La Odisea de Homero es seguramente, junto a La divina comedia de Dante Alighieri y El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Cervantes, una de las obras capitales de la literatura occidental. Escrita hace casi 3.000 años en algún lugar de Asia Menor, narra las desventuras de Odiseo, rey de Ítaca, en su búsqueda incansable por regresar a casa tras ganar la guerra de Troya.


Los historiadores aún debaten acerca de su autoría, incluso de la existencia misma de Homero. Dado que vivió en un tiempo de fuerte tradición oral, donde los aedos y rapsodas se encargaban de difundir estos relatos épicos a lo largo de sus viajes, simplemente no gozamos de suficiente información para decir si fue o no el artífice.



Lo que sí podemos asegurar sin ningún género de dudas es que esta epopeya, compuesta por 24 cantos que describen el viaje de 10 años que emprende Odiseo (Matt Damon) en su vuelta a Ítaca para reunirse con su mujer Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland), representa el viaje del héroe en su expresión original. Es la piedra angular sobre la que reposan la mayoría de producciones literarias posteriores. 


La Odisea se cimenta en tres principios de la Antigua Grecia que vertebran su sentido ético y narrativo. Por un lado, Νόστος (Nostos), que no solo significa el viaje de vuelta al hogar sino también el del alma; por otro lado, Ξενία (Xenía), un código de conducta y un deber sagrado que regulaba la relación entre el anfitrión y el huésped, obligándole a dar comida y cobijo; por último, Ύβρις (Hibris), el orgullo o soberbia de quien se cree superior a los dioses. 


El cine ha intentado adaptar La Odisea en numerosas ocasiones, la más reciente de ellas El regreso (2024), donde Ralph Fiennes y Juliette Binoche dieron vida a Ulises y Penélope respectivamente. Pero esta no es la única aproximación al texto homérico: Georges Méliès ya se atrevió a adaptar la famosa escena de Polifemo en L’ïle de Calypso (1905), Andrei Konchalovsky realizó una miniserie en 1997 bajo el título homónimo e incluso los hermanos Coen se atrevieron a ponerle su alocado acento en O Brother! (2000), ambientada en los años de la Gran Depresión. Pero quizá sea Ulises (1954), con Kirk Douglas como protagonista, la que mejor plasma sus andanzas hasta la fecha. 



Los más románticos aseguran que Christopher Nolan lleva toda su carrera preparándose para este momento y que ahora, tras haber ganado el Óscar por Oppenheimer (2023), tiene una oportunidad de oro para llevarlo a término. Otros advierten que lleva años reciclando la misma historia, consciente o inconscientemente, en algunas de sus películas más aclamadas como Origen (2010) o Interstellar (2014). Claro que La Odisea ha servido y servirá de plantilla narrativa en los siglos por venir.


Lo cierto es que esta adaptación, además de ser la película más esperada del año, es su proyecto más ambicioso, contando con un presupuesto aproximado de 250 millones de dólares, un elenco estelar entre los que destacan Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, Charlize Theron o Zendaya entre otros, y un rodaje extenuante que les llevó a múltiples localizaciones alrededor del mundo en busca de la autenticidad que caracteriza a su cine.


Además, es la primera película de la historia en ser rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70mm, algo que solo había hecho parcialmente en títulos como El caballero oscuro (2008). Su epopeya dura 3 horas y ocupa 640 kilómetros de celuloide, el equivalente a la distancia entre Madrid y Barcelona. Más que un estreno, La Odisea (2026) es una cuenta pendiente del director desde que Wolfgang Petersen lo apartara del rodaje de Troya (2004); solo los dioses saben qué dirección hubiera tomado su carrera de haberla realizado, quizá se hubiera perdido en una larga travesía como Odiseo, seguramente no sería el mismo.


Con estos abrumadores datos, resulta imposible no profesar admiración hacia un cineasta faraónico con la determinación necesaria para salvaguardar la experiencia cinematográfica; acostumbrados a este estilo de dirección, su grandeur ya forma parte de lo que popularmente se conoce como el sello Nolan. Tal vez en un futuro regrese ese relojero de narrativas orfebres que nos epató con Memento (2000) o El truco final (2006), pero cada vez parece alejarse más de sus orígenes y adentrarse en lo desconocido, cuál héroe que inicia una búsqueda incierta, tal vez suicida, por hacer realidad su quimérica visión.



El director londinense se acerca al mito de Odiseo desde la estética posmoderna que abandera. Una modernización que ya se aprecia en los tráilers, con armaduras como la del corpulento Agamenón que parece hecha con fibra de carbono, elecciones de casting que levantaron ampollas en las purulentas redes sociales y unos diálogos tan presentistas que más que a la Antigua Grecia recuerda a los suburbios de una city anglosajona.


