El personaje de la Viuda negra, interpretado por la polifacética Scarlett Johansson, lleva años siendo una constante en el universo Marvel. Desde su fugaz aparición en Iron Man 2 (2010), hasta su consolidación un par de años después en Los vengadores, el público no ha dejado de preguntarse por qué motivo no ha gozado de su propia franquicia. Pues bien, ese momento ha llegado; como diría aquel, Disney siempre paga sus deudas –aunque en ocasiones lo haga mal y tarde–.


Si habéis seguido el reciente devenir de los superhéroes marvelitas, sabréis el destino que la ha deparado a nuestra querida espía soviética en Vengadores: Endgame (2019). Este título, que fue la culminación de una épica historia construida a lo largo de diez años, dio el pistoletazo de salida a la llamada “Fase 4” del UCM –nombre que suena más a experimento macabro del Área 51–. Esta fase prometía nuevas y emocionantes aventuras con superhéroes inéditos… o no.

Viuda negra se sitúa justo después de los eventos acontecidos en Capitán América: Civil War –fijaos si ya llovió de aquello–, en los que Natasha Romanoff y el resto de vengadores se han fracturado y convertido en tránsfugas. Huyendo de todo y de todos, Romanoff deberá enfrentarse a su traumático pasado cuando su hermana Yelena (Florence Pugh) le pide ayuda para derrotar a un enemigo común. 

Aunque Viuda negra entre oficialmente dentro de esta nueva fase, en realidad anda en un limbo difícilmente clasificable. Es como ese episodio de tu serie favorita que te saltaste sin querer y al que regresas tiempo después de haberla terminado. No te esperas gran cosa, pero igualmente lo ves porque, al fin y al cabo, qué demonios, es tu serie favorita.


Podría decirse que esta película llega demasiado tarde a la fiesta, aunque no por culpa suya. Viuda negra no tiene nada que envidiar a muchas de las 20 y pico películas que conforman el universo cinematográfico de Marvel. Sin embargo, su extravío dentro de la cronología de la saga le resta peso a una aventura a todas luces correcta. 

Sorprende y mucho que alguien tan calculador como Kevin Feige haya cometido semejante error con una de sus más grandes estrellas. Y es que no puedo dejar de pensar que Viuda negra es el resultado de una disculpa con los fans, más que un verdadero proyecto destinado a encajar en la engrasada maquinaria marvelita.

No obstante, según se mire, esa indefinición en la que vive es un arma de doble filo. Por un lado, Black Widow puede ser vista como la oveja negra de la franquicia, el personaje al que le quedan las sobras que dejan los grandes titanes; por otro, cabe verla como el único espíritu libre dentro de una fábrica de producir héroes en masa. La aventura de Natasha Romanoff podría perfectamente existir fuera del UCM, lo cual es un valor añadido a todos aquellos que no estamos inmersos en ese mundo de ficción.


Como cinta de acción, Viuda negra cumple con nota. Scarlett Johansson demuestra una vez más porqué es una de las grandes divas de Hollywood. Su presencia y carisma frente a la cámara sigue tan presente como siempre. Después de tantos años interpretando al personaje, se la ve muy cómoda, dominando la escena a su antojo. Disney le ha dado la oportunidad de lucirse y ella no lo desaprovecha. 

La historia, aunque muy prosaica, sabe encadenar escenas de acción sin resentir el ritmo. Por mucho espionaje que quieran vendernos, aquí hemos venido a ver a Scarlett y a Florence repartir leña y eso es justo lo que la directora Cate Shortland y su equipo nos entregan.

Tras un fulgurante arranque, el primer acto se esfuerza –quizá demasiado– en construir un contexto dramático entorno a nuestra protagonista. Lamentablemente, el intento por darle profundidad a la espía de negro se queda en eso, un intento. Al final, es el propio reparto el que empuja la película hacia delante a fuerza de puro carisma.

Si algo hay que concederle a Disney es la capacidad para encontrar el actor ideal para cada rol. El caso más célebre es el de Robert Downey Jr. como Iron Man, pero otros como el de Paul Rudd y Ant-man o Benedict Cumberbatch en el papel de Dr. Strange tampoco le van a la zaga. 


A estas alturas, nadie se imagina una Viuda negra sin la imagen de Scarlett Johansson y lo mismo ocurre con el personaje de Yelena, interpretado por la fantástica Florence Pugh. Ambas actrices parecen haber nacido para compartir pantalla. Su química femenina es el verdadero motor del film y una de sus mayores bazas. 

Un dúo cañero, con mucho rock and roll y una energía en pantalla que haría derretir los casquetes polares. Por separado son letales; juntas, imbatibles. Sobretodo Pugh, quien aprovecha su primer gran taquillazo para robarle escenas a su compañera de reparto. Decir que es una revelación no solo se queda corto, sino que sería poco menos que un insulto –su talento interpretativo ya ha quedado más que demostrado–, así que diré que ha nacido una estrella (de acción).
 

La gran decepción llega con unos secundarios de lujo (Rachel Weisz, David Harbour y Ray Winstone) que sufren las consecuencias de un guion anémico. Sus personajes no pasan de ser burdos clichés, siendo el caso más flagrante el de Harbour, quien ha quedado encasillado en el papel de padre cafre, pero con gran corazón y sentido del humor que ya viéramos en Stranger Things. Son actores profesionales, cierto; les tiras un melón y te sacan petróleo, pero están trágicamente desaprovechados.

En definitiva, Disney y Kevin Feige le han hecho más mal que bien a esta película, estrenándola a destiempo y fuera de la cronología que tan cuidadosamente habían construido hasta ahora. Tampoco ayuda que la historia sea un refrito de otras películas, teniendo poco que aportar a un universo tan vasto como este.


Viuda negra corre el peligro de caer en el olvido, pero creo que, más allá del pobre trabajo del guionista Eric Pearson, el resto del equipo ha hecho todo lo posible para darle una despedida por todo lo alto a Natasha Romanoff. El reparto está compenetrado y comprometido, la directora ofrece un trabajo sobrio –aunque algunos dirían que impersonal– y el espectáculo pirotécnico está garantizado. Es una pena que después de tanta lucha, Natasha y Yelena queden cautivas en la sala de la indiferencia que la mandona Disney ha creado para ellas. 

