitarle su soporte vital. Sin nutrientes ni hidratación, la planta irá perdiendo su energía, se secará y al cabo de un tiempo, morirá. Un acto tan fortuito, tan simple e inadvertido por el resto, tiene consecuencias devastadoras. Arrancar una planta es abrir una herida en la tierra; herida que grita, herida que llora.


One shot! One shot! Estas fueron las últimas palabras que Mike (Robert De Niro) le dedicó a su gran amigo del alma, Nick (Christopher Walken), instantes antes de que este se quitara la vida de un disparo en la sien ante una multitud enardecida, como quien presencia el último asalto de un combate de boxeo. 


Sentados frente a frente, con la mirada clavada en el otro, Mike y Nick mantienen un pulso por el futuro que les fue arrebatado: uno se aferra a la amistad, dispuesto a descender al infierno para traerlo de vuelta al hogar; al otro no le queda un atisbo de humanidad. Sus raíces fueron arrancadas hace mucho. Los ojos conscientes y aterrados de Mike contrastan con el vacío espiritual de Nick. Ya no queda nada de aquel joven dulce y apasionado con el que cazaba ciervos en la montaña. Nada salvo un nombre. 


Mike sostiene tembloroso la mano de su amigo, desesperado porque entre en razón. Porque despierte de la pesadilla. Por un momento, el tiempo se detiene. Toda una vida les ha conducido hasta aquí, lejos del mundo que creían conocer, lejos de sí mismos. 


En inglés, one shot puede traducirse como un disparo o una oportunidad. Mike y Nick han librado su batalla hasta el último suspiro. Ante ellos, se presenta una última oportunidad para vivir o para morir. La bala aguarda en el tambor cilíndrico; todo lo que empieza tiene un final. Conocemos bien el juego y sabemos que, tarde o temprano, todos perdemos una parte de nosotros. Eso es el desarraigo.



Hollywood ha abordado la Guerra de Vietnam en numerosas ocasiones. Ya desde los primeros años, la industria actuaba como una eficaz máquina de propaganda para reclutar jóvenes idealistas. Uno de los casos más flagrantes es Boinas verdes (1968), un panfleto militarista encabezado por John Wayne, que sirve como advertencia del poder perverso del cine. 


Con el paso del tiempo, las películas fueron aportando mayor complejidad y agudeza, hasta llegar al presente con títulos como Rescate al amanecer (2006), de Werner Herzog. Entremedias se estrenaron grandes películas y otras olvidables, pero pocas resultaron tan decisivas para el género como El cazador (1978), de Michael Cimino. Una obra capital que abordó, en clave de epopeya trágica, las secuelas de una guerra que envenenó el alma de una nación. 


Hasta entonces, nadie en Hollywood había reunido el coraje para denunciar las atrocidades vividas en Vietnam, mucho menos financiar un proyecto de calado. Tan solo Elia Kazan se acercó al tema en Los visitadores (1972), una rareza con guión escrito por su hijo y escaso presupuesto. Así pues, Cimino, que por aquel entonces era un director novel con un puñado de trabajos menores en su haber, se lanzaba a la mayor aventura de su vida. Una que le traería grandes glorias y desgracias por igual. Su trayectoria acabaría reflejando, de forma nítida, el mito de Ícaro.


Michael Cimino nace en Nueva York en 1939 en el seno de una familia de inmigrantes sicilianos aferrados a las tradiciones. Considerado un niño prodigio, Michael se rebeló contra su destino en la adolescencia. Estudió artes gráficas en la universidad, donde desarrolló su talento innato para captar imágenes de gran belleza.


A principios de los 70, Cimino empezó a trabajar en Hollywood como asesor de guiones. Uno de sus trabajos llamó la atención de Clint Eastwood, el cual quería dirigir el proyecto, pero él se negó tajantemente. Finalmente, llegaron a un acuerdo: Clint lo financiaría bajo el sello de la floreciente Malpaso y Cimino lo dirigiría. La película se tituló Un botín de 500.000 dólares (1974) y fue un éxito de recaudación.



A mediados de los setenta, el productor Michael Deeley había comprado un guión sobre un grupo de amigos que viajaba a Las Vegas para jugar a la ruleta rusa. Según él, le faltaba algo y ese era Michael Cimino. El italo-americano, que era un talento emergente, le expuso su visión a Deeley y este quedó cautivado. Le dio luz verde de inmediato. Nadie podía imaginar la magnitud que alcanzaría el proyecto.


Un velo de misterio envuelve los orígenes de El cazador. Cada cual tiene su versión acerca de quién plantó la semilla de la idea, pero nadie sabe la verdad. Cuando esto ocurre en Hollywood, se imprime la leyenda. 


Cimino era un director megalómano y mentía más que Howard Hawks; una bomba de relojería lista para estallar. Tanto es así, que alcanzó la cumbre y cayó a los infiernos en tiempo récord. Su malograda carrera conversa con la de Orson Welles o Erich von Stroheim.


Por aquel entonces, la Guerra de Vietnam recién había concluido con derrota para los Estados Unidos. El país sufrió una fractura irreparable: más de 58,000 bajas y 300,000 heridos. Una vergüenza nacional agravada por el siniestro magnicidio de JFK y el ascenso al poder de Lyndon B. Johnson, responsable directo de la guerra, que hizo desembarcar más de medio millón de tropas en cuestión de días. En 1973, tras años de desgaste y de mentiras, Nixon ponía fin al conflicto armado, pero era demasiado tarde. La desconfianza había hecho metástasis en la ciudadanía. El movimiento hippie calaba hondo entre los jóvenes, que rechazaban de pleno las estructuras tradicionales. Mientras, sus padres asombrados leían en la prensa los escándalos del gobierno. El gran sueño americano llegaba a su fin y una nueva era comenzaba.


Resulta fácil hacer una película sobre un conflicto del que has salido victorioso. Más complicado es sacar a relucir las miserias silenciadas. Aunque Coppola ya estaba gestando Apocalypse Now (1979), El cazador fue la primera, junto a El regreso (1978) de Hal Ashby, que tuvo las agallas de tratar abiertamente el tabú y lo hizo con una sutileza que marcaría tendencia en el cine bélico. Porque El cazador no es una película sobre la Guerra de Vietnam, sino sobre la fractura moral de los EE.UU.  



La historia se ambienta en el pequeño pueblo siderúrgico de Clairton, Pensilvania, en una comunidad de inmigrantes rusos. Seis jóvenes amigos disfrutan de sus últimas correrías juntos, antes de afrontar los cambios drásticos que se avecinan. Son unos críos que no conocen más allá del valle en el que viven. Su máxima preocupación es cazar ciervos y beber cerveza hasta caer de espaldas; unas “Rolling Rock”, el mejor lúpulo de la región. Les encanta picarse entre ellos, echar la tarde en el bar de la fábrica y perseguir chicas. La vida en Clairton es tranquila y próspera, su gente está unida y miran al futuro con esperanza. 


