Han pasado trece años desde que James Cameron estrenara su fábula ecologista en glorioso 3D. Acostumbrado a subir el listón en lo técnico, Cameron prometió una revolución con Avatar (2009); una revolución que se quedó en moda pasajera. 


En su momento rompió todos los récords de taquilla, refrendando al director como el Rey Midas de Hollywood. Desde entonces, la película ha envejecido mal y su impacto en la cultura pop ha sido menor del esperado. La realidad es que hoy, pocos fans celebran el universo Avatar, su mitología y personajes. Igual que Ícaro, Cameron fue víctima de su propia ambición.  

 

Tras muchos retrasos y secretismo entorno a su producción, por fin se ha estrenado la secuela, Avatar: El sentido del agua (2022), aterrizando en salas con la misma promesa que la original. 

 

Obsesionado con superar los límites de lo posible, el cineasta y su equipo —entre los que destaca el célebre estudio Weta— se han conjurado para traernos la experiencia audiovisual definitiva. ¿Lo habrán conseguido?


 

La premisa arranca donde lo dejó la anterior. Jake Sully (Sam Worthington) lidera a los Na’vi en su lucha por proteger Pandora de la codicia de la gente del cielo. Pero ahora, él y Neytiri (Zoe Saldaña) han formado una familia: su primogénito Neteyam, Lo’ak, Tuk y su hija adoptiva Kiri (Sigourney Weaver). Juntos, deberán afrontar la amenaza de un viejo enemigo e integrarse en una nueva tribu.

 

Empezando por lo positivo, sobra decir que la película luce espectacular. Tampoco es de un mérito colosal, considerando que Disney ha gastado $350 millones de dólares y más de una década en terminarla. Al menos, ya no parece un videojuego, aunque la excesiva pulcritud de sus imágenes sigue confundiendo al ojo humano.

 

Por supuesto, la maestría de Cameron con la cámara permanece intacta. Su capacidad para elevar la tecnología a nuevas e impensables cotas sigue siendo digna de admiración. El sentido del agua marca un nuevo hito en los efectos digitales, más auténticos, pulidos y detallados que nunca.


 

Verla en 3D es una experiencia que debe ser vivida, a ser posible en la pantalla más grande a tu alcance. Echando la vista atrás, me percato de cuánto hemos avanzado en esta materia. Las tres dimensiones han dejado de ser un truco de magia, han madurado y ganado una utilidad de la que pueden aprovecharse cintas exuberantes como esta.

 

Quizá vuelva a provocar otro boom del 3D, aunque lo dudo, ya que la industria decidió emprender un camino muy diferente hace años. Sí es cierto que futuras superproducciones, de Marvel sobretodo, verán Avatar 2 como un referente y estoy seguro que la desbancarán tarde o temprano, puesto que las diferencias no son tan grandes como en 2009.

 

Todas las escenas de acción llevan el “sello Cameron” impreso en ellas. No se hacen cargantes ni confusas y están rodadas con el mayor de los esmeros. Los escenarios son épicos, de una factura impresionante y se aprovechan de ellos para crear momentos bellísimos. 

 

El mundo de Avatar se enriquece con los misterios de los mares. Cameron, un apasionado de la naturaleza y concretamente del agua, emplea su experiencia en las profundidades para maravillarnos nuevamente con la flora y fauna de Pandora. 


 

En este sentido, la secuela cumple con su cometido, aunque copie el mismo esquema de la original; se conoce que el bueno de Cameron, harto de tanta plantita y árbol de neón, dio el cambiazo por la vía rápida. 

 

Y ahí es donde llegan los problemas, ya que el guion es un calco de la original, empezando por su arco narrativo y terminando por su villano. Resulta increíble y a la vez triste que el fruto de trece años de trabajo resulte en el regreso de Stephen Lang. 

 

La historia de este sargento de hierro con malas pulgas había quedado cerrada y sepultada bajo la tierra de Pandora. Su retorno lo descubrimos en la primera media hora y es la principal fuerza antagonista de la cinta. Lo que viene después es más sencillo que el mecanismo de un botijo.

 

El guion es perezoso, infantil y malo a rabiar. Es tan pobre que hunde al film sin remedio y se siente como una excusa para cumplir las ínfulas documentalistas del director. Si Cameron quiere rodar un reportaje sobre la fosa de las Marianas, seré el primero en comprar la entrada, pero que no lo confunda con una obra de ficción.

 

El sentido del agua es el segundo tomo de la guía de tribalismo para principiantes más cara de la historia. Un parque de atracciones en 4K full HD donde disfrutar con los exóticos Na’vi y su cultura sin romperse la cabeza. Porque la complejidad es un coñazo, Pandora, mundo de vacaciones.


 

Este problema, que ya lo achacaba la original, se agrava en la secuela por la alarmante falta de conexión con los protagonistas. Cuando los personajes tienen la profundidad de una piscina hinchable del Decathlon, no hay mucho a lo que agarrarse. 