6/10: A ESTA ARAÑA LE HAN SACADO EL VENENO.
A veces, los lugares más pequeños ocultan los peores secretos. Esto es especialmente cierto en la humilde localidad de Easttown, Pennsylvania, donde una inspectora de la policía local (Kate Winslet) se enfrenta a un caso de asesinato, que sacará a relucir los trapos sucios de una comunidad aparentemente tranquila, despertando en ella los fantasmas de un pasado traumático.


Esta es la premisa inicial de Mare of Easttown, la nueva y aclamada miniserie producida por HBO y creada por Brad Ingelsby, guionista reconvertido en showrunner cuyo currículum incluye títulos como Out of the Furnace (2013) o la reciente The Way Back (2020). 

La serie está encabezada por Kate Winslet, una de las actrices más contrastadas del panorama internacional, que aquí además se estrena en labores de producción. El resto del reparto lo completan entre otros muchos, Evan Peters, Julianne Nicholson, Sosie Bacon, Jean Smart y Angourie Rice. 

El primer gran acierto de esta serie recae, sin duda, en el guion escrito por Ingelsby. Este avezado guionista es el verdadero héroe en la sombra, sin el cual no habría sido posible esta magnífica obra. Echando un vistazo a su carrera, se entiende mejor cómo fue capaz de confeccionar una historia tan dura en lo emocional e intrigante en lo narrativo. 


Sus personajes se caracterizan por la soledad y la aflicción que pesa sobre ellos, construyendo un mundo de desesperanza que contagia al propio espectador. Esto ya ocurría en Out of the Furnace, The Way Back y ahora también ocurre en Mare of Easttown. 

Mare Sheehan (Winslet) es algo más que la protagonista. Ella encapsula el estado de ánimo que impregna la serie de principio a fin. Su vida es un caos: vive con su madre, a quien no soporta; su hija adolescente, con la que apenas se habla; su exmarido, que vive enfrente; y encima de esto, ha de cuidar a su nieto de 5 años, cuyo padre ha fallecido en misteriosas circunstancias. 

No, la vida no le ha sonreído a Mare y esto nos queda claro desde un principio, como también nos queda claro que Easttown, pese a su monótona fachada, alberga un gran dolor y oscuridad. Juntos conforman uno de los retratos más amargos y deprimentes que haya visto la televisión en mucho tiempo.


Mare of Easttown podría limitarse a ser un drama, uno muy bueno, por cierto, pero no se conforma con eso. A esta ya de por sí potente trama, se une la investigación del atroz asesinato de una joven, cuyo cuerpo aparece en un tétrico bosque a las afueras de la localidad. Estas dos líneas argumentales se entrelazan exquisitamente para ofrecerle al público una experiencia tan emocionante, que te dejará exhausto.

Un pueblo es como una gran familia y todas las familias tienen sus diferencias. Por mucho que Easttown lo intente disimular, hay una herida abierta que no deja avanzar a sus habitantes. Cada personaje de este lúgubre cuento tiene algún problema en su hogar, que exterioriza culpando al resto y en ese intercambio de rencores, corren ríos de sangre y de veneno.

Algo que me fascina de esta serie son las capas de profundidad que tiene. A simple vista, te llama la atención como thriller policíaco. Más tarde, descubres su fuerte componente dramático y al final, caes en la cuenta de que esto no es sino un intenso drama familiar.


Resulta refrescante ver a un guionista dedicar tanto tiempo a explorar la psique de sus personajes, dándoles margen para evolucionar conforme transcurre el metraje. Se agradece, además, que lo haga con tanto gusto; sin caer en clichés absurdos o estereotipos manidos. Sin duda, Mare of Easttown será recordada por su gran tratamiento del estrés postraumático y de otras condiciones mentales. 

Por otra parte, también he de alabar su estructura y ritmo. El medio televisivo acostumbra a sufrir el llamado “síndrome del relleno”, una afección que comienza a manifestarse cuando la historia se alarga en exceso y las subtramas crecen como los hongos, solo para acabar en un callejón sin salida. 


En esta serie, todo está medido. Cada pieza del rompecabezas que nos presentan tiene un encaje, solo es cuestión de tiempo saber cómo y dónde. A lo largo de los 7 episodios que la conforman, Ingelsby se las arregla para satisfacer las inquietudes del televidente, a la vez que le suscita otras dudas. De esta forma, jamás nos sentimos estafados, como si el showrunner estuviese haciendo tiempo para soltarnos la bomba, jugando con nuestras expectativas cual tahúr.
 Pero sería un crimen cerrar una crítica a Mare of Easttown sin hablar de las actuaciones, una para ser más concretos. Sin desmerecer el trabajo del resto del reparto, que hacen un esfuerzo admirable, Kate Winslet juega en otra liga… ¡qué demonios, en otra galaxia! 

Si alguien aún tenía dudas sobre el talento de esta poderosa actriz británica, ya es hora de reconocer que sí, es una de las mejores de su generación. Su actuación como la ruda y amargada detective, Mare Sheehan, es un escándalo; algo reservado a los intérpretes del Olimpo cinematográfico. 

Muy pocas actrices pueden mirar de tú a tú a este personaje sin arrugarse en el intento; Kate Winslet es una de ellas. Una de las grandes tragedias del cine es que, a veces, lo que se plasma sobre el papel no se traduce en la pantalla. 


Ingelsby retrata a Mare como una persona atormentada, traumatizada por los devenires de la vida, pero que rara vez lo exterioriza. Quizá sea debido a la presión que soporta en su trabajo o al pavor de que los demás la vean vulnerable; lo cierto es que tiene una coraza protectora. Este tipo de personalidades a menudo resultan difíciles de representar, ya que requieren una gran precisión y empatía por parte del actor/actriz. Winslet alcanza un equilibrio perfecto entre la frialdad emocional y el histrionismo, transmitiendo una gran autenticidad en cada escena.   

El único borrón que le veo a este maravilloso título está en su recta final. Sin destripar nada del argumento, el guionista emplea un recurso que esta historia no pedía. Es casi como si hubiese tenido algún reparo (o toque de atención) con el final y pretendiese adornarlo con fuegos de artificio.

Tampoco quedé muy satisfecho con el rol que le atribuyeron a Guy Pearce en la trama. El veterano actor de Memento y L.A. Confidential no tiene prácticamente nada con lo que trabajar, resultando en un personaje insulso. Siempre es una lástima cuando un intérprete de calidad resulta desaprovechado. 