Pero los días de vino y rosas pronto terminan. Por un lado, Steve (John Savage), el más responsable del grupo, está a punto de casarse. Es el primero en dar el gran paso a la vida adulta y siente vértigo. Por otro lado, quedan apenas unas horas antes de que Nick, Mike y él se marchen a combatir a Vietnam. Para ellos es una aventura. La oportunidad de conocer mundo. Para el pueblo, es un motivo de orgullo: sus hijos predilectos van a defender a la patria. 


Antes de alistarse, los chicos organizan una última cacería, uno de los ritos que componen el espíritu inquebrantable de Clairton. Son jornadas de júbilo, pero también de angustia frente a la incertidumbre. Nadie se atreve a decirlo, pero todos lo piensan. Se aproxima una tormenta y solo Dios sabe qué se llevará con ella. 


El gran mérito de El cazador está en su particular estructura. Michael Cimino era un estudioso de las artes, pero no tuvo formación cinematográfica formal y por tanto, no seguía los cánones académicos; era su forma de transgredir las normas, igual que hizo de joven.


La decisión de incluir un prólogo de una hora solo la puede tomar un verso libre como él. Cualquier otro cineasta hubiera condensado el metraje, poniendo énfasis en el tratamiento de la guerra. Pero Cimino no quería que la obra perdiera relevancia o frescura. Quería que fuera universal y qué hay más universal que una gran tragedia. 


El armazón del filme es mucho más literario que fílmico. Corresponde a los mitos y leyendas del teatro griego, adaptados a la realidad norteamericana. Los personajes se emparentan con La Odisea de Homero; el regreso del héroe a casa tras un largo exilio. Lealtad, valor y sufrimiento humano como vehículo para alcanzar la sabiduría. Ahí reside la épica de El cazador.



Si lo pensamos detenidamente, es fácil distinguir los arquetipos. Mike es Ulises, el líder astuto e ingenioso que siempre mantiene la calma. Es un faro que guía a sus amigos a través de las tinieblas. Él se adentra en el Hades y regresa a Clairton, la Ítaca transformada. Al contrario que Nick, el héroe caído, consumido por la desolación. 


Después de un inicio raudo y veloz, igual que el camión cargado de combustible que irrumpe en el pueblo, Cimino se recrea con afán documentalista en las costumbres y tradiciones de la gente. No es casual que eligiera una comunidad rusa como protagonista de la cinta. Muchos huyeron a EE.UU. por motivos religiosos o políticos. Un recordatorio de que la desgracia forma parte de la vida, tanto como el imperativo de seguir adelante.


La mente obsesiva de Cimino quiso que todos los rituales del prólogo fueran precisos, más concretamente el de la boda. De esta forma, la película nos muestra los entresijos de una ceremonia ortodoxa, tal y como ocurriría en la realidad. El director pidió a los innumerables extras que se comportaran igual que lo harían en una boda auténtica. Llegó incluso a contratar a un cura de verdad; no quería que se le escapara ningún detalle. No obstante, hubo uno que fue particularmente problemático. 


En la escena en la que Steve y Angela (Rutanya Alda) beben de una copa, la tradición dice que si se derrama una sola gota de vino, significa un signo de mal augurio. Cimino quería capturar este momento con la cámara, pero la copa que habían diseñado no funcionaba. Después de pasar un día de rodaje intentándolo, un Cimino enfurecido llenó una copa de vino, se subió a una escalera y desde ahí, dejó caer una gota en el vestido de Angela. 


La secuencia de la boda tardó cinco días en rodarse y ocupó casi un tercio del metraje final. Cuando los productores se enteraron, debieron pensar que se había vuelto loco. Efectivamente, lo estaba, pero había un método en su locura. La secuencia de la boda marca el pistoletazo de salida para todo lo que vendrá después.


Como el gran narrador que es, Cimino emplea los preparativos de la boda y la boda en sí para vehicular el carácter y las motivaciones de los personajes. Empezando por Linda, interpretada por una primeriza Meryl Streep. En un principio, la vemos atendiendo a su padre alcohólico y abusivo. Más tarde, ya en la boda, descubrimos que ella y Nick se aman. Linda representa la pureza de espíritu, la bondad y la resiliencia ante las dificultades.


También nos introduce a las dinámicas del grupo de amigos, a quienes vemos fichando en la fábrica, como en una película de los hermanos Lumière. Por un instante, la memoria nos devuelve a Innisfree, al pueblo minero de ¡Qué verde era mi valle! o a cualquier otro lugar atemporal del cine de John Ford. Cimino está trascendiendo la ficción.



Enseguida nos percatamos de que Mike y Nick son el alma de este grupo. El propio Mike le confiesa que, de no ser por él, iría a cazar ciervos solo. Stanley (John Cazale) es un infeliz de carácter conflictivo y espíritu enclenque. Un coleccionista de vicios. Axel (Chuck Aspegren) no destaca en nada, aunque tampoco molesta. John (George Dzundza) es el único que no se dedica a la siderurgia. Regenta el bar-parroquia donde quedan para beber, jugar al billar y hacer apuestas descabelladas. Ninguno de ellos tiene el valor para ir a Vietnam. Incapaces de avanzar, de crecer, de madurar. Ellos representan los que se quedan atrás.


Mike ejemplifica la autoridad y Nick, la ternura. Juntos reúnen la cabeza y el corazón del grupo. A lo largo del prólogo, veremos cómo Cimino cincela sus aspiraciones. Nick muestra una imagen inmaculada, de rostro aniñado y actitud risueña; es la personificación de la inocencia. Mike está en las antípodas. Es más ladino, introvertido y calculador. No sabe bailar y no le gusta socializar. Sin embargo, le cae bien Nick, quizá porque es todo lo que él aspira a ser y tiene todo cuánto anhela. Concretamente, el amor de Linda.


Terminada la ceremonia nupcial, llega el momento de la celebración. La escena no podría ser más berlanguiana. También fordiana. Parece que estuviera todo el pueblo allí reunido. Gente bailando que entra y sale del plano, conversaciones cruzadas y la orquesta tocando de fondo un popurrí de música: desde Can’t take my eyes off you de Frankie Valli, un tema recurrente del filme, hasta canciones populares de Rusia como Korobeiniki


Un caos que Cimino aprovecha para ahondar en la naturaleza de los personajes. Vemos a Mike intentando declararle su amor a Linda, a Nick siendo el alma de la fiesta —Walken baila como nunca—, a Stanley quedando en ridículo y a Steve en una nube. La escena es mucho más que un paréntesis para tomar aire antes del desastre. Cumple una función integral en la narración, estrechando el vínculo emocional entre los protagonistas y el espectador. Ensalza el valor de las tradiciones como pegamento social y además, presenta la amenaza inminente. Sobre el escenario, una pancarta que reza «Sirviendo orgullosos a Dios y a la patria» se alza sobre los asistentes, dejando una estampa funesta.