Todo esto para decir que su enfoque se desmarca del estilo de cineastas como Kubrick, Weir, Klimov o Gibson, que creían en una relativa historicidad documental, al menos en el apartado audiovisual, no tanto en el narrativo, como herramienta para sumergir al espectador en su obra. Curiosamente tampoco se emparenta con autores como Ridley Scott, que a menudo priman la espectacularidad y la pirotecnia por encima de la verosimilitud, entendiendo el cine como una fuente de entretenimiento más que como una lección de historia. 


En su última película, Nolan busca un equilibrio entre los escenarios reales de un mediterráneo que hace vibrar la pantalla y los anacronismos que la pueblan. Una decisión arriesgada, como todas las que suele tomar, que genera cierta disonancia y vuelve la alquimia más volátil que en sus anteriores trabajos.


Una muestra de lo que intento decir tiene que ver con la banda sonora. El músico Ludwig Göransson compone una partitura de ecos ancestrales, que prescinde de cualquier sonido orquestal para rimar mejor con la época en la que se ambienta. De esta forma, escucharemos instrumentos arcaicos como el aulós, una especie de oboe doble que se usaba entonces, la lira o el gong. Sin embargo, por otro lado, vemos a Jon Bernthal interpretando a Menelao como un Robin Hood del gueto, un Punisher que ha sustituido el rifle por el arco y las flechas, o al propio Odiseo refiriéndose a la caída de Troya como el final de la Edad de Bronce.



Más allá de los cambios de motivación de Odiseo respecto al poema, los cuales reflejan en gran medida las preocupaciones de nuestra sociedad, creo que ha patinado en su afán por satisfacer al mayor público posible. Como todo buen artista, Nolan busca, a través de su obra, retratar el tiempo que le ha tocado vivir, de ahí que resignifique la epopeya en una elegía antibelicista. 


La realidad es que seguimos traumatizados por los sucesos del 11-S. Desde entonces, cada nuevo conflicto abre una herida que supura miedo y desengaño en las generaciones venideras, sumiéndolas en un caos cada vez más hiriente; Nolan traza un claro paralelismo entre el caballo de Troya y el declive de una civilización condenada a repetir los mismos errores. Hasta aquí todo bien. El problema está en que para contar esta apasionante historia, cae en los tropos habituales que vulgarizan su estilo y convierten su sello en una fórmula exánime.


En esta ocasión, Nolan adapta por segunda vez un texto que no le pertenece enteramente —aunque su deber, moral y estético, sea hacerlo suyo—. No es uno de sus rompecabezas narrativos de sistemas matemáticos que puede contorsionar a su antojo, como ocurría en Tenet (2020). En La Odisea se le presenta un reto diferente: poner su estilo cerebral y solemne al servicio de un relato que tiene tanto de épica como de emoción visceral.


 

Odiseo y el mundo al que pertenece no son piezas de su engranaje y, por lo tanto, no ejerce poder sobre ellos. Con Oppenheimer, esa magnífica gravedad que imprime a todos sus relatos funcionaba, ya que ese mundo le resulta más cercano temporal e ideológicamente. Sin embargo, el de Homero está plagado de magia, hechicería y divinidades, de relaciones carnales y tormentosas, todo lo contrario a la frialdad individualista del posmodernismo nolaniano.


Su falta de control sobre el texto le genera una incomodidad que por momentos deja traslucir una inseguridad que nunca antes habíamos apreciado en su filmografía. Esto se evidencia, ya en los compases iniciales, con un montaje frenético que abusa de la narración en voz en off para subrayar los puntos más importantes que desea transmitir, un recurso redundante que no abandona hasta los créditos finales.


La sobrecarga de imágenes y diálogos a la que nos somete desde el primer acto apenas permite respirar a los personajes, no deja espacio para que los gestos y las miradas maticen el lienzo; todo está pintado con brocha gorda y aplastante. Nolan está tan preocupado por no perder a nadie en la marisma argumental que machaca cada concepto hasta hacerlo irreconocible. 


Tomemos, por ejemplo, la hospitalidad —la xenía griega que comentábamos antes— traducida en la película como la ley de Zeus. Nolan martillea la misma idea una y otra vez hasta plantar la semilla por lo civil o lo criminal. Hace lo propio con el nostos, el regreso a casa, que Odiseo verbaliza continuamente para no dejar lugar a duda acerca del verdadero objetivo de su aventura. Esta repetición de ideas, sumado a un tempo nervioso, expone más que nunca las debilidades de un cineasta aterrado ante la perspectiva de un posible fracaso en taquilla.