En definitiva, Mare of Easttown es una de las citas imprescindibles de este año 2021. Una miniserie compacta, narrada con fuerza y cargada de emoción, que te llevará al borde de las lágrimas en más de una ocasión. Ingelsby nos regala una historia retorcida y rica en matices, que empuja a los personajes al borde de un insondable agujero de amargura y tormento. Demuestra que no le tiembla el pulso a la hora de ahondar en temas complejos y escabrosos, de esos que incomodan al espectador y hacen que reflexione acerca de la naturaleza de las relaciones humanas.


8/10: MARE, EL ALMA DE EASTTOWN.
Típica noche de chicas: pizza, helados, juegos, ritos satánicos…


Me complace presentar en sociedad la película The Nanny’s Night con su primer póster oficial. Producida por Artistic Films y Panic in Frames, este híbrido entre el terror y la comedia más negra marca el debut en largometraje de su protagonista, Ana Garberí (Élite, Toy Boy). 

The Nanny’s Night es la ópera prima de Igna L. Vacas, quien también ha escrito el guion bajo la supervisión de Pedro Rivero (El Hoyo). El film nos presenta a Bianka (Ana Garberí), una joven y atractiva chica en busca de ingresos fáciles, lo que la lleva a aceptar un trabajo de niñera cuidando a la hija de un acaudalado matrimonio. Una noche, después de acostar a la niña, algo o alguien irrumpe en la casa con un propósito oscuro y maligno.

Para entender mejor el espíritu del título, nada mejor que las palabras del director: 

“La Noche de la Niñera, qué tópico pensaréis. Bueno, en algunos aspectos a la hora de presentar esta historia puede que los haya, pero insisto, solo para presentar un relato que rápidamente se tornará en un chiste negro. Una broma de mal gusto políticamente incorrecta, de las que no te ríes delante de tus padres, pero que seguro que sí que lo harías junto a tus amigos. La historia de una noche en la que una joven psicópata y su novia, de fácil lavado de cerebro, deciden invocar a una demonia milenaria que, según las han hecho saber, vendrá a la tierra para causar el caos y el horror entre aquellos que no le rindan pleitesía.


Una historia que se nutre del cine más macarra y desacomplejado del nuevo género de terror contemporáneo, saltándose estándares tipo y clavando su mirada más en llevar a cabo un hilo narrativo que pase del horror a la carcajada en un solo plano. No solo ya por su propuesta, bizarra a todas luces, sino por adaptarla a un tono muy actual pese a contener en su gran mayoría elementos de los ochenta y buena parte de los noventa, además de saber reírse de los tropos que finalmente han desembocado en clichés que aquí pretenden esquivarse de una manera fresca por no decir renovada.

Con todo, de algún modo se acercaría a una audiencia amplia, no sólo al fanático devorador de terror o a coleccionistas de rarezas, sino a espectadores que busquen el desarrollo de una historia estrafalaria dentro de un entorno mundano, casi minimalista, acercando la locura y el desfase al foco de las relaciones interpersonales de los protagonistas.

Al final, este es el propósito, contar un chiste con los mecanismos puros del género y conseguir que se ría el mayor número posible de gente, sin saber muy bien porqué lo hace o sabiendo, muy en el fondo, que está mal hacerlo"


En el reparto, encontramos caras nuevas como la joven debutante Vivian Milkova y otras que os serán de sobra conocidas como Diana Peñalver (Braindead), quien retomará su personaje de la ópera prima de Peter Jackson, Almudena Salort (Malasaña 32), Juan Carlos Vellido (Piratas del Caribe, Che: Guerrilla), David Santana (Star Wars), Javier Bódalo (30 monedas, Cuéntame) y dos ilustres personalidades del fantaterror: Antonio Mayans y Lone Fleming. Además, también cuenta con la participación de María Forqué, hija de la mismísima Verónica Forqué y del director de cine Manuel Iborra.

Si os estáis preguntando si han terminado el rodaje, la respuesta es sí. Actualmente trabajan en el montaje final de la película, tras lo cual pasará a las expertas manos de Mikel Z. Castells (La Casa de Papel, Vis à Vis) quien se encargará del sonido. 

The Nanny’s Night espera verse en festivales, arrancando su andadura comercial a finales de este año. Aquí os dejo su ficha técnica y recordad, ser niñera nunca fue tan emocionante:

Dirección: Igna L. Vacas

Guión: Igna L. Vacas (supervisión de Pedro Rivero “El Hoyo”)

Director de fotografía: David Cortázar

Casting: María Guerra (Celda 211, Intemperie)

Productores: Víctor Paniagua, Ángel Mora y Alberto F. Peláez

Año de producción: 2021

Género: Terror, comedia

Idioma: Inglés 


Exorcismos, espíritus demoníacos, casas encantadas… Las macabras aventuras de los Warren regresan a la gran pantalla tras perderse el 2020 por culpa de la pandemia. Esta es la tercera entrega de los famosos demonólogos interpretados por Patrick Wilson y Vera Farmiga y la octava de la franquicia, si contamos los spin-off que se han estrenado de un tiempo a esta parte y que la han convertido en una de las sagas más lucrativas de la historia del cine.


Expediente Warren: Obligado por el demonio nos sitúa en los años 80, en la pequeña localidad de Brookfield, Connecticut, donde los Warren han de practicar un exorcismo a un niño hostigado por un ente maligno. Sin embargo, cuando creen haberlo logrado, la verdadera pesadilla no habrá hecho más que comenzar. Realizada por Michael Chaves, director de la cantera que debutó con La Llorona (2019), la película cuenta con guion de David Johnson y más importante aún, con la dupla estelar Wilson-Farmiga.

Dejando de lado las polémicas figuras de Ed y Lorraine Warren, que han sido objeto de siniestras acusaciones a lo largo de su carrera, lo cierto es que Warner ha encontrado en ellos y en los actores que los interpretan la gallina de los huevos de oro. La taquilla no miente: casi 2.000 millones recaudados en todo el mundo desde que debutará en 2013. Pero, ¿cómo habrá aguantado el tipo esta secuela? ¿Habrá acusado la fatiga y la sobreexplotación de tantos años o seguirá en plena forma?


Tras un prólogo fulgurante, en el que algunos verán la fantasmagórica mano de James Wan moviendo los hilos, Obligado por el demonio muestra sus cartas en un primer acto bastante atractivo. En este tramo, Michael Chaves sorprende a propios y extraños con una gran madurez y sobriedad a la hora de narrar la historia, algo que contrasta con un guion que se presenta muy distinto al de las dos entregas anteriores.