 

Sully y Neytiri son maniquíes en la farsa de Mr. Midas, juguetes para satisfacer sus delirios de mesías posmoderno. Ninguno de ellos tiene vida ni carisma ni ninguna de las cualidades que hacen que un personaje sea interesante.

 

Desafortunadamente, esta saga ha agotado el ingenio narrativo de un Cameron que otrora inmortalizó a la teniente Ripley, a la pareja DiCaprio-Winslet e incluso a un muñeco de metal llamado T-800. Su caída en desgracia es propia de una tragedia griega.

 

Avatar: El sentido del agua es un envoltorio vacío de sentimientos, un mal viaje con los pitufos espaciales y sus locas aventuras acuáticas. ¿Dónde quedó esa ciencia ficción cañera y estimulante que nos conquistó en los años 80 y 90? Ya no queda rastro de aquel Cameron, cegado creativamente por el verde del dinero.

 

Las actuaciones tampoco son un dechado de virtudes. Poco se puede rescatar de un reparto que lucha por expresar alguna emoción detrás de sus máscaras azules. La captura de movimientos ha mejorado mucho desde el Gollum brillantemente interpretado por Andy Serkis, pero en Avatar sigue siendo una prisión para el actor.

 

Para más inri, el único personaje humano, Spider (Jack Champion), es un desastre sin paliativos. Tanto su actuación como sus diálogos son telenovelescos. Cameron intenta entretejer a los personajes en redes dramáticas, cuando el verdadero drama está en un libreto impotente, plagados de ideas inconclusas y de relleno imperdonable.


 

Ni siquiera la anémica banda sonora de Simon Franglen —¿quién es Simon Franglen?— ayuda a compensar la falta de emoción del guion. Todo es impostado, pueril y falto de trascendencia. Esta saga y su director llevan desde 2009 conservados en formol, pero va siendo hora de romper el tarro.

 

En definitiva, lo peor que se puede decir de una película que tardó trece años en realizarse es que resulta inocua. Hay motivos para disfrutar esta secuela, sí, pero la mayoría son puramente estéticos y en tres horas y media de metraje, esto sabe a poco o nada. Una película tan avanzada en lo audiovisual e inexplicablemente conservadora en lo narrativo no puede perdurar.

 

Avatar: El sentido del agua no justifica su existencia y pasará a los anales de la historia como una hoja del capítulo en el que Cameron traicionó su esencia para convertirse en un vendehumos glorificado. Desgraciadamente, este oscuro capítulo parece lejos de llegar a su fin.

 

5,5/10: AVATAR, LA FAMILIA Y UNO MÁS.

2022 ha sido un año especial por muchos motivos. El primero y más importante es que por fin hemos podido vislumbrar una luz al final de ese oscuro túnel llamado pandemia. 


Siento este año como un renacer. Una nueva oportunidad para vivir plenamente; nos vimos cara a cara con la muerte y aquí seguimos. El selecto club de afortunados. Porque muchos no han podido, porque tantos se han quedado en el camino. Esposas y maridos, hijos, padres y abuelos, amigos de siempre que nos recuerdan el valor insustituible de cada amanecer. 

 

La vida se compone de momentos únicos e indivisibles. La suma de todos ellos nos dirá si hemos estado a la altura del reto. Este año ha estado trufado de grandes momentos de amor y amistad. Puede que suene cursi, pero qué demonios, que resuene bien alto.

 

Uno de esos momentos ha sido este festival de Sitges, su 55ª edición y mi primera vez. Iba con las expectativas altas y debo decir que las ha superado ampliamente. No sólo por la programación, que ha sido inmejorable, o por el ambiente cinéfilo que se respiraba en cada esquina de la ciudad, sino por la buena gente que me ha acompañado estos mágicos cuatro días. 

 


A algunos ya los conocía antes de aterrizar en la costa catalana, a otros tuve el placer de conocerlos durante el festival: en las salvadoras pausas para el café, los paseos contrarreloj a una sala de cine o en las largas esperas antes de una sesión de medianoche —hay que estar hecho de una pasta especial y estar equipado con un corazón de hierro para soportar ese ritmo—. Si estáis leyendo esto, sabéis quienes sois. A todos vosotros, ¡gracias de corazón!

 

 Hechos los preliminares, vayamos al meollo de la cuestión: las películas. Estos cuatro días he podido ver once películas, de distintos géneros y nacionalidades, que dividiré en dos volúmenes. Así que agarraos bien a vuestros ordenadores, porque la fiesta empieza.

 

VESPER

 

Si tuviera que describir con una palabra lo que sentí viendo esta pequeña joya de la ciencia ficción, sería asombro. Con un presupuesto de €5 millones de euros y mucha imaginación, los directores belgas Kristina Buozyte y Bruno Samper se arman de valor para contarnos un emocionante cuento sobre el poder del amor en tiempos oscuros.

 

Vesper toma un camino diferente al de las grandes superproducciones hollywoodienses, más preocupadas por el envoltorio que el contenido. Buozyte y Samper ponen el énfasis en las interacciones humanas dentro de este universo de fantasía distópica.