El filme empieza cardíaco y termina igual de acelerado. Las escenas introductorias están rodadas con la misma intensidad que las secuencias de acción más grandilocuentes. No hay ninguna sensación de in crescendo dramático. Una monotonía que reduce los personajes a la mínima expresión y aplana cualquier sentimiento, como el loto de Calipso, en una experiencia lo más ligera y anestésica posible.


Nolan no se atreve a desafiar al espectador, sino que lo limita al rol pasivo de un turista que se sube a una atracción sobre raíles, una montaña rusa diseñada para darle un chute de adrenalina tiktokera que lo conduzca hasta una traca final tan satisfactoria como olvidable, de forma que no sienta los efectos de la fatiga y las quemaduras solares de su cuerpo.


El desenlace de La Odisea se ubica entre los más insulsos y plomizos de su carrera. La icónica prueba del arco está bien construida y permite lucirse tanto a Matt Damon como a Anne Hathaway. Desgraciadamente, no se puede decir lo mismo de la pelea posterior, que palidece en comparación y se alarga hasta la extenuación. No digamos del bochornoso papel que juegan en ella Tom Holland y Robert Pattinson dando vida a Antínoo. El primero da risa y el segundo parece Pierre Nodoyuna en Los autos locos (1968).



Por otro lado, la banda sonora de Göransson, que cuenta con un poderoso leitmotiv inspirado en el tañido del arco de Odiseo, también le sirve a Nolan como muleta cuando necesita subir la escala épica, es decir los decibelios, a su relato anti-épico. A pesar de haber rodado grandes superproducciones, queda claro que se mueve mejor por los vericuetos de la mente que por los escenarios más grandes que la vida. 


Hay quien la compara con Lawrence de Arabia (1962) de David Lean, pero aquella tiene un sentido de la maravilla, un color y una profundidad de campo de la que carece este filme. De hecho, cuanto más psicológico, más oscuro y depresivo se vuelve, mejor resultado obtiene, aunque ese tono lúgubre no encaja tan bien con el texto homérico. Se libran dos luchas paralelas a lo largo de la aventura: una es la del protagonista por regresar a Ítaca; la otra, la de Nolan, extraviado en algún punto del océano que separa al artista de relatos mentales con el nuevo profeta y salvador del cine.


En su desesperación por insuflar carga heroica a una cinta aséptica y anémica de sentimiento, el realizador llena la pantalla de estímulos con los que deleitarnos, pero una vez más, su carácter glacial se impone y la oscuridad vuelve con más fuerza. ¿Dónde quedó el color? ¿Dónde se fue la celebración? La Odisea de Nolan no deja lugar para el humor, la fascinación o la mirada febril de la inocencia; todo se impregna de un poso de suspicacia, suciedad y amargura características del decadente imperio británico del siglo XX —no olvidemos la herencia histórica que, como inglés, recoge el cineasta—. Por momentos, me recordó a la solemnidad gris y desaturada de Dunkerque (2017).



Ahora es cuando los fanáticos alegan que la película que yo tenía en mente no es la que quería contar Nolan y se quedan tan a gusto. Esta aserción es tan irrefutable como indemostrable y por ende torticera, ya que puede emplearse en cualquier contexto para anular el espíritu crítico. Por ejemplo, si critico una novela, esgrimen que «esa no es la novela que quería escribir el autor», o si hago lo propio con un programa político, se dice que «el programa tenía una intención distinta». El caso es esquivar toda opinión disidente como Neo burlaba balas en Matrix y acto seguido tacharla de discurso de odio.


Nolan es un maestro de la imagen, de eso no cabe duda. Posee un ojo clínico para capturar escenas indelebles, como ha demostrado una y otra vez desde su ópera prima Following (1998). Sin embargo, no es ningún secreto que le cuesta llegar al núcleo emocional de sus historias. Su habilidad para descifrar el más complejo entramado narrativo es proporcional a su torpeza a la hora de tocar las cuerdas de nuestro corazón. 


En La Odisea se repite esta desconexión entre la forma impecable y el fondo hierático; el director no acaba de entender cuán importante es el alma de la película a la hora sde forjar vínculos con la audiencia. Por esta razón, no es de extrañar que omita algunos de los pasajes más emocionantes y humanos del poema en beneficio de la deconstrucción y reconstrucción permanente de la acción.