El guionista David Johnson no es ningún debutante en estas lides, habiendo escrito La huérfana (2009) o Expediente Warren: El caso Enfield (2016), que considero la mejor entrega de la franquicia. No obstante, se nota que en esta tercera parte querían remover el tétrico sótano de los Warren y sacar algo inusual y diferente. La buena noticia es que lo han conseguido; la mala es que quizá no era lo que esperaban.


Mientras las dos primeras entregas estaban envueltas en un halo claustrofóbico y sombrío propio del género de casas encantadas, esta última opta por la investigación criminal. Escenas como la de las palmadas o la de los crucifijos, que hicieron icónica a esta franquicia, aquí brillan por su ausencia. En su lugar, Johnson y Chaves han querido darle un tono cercano al thriller policíaco, dejando al terror sobrenatural en un segundo plano.

Una propuesta atrevida y con ideas dignas de elogio, pero que resultan más estimulantes sobre el papel que en la práctica. El problema de Obligado por el demonio es que no se compromete con ninguna de sus dos vertientes, lo cual le pasa factura al tono y a la eficacia de sus momentos cumbre, que los tiene, pero que se diluyen rápido entre subtramas irrelevantes, personajes planos y algún que otro susto barato. Jamás hemos visto más activos a Ed y Lorraine Warren que en esta película: van de aquí para allá recogiendo pistas e interrogando a individuos que poco o nada tienen que aportar a la historia. 


Su desarrollo se vuelve deslavazado, con un segundo acto que se resiente tras el gran arranque de película y un tercero que se ve desarmado a la hora de ofrecerle algo refrescante al público. Ni el juicio de Arne Johnson en el que se basa esta historia ni la investigación paralela de los Warren llegan nunca a cautivar, en parte porque se sienten como dos historias paralelas en vez de una cohesionada.

Pero esto no significa que la película sea aburrida ni mucho menos. De hecho, uno de los puntos fuertes es su ritmo. Si algo hay que otorgarle a Chaves y a su equipo es que nunca levantan el pie del acelerador. Ocurren tantas cosas en tan poco metraje –no olvidemos que esta es la más corta de las tres entregas– que la palabra tedio jamás se me pasó por la cabeza. 


Otra de sus mayores virtudes es sin duda el reparto, empezando por la pareja protagónica. Wilson y Farmiga, Farmiga y Wilson, el orden de los actores no altera el producto. Llevan tres películas juntos, pero parece como si se conociesen de siempre. Es más, me atrevo a decir que nadie en los últimos años ha tenido mayor sintonía y química en pantalla que estos dos veteranos de la actuación. 

Si en las anteriores películas brillaban con luz propia, aquí son directamente la estrella polar que guía el proyecto. En esta oportunidad, Expediente Warren es más Warren –y menos expediente– que nunca. Sus actuaciones vuelven a ser notables, pero esta vez el guion no los acompaña. Johnson recurre a la socorrida baza del melodrama para despertar la incertidumbre del espectador, pero le sale el tiro por la culata. 


En cuanto a los secundarios, el único que merece una mención aparte es John Noble, conocido por su papel de Denethor en la trilogía de El señor de los anillos entre otros créditos. Aunque sus minutos en pantalla son escasos, es el único aparte de los Warren que deja una impronta significativa. El resto de actores entran y salen sin pena ni gloria.

Por otro lado, la faceta audiovisual de Obligado por el demonio sigue rindiendo a un buen nivel, dejando claro que Warner mantiene su apuesta por la franquicia. Como comentaba antes, la presencia de James Wan tras la cámara se siente por momentos. Aunque Michael Chaves figure en el cartel, el hecho de que se produzcan tantos altibajos a lo largo del metraje, puede llevar a pensar que el realizador malayo ha sido algo más que un mero productor. Hay escenas de terror más efectivas y mejor realizadas que otras. Esto es especialmente cierto si comparamos la soberbia introducción con el poco inspirado último acto.


Expediente Warren: Obligado por el demonio se acerca más al thriller oscuro que al terror clásico de las dos primeras partes. Desgraciadamente, esta secuela no es ni la mitad de espeluznante ni mucho menos memorable que las anteriores. 

Para ser una película que confía tanto en su trama, tiene unos agujeros imperdonables que acaban lastrando gravemente su desarrollo. El guion desperdicia demasiado tiempo con una especie de gymkana satánica, donde los Warren andan completamente desubicados. 

Afortunadamente, el desbordante carisma de la pareja protagonista, ayudada por un ritmo endiablado y algunas imágenes poderosas logran llevarla a buen puerto. No diría que es mala película, entretiene sobradamente y cumple dentro de lo esperado, pero sí baja el listón que había dejado James Wan e invita a Warner a replantearse hacia dónde quieren llevar esta saga.


5,5/10: EXPEDIENTE CHAVES, OBLIGADO POR EL ESTUDIO.
Tras librarse de la pesada carga de la Justice League, Zack Snyder regresa al género que lo vio nacer de la mano de Netflix. Basada en una idea que tuvo en 2004 tras el rodaje de Amanecer de los muertos, Army of the Dead es la hermana gamberra y palomitera que siempre soñó tener y que llega en 2021 para intentar revitalizar un género venido a menos. 

Protagonizada por el galáctico y replicante Dave Bautista, el film cuenta la historia de un heterodoxo grupo de mercenarios dispuesto a cometer el mayor atraco en la historia de Las Vegas: 200 millones de dólares celosamente guardados en una cámara acorazada enterrada bajo un hotel de lujo. El único inconveniente es que la ciudad está infestada de muertos vivientes. El reparto lo completan Ella Purnell, Ana de la Reguera, Omari Hardwick y Hiroyuki Sanada entre muchos, muchísimos otros. 


Ejército de los muertos es la consecuencia natural de un realizador que ha pasado demasiados años supeditado a la gran maquinaria cinematográfica. Snyder por fin puede desmelenarse, mostrando su vena más irreverente y autoindulgente en un ejercicio estilístico de vísceras, fuegos artificiales y música pop, que haría palidecer a un taquillazo de Michael Bay o Roland Emmerich.