Por si fuera poco, la película añade otra capa de crueldad con la llegada a la fiesta del boina verde. Su irrupción tiene mucho de sueño premonitorio. A pesar de ir uniformado, nadie allí lo reconoce, como si fuera el fantasma de las navidades futuras. La imagen se vuelve oscura y la fiesta se escucha distante. ¿Quién es ese tipo? Solo un Mike completamente ebrio le presta atención. Le invita a un trago a cambio de información sobre la guerra y este le responde con un sucinto “¡a la mierda!”. Tiene la mirada perdida en un lugar lejano. Tal vez piense en un compañero agonizando en la selva o en el grito de auxilio de una mujer que sostiene a su hijo muerto entre brazos. Tal vez piense en todos o tal vez en ninguno. Después de todo, ¿qué le queda salvo el desarraigo?


Tras una larguísima escena de interiores, regresamos al exterior. Steve está nervioso porque es su primera vez con Angela, aunque ella está embarazada. Nunca sabremos quién es el padre. Hay quien conjetura que es Stanley, porque al final de la película lo vemos muy próximo a Angela y al niño, ejerciendo casi de figura paterna. Sin embargo, en una entrevista del DVD, Cimino desvela que el padre es Nick, lo que explicaría los envíos de dinero y de elefantes de madera que envía desde Vietnam. Esto es como el final de Blade Runner, a cada cual el suyo. Personalmente, me quedo con la primera hipótesis. Encaja mejor con el carácter de los personajes y mantiene intacto el amor que Linda y Nick se profesan. 


Steven y Angela se marchan juntos en el coche de bodas, jaleados por toda la comunidad. El coche es otra presencia constante a lo largo de la película. Un Cadillac Coupe de Ville de 1959, propiedad de Mike. Es un modelo anacrónico y destartalado que simboliza la gloria de un tiempo pasado, cuando EE.UU. vibraba con el rugido de los motores y el crecimiento industrial. Esta nota amarga entronca con la de una época, los años 70, en la que el país comenzaba su desindustrialización. El pueblo siderúrgico de Clairton representa el Cinturón de óxido que se extendía por los estados de Pensilvania, Virginia Occidental y Michigan. De nuevo, Cimino insiste en la idea del fin de una época.


Al fin solos bajo el cielo nocturno de Clairton, Mike y Nick confiesan su miedo por ir a la guerra. El día había sido tan intenso y apenas hubo margen para reflexionar, salvo por una pequeña charla que mantuvieron minutos antes de la boda en la caravana. Allí, Mike le explica su pasión por la caza y la importancia de hacerlo de forma limpia, profesional, de un disparo. Nick no está tan convencido. A él la caza no le importa tanto como el ciervo, la montaña y los árboles. Le encantan los árboles. En definitiva, está enamorado de su hogar y esa noche, con las estrellas por testigo, le hace prometer a Mike que lo traerá de vuelta a casa, vivo o muerto. Mike no se puede negar. Después de todo, son amigos del alma. Hermanos.



Hemos seguido al grupo a lo largo de una jornada extenuante. Los vimos saliendo del trabajo, bebiendo en el bar y bailando en la boda, pero aún queda un último rito, también litúrgico, antes de marchar a Vietnam. Es el que da título a la película, The Deer Hunter. Aquí es donde Cimino hace gala de su ojo clínico para rodar amplias panorámicas de una belleza casi religiosa. La montaña en El cazador tiene el mismo tratamiento que un templo. Es un lugar sagrado, donde Mike es el maestro de ceremonias y los demás, sus invitados. 


Dos escenas destacan sobre las demás. La primera tiene lugar en los prolegómenos, cuando Mike se niega a darle las botas de caza a Stanley. Este se muestra intransigente ante las súplicas de su amigo, para sorpresa de los allí presentes. La tensión crece a medida que la discusión se vuelve más acalorada y las armas entran en el plano. Nadie entiende lo que ocurre, pero hay una explicación para su comportamiento: pronto se irá y Stanley tendrá que madurar. No os dejéis engañar por su semblante amenazador, Mike tiene miedo. Miedo de no volver. Miedo de que sus amigos no puedan salir adelante sin él. Al fondo, contrasta una impresionante postal invernal del Monte Baker, al norte del Estado de Washington, en la frontera con Canadá. Cimino recoge la tradición fordiana del paisaje como construcción moral. La grandeza y serenidad que transmite Clairton choca con el constante estado de alerta de Vietnam. En el hogar se estrechan los vínculos, mientras que en la guerra se arruinan.


La otra escena es más significativa aún si cabe. En un gesto de íntima camaradería, Mike y Nick se separan del grupo para rastrear juntos a un ciervo. Ambos van a la par, escalando la montaña por riscos y promontorios de alto riesgo. Mike, absorto en la persecución, se olvida de Nick, que es incapaz de seguirlo y termina perdiéndose en la niebla. Cuanto mayor es la altitud, más cerca se encuentra del cielo y mayor es el misticismo. Entonces, gana fuerza el Vichnaya Pamyat, o Memoria eterna, un himno litúrgico en memoria a los difuntos que rima a la perfección con la escena.



Cimino abre un abismo emocional entre Mike y sus compañeros. Queda claro que es un tipo diferente, con unos códigos estrictos y un objetivo claro en mente. Mike tiene un propósito y por eso lo siguen, porque sabe lo que quiere y tiene la habilidad para conseguirlo. Más tarde, descubrirá que estaba equivocado y que todo eran castillos en el aire.


A nivel formal, la secuencia de la caza produce asombro. El montaje pausado deja respirar a los planos, un elemento muy necesario a la hora de generar gravedad. Al contrario que el cine moderno, El cazador no tiene prisa por pasar a la siguiente escena, sino que la alarga, confiando en la riqueza del lenguaje audiovisual. Por esta razón, una película de hora y media puede caer pesada, mientras que otra de tres horas como esta, se siente ligera como una pluma. Cimino no machaca con mensajes aparentes. Deja que el público descubra su historia a medida que avanza.


Y es que la secuencia de la caza funciona a múltiples niveles. El más evidente es el de comunión entre los jóvenes protagonistas. Es una forma de arraigo a aquel lugar. También es un ritual de paso hacia la madurez. La caza representa un mundo de reglas e implica una responsabilidad moral. El ciervo se mata de forma limpia, quirúrgica, sin sadismo. La violencia está sometida a la ética. O eso creen.