 

Si vais buscando una cinta puramente de entretenimiento, esta no es vuestra película. El ritmo, más reposado y melancólico que de costumbre, ayuda a crear una atmósfera de zozobra amplificada por una factura técnica que saca partido de cada euro. 

 

Y es que a veces, es más importante para un director saber qué no puede hacer que lo contrario. En el cine como en la vida, conocer tus limitaciones aviva el ingenio y Vesper es muy ingeniosa. Los escenarios son interiores en su mayoría: casas destartaladas, búnkeres y otros cobertizos reacondicionados a la antigua usanza para resultar creíbles.

 

Aquí hay mucho trabajo de producción y poco de ordenador. Mucho reciclaje y reconversión de ropas y otros objetos cotidianos para alimentar la verosimilitud del mundo que intenta construir. La cámara es otra aliada más; le da brillo en los momentos de lucimiento y mira a otro lado cuando el dinero se ha agotado.

 

Los directores también hacen un gran trabajo guiando a los actores infantiles, que no desentonan en casi ningún momento. El guion es su principal argumento y aunque es bueno, en ocasiones se nota encorsetado. Esto se debe a que sus ambiciones superan ampliamente su presupuesto. 


 

Buozyte y Samper nos ponen la miel en los labios, pero nos la quitan en cuanto la saboreamos. A pesar de ello, aplaudo su esfuerzo por devolver al ser humano al núcleo de la ciencia ficción, haciéndolo de forma honesta y artesana. Mientras tanto, solo nos queda soñar con el potencial de este fascinante mundo, igual que su protagonista sueña con un futuro mejor.

 

6,5/10: EL CORAZÓN DE LA MÁQUINA 

 

PROJECT WOLF HUNTING

 

La película inaugural de mi festival particular fue un anuncio a navegantes. Un festín de vísceras y hemoglobina de nuestros queridos amigos coreanos, diseñado para triunfar en los festivales más desinhibidos.

 

El director Kim Hong-sun, cuya filmografía desconozco, vino a Sitges con la promesa de electrizarnos en la butaca y vaya si lo consiguió. Project Wolf Hunting es una gamberrada al más puro estilo ochentero, que prescinde de cualquier seriedad para abrazar el espectáculo. 


 

Después de una introducción tosca, Hong-sun abre el coto de caza y la sangre no deja de correr hasta los créditos finales. El director se inspira en Con Air y Predator para crear su propia bestia cinematográfica de violencia gratuita.

 

En la presentación, advirtieron que habían empleado 2,5 toneladas de sangre para rodar la película. Partiendo de esa premisa, no te la puedes tomar en serio; si lo haces, estás abocado a la decepción. Apaga el cerebro y déjate llevar por la emoción del momento, lo agradecerás.

 

Entonces, ¿es Project Wolf Hunting una buena película? En el sentido tradicional de la palabra, no, pero tampoco lo pretende. De hecho, mi problema llega cuando se toma en serio a sí misma. El ritmo se ve lastrado por un inicio torpe; veinte minutos que, de haberlos quitado, hubiera ganado en frenesí. Sigo sin entender esta costumbre actual de alargar el metraje hasta la extenuación, pero prefiero quedarme con sus momentazos, que no son pocos, y con la sensación de haber respirado la auténtica esencia de Sitges en la sala.

 

6/10: KOREAN PREDAT-AIR.

 

AS BESTAS

 

La mejor película del festival sin el menor género de dudas. Después de títulos notables como Que dios nos perdone o El reino, Sorogoyen se supera con este thriller peckinpahiano ambientado en un lejano pueblo gallego donde nunca pasa nada hasta que la olla estalla y todo se va a hacer puñetas.

 

Protagonizada por Denis Menochet y Marina Foïs en un papel inconmensurable, que gana empaque conforme madura la cinta, As Bestas narra la historia de Antoine y Olga, un matrimonio francés afincado en una pequeña localidad rural de Galicia. Son gente sencilla, pero culta, que se ha cansado del ajetreo de la vida moderna. Subsisten de lo que cultivan y de las casas que arreglan para que otros como ellos puedan trasladarse al campo. 



Sin embargo, un dilema divide a los habitantes del pueblo: una gran compañía eléctrica les ha ofrecido una cuantiosa suma de dinero a cambio de sus tierras. A los franceses, la oferta les parece un timo, una forma de aprovecharse de la desesperación de estas gentes; para Xan (Luis Zahera) y su hermano pequeño, es el billete al bienestar que tanto anhelaban tras una vida de sacrificio.

 

Sorogoyen, que es un maestro de la puesta en escena hiperrealista, coloca lentamente las fichas en el tablero de juego y deja que sean ellas las que se muevan orgánicamente. Todo fluye con naturalidad, nada está elegido al azar ni impostado y eso le da un empaque difícil de ver en el cine contemporáneo.

 

As Bestas es un filme reposado, contenido, con calculados estallidos de violencia igual que en la vida real. El enfrentamiento que retrata es sobrio y veraz, contrario a la teatralidad propia del cine comercial; más que un director, Sorogoyen es un observador paciente de las realidades que cohabitan en el medio rural.