Desde el principio nos queda claro que estamos en el show de Snyder –no por nada la dirige, escribe y fotografía–. De ello se encargan los créditos iniciales, toda una declaración de intenciones por su parte: cámara lenta à gogo, música a todo volumen y situaciones inverosímiles que arrancarán más de una sonrisa de asombro en el espectador, mientras este se repite que “Snyder ha vuelto” y como suele ocurrir con cualquier celebridad, habrá quien lo celebre y quien lo lamente. 


El eterno debate sobre si es un director competente o un Narciso del siglo XXI, está más sobado que las máquinas tragaperras del Riviera. El tiempo pondrá a prueba y dictará sentencia sobre su filmografía; el resto es ruido ambiente. Lo que sí me fascina, desde un punto de vista sociológico, es un sector que, aún odiándolo, ve todas sus películas el día de estreno. No sé si es que nos hemos vuelto masoquistas o si es un signo de que el Apocalipsis zombi está más cerca, pero es cuanto menos peculiar.

Lo cierto es que resulta difícil analizar una película tan adrenalínica como esta, ya que está diseñada para apagar tu cerebro y nublarte el juicio. La sensación que tuve al verla fue la de estar comiendo una golosina empalagosa, pero extraordinariamente adictiva. Entiendo que, para algunos puristas del séptimo arte, ver Army of the Dead sea lo más cercano a probar el fruto prohibido, pero no hemos de ser tan alarmistas. 


Con sus luces y sus sombras, Ejército de los muertos es un producto festivo que le da picante a un calendario de estrenos algo insulso. Como dice el refranero, a nadie le amarga un dulce y Snyder sin duda sabe cómo edulcorarlo. 

En sus dos horas y media, hay suficiente diversión para alegrar el día al más pintado. Las escenas de acción no podrían ser más frenéticas y efectivas y la originalidad de la propuesta, junto con algún concepto interesante que introduce, hacen de esta una experiencia más que apta para el disfrute. Lejos de chirriar, el filme combina sus dos vertientes con efectividad –la de atracos y la de supervivencia–. Snyder baja al laboratorio, se pone la bata de científico loco y experimenta como no lo habíamos visto hacer desde su etapa pre-DC. Ejército de los muertos no solo es una nueva oportunidad para el género, sino también para dar rienda suelta a todo su ingenio audiovisual.

No obstante, cuando el río se desboca, los daños acaban siendo inevitables y eso es justo lo que le ocurre a esta película. En su desmedido afán creativo, Snyder vuelve a olvidarse de la tan necesaria (y gratificante) sutileza. Una palabra que por lo visto no debe existir en su diccionario, ya que la necesidad de subrayar su talento en cada escena choca frontalmente con ella. 


Cuando los créditos iniciales tienen más gracia y emotividad que el resto de la historia, tenemos que llamar a Houston porque es evidente que hay un problema. Un problema que se acentúa por su excesivo metraje. Army of the Dead empieza por todo lo alto, coronando el pico de la montaña y extasiando con sus mejores vistas; sin embargo, después de este fulgurante arranque, las cosas solo pueden ir hacia abajo. 

De un tiempo a esta parte, ver una obra suya es lo más cercano a revivir una antigua juerga universitaria. Lo que empieza de forma prometedora, acaba donde lo hacen todas las juergas que se precien: tirado en un sofá mugroso con la cabeza dando vueltas por los anillos de Saturno, rezándole a los siete Dioses de la fortuna para no dejarme el hígado en la moqueta, mientras la vertiginosa música de Scatman John intenta convencerme de lo contrario.

Snyder confía en el núcleo dramático de su historia, pero esta acaba dejándole en la estacada. Los personajes no dejan de ser estereotipos con poco o nada que aportar emocionalmente. Como protagonista, Dave Bautista es más convincente repartiendo tollinas que dando abrazos, algo que aquí intenta hacer sin demasiado éxito. 


Lejos de entender sus limitaciones, Ejército de los muertos insiste en reproducirlas, lo que perjudica seriamente el ritmo de la cinta. Llena de altibajos, la historia gana interés cuando desarrolla su universo zombie y lo pierde en su intento por explotar un drama trillado. No hay nada peor y más confuso que un guion haciéndose pasar por algo que no es.

Por otra parte, bajo las hordas de muertos vivientes se esconde una crítica al consumismo voraz. Esto es así desde que George A. Romero, padre fundador del género, realizó Dawn of the Dead en 1978. La idea de que el zombi represente los peores instintos de la sociedad moderna, entre ellos el impulso irrefrenable por consumir, hubiera encajado perfectamente en los tiempos de crisis que vivimos. Lamentablemente, pese a ambientarse en la ciudad del pecado, no termina de exprimir todo su humor negro, mostrando la versión más timorata y comercial posible.


Pero si hay un apartado donde la última obra de Snyder destaca, ese es sin duda el audiovisual. Además de las estampas apocalípticas que nos obsequia, cuenta con una banda sonora llena de temazos. Desde ese The End de los Doors que recuerda a Apocalypse Now, hasta Elvis o los Cranberries de la difunta Dolores O’Riordan, la música es el acompañamiento perfecto a las imágenes. 

Army of the Dead es, en esencia, un divertimento idóneo para inaugurar la temporada veraniega. Se nota que Zack Snyder ha disfrutado de lo lindo filmándola y esta alegría se transmite en cada fotograma. En sus mejores momentos, la acción derrocha energía y creatividad, el guion acierta con su mezcla de géneros y la faceta audiovisual resulta tan impresionante como cabría esperar del director de 300 y Watchmen. 


Desgraciadamente, la historia no le ofrece mucho al espectador. Tiene algunas buenas ideas, pero nunca las desarrolla; en su lugar, las sustituye por un drama artificioso que lastra el ritmo y desinfla esa burbuja de euforia inicial. A Snyder se le cae el castillo de naipes demasiado pronto. Intenta resolverlo a la desesperada, pero para entonces es demasiado tarde: el sujeto ya no tiene pulso. Ahora, solo queda esperar a futuras secuelas para comprobar si este muerto está o no muy vivo.