Sin embargo, la caza también funciona a nivel psicológico, como espejo del estado interior de Mike. Antes de la guerra, representaba el orden y la identidad. Después, la pérdida del sentido. El ritual es el mismo, pero él ha cambiado; ya no puede seguir practicándolo. El cuerpo esbelto del ciervo también invita a pensar en la inocencia, en la vida pura condenada a morir.


El grupo regresa a casa con su preciado trofeo sobre el capó del Cadillac. Se lo ofrecen a Steve y Angela como regalo de bodas y acto seguido, se dirigen al bar para tomar un último trago. El plano ya no es amplio, sino angosto, encerrados como en una prisión. John toca al piano un fragmento del Nocturno de Chopin. Un pensamiento llena la estancia: ¿y si no nos volvemos a ver más? El instante no podría ser más desgarrador. Cuando, de pronto, se escucha un sonido lejano de helicópteros…


La vida guarda designios inescrutables. En ocasiones, se nos revelan al filo de un instante trémulo y otras veces, permanecen ocultos para siempre, a plena vista, como una fórmula escrita con tinta invisible sobre una pizarra de carne y pensamientos convulsos. Atribúyanlo a su divinidad favorita, al cosmos o a un capricho burlón. Lo cierto es que sobre el vasto reino de creencias y posturas irreconciliables que hemos construido neciamente, se extiende una pesarosa bruma de realidad, no menos cierta por meter la cabeza en un pozo de terquedad suicida. El miedo a perder un control que nunca tuvimos nos arrastra, a menudo, al campo gravitatorio del autoengaño.

 

El otro día, charlando entre amigos (y entre copas), surgió una de esas preguntas cíclicas que asaltan a la mente divagante; el pequeño oasis que se forma entre desiertos de rutina. Hablábamos acerca de aquellas cosas que nos vuelven indefensos, todo lo que se nos escapa, los pequeños y grandes acontecimientos que sacuden nuestra vida sin remedio. Al final, acordamos que levantar un muro de desprecio e intolerancia no era la postura idónea, sino la forma más rápida de ennegrecer el alma. Por el contrario, el acto existencial más audaz era navegar las adversidades, igual que Spencer Tracy en Capitanes intrépidos (1937), con una sonrisa por bandera y un corazón henchido actuando de brújula; cuanto más cuestan los actos, más merece la pena luchar por ellos. Como veis, la vida no es tan compleja como creemos, lo difícil es mirarla frente a frente, a la cara.


Póster oficial de la película

Si uno se aproxima a la vida de Marty Reisman, excéntrico campeón de tenis de mesa y un referente del deporte en su país, enseguida advierte que no es de los que acepta el destino como le viene, sino que lo retuerce y lo golpea hasta que se amolda a su particular visión del mundo. Se ha convencido de que está predestinado a cambiar las cosas y nadie ni nada podrá evitarlo. Disipará la bruma y, si hace falta, la atravesará para derrotar a la realidad, pero lo conseguirá. Así comienzan muchas historias de perdedores y unas pocas de triunfadores; esta es la historia de Marty Supreme.


Tras la abrupta separación de los hermanos Safdie, cuya meteórica carrera despegó en Good Time (2017) y se consagró con la anfetamínica Diamantes en bruto (2019), cinta que reivindicaba la figura de Adam Sandler como algo más que un emblema del humor zafio, el público se preguntaba quién de ellos llevaba la voz cantante. Ambos estrenaron película el mismo año, ambas enmarcadas en el mismo género del biopic deportivo: por un lado, Ben se asociaba con ‘La Roca’ Johnson en The Smashing Machine; por otro, Josh convertía a Timothée Chalamet en Marty, un jugador de ping-pong talentoso, a la par que arrogante, que está dispuesto a saltarse todas las normas y convenciones sociales de su época, los 50, en su camino al éxito. Con los jugadores sobre el terreno —en otra época, al reparto se lo conocía como “the players”, sobretodo en el ámbito teatral— y la suerte echada, tan solo quedaba ver cuál de los dos hermanos se alzaría con el título de campeón.


Lo que en un principio se anticipaba como un duelo parejo, acabó siendo una victoria aplastante de Josh Safdie. Marty Supreme es la heredera natural de sus anteriores películas, un título pasadísimo de rosca que evoca al Scorsese impredecible, adicto a la cocaína, de los años 80 y 90. En comparación, The Smashing Machine queda en un (mal) intento por renovar los códigos de un género manido con maquillaje y ñoñerías telenovelescas.


Marty huye por las calles de Nueva York

Marty Supreme es una oda al exceso. Josh Safdie saca su poderoso rayo tractor para atraernos, sin solución de continuidad, a un mundo donde la mesura y la contención brillan por su ausencia. Su visionado es lo más parecido a una jam session en la que una jirafa se sube al escenario y toca el clarinete con la maestría de Artie Shaw; es una fantástica temeridad. Hay que tener mucha determinación o ser un inconsciente para gastar $70 millones de dólares —el mayor presupuesto en la historia de la productora independiente A24— en rodar una película de época sobre el ping-pong en EE.UU. Incluso contando con el tirón de una estrella como Chalamet, la idea resulta descabellada. Pero es que la ejecución lo es aún más si cabe.


El filme arranca y lo primero que aparece en pantalla es una ambientación cuidada del Nueva York de los cincuenta. Me gusta lo que veo. Acto seguido, comienzan a sonar los sintetizadores e irrumpe la inconfundible voz de Marian Gold de los Alphaville. ¡Es Forever Young! Estoy de acuerdo en que Safdie no ha inventado los anacronismos, pero hay que saber utilizarlos sin caer en excesos ni patochadas. En su caso, el conjunto funciona por la ‘musicalidad’ de la narrativa. El guion coescrito con Ronald Bronstein es puro nervio, una batería de escenas que se suceden a ritmo de la electrónica ochentera más delirante. Tanto es así que las rompedoras melodías de Tears for Fears o New Order jamás desentonan con la acción de la película. Es esta clase de eclecticismo, de riesgo juvenil, el que necesita el cine; alejarse de la fórmula y agitar la coctelera, como dijo aquel.


Imagen promocional de Marty Supreme

Cuando uno se plantea realizar una película deportiva, se presentan dos escenarios. El primero, más clásico y satisfactorio, es aquel en el que seguimos al héroe a través de su periplo atlético, desde sus humildes inicios hasta su culminación. Es el formato de grandes éxitos como Rocky (1976), Karate Kid (1984) o Titanes (2000), cintas que ensalzan el deporte como epítome de la superación personal. El otro escenario dibuja un arco argumental más complejo, donde el deporte ocupa un segundo plano, actuando como telón de fondo para un estudio de personaje incisivo. Es el caso de El buscavidas (1961) o Toro salvaje (1980); acertadamente, el mayor de los Safdie opta por este último. Habida cuenta de que el ping-pong no es la disciplina más cinematográfica, el cineasta neoyorquino se las ingenia para transformar la trepidante juventud de Marty Reisman en un tour de force oscarizable para el lucimiento de su estrella protagonista.