 

Estamos ante una obra de candente actualidad, que sopesa los pros y los contras, el compromiso y el sacrificio que conlleva cualquier decisión que tomamos. Vivir en el campo no es una acampada ni una anécdota que contarle a tus compañeros de trabajo. 

 

La tierra es exigente e injusta, pero recompensa al que echa raíces. Hay que estar hecho de una pasta especial para soportarlo y algunos, como Xan y su hermano, están hartos. Hartos de ser invisibles para el resto del mundo, de levantarse cada mañana sin ninguna esperanza en el horizonte, viendo cómo su juventud se marchita lentamente. 


 

A Sorogoyen no le interesa la eterna lucha entre el bien y el mal, sino personajes de carne y hueso, con sus conflictos internos y luchas diarias, con su carácter y su experiencia propias e intransferibles. Claro que toma partido por los protagonistas. Al fin y al cabo, no dejan de ser la conciencia del espectador, pero esto no se trata de acabar con el malo ni salvar al mundo; trata de salvarse uno mismo.

 

As Bestas exige un ejercicio de empatía tremendo que muchos no estarán dispuestos a hacer, bien sea porque les repugna lo que ven o porque pierden el interés. 

 

El guion está coescrito por el propio Sorogoyen e Isabel Peña, su colaboradora habitual y una de las mentes más preclaras del panorama cinematográfico español. Ambos confeccionan una historia de matices y sentimientos a flor de piel. Su libreto, lúcido y camaleónico, aborda con una mirada sincera un sinfín de temas que van más allá de su intrigante sinopsis.

 

Lo último de Sorogoyen se abre como una flor, desvelando nuevas y fascinantes facetas que desafían al público y le piden mirar en sus adentros. Lo que empieza como una oda al cine de Peckinpah termina en la intimidad de dos familias con principios y valores opuestos que, por azares del destino, se encuentran al borde del más negro abismo. 

 

8/10: SI CHOVE, QUE CHOVA.

 

XMAS BLOODY XMAS

 

Y de lo mejor del festival, pasamos a lo peor, también con diferencia. Del cine de Joe Begos solo he visto Bliss, un delirio vampírico ultragore que le da mil vueltas a esta a nivel argumental y audiovisual. Tanto es así que empiezo a dudar que sean del mismo director.

 

Lo único que comparten Bliss y Xmas Bloody Xmas es un sentido muy barroco de la iluminación, colmada de neones que saturan la pantalla —y la cabeza de la audiencia—. Ni la lisergia ni la locura demente que sufría la protagonista de Bliss están presentes aquí.


 

¿Qué obtenemos a cambio? Un slasher navideño burdo y previsible cuya única nota original es el prólogo homenaje a los anuncios satíricos de Robocop. Pasados los primeros veinte minutos, el tedio fue el único peligro real de la película. 

 

No negaré que tiene alguna que otra muerte escandalosa y digna de aplauso, pero los litros de sangre se diluyen en una trama perezosa e insulsa, que hace poco o nada por aportar algo nuevo a un género tan sobado. Alcanzado el tercio final, me encontraba bostezando y eso que dura menos de hora y media.

 

Aprecio ciertas ínfulas de grandeza en la cinta, como si estuviese construyendo la Capilla Sixtina del slasher. Begos se da a sí mismo demasiada importancia y juega en su contra porque, spoilers, la cinta no tiene nada especialmente memorable. Quién sabe, quizá algún día se corone, pero ese momento aún no ha llegado y a juzgar por su último título, le queda un largo y sangriento camino por delante.

 

3/10: EL T-800 DEL ALIEXPRESS.

 

V/H/S 99

 

Cuando terminé de ver la quinta entrega de la antología de terror V/H/S eran más de las cuatro de la mañana —gracias por esa noche sin dormir, Midnight Xtreme—, así que, como os podéis imaginar, mi cabeza estaba más chamuscada que en una barbacoa de Hannibal Lecter. Para entonces, mi vocabulario crítico se redujo a risas y gruñidos de desaprobación.

 

V/H/S 99 es una más de la saga que no pasará al recuerdo de nadie, salvo de completistas e hijos de la noche. Este capítulo se compone de cinco historias, sin ningún nexo de unión entre ellas, que van de lo intrigante a lo bochornoso en algunos casos. 


 

De todas, solo dos valen la pena. La primera, titulada Ozzy’s Dungeon, la encontramos a mitad de metraje. Está escrita y dirigida por el rapero californiano Flying Lotus y Zoe Cooper, quien regresará para la sexta entrega V/H/S 85, y nos presenta un concurso infantil tan típico de los años noventa, pero con un giro de tuerca macabro que nos llevará a lugares perturbadores. La trama empieza como una sátira a la telebasura y evoluciona en un violento ejercicio de venganza.

 

El segundo y quizá el mejor segmento de todos lo firman Joseph y Vanessa Winter. El matrimonio de cineastas está de dulce tras recibir ovaciones de Sitges por su otra obra, Deadstream. Confieso que no la he visto, así que me limitaré a hablar de To Hell and Back, un corto a todo ritmo en el que los Winter nos embarcan en un viaje a las entrañas del infierno.