5,5/10: SNYDER SE ENGAÑA CON SU PROPIO FAROL.
En los confines de la Rusia oriental, ubicada en el krai de Primorie y bañada por el mar de Japón, se erige la cordillera del Sijoté-Alín. 900 km. de bosques secretos, ríos serpenteantes y fauna salvaje separan dos de las mayores potencias que el mundo haya visto nunca. En el gélido corazón de esa taiga siberiana, se halla el caudaloso río Amur, arteria principal de la cadena montañosa, de la cual bebe el afluente Ussuri. Recorriendo su cuenca en busca de un animal al que cazar o de un lugar donde descansar su castigado cuerpo, encontramos a un hombre diminuto, un humilde poeta de la naturaleza, conocido simplemente como Dersú. Esta historia versa sobre él.

Hoy día, nadie discute el inmenso talento de Akira Kurosawa, un cineasta reverenciado por toda la comunidad cinéfila. Sin embargo, cabe recordar que esto no siempre fue así. Hubo un período, a principio de los años 70, en el que la industria del cine le había dado la espalda a nombres tan ilustres como Wilder, Hitchock, Lean o el mismo Kurosawa, quien volvía tocado anímica y artísticamente de su fallida incursión en tierras americanas. 


A su vuelta a Japón, se dio de bruces con una realidad aplastante: a las nuevas generaciones ya no les interesaba conocer las penurias que había atravesado su país tras la II Guerra Mundial. Sus dramas sociales, otrora exitosos, no encontraban su público y sus técnicas fueron juzgadas obsoletas. En la soledad del artista, Kurosawa sufrió una crisis que le empujó al borde del abismo.
 
Con apenas 61 años, incapaz de encontrar financiación y aquejado de problemas de salud, el maestro nipón intentó suicidarse el 22 de diciembre de 1971, cortándose el cuello y las muñecas. Es de sobra conocido que la cultura japonesa no acepta el fallo en ninguna de sus formas. Esa presión social, emparejada con una vida matrimonial convulsa, estuvo a punto de cobrarse su vida. 

Afortunadamente, como si estuviéramos en una película con final feliz, Kurosawa volvió a la dirección con ideas renovadas, en lo que ya se conoce como su segunda gran etapa creativa. Una historia que bien pudo acabar de forma trágica, terminó floreciendo hasta convertirse en un ejemplo de superación y de fortaleza humana. Todo ello gracias a una película o quizá a un hombre, a un símbolo de resiliencia como Dersú Uzalá.


Quién iba a pensar que Akira Kurosawa, discípulo y admirador de John Ford y del cine hollywoodiense en general, encontraría su salvación en la Unión Soviética. Fue el mítico estudio Mosfilm, que había ayudado a financiar producciones de Eisenstein, Tarkovsky o Bondarchuk entre otros, el que le ofreció dirigir una nueva adaptación de las exitosas memorias de Vladímir Arséniev publicadas en 1923. 

Sabedores de la gran estima que el realizador le guardaba a la literatura rusa, los dirigentes soviéticos lo eligieron para encabezar un nuevo film que asombrara al mundo. Su devoción por la prosa rusa se remonta a la juventud, cuando quedó prendado de la novela original. Años después, en la década de los 50, intentó sin éxito llevarla a la gran pantalla, pero el destino o el azar quiso brindarle una segunda oportunidad.   


Filmada casi en su totalidad en la misma tundra en la que se ambienta el libro, este fue su primer rodaje fuera de Japón. ¡Y qué rodaje! Debido a su incansable búsqueda de la perfección, la producción tardó tres largos años en completarse. Años marcados por la lluvia, la nieve y el frío; incluso cuando el cielo se abría y el sol se avistaba en el horizonte, su luz era tan tenue que apenas iluminaba el camino.
 
Fue una producción ardua, llena de obstáculos y sublevaciones continuas; el equipo de cámaras, compuesto principalmente por rusos, cambiaba cada semana a causa de las precarias condiciones laborales. Por primera vez en su carrera filmó en 70mm., un formato ideal para transmitir al espectador la emoción de aquellos majestuosos encuadres que, cual paisaje artístico, tanto se había esmerado en captar con su lente.

No obstante, pese a todas las adversidades que sufrió, fue en esa mansa oscuridad, en esa implacable naturaleza que tanto amaba, donde el director halló la paz que le libraría de las pesadas cadenas de la depresión. Quizá se viera imbuido por el espíritu inmortal de Dersú; o quizá se reencontró consigo mismo y con su propia mortalidad. Lo cierto es que el Kurosawa que dejó Japón abatido, regresó con la gallardía del Amba –nombre por el que conocen los lugareños al venerado tigre siberiano–.


Ambientada a principios del siglo XX, Dersú Uzalá narra la historia de amistad que surge entre el distinguido capitán y explorador ruso, Vladímir Arséniev, y un anciano cazador nómada, cuando este primero se adentra con su expedición en la región. Un cruce de caminos fortuito que quedaría grabado a fuego en su memoria, poniendo en valor la pureza del ser y de la sabiduría primigenia como filosofía de vida y de muerte.

Protagonizada por Yuriy Solomin y Maksim Munzuk en el papel del entrañable Dersú, la película, de dos horas y media de duración, nos invita a descubrir parajes olvidados, allá donde el hombre se vuelve insignificante ante la inmensidad del Universo. Dersú Uzalá celebra la vuelta a los orígenes, a la estima de las fuerzas elementales que nos rodean; el fuego, el agua, el viento… Todo hace girar el gran mecanismo terrestre en el que nosotros no somos más que un simple engranaje.



Un factor común en la filmografía del director es su admiración por el medio ambiente y por el papel que este juega en sus historias. Nadie ha captado mejor el entorno en el que se ambientan sus películas que Kurosawa. En Dersú Uzalá, ese arte es llevado a su máxima expresión con una fotografía de belleza sobrecogedora y recuerdo imborrable.  

Las estampas que aquí nos regala causan tanta o más impresión como la mejor escena dramática de muchas otras películas. Kurosawa engalana la cuenca del río Ussuri, mostrando todas sus bucólicas y aterradoras facetas. Aquí, más que en ninguna otra película, la naturaleza juega un papel crucial, hasta el punto de convertirse en un inesperado compañero de viaje con el que deberán lidiar nuestros protagonistas; de carácter esquivo e impredecible, tan pronto se vuelve dócil como despiadado. 

Con una narrativa sencilla en la que prepondera el poder simbólico de las imágenes, la cinta está dividida en 3 partes bien diferenciadas: un prólogo, un nudo y un epílogo. Su estructura, lejos de ser tradicional, fluye como un río. No hay hilo argumental ni trama ni misterio alguno; solo el día a día del hombre luchando por su supervivencia. La falta de complejidad argumental hace que la acción derroche autenticidad y humanismo.