La electrizante actuación del joven actor es uno de los grandes reclamos de esta patética odisea desarrollada en los márgenes de la sociedad. Conscientes de ello, A24 ha centrado la publicidad en su figura —no en vano, el póster dibuja una jerarquía actoral en la que él ocupa el centro y los demás actores figuran debajo suya, como amparados por su paraauras—. Todos los sucesos del guión pivotan a su alrededor, es la fuerza dominante, el catalizador de la acción. El resto del reparto destila carisma, pero tienen poco peso específico. Desde el empresario Kevin O’Leary, a quien el público americano conoce como Mr. Wonderful en el reality show Shark Tank; el cineasta Abel Ferrara en un papel tan excéntrico como desmedido; Odessa A’zion como contraparte femenina de Chalamet; o Gwyneth Paltrow poniendo una nota de sutileza, sensibilidad y erotismo sincero que agradece una historia atiborrada de estímulos.


Josh Safdie y Timothée Chalamet, juntos durante el rodaje

Por extraño que parezca, el gran inconveniente de Marty Supreme es también su más preciada cualidad. Ese ritmo tan frenético que ni las horas pueden seguir, aporta frescura al visionado y desinhibe a una audiencia que está deseando sorprenderse con los métodos heterodoxos de un director desacomplejado. Sin embargo, esto es una hoja de doble filo, ya que la película se ve obligada a mantener ese tono para que no se le venga abajo todo el tinglado y, con un metraje tan alargado, acaba descarrilando. Otras cintas adrenalínicas como ¡Jo, qué noche! (1985), Corre, Lola, corre (1998) o Clímax (2018) apostaron por reducir la duración y mejorar la cadencia, en pos del equilibrio. Safdie se entrega por completo al exceso. Hipertrofia la narrativa por encima de sus posibilidades, reciclando escenas que subrayan una y otra vez los mismos conceptos, las mismas ideas. Toda esta broza argumental daña la armonía del filme y lo agota hasta que termina arrastrándolo en un desenlace irreconocible con los vibrantes compases iniciales.


Al guion de Bronstein le faltan matices y le sobra ruido. Su historia de caída y redención logra subvertir las expectativas pero, en lugar de ensalzar sus virtudes, se recrea en sus defectos. Marty Supreme es ante todo una celebración de la hipérbole, por la hipérbole, para la hipérbole. Cualquier lectura sosegada queda enterrada bajo toneladas de histrionismo; no deja margen para la reflexión. El montaje ha sido ideado para sacar clips de treinta segundos o un minuto a lo sumo y subirlos a TikTok con el fin de generar impacto. El cine como herramienta de viralidad…


Marty, eufórico, celebra un punto

En definitiva, la obra destaca por la actuación de un actor en estado de gracia y por el carisma de un director con una visión firme y denodada, que planta batalla al Hollywood convencional. Su cine es una interpretación posmoderna del de Martin Scorsese, pasado por el filtro de las redes sociales. El estilo ya lo tiene, pero le falta lo más importante, la rabia. Sus obras cumbre tenían una cualidad vitriólica que trascendía a la pantalla. Taxi Driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo…todas ellas son películas virulentas, corrosivas, que ponían en solfa el lado más perverso y depravado del alma humana. Scorsese se jugaba la vida en cada proyecto. Era consciente de que su próxima película podría ser la última y, aún así, no se detuvo. Sabía que no podía controlar la vida, con todos sus azares e infortunios. Lo que sí podía controlar era la forma en que la vivía. Ese es el auténtico Marty supremo.


7/10: QUIEN NO LLORA, NO MAMA.


Todo toca a su fin. El mío, en el Festival de San Sebastián, ha llegado como un vendaval que derriba mis muros emocionales. Las últimas horas aquí son pasajeras de una exhalación melancólica, interrumpida por las ocasionales charlas cinéfilas y los bocadillos de fantasía culinaria. Ya abandoné mi base de operaciones, dejé las llaves sobre la mesa y cerré la puerta con un estruendo triste, incapaz de mirar atrás; de haberlo hecho, habría sufrido la puñalada mortal del recuerdo, intoxicando mis venas de aflicción.

 

Por unas horas me convierto en lo que siempre he sido, un vagabundo cinéfilo que busca un asilo de complicidad. Mochila al hombro, con actitud noctámbula y el cansancio a cuestas, me dirijo al penúltimo pase en el Teatro Principal, refugio de mis sueños malditos. Empleo el corto trayecto en hacer un balance fugaz de mi paso por el festival, con sus decepciones y alegrías, mis fobias y sensibilidades, y por supuesto, la comida; no hay nada como compartir mesa con amigos. Cuanto más mayor me hago, mejor me conozco. Para bien y para mal, mis gustos se definen más y mi capacidad para sorprenderme se difumina. Lo que antes era caos, ahora es certeza, orden, y eso encierra una espada de doble filo. Ciertamente, sufro menos los avatares del destino, cosa buena para un catastrofista. A cambio, los fotogramas de la vida pierden color, como una lata de una película antigua, desgastándose sin remedio. 


 

Combato mis lágrimas como siempre he hecho, riendo. Tengo tanto que agradecer que sería una frivolidad echarse a llorar, pero a veces el alma lo pide, igual que una planta pide agua. Llueve, una constante los últimos días. Parece que el tiempo y yo compartimos el mismo ánimo. Entre dudas y aroma a salitre, despedimos el verano, mientras el otoño anuncia la próxima estación, en un viaje continuo que apenas deja espacio para la reflexión. Suelo viajar ligero de equipaje, pero hoy me está costando. Vuelve la lágrima a combatir con la sonrisa, segundo round de una batalla infinita.

 

Entonces, un rayo de sol transgresor se cuela en mi ventana e ilumina mi razón. No importa lo mayor que me haga, pienso, porque la posibilidad siempre existe. En el cine, como en las despedidas, cada final abre la posibilidad a un principio. Y en los principios, vividos o imaginados, germina la juventud. 

 

 

El mago del Kremlin

 

El veterano cineasta francés Olivier Assayas firma este drama biográfico de claros tintes políticos, que intenta radiografiar la tumultuosa geopolítica actual a través de la pluma de Giuliano Da Empoli, autor de la novela en la que se basa. La historia sigue la vida de Vadim Baranov (Paul Dano), desde sus años jóvenes en la caótica Rusia postsoviética hasta la nueva Rusia de Putin (Jude Law); un recorrido extenso que ilustra las crisis más notables del país, así como la semilla de la guerra de Ucrania que aún perdura.