 

El episodio, protagonizado por dos jóvenes cámaras que caen en las tinieblas por infortunios de la vida, mezcla humor negro y terror gráfico con destreza. Pero lo mejor sin duda son sus efectos especiales, muchos de ellos prácticos, que desfilan ante la cámara. Los Winter no se recrean excesivamente debido a la falta de presupuesto —y por qué no decirlo, lo baratos que resultan— pero lo que nos dejan intuir es suficiente para darle una oportunidad.


 

En definitiva, V/H/S 99 era la oportunidad perfecta para darle un cierre adecuado a la saga, teniendo en cuenta que el final del milenio supuso la muerte paulatina de ese formato tan querido por todos. Segmentos como los mencionados la hacen al menos tolerable, pero no puedo salvarla de la quema. Sus efectos visuales son tan cutres, los monstruos tan repetitivos y la esencia de la saga está tan desvirtuada, que a estas alturas lo mejor es que la dejen morir en paz.

 

5/10: REGRABANDO ENCIMA.

 

Hasta aquí el primer volumen repasando lo que fue mi festival de Sitges 2022. Si os ha gustado, estad atentos, porque próximamente publicaré la segunda parte en la que trataré películas tan interesantes como Inu-oh, The Stranger o el romance caníbal de Guadagnino. ¡Esto no ha hecho más que empezar!

Mucho se ha discutido sobre la figura de Marilyn Monroe desde su fatídica muerte una cálida noche de agosto, cuando el fenómeno dejó paso al mito. Desde entonces, su leyenda no ha dejado de crecer, alimentada por libros, documentales, películas y toda clase de obras de ficción de mayor o menor calidad. Tanto es así, que hoy está mejor considerada como actriz y como mujer que cuando vivía. Curioso. Me pregunto qué pensaría de esto.

 

Lo cierto es que Monroe, a pesar de su inalcanzable belleza y magnetismo — o quizá debido a ello —, fue humillada por productores, agentes e ídolos americanos por igual. Era la estrella más explosiva en la ciudad de las estrellas y, sin embargo, nadie la tomó en serio. Su exuberante imagen se exhibió sin pudor a lo largo y ancho del país para mayor disfrute del público masculino y recelo del femenino. Eso fue hasta que la misma sociedad que la idolatraba, la canibalizó, y todo se volvió oscuridad.

 

Pero sus problemas no terminaban ahí. Norma Jean tuvo una dura infancia con una madre enferma y un padre ausente que las abandonó a las primeras de cambio. Creció dando tumbos entre hogares de acogida y fríos orfanatos donde forjó su carácter e inició un camino sin retorno hacia su trágico final.

 

Dividida entre la persona, Norma Jean, y la despampanante Marilyn Monroe, Blonde (2022) de Andrew Dominik intenta descifrar el misterio que fue su vida. Meternos en la piel de una de las mujeres más deseadas e incomprendidas del siglo XX.


 

Todos, sin excepción, nos sentimos algo culpables cuando la belleza se marchita. Como una flor que crece entre el asfalto o un rayo de sol en un día nublado, Marilyn nos reconfortó el alma. Era alguien diferente, como tocado por una varita mágica. La gran tragedia de su vida es que ella jamás se vio así. Su inestabilidad emocional, carencias afectivas y un entorno destructivo se lo impidieron. 

 

El primer error sería confundir Blonde con un biopic al uso. Dominik adapta la novela homónima de Joyce Carol Oates, quien a su vez tomó algunos fragmentos de su biografía y se inventó otros muchos para crear el libro que conocemos. Por lo tanto, lo que vemos en pantalla no es un recuento de su vida, sino una versión ficcionada de la misma.

 

Dejando esto claro, hablemos del título que nos incumbe, uno de los más anticipados del año por la comunidad cinéfila. Producida por Plan B y distribuida por Netflix, Blonde está dirigida por el cineasta australiano Andrew Dominik. Un director singular con una filmografía ecléctica. 

 

Debutó con un drama pseudobiográfico titulado Chopper (2000), a la que siguió un magnífico western, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007), y un neo-noir, Mátalos suavemente (2012), en el que Brad Pitt canaliza la elegancia canalla de Robert Mitchum.


 

Una carrera corta, pero remarcable, donde predomina la violencia como leitmotiv y que se corona con esta Blonde, un ambicioso filme que lleva doce años en los infiernos de producción. La historia, que se mueve a menudo entre realidad y ficción, nos embarca en un tenebroso viaje a través de sus hitos más conocidos. 

 

Para lograrlo, Dominik cuenta con la fabulosa Ana de Armas en el papel protagonista. La actriz cubana, imparable en su ascenso a la fama, es indiscutiblemente la sensación del momento junto a Florence Pugh. Después de asomar la cabeza en Blade Runner 2049 y sorprender a propios y extraños en Knives Out, Blonde es su mayor escaparate hasta la fecha y aprovecha cada minuto.