En la primera parte, Vladímir busca la tumba de su añorado amigo Dersú, después de haberlo enterrado tres años antes. Sin embargo, el lugar ha cambiado tanto que apenas lo reconoce. La civilización se abre paso en la taiga: donde antes había cedros y nogales, ahora hay poblados de aventureros en busca de mejor fortuna. Apenas hemos empezado el viaje, pero ya sentimos cómo las arenas del tiempo cargan sobre nuestra espalda. Y pensar que esas nieves perpetuas albergan el recuerdo de todos aquellos que una vez las recorrieron…


Después de este solemne prólogo, el cual nos mete de lleno en el espíritu y tono de la película, Kurosawa emplea la siempre socorrida técnica del flashback. De esta forma, retrocedemos a ese tiempo en el que Vladímir y Dersú, aún inconscientes de la existencia del otro, estaban a punto de cruzar sus pasos. 

El año es 1902. La estación: otoño o invierno. La expedición rusa liderada por el poruchik Arséniev sufre las inclemencias propias de un territorio ignoto. Lejos de la metrópoli, sus avances tecnológicos se antojan inútiles para guiarse. Cansados, frustrados e incluso intimidados por la presencia amenazadora de la naturaleza, un lugareño de la etnia nanái irrumpe en sus vidas y las cambia para siempre. 

Al principio, es visto como un fanfarrón, un viejo necio con pocas luces y aún menos recursos, pero enseguida aprenderán que las apariencias a menudo engañan. Una escena en concreto, la del tiro a la botella, revela lo mal que lo habían juzgado. A partir de entonces, ese hombre, al que apodarán cariñosamente Dersú, no será solo su guía, sino también un mentor que les revelará un mundo de conocimiento que había pasado desapercibido ante sus ojos.


Dersú representa a una generación arraigada en la tierra que trabajaron y por la que sufrieron. Aquellos que ahora vemos desde la distancia y la comodidad de nuestros cálidos hogares, pero que levantaron los pilares sobre los que hoy nos sustentamos. Es ese abuelo que predice cuándo va a cambiar el tiempo o qué planta sirva para qué propósito; es esa amable señora que cuida del huerto cada mañana y que conoce hasta el último recoveco del valle. Esta película rescata los últimos vestigios de una cultura olvidada.

Hechas las introducciones, entramos en el grueso de la obra, donde radica gran parte de su espíritu. A diferencia de otros títulos, aquí nos hacemos partícipes de las desventuras del grupo; las alegrías, tristezas, desafíos e incluso los cánticos junto al fuego, que en cualquier otro film serían anecdóticos, aquí cobran una importancia capital. Acierta Kurosawa en poner el foco no sobre el argumento, sino sobre las vivencias de los personajes, ya que esto crea un lazo aún más estrecho entre ellos y el espectador.

La primera gran escena que marca un antes y un después en la relación de Arséniev y Dersú es, sin lugar a duda, la de la tormenta de nieve en el lago helado de Khanka. Aislados del resto de la expedición, ambos deberán cooperar para sobrevivir. Por primera vez, somos testigos de la unión de dos mundos opuestos, el moderno y el ancestral, en lo que solo puede entenderse como una hazaña tan épica como emocionante. 


Resulta curioso, que no circunstancial, ver el comportamiento de ambos frente a la adversidad. Por un lado, Arséniev, equipado con la última tecnología de la época y cargado con su rifle, se ve agotado por unas condiciones a las que no está acostumbrado, postrándose ante la llegada de una muerte inminente. 

Por el otro, Dersú, ataviado con las pieles de los animales que ha cazado y con tan solo un mísero palo con el que apoyarse, saca toda su pericia y sus fuerzas para construir una improvisada yurta con los elementos que tiene a su alcance.
 
Consciente del peligro que atraviesan, Kurosawa utiliza la ventisca como un recurso dramático. No lo crea ni lo embelesa artificialmente, ya que eso le restaría el impacto y la veracidad que tanto persigue. Esto hace que, por momentos, ni siquiera logremos atisbar a nuestros protagonistas, los cuales ocultos tras un muro de viento y nieve, nos hacen sufrir de impotencia y desconocimiento.


Pero, lo que realmente nos sorprende a nosotros y al propio capitán, vendría a la mañana siguiente, cuando descubrimos cómo construyó el refugio. Empleando el teodolito de Arséniev como pilar central para la yurta, Dersú se las ingenió para mantenerlos a ambos sano y salvo. El viejo trampero tomó un instrumento para el avance científico y le dio un propósito quizá más primitivo, pero vital para su misión.

Tres escenas previas nos ayudan a entender el carácter de este astuto personaje y por qué actuó de la forma que lo hizo en el lago helado. 

La primera llega casi al inicio de la andadura, cuando los soldados se cruzan con una cabaña desvencijada en medio de la nada. Para ellos solo es una chabola más, pero para Dersú puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Sin pensárselo dos veces, se dispone a repararla y tras hacerlo, les ruega que dejen algo de comida en su interior. 

La segunda ocurre poco después de caer la noche. Mientras los jóvenes rusos se divierten, bebiendo y jugando, Dersú se aleja del ruidoso campamento para conectar con los habitantes de la naturaleza; esa gente de la que tanto habla y con la que convive en simbiosis. El capitán, haciendo las veces de espejo al espectador, escucha su conversación con un búho y observa atónito la ofrenda que, con suma delicadeza, talla frente al fuego. 


La tercera y última es su breve encuentro con un anciano chino que vive, cual ermitaño, en una minúscula choza encajada en el suelo. La historia de este estoico y enigmático personaje, narrada a través de Dersú, es la de alguien apartado de todo. Defenestrado por la misma sociedad en la que antaño era un miembro distinguido, se aisló en las montañas para lidiar con su duelo. 40 años después, coincidiendo con la inesperada visita de la tropa, el viejo reúne fuerzas gracias en parte a la compasión que ambos le profesan. Me encanta esta escena porque, sin llegar a desconectarse de la aventura principal, se permite el lujo de abrir un pequeño paréntesis que, a su vez, nos abre los ojos a otras realidades paralelas. 

Por otra parte, no puedo dejar de pensar en este humilde penitente como una alegoría del estado de ánimo del propio Kurosawa. Las similitudes son evidentes: después de que le dieran la espalda, se exilió a lo más recóndito de la taiga para purgar los malos pensamientos que lo acosaban. 