 

No hay nada más terrorífico en la solitaria vida de un cinéfilo que exponerse a una película kilométrica con la personalidad de un ladrillo, todo lo cual representa, en su forma más pura y repelente, El mago del Kremlin. Un absoluto disparate de película, tan desenfocada y perdida, que no sabe lo que quiere contar y mucho menos cómo contarlo. Assayas produce una matrioshka de narraciones enmarañadas que no responden a ninguna de las preguntas que le interesa al público. Por un lado, está la trama principal de Vadim Baranov, el supuesto “mago del Kremlin”, que además ejerce como narrador. Por otro, aparece el Putin de Jude Law, relegado a un frustrante papel secundario. Y finalmente, Jeffrey Wright, cuya función resulta difícil de descifrar, que también asume el rol de narrador y sirve de nexo para introducir al protagonista; buena suerte para darle un sentido a semejante galimatías. 


 

Si el cine es el arte de plasmar historias en imágenes, Assayas ha conseguido el dudoso honor de realizar anticine. El director no solo falla estrepitosamente a la hora de construir un relato verosímil o unos personajes fascinantes, sino que tampoco se preocupa por transmitir una atmósfera subyugante ni cuidar la ambientación; todo está hecho con el inconfundible sello de la vagancia. ¿Cómo va a interesarse el espectador en el material, cuando ni siquiera le interesa al director?

 

Pero Assayas no se conforma con firmar una película mediocre y carente de ambición, no, sino que quiere someternos a una extenuante tortura de dos horas y media de duración. Recién comienza la película y ya se ha dispersado, entre un tono íntimo y elegíaco, uno más analítico y otro que linda con el melodrama de pareja, incluida la aparición estelar de Alicia Vikander —presencia siempre bienvenida, pero prescindible—; mientras, yo grito para mis adentros: ¡por Dios, Assayas, céntrate! Una vez me he dado por vencido, intento divertirme, pero tampoco me lo permite. A pesar de que todos los personajes (rusos) hablan en un perfecto inglés académico, la dichosa película se empeña en tomarse en serio a sí misma, aunque no lo suficiente para aprovechar la única baza con la que cuenta: la extraordinaria interpretación de un Jude Law que desaparece tras la máscara de Vladimir Putin. ¡Ahí estaba la historia, Assayas! 

 

Deseoso por demostrarnos su evidente superioridad intelectual, Assayas arma un laberinto narrativo tan gratuito e innecesario, que él mismo termina perdiéndose; como el coyote y el correcaminos, persigue su inteligencia hasta estrellarse contra su estulticia. El mago del Kremlin es un insoportable egotrip wikipédico e hipertrofiado que se centra en los aspectos más irrelevantes y prescinde de sus escasos valores fílmicos. Malgasta metraje y lo que es peor, nuestro tiempo, en un panfleto kitsch, torpe e inconexo de la sociedad rusa; una suerte de Rusia contemporánea para “dummies”, solo apta para los ojos del yanqui más ignorante que zapea por las sórdidas profundidades del catálogo de Disney+. Para los demás: háganse un favor y ahórrensela.

 

3/10

 

Nouvelle Vague

 

Richard Linklater ha demostrado un talento natural a la hora de retratar dinámicas sociales a lo largo de su dilatada carrera. Ya sea la pandilla juvenil de Movida del 76 (1993), el profesor de escuela y sus alumnos en Escuela de Rock (2003) o la pareja más icónica del cine contemporáneo en la trilogía del amanecer, el tejano tiene un estilo característico, una voz propia que germinó en su amor por el cine, más concretamente, su amor por narradores europeos, como Rohmer o Truffaut, que situaban las relaciones humanas en el núcleo de sus películas. No sería extraño pensar, pues, que quisiera homenajear a su manera uno de los movimientos más importantes del cine europeo: la Nouvelle Vague.


 

Mucha gente siente una aversión casi patológica cuando escucha ese nombre, una reacción instintiva, que los lleva a rechazar todo el material que se encuadre en sus márgenes. Otra gente venera a las figuras más conocidas del movimiento, mitificándolos hasta niveles sorprendentes que coquetean con una pedantería insoportable. Como ocurre a menudo, la verdad se encuentra en un punto intermedio. Personalmente, no soy ningún admirador de la Nouvelle Vague: admito que supuso una ruptura cultural decisiva en los años 60, cuando Hollywood atravesaba una crisis de creatividad alarmante y el cine estaba ávido de experimentos de fondo y forma —algo parecido a lo que ocurre actualmente—, pero no conecto con algunos de sus autores totémicos. 

 

La buena noticia es que la última película-homenaje de Linklater, Nouvelle Vague, no abraza ningún extremo, sino que emplea la pasión artística, sea cual sea, como núcleo emocional para tender puentes de entendimiento. En un acto de ingenio y perspicacia, el realizador huye de cualquier atisbo de pretenciosidad para acercar este movimiento al gran público. Dicho de otra forma, la película retira el halo de misterio y presunción intelectualoide que muchos fetichistas le han otorgado a los Godard, Truffaut y compañía para mostrarlos como un grupo de amigos que solo querían expresarse; ¿y quién no puede empatizar con eso?

 

Mi mayor miedo es que los prejuicios y malos hábitos adquiridos perjudiquen una cinta cuya única ambición es entretener al espectador. Los diálogos se sienten frescos, las relaciones genuinas y la película, acompasada al ritmo del jazz y un blanco y negro parisino suntuoso, no decae en ningún momento. El carácter ligero y desenfadado de la pluma de Linklater se hace notar a lo largo del metraje, cimentado sobre un reparto que desaparece en sus personajes y una premisa tan curiosa como divertida: Jean-Luc Godard, el protagonista de la acción, observa ansioso cómo sus amigos François y Claude (Chabrol) triunfan con su arte, mientras él sigue, ofuscado, sin rodar su ópera prima…hasta que un día decide lanzarse. La trama sigue las increíbles peripecias del equipo de rodaje, anécdotas y conversaciones entrañables mediante, que abren una ventana de empatía a este extraño y loco grupo de artistas.


 

Nouvelle Vague es un viento huracanado de libertad creativa, la mano amiga que necesita la mente soñadora para romper las cadenas del miedo y echar a volar. Si en algo acierta este filme es en callar todas esas voces que juzgan a los demás y los disuaden de crear, achacándolo a una presunta falta de talento, de experiencia, o ambas; Linklater se opone a este clasismo cultural y nos dice, con un lenguaje ameno y llano, que seamos nosotros mismos. Porque no hay nada que enriquezca más el arte que las personalidades únicas que escapan de la tiranía de la homogeneidad.  