 

Esta película no se entendería sin ella. Es la piedra angular sobre la que todo gira. El sol que ilumina este sistema llamado Norma Jean. No solo porque se ha entregado en cuerpo y alma al personaje, mostrando un crecimiento significativo como intérprete, sino porque, en cierta medida, sabe lo que significa ser un icono sexual como lo fue Marilyn en su época.



A su alrededor orbitan actores de talla mundial como Adrien Brody, Bobby Cannavale o Julianne Nicholson, quienes interpretan a personajes que, para bien o para mal y normalmente lo segundo, la influyeron.

 

Blonde es deliberadamente subjetiva. El director rechaza los cánones del género, confeccionando un anti-biopic altamente embriagador y fantasioso que toma muchos atajos en su narración. 

 

Si algo caracteriza el cine de Andrew Dominik, desde luego no es el realismo. Su estilo busca capturar imágenes perdurables a costa de la verosimilitud. Ya en su ópera prima se observaba una predilección por los artificios visuales. Siempre le ha gustado mostrarse y aquí se pavonea como un modelo en la Milan Fashion Week. 

 

En Blonde prima lo audiovisual. Dominik emplea todas las técnicas a su alcance para crear una experiencia inmersiva y angustiosa. Lo que vemos es a menudo repulsivo, pero está filmado con elegancia, generando un bucle de rechazo y fascinación.

 

La cinta condiciona al público a que anticipe la agonía de su protagonista, sintiendo la misma indefensión que debió sentir ella. Y digo debió porque la única persona que puede asegurarlo ya no está entre nosotros. 

 

La cultura pop pronto le colgó a Marilyn la etiqueta de víctima. Después de arrastrarla por el fango en vida, la beatificaron y conservaron su imagen en una vitrina inmaculada. Hay mucha hipocresía en el tratamiento que se le da y Blonde hace poco por enmendarlo.


 

Lo único que sabemos es que muy dichosa no fue, de lo contrario no se habría quitado la vida con apenas 36 años. Seguramente no hubo un solo motivo que la empujara a ello, en la vida nunca lo hay.

 

Mi principal problema con la película es su falta de ambición a la hora de desmarcarse del relato dominante. Dominik arriesga en todas las facetas, menos la que de verdad importa.

 

El cineasta representa a Norma Jean como el triste personaje de una historia dickensiana de orfandad, miseria y desdicha. Razón no le falta, su vida estuvo plagada de infortunio, pero hay muchas formas de mostrarlo.

 

La victimización es una carta que Dominik utiliza a menudo a lo largo del filme. Al principio lo hace adecuadamente, ya que quiere hacernos sentir el trauma que marcó su vida. Sin embargo, conforme pasa el metraje y las escenas se repiten, lo que en un principio era necesario, se vuelve monótono como un disco rayado.

 

Blonde es una película bipolar, capaz de ser una cosa y la contraria a la vez. Por un lado, recrea con exactitud milimétrica fotografías reales de la actriz, pero luego se inventa el resto. Me extraña que un director tan fino como él caiga en el sensacionalismo ramplón, intercalando escenas maravillosamente filmadas con otras de dudoso gusto.   


 

Es extraño y frustrante porque, cuando quiere, sabe impresionar. Hay instantes de puro cine en Blonde, fotogramas exquisitos que serán recordados por miles de espectadores. En su punto álgido, hablamos de uno de los títulos más deslumbrantes del año. 


Lamentablemente, Dominik fetichiza en exceso a Norma Jean. La convierte en su mártir privado, como un juguete en manos de un niño sádico que lo retuerce hasta romperse. 

 

La cinta busca la lágrima fácil, el shock constante, la lástima de la audiencia por medio de la tortura emocional. Puedo entender el propósito, pero no respaldar sus formas.

 

Aunque el filme muestra aspectos de su compleja personalidad, no está muy interesado en profundizar en ellos. Su retrato se vuelve monocromático. Blanco y negro en un cortejo fúnebre sin colores ni matices que lo enriquezcan. Tres horas así pueden resultar agotadoras y lo que es peor, aburridas.

 

Pero, de nuevo, volvemos a la intención del filme. Blonde no pretende ser un biopic de Marilyn Monroe, sino una versión glamurosa de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, contada a través de las lentes de la infancia. La pregunta es: ¿hacía falta recurrir a un personaje real?

 

La respuesta es un rotundo no. Marilyn fue la diosa del CinemaScope —la mayor revolución técnica que ha visto Hollywood hasta la fecha—, un ser luminoso que poseía el carisma de los elegidos. Entendía el cuerpo como nadie y jugaba con él a su antojo. La cámara cayó rendida a sus encantos y ella lo aprovechó en su beneficio. Ninguna persona, mujer u hombre, fue tan deseada como ella. Marilyn fue el sex symbol definitivo y un referente de feminidad que dura hasta nuestros días. 