Entre medias, la película nos regala imágenes inolvidables, como la del sol y la luna manteniendo un pulso celestial bajo la atenta mirada de nuestros protagonistas o la de la tropa reunida alrededor de una fogata hecha en la ribera del río Ussuri. Toda una sinfonía de la naturaleza en la que Kurosawa ejerce de director de orquesta. Se dice que el cine son cuadros en movimiento, pero el significado de estas palabras solo se entiende viendo títulos como este.

Tras su incursión en el lago Khanka, los caminos de Arséniev y Dersú se separan. La misión ha concluido con éxito y ahora la tropa regresa a la próspera ciudad de Jabárovsk, la segunda más poblada de la Rusia oriental tras Vladivostok. La despedida se produce en unas vías del tren, lo cual le añade mayor simbolismo si cabe. Sin embargo, algo nos dice que este no será un adiós, sino un hasta luego…


Segundo flashback. Esta vez echamos la vista atrás al año 1907, cinco años después de los eventos que acabamos de comentar y tres antes del prólogo. La voz en off del capitán, que ha actuado hasta ahora de narrador, adquiere un cariz melancólico. El sentimiento de nostalgia es más profundo con el transcurrir del metraje. Y es que el tiempo, ese enemigo invisible, hace mella en la salud y en el ánimo, incluso en la de los más fuertes, como nuestro querido cazador y su intrépido capitán.

La expedición ha cambiado, pero él alberga la misma esperanza de reencontrarse con su Dersú. Nosotros compartimos su ilusión y ansiamos el momento en el que ambos crucen sus miradas y se fundan en un abrazo tan reconfortante, que les haga olvidar el frío de la taiga. Ya no se ven como extraños ni como forasteros o locos excéntricos, sino que se miran como iguales. De distintas culturas, sí, pero con un mismo corazón.


Por supuesto, el reencuentro ocurre y es tan efusivo como cabría imaginarse. A diferencia de su primera andadura juntos, ahora se respira un clima de confianza y alegría. Kurosawa nos indica la llegada de la primavera con una maravillosa escena del deshielo del río. La temperatura aumenta y los bosques alardean de infinitas tonalidades. 

Todo sigue igual. O eso parece. Dersú vuelve a salvar la vida del capitán de forma heroica y nosotros volvemos a sentir la misma tensión que vivimos durante aquella ventisca. Afortunadamente, la cooperación humana gana otra vez la partida, demostrando que cuando queremos, podemos. Nada nos une más que la adversidad.

Sin embargo, la felicidad, como todo lo bueno en la vida, dura un suspiro; por mucho que lo quieras contener, tarde o temprano tendrás que exhalarlo y entonces ya no lo podrás recuperar. Después de sacarse unas fotos para la posteridad, la sombra de la muerte se cierne sobre ellos. 


La desgracia se desata cuando Dersú mata por accidente a un tigre que les seguía en la espesura. La cultura chamánica de los nanái le guarda un gran respeto al oso (Doonta) y al tigre siberiano (Amba). Para ellos todas las cosas poseen un espíritu. Dale muerte a un tigre y su alma perseguirá a su verdugo hasta matarlo. 

De pronto, comienzan a manifestarse las diferencias culturales entre ambos. Arséniev no entiende la preocupación de Dersú, achacando su pérdida de visión a la vejez. Mientras, Dersú está convencido que esto no es sino un castigo por matar al tigre. En esta encrucijada, el maestro Kurosawa toma la decisión más sabia, evitando posicionarse y dejando que sea el espectador quien decida. Veremos pues imágenes ambiguas, que bien podrían ser ciertas o ser fruto de una mente senil y temerosa.

La única e incontestable realidad es que Dersú es incapaz de acertar un blanco, por cerca que esté. Impotentes ante semejante infortunio, nuestros protagonistas se despiden de los días de aventuras audaces y de conversaciones fascinantes bajo la luz de las estrellas. Todo eso queda atrás y ahora miran, con suma tristeza y añoranza, el ocaso de sus vidas.


Abandonamos por tanto los bosques y emigramos a territorio urbano, donde el capitán acoge al anciano cazador en el seno de su familia. El tono ha cambiado de tornas y ahora se siente más lúgubre, apagado, falto de vida. Aunque los esfuerzos de Arséniev sean admirables y certifiquen que la bondad también puede manifestarse en la gran ciudad, Dersú ya no es el que era. Y jamás lo volverá a ser.

Cuando alguien como él ha cruzado el umbral de la vejez, surgen los fantasmas de todos los años de brega. Esa familia que perdió, la gente a la que no pudo ayudar, los animales que tumbó... No existe hogar, por grande que sea, que pueda cobijar tantos recuerdos juntos. Dersú está fuera de su hábitat. Como un pez que se ahoga fuera del agua, él siente cómo las extrañas leyes de la ciudad y sus gentes le asfixian. 


Así es como llegamos al epílogo. Un trágico final construido desde el inicio y cuyas emociones han ido creciendo lentamente en el espectador. El adiós definitivo a un ser humano y a la tradición que representó con orgullo. Esta conclusión también puede entenderse, desde el punto de vista de Kurosawa, como el final de una era. Al fin y al cabo, sus técnicas habían quedado anticuadas a ojos de los jóvenes; quizá ya no entendía tan bien las inquietudes del público. 

Su muerte no nos cogerá por sorpresa, pero ello no la hace menos demoledora. No solo por las vivencias que hemos compartido con él a lo largo de la aventura, sino por la forma en la que murió. Asesinado despiadadamente por sus semejantes, aquellos a los que en vida él hubiera ayudado sin dudarlo. Qué bien se nos da arrasar con todo y qué mal se nos da construir… Extinguimos la luz de un personaje brillante y lo enterramos sin miramientos en lo más profundo del olvido.


Al menos nos queda el consuelo de que alguien, en algún lugar, perpetuará su legado. Alguien como el Capitán Arséniev que, invadido por la pena, se sirva de ella para iluminar el camino de otra gente, como lo habría querido su sincero amigo y fiel escudero. Y ese mismo sentimiento lo comparte todo aquel que ve esta obra maestra firmada por un genio silencioso, un humilde artista que entendía su trabajo con la misma dedicación, artesanía y cariño que Dersú.

 10/10: ¡NO DISPAREN, SOY GENTE!