 

7/10


Urchin

 

Mike (Frank Dillane) es un joven desempleado y sin hogar que deambula por las calles londinenses, luchando con sus demonios y con las adicciones que lo han llevado a la indigencia. Sus días son tan oscuros como sus noches; una existencia lóbrega y deprimente de la que no sabe —o no puede— escapar. Por el camino, Mike conocerá amigos y le surgirán oportunidades para empezar de cero, pero para conseguirlo, antes deberá hacer las paces consigo mismo.

 

Esta es la propuesta de Urchin, un drama social inspirado en el realismo sucio de Sean Baker y la implacable escritura de Charles Bukowski, que marca la primera incursión de Harris Dickinson como director y guionista. El británico, más conocido por su faceta actoral en El triángulo de la tristeza (2022) o la reciente Babygirl (2024), donde se medía frente a frente con la imponente Nicole Kidman, realiza un estudio de personaje cáustico y desolador, con reminiscencias generacionales que evocan a Trainspotting (1996), aunque sin el pulso pop-frenético de Danny Boyle. 


 

Desde luego, Dickinson no tiene mal gusto a la hora de elegir sus influencias que, por otra parte, son más que evidentes. Es inevitable que un director novel beba, directa o indirectamente, de otra fuente para buscar inspiración; todos lo han hecho y algunos, incluso, hicieron de ello su lema. Alguien dijo una vez “roba como un artista”, sugiriendo que la originalidad pura es un mito y, por lo tanto, pretender alcanzar es una quimera. Al fin y al cabo, el estilo propio se desarrolla con el tiempo y la experimentación, dos elementos clave en el crecimiento de un cineasta prometedor como Dickinson. 

 

Por más que lo intenta, Urchin no escapa a sus referentes y tampoco tiene un elemento que merezca una mención especial. La dirección está llevada con oficio, pero sin pericia, como si tuviera siempre un ojo puesto en el manual; por otro lado, el relato cae multitud de veces en el estereotipo del hombre derrotado por sus circunstancias, un tema muy manido al que Dickinson no se enfrenta con la valentía necesaria para dejar su impronta. El desarrollo se siente algo forzado, miseria sin contexto, drama sin emoción; intenta hallar verdad, pero no se cree del todo lo que dice. Formalmente, tiene destellos de buen cine que invitan al optimismo. Esto es lo más destacable de una cinta que, por lo demás, no será recordada como una de las mejores o más renovadoras del género, pero que puede dar pie a una carrera notable. Más allá de sus referencias y guiños, esta interesante ópera prima deja entrever madera de autor, uno comprometido con el lenguaje audiovisual; brotes verdes que ojalá reverdezcan y crezcan hasta convertirse en una realidad. 

 

6/10

 

Franz

 

La laureada cineasta polaca Agnieszka Holland se zambulle en la intricada mente del escritor Franz Kafka en su último filme, Franz —no confundir con la película de similar título, dirigida por François Ozon—. Esta no es la primera vez que el cine trata la inasible figura del literato: en 1991, Sodebergh hizo una adaptación fantasiosa con Jeremy Irons de protagonista; más recientemente, en 2024, pasó sin pena ni gloria un melodrama alemán titulado La grandeza de la vida. Además, su alienante estilo surrealista ha permeado en el poderoso imaginario de cineastas como David Lynch o Roman Polanski, entre otros.

 

Un compañero, cinéfilo anónimo, de los muchos que uno se cruza por las calles donostiarras me dijo y parafraseo: «cuando un realizador respetado, como Holland, no estrena en Cannes o en Venecia, es que su película no es tan buena». Hay algo de verdad en su comentario. Todos, sin importar lo ascetas que nos creamos, codiciamos los mismos premios; sin ir más lejos, su anterior título, Green Border (2023), obtuvo el premio especial del jurado en el Festival de Venecia. La polaca, por supuesto, no es ajena a las grandes galas: ha competido en múltiples ocasiones por los Oscar, los BAFTA o los Emmy, entre otros galardones. 


 

A sus 76 años, puede decir orgullosa que ha conquistado muchas de sus metas y eso, artísticamente hablando, puede ser liberador o mortífero, dependiendo de su personalidad. Más aún cuando se enfrenta a un material tan complejo de adaptar como la tortuosa vida de uno de los autores más influyentes y enigmáticos del siglo XX. El resultado es tan irregular como la filmografía de la cineasta.

 

Por muchas vueltas que le doy, hay algo que no consigo descifrar de esta película; no tengo claro que me haya gustado, pero tampoco puedo asegurar lo contrario. Mis expectativas con esta película eran bajas: lo más seguro, pensaba, es que Holland se limitara a los códigos del biopic convencional, un relato sintetizado de su vida destinado a satisfacer a un público general. Sin embargo, en un acto de osadía admirable, la directora opta por el camino difícil, rechazando el manual a las primeras de cambio, para entregarnos un título con un extraño aura de fascinación. Franz no siempre funciona, es más, diría que yerra el tiro en muchas de sus ideas, pero lo hace con una actitud suicida y denodada que no puedo dejar de aplaudir. 

 

La historia nos presenta a un Kafka adulto, que se debate entre su prometedora carrera laboral, las exigencias de su despótico padre y una mente incontrolable que es, a la vez, su gran fuente de inspiración y su mayor pesadilla. Este es el punto de partida de un delirante viaje cinematográfico, tan caótico y deslavazado como sugerente y estimulante, que no deja de mutar en sus dos horas de duración. La película alterna distintas líneas temporales, capaz de saltar de su infancia a la actualidad sin inmutarse, con la clara intención de sumirnos en la desordenada percepción del autor bohemio. Holland se resiste a poner el piloto automático, incomodando, confundiendo, y en última instancia, desafiando al espectador, lo cual es bueno; nada hay más insatisfactorio que una película que ni siquiera lo intenta. 


 

El problema es que, a pesar de sus continuados esfuerzos por descolocarnos —o precisamente a causa de ello—, no alcanzo a conectar con nada de lo que me cuenta: sus personajes y vicisitudes me resultan distantes. Es como ver un jarrón a través de una cortina: adviertes las formas y las curvaturas generales, pero se te escapan los detalles. Holland se distancia tanto de los cánones clásicos del género, que olvida que están ahí por algún motivo; dotar al conjunto de cierta coherencia y uniformidad. La película se pasa de frenada, no encuentra un tono al que aferrarse, no hay hilo conductor que sirva de nexo emocional para acercarnos la figura de Franz Kafka. 

 

Tal vez esa no fuera nunca su intención. Tal vez la directora quisiera romper con las normas establecidas, pero para hacerlo, tienes que establecer otras, cosa que no hace. Al final, Franz es un gazpacho sabroso, pero pedestre, cuyo gran mérito es no ceñirse a ningún patrón autoimpuesto. Para bien y para mal, es una película libre que tiende una mirada analítica y cerebral sobre una de esas figuras que tal vez nadie pueda nunca descifrar.