 

Lo que muchos desconocen es que, además de todo eso, también tenía un hambre voraz por aprender. Ávida lectora, poeta y emprendedora —fundó su propia productora—, firme defensora por los derechos civiles y detractora de la caza de brujas de McCarthy. Ese es el lado oculto de Norma Jean, la cara B —muy A— que busca ser reivindicada. Blonde estaba destinada a hacerlo, pero fracasó. No es una mala película, pero reduce el legado de Marilyn a una herramienta al servicio del director.

 

Y aquí yace el debate que, voluntaria o involuntariamente, abre Dominik. ¿Puede el director mantener intacta su libertad creativa en perjuicio del personaje real que aborda? Dependiendo del lado en el que os encontréis, disfrutaréis o no de la película.   

 

Blonde es un ejercicio autoral de estilo y sustancia que poco tiene que ver con el personaje que trata. Sus casi tres horas de metraje nos exigen un compromiso con la cinta que no muchos estarán dispuestos a hacer. 

 

Esto se debe en parte a lo que he comentado, pero también a su caótica narración. Un caos deliberado con el que colabora el montaje. Los confines de la historia están marcados por el nacimiento y la muerte de la protagonista; entremedias, todo vale. 

 

Dominik compone su obra con retazos inconexos de la vida de Marilyn. Hechos de sobra conocidos como los extenuantes rodajes, sus matrimonios tumultuosos y el sonado affaire con JFK. Para unirlos en un todo razonablemente lógico, recurre a elipsis que omiten capítulos relevantes. 



Cierto es que no se puede contar todo en tres horas, pero lo que elige contar está ya muy manoseado. Son temas sobados y donde solo hay cabida para la rumorología y la imaginación de Dominik y en esto último, va sobrado.

 

Luego está la pirotecnia, los mil y un formatos, texturas y colores que emplea en la cinta. A mí me sobran casi todos. No niego que sean bonitos y mentiría si dijera que no los he disfrutado, pero a poco que piense en su finalidad, se me caen como un castillo de naipes. Todos estos adornos del cine moderno perjudican la verosimilitud de la ficción y entorpecen la relación espectador-protagonista. 

 

Pese a todo, conseguí meterme en la piel de su protagonista, entender su desencanto con Hollywood y con la vida en general. Pude ver lo que hay más allá de la fábrica de sueños, ese prostíbulo glorificado donde tus ilusiones mueren en la habitación de un hotel y el éxito se juzga con una cinta de medir.


 

Blonde está lejos de ser lo que en un principio prometía. No retrata a la Marilyn que muchos imaginaban ni a la que realmente fue. Muchos se sentirán decepcionados, engañados por un film supuestamente biográfico que tiene poco de bio y mucho gráfico. Ana de Armas es el único consenso que alcanza una obra que, como Marilyn, estaba predestinada a la grandeza y cayó en desgracia.

 

6,5/10: LA MUJER QUE CAYÓ A LA TIERRA.



¡Ya está aquí! Por fin se ha estrenado la película de la que todo el mundo habla por los motivos equivocados. Pero el título que consolidaría a su cineasta, Olivia Wilde, tras un debut prometedor y consagraría a sus jóvenes protagonistas ha acabado siendo un regalo envenenado. 


Don’t worry Darling aterrizaba en la Mostra de Venecia con las expectativas por las nubes. Todo el mundo esperaba grandes cosas de ella, empezando por una Wilde que apuntaba alto, muy alto. Desafortunadamente, la premiere que se preveía como un desfile victorioso, terminó en paseo de la vergüenza. 


 

Todos los que hayamos seguido el cine en los últimos años, conoceremos el nombre de Olivia Wilde. Esta actriz neoyorquina se dio a conocer en la serie fenómeno House (2004), la cual catapultó su carrera y le abrió las puertas de grandes producciones como Tron: Legacy (2010), In Time (2011) o Cowboys & Aliens (2011).

 

Con un extenso currículum a sus espaldas, Wilde reinventó su carrera sentándose en la silla de director. En su ópera prima, Booksmart (2019), demostró mano diestra dirigiendo actores y talento de sobra como narradora. Fue una carta de presentación refrescante y llena de personalidad, que tomaba una premisa de sobra conocida — véase Supersalidos — para aportar su punto de vista personal.

 

En esta, su segunda obra, se adentra en uno de sus géneros fetiche como es la ciencia ficción, buscando repetir la fórmula de su debut. No obstante, la película parecía destinada al fracaso desde su rodaje: encontronazos, disputas y declaraciones cruzadas entre actores acercaron el proyecto al terreno del amarillismo. 


 

Lo que ellos no sabían es que ese iba a ser el menor de sus problemas. La historia del cine está plagada de películas maravillosas con rodajes infernales. ¡Demonios, Kubrick hizo carrera de ello! Para hablar de esta película, hay que ir más allá del ruido mediático producido por los chismorreos. Dejar de ver los árboles y observar el bosque.

 

La cinta está protagonizada por la enorme, la infalible Florence Pugh, a la que acompañan otros artistas conocidos como Harry Styles, Chris Pine o la propia Olivia Wilde, en papeles secundarios.

 

El guion, escrito a tres bandas por su colaboradora habitual, Katie Silberman, y los hermanos Van Dyke — cuyo único parecido con su talentoso abuelo es el apellido —, nos sitúa en una idílica comunidad de los años 50 llamada Victory, donde residen felizmente jóvenes parejas entre las que se encuentran Alice (Pugh) y Jack (Styles). La vida en Victory parece de color de rosa, hasta que deja de serlo y se desvela una aterradora verdad, un misterio relacionado con el líder y fundador de la comuna, Frank (Pine).

 

Si la premisa os resulta familiar, es porque es un punto de partida bastante habitual en el género: la perfección siempre esconde un trauma, un borrón o letra pequeña que mancha la aparente pulcritud. Filmes como Matrix, El show de Truman o La fuga de Logan y novelistas de la talla de George Orwell o Phillip K. Dick han explorado con sumo acierto los peligros del colectivismo mesiánico-religioso. El poder de grupo, la presión social, llevada a su extremo más coercitivo, represivo y criminal. 


 

Don’t Worry Darling pretende hacer oír su voz dentro del debate; desgraciadamente, no tiene nada nuevo que decir. El libreto parece escrito por un grupo de colegiales naif que se esfuerzan mucho, pero apenas rascan la superficie y en su defecto, recurren a los socorridos giros de guion para mantener despierto al público. Giros que abren unos agujeros del tamaño de la puerta de Stargate.

 

El argumento arranca bien, su propuesta es potente tanto narrativa como visualmente, pero tenemos una sensación de déjà vu que se confirma en el segundo acto. Aquí es donde la historia se hunde sin remedio. Los guionistas son incapaces de plantear las preguntas adecuadas, no digamos de construir un mensaje que reverbere en la conciencia del espectador.

 

Lo que ves es lo que hay. Claro que la cinta guarda sorpresas, pero la mayoría se ven venir desde el final del primer acto. Wilde y su “troupe” no se esfuerzan en subvertir nuestras expectativas, solo se reafirman en sus preceptos iniciales y eso resulta muy aburrido y monótona.

 

La indefinición conduce a una vacuidad difícilmente soportable, mucho menos durante dos horas. Los personajes de cartón piedra tampoco ayudan a hacerlo más digerible. El nivel de maniqueísmo de la historia está llevado al paroxismo. Los habitantes de Victory, más que personas, parecen maniquís esperando que alguien venga a exponerlos en el escaparate.

 

Wilde intenta salvar su obra en el tramo final, aunque para entonces esta ya no tiene constantes vitales. Los giros de guion ponen picante al visionado, pero caen en saco roto llegado el desenlace.

 

El mensaje que transmite Don’t worry Darling no es para nada complejo, pero te obliga a rebuscar entre todo el efectismo. Cuando aparecen los créditos finales, no siento la necesidad de volver a verla, ni reflexionar sobre ninguno de los temas que propone con suma infantilidad.



El libreto está tan vacío de significado como el huevo que rompe Alice al inicio. Prueba de ello es el desarrollo del filme, la parte donde teóricamente ocurren los hechos más relevantes y donde no ocurre nada. Wilde se dedica a marear a su protagonista, repitiendo lo mismo una y otra y otra vez.

 

Si no fuera por Florence Pugh, que da un masterclass de interpretación, la cosa hubiera ido mucho peor. Lamentablemente, se encuentra muy sola durante demasiado tiempo; no encuentra aliados entre el reparto. Poco aporta un insulso Harry Styles, más allá de su fama y su interminable base de seguidoras; mientras, Chris Pine no puede hacer mucho con el papel de malo de tebeo que le han dado.

 

Su único punto de apoyo está en la cuidada fotografía de Matthew Libatique — habitual de Darren Aronofsky — y la exquisita puesta en escena para fanáticos de la estética cincuentera.

 

Por otra parte, la labor de dirección de Olivia Wilde es correcta en el sentido más discreto de la palabra. Aunque se la ve desenvuelta con el lenguaje audiovisual y tiene talento para crear imágenes poderosas, su dirección de actores es caótica y lo que es peor, su visión deficitaria.

 

Hace falta más, mucho más, que una colección de clichés para confeccionar un thriller de ciencia ficción robusto, atrevido y que soporte revisionados. Don’t Worry Darling se mueve siempre entre la autocomplacencia de su directora y la mediocridad de su guion. 

 

Reconozco que tiene alguna idea sugerente, como la pérdida del amor y el dilema entre lealtad o subyugación — casi anulación — del individuo frente a la relación de pareja, pero cuando por fin parece que va a ampliarla, se hace el fundido a negro.

 


En definitiva, la experiencia de Don’t Worry Darling es similar a la de un largo viaje en tren: al principio, observamos el paisaje con cierto interés, pero al rato nos cansamos de ver variaciones de lo mismo y nos ponemos a leer un libro o echamos una cabezadita. Otro viaje más. ¿Que si recomiendo Don’t Worry Darling? Mejor reserva asiento en otro tren.


4,5/10: FLORENCE-DEPENDENCIA.