 

6,5/10

 

Sentimental Value

 

Las hermanas Nora y Agnes se reencuentran con el pasado cuando su padre, un reputado cineasta en el ocaso de su carrera, decide emprender su proyecto más personal hasta la fecha. Esta es la sinopsis más sencilla que os puedo contar de una película tan profunda como Sentimental Value de Joachim Trier, hijo intelectual de Bergman, que aquí se le acerca más que nunca. 

 

Este gélido drama retrata, con honestidad catártica, los vínculos afectivos en el seno de una familia noruega acomodada. Trier canaliza la naturaleza introspectiva del incisivo drama bergmaniano, con el enfoque íntimo y hogareño de su puesta en escena, para dotar a su película de una personalidad vintage que se siente, a la vez, como la evolución lógica de un cineasta singular que ha alcanzado la madurez. Un relato sobrio y sesudo construido a partir de la psicología de sus personajes y su interrelación. Trier explora con el detenimiento y la elegancia característicos del cine nórdico —que, en ocasiones, se confunde con frialdad emocional—, la pesada carga de la herencia familiar, las heridas ocultas sin cicatrizar y las palabras que jamás se dicen padres e hijos obstinados; un “te quiero” o una disculpa a tiempo pueden evitar muchos quebraderos de cabeza en el futuro.


 

El dúo Reinsve-Trier irrumpió con fuerza en La peor persona del mundo (2021), una película notable que nos introdujo a una actriz carismática, de belleza frágil y lacónica, deudora de Liv Ullman. Igual que ella fue la musa de Bergman, Reinsve lo es de Trier… ¿coincidencia o paralelismo? Lo cierto es que con Sentimental Value, cimetan su colaboración y se erigen como una de las duplas más interesantes del panorama europeo. Además, en esta ocasión, se rodean de actores de talla internacional como Stellan Skarsgård o Elle Fanning y la refrescante aparición de una desconocida Inga Ibsdotter Lilleaas.

 

Todas las piezas de este rompecabezas psicológico van encajando cuidadosamente conforme avanza su extenso, que no inflado, metraje. Hace falta maestría y autocontrol para transmitir emociones a través de silencios, miradas y conversaciones agudas durante más dos horas, sin caer en el espectáculo lacrimógeno. Si tuviera que reprocharle algo es su incapacidad para conmoverme, pero sería injusto castigarla por ello, ya que nórdicos y latinos hablamos distintos lenguajes del corazón; ellos son más inexpresivos y reflexivos, mientras nosotros somos todo arrebato. 



A pesar de mi evidente distanciamiento emocional con la cinta, caigo rendido a la delicadeza con la que aborda las dinámicas familiares y los laberintos de comunicación en que padres e progenitores se ven atrapados. Un tema peliagudo que merece la pena explorar en la actualidad, donde el concepto de familia y sus valores fundamentales están más en entredicho que nunca. Trier teje una madeja de relaciones afectivas, de dolor y rencor enquistados, que parece destinada a un fracaso sempiterno; la brecha generacional de comprensión que desangra los lazos sanguíneos desde tiempos inmemoriales. Trier sienta a la mesa pasado, presente y futuro en una celebración familiar con aroma a perdón, con un ejercicio metafílmico de fondo que reivindica el valor del arte como catalizador de una ansiada reconciliación. Nos guste o no, parte de nuestra esencia guarda el eco de nuestros antepasados; (re)conectar con ellos, ya sea a través del arte o de la espiritualidad, nos acerca a nosotros mismos.

 

8/10 

 

La voz de Hind

 

La sensación del momento en la esfera cinematográfica tiene nombre y apellidos propios: se llama Hind Rajab. Así se llamaba la niña atrapada en un coche bajo fuego enemigo que, un 29 de enero de 2024, pidió auxilio a los voluntarios de la Media Luna Roja. Más de un año después, la realizadora tunecina Kaouther Ben Hania, recibe el aplauso unánime del Festival de Venecia con el estremecedor testimonio real de aquella niña cuyo nombre y apellidos pasaron a engrosar la larga lista de menores fallecidos en el deplorable conflicto árabe-israelí en la franja de Gaza. 

 

En poco menos de hora y media y adoptando un tono documentalista que la acerca al cine de Frankenheimer o Greengrass, Ben Hania adapta la agobiante conversación real que mantienen los voluntarios con la pequeña Hind, mientras buscan la manera de enviar una ambulancia para rescatarla. La tarea no será fácil, ya que se verán de bruces con la complicada burocracia militar y la falta de empatía del enemigo. 

 

La cinta marca un récord allá donde va: en Venecia obtuvo una ovación histórica de 23 minutos y en San Sebastián ganó el premio del público con la puntuación más alta registrada hasta la fecha. Para valorar este rotundo éxito, no solo hay que analizar la película, sino el contexto que la rodea. Mientras esta recorría los festivales europeos, la guerra de Gaza copaba la actualidad internacional, con noticias que erizaban la piel y estremecían a la sociedad occidental; estamos pues ante una obra que apelaba a los sentimientos de una Europa ya de por sí sensibilizada a la masacre del pueblo gazatí. 


 

Cuando el grito de denuncia está intrínsecamente ligado a la ficción cinematográfica, la línea que separa ambas se difumina y lleva a equívocos. En este caso tan delicado, resulta difícil, por no decir incómodo o frívolo, desligar ambas facetas: por un lado, valor artístico y por otro, el político. Sin embargo, nuestra tarea es hablar de cine, en este caso docuficción, y desde ese ángulo cuesta ver el valor de La voz de Hind.

 

Ben Hania se ciñe a las cuatro paredes de la oficina de la Media Luna Roja para contar la acción que acontece durante unas agónicas horas en las que intentan, por todos los medios, rescatar a la niña. Entre medias, la realizadora inserta pistas de audio con fragmentos de la conversación real, lo que resalta el realismo de la cinta… y también abre un más que justificado debate ética acerca de la utilización de dichos audios. El título tiende una trampa de sensacionalismo en la que caerá la mayoría del público; Ben Hania la ha concebido para eso. Desgraciadamente, la lucha que mantienen ética y mensaje perjudica a una película impúdicamente lacrimógena; el artefacto perfecto para ganar premios. 

 

Os hago una pregunta: ¿si pudierais plasmar en la pantalla, de forma directa y sin ambages, la trágica muerte de un niño, lo haríais? Algunos afirmarán que sí, abogando por una verdad sin filtro que sacuda conciencias a puñetazos; otros aborrecerán la idea, alegando que transforma el dolor real en espectáculo de feria, trivializando un tema delicado con el fin espurio de propulsar una carrera. Dos vertientes, dos opiniones enfrentadas, y una película en medio cuyo valor o invalidez deberán juzgar ustedes mismos.

 

4/10