Su cine suele enmarcarse dentro de unos códigos muy definidos de los que raramente se sale. Estas normas le confieren una identidad propia, pero también lo encorsetan, incapaz de reciclarse, de experimentar. A excepción quizá de los instantes finales de Interstellar, jamás hemos visto su lado más vulnerable. Sus obras son herméticas, ejercicios tan placenteros como fríos y calculados, como si portara una coraza impenetrable para proteger su auténtico yo. Esta forma de dirigir contrasta con la de genios poliédricos como Scorsese, Fellini, Lynch o Tarkovsky que dejaban fluir su imaginación sin límites. 


No obstante, no todo es malo en La Odisea (2026) aunque lo pueda parecer a tenor de las palabras que he vertido en su contra. Sus principales virtudes residen en la artesanía de su producción, que es exquisita y modélica; sin duda debería convertirse en el referente de Hollywood en los años por venir. Da gusto pagar la entrada para ver una obra que se preocupa tanto por la autenticidad y la fisicidad de sus imágenes. Resulta encomiable y gratificante que un director en la cumbre no se deje seducir por cantos de sirena digitales o dioses de inteligencia artificial. Nolan sigue apostando por la experiencia cinematográfica genuina, un gesto que engrandece su legado y ennoblece el arte que defiende.


La cinta cuenta a su vez con un excelente trabajo de cámara de Hoyte van Hoytema, sobretodo en su aproximación a los efectos prácticos. Sabedores de que nuestro ojo está acondicionado para captar al vuelo el CGI, el equipo de imagen y posproducción enmascaran, a través de trucos visuales y de iluminación, los elementos fantásticos como Polifemo para que no sepamos dónde termina lo práctico y dónde comienza lo digital.



Una gran intuición sumada a un diseño de producción que destaca, especialmente, por su magnífica selección de lugares de rodaje. No estuvieron tan acertados en algunos decorados, como el interior del palacio de Ítaca, que recuerda más a un salón vikingo por oscuridad y parquedad de detalles que a la luminosidad estival de la cultura mediterránea.


Además, el trío actoral compuesto por Matt Damon, Anne Hathaway y, en menor medida, Robert Pattinson, brillan con luz propia. Tres elecciones fantásticas que devuelven con creces la confianza que Nolan deposita en ellos. También cuenta con actuaciones secundarias meritorias, como la de Samantha Morton y John Leguizamo, dos actores en mi opinión infravalorados a los que el guión les brinda una oportunidad espléndida para desplegar su talento. 


Por contra, el escaso peso que el manuscrito le atribuye al Telémaco de Tom Holland no justifica su elevado minutaje. Tanto el tratamiento del personaje como el intérprete le quitan atención a la relación principal entre Penélope y Ulises. Nolan no sabe qué hacer con él, pero tampoco puede desterrarlo por completo, así que lo vuelve inservible; una mala decisión que repercute en el clímax y en el epílogo.



También me convence, aunque solo parcialmente, la reinterpretación que hace Nolan del texto homérico, una tarea harto complicada que algunos tildarían de inútil. Me gusta particularmente la metáfora del caballo de Troya y el mensaje subyacente. Odiseo deja de ser todo orgullo y vanidad para acercarse más a un líder defectuoso y hastiado con los avatares del destino. La figura del protagonista nos genera más preguntas que respuestas, lo cual entona mejor con nuestra época. Hubiera sido un error convertirlo en un héroe invulnerable y romántico, más próximo a la encarnación de Kirk Douglas —fantástica, pero obsoleta a nuestro juicio—. 


No quiero olvidarme de las magníficas representaciones que hace del Hades, del siniestro encuentro con Circe o de las sirenas. Lamentablemente, estas escenas se ven intercaladas por otras más insustanciales, como las de la ninfa Calipso (Charlize Theron), que parecen sacadas de un anuncio de perfumes. De nuevo, estas disonancias desequilibran el tono y me sacaron de la película.


El papel que juega Zendaya también es digno de mención. Aunque tiene escasos minutos, cada aparición suya es un aliciente. Su personaje tiene un rol fundamental en el devenir de Odiseo y se revela como el auténtico corazón de un título que, por otro lado, no se esmera lo suficiente en darle forma. Actúa más como una presencia latente que como un activo de la historia.



La Odisea no es únicamente un viaje físico o mental, sino también espiritual, donde el protagonista debe reconciliarse con su propia fe —o falta de ella— y soltar lastre de los fantasmas que lo hostigan. Así como narrativamente Nolan confía poco en el espectador, el subtexto está mejor hilvanado, dejando un ligero y muy agradecido espacio para la ambigüedad.


Sinceramente, tras el segundo visionado, no creo que el mayor problema de La Odisea de Nolan sea su reparto multicultural o sus anacronismos, algo de lo que también pecan otras cintas aplaudidas como Gladiator (2000) o El último samurái (2003).


El gran problema de la cinta es que su director rema a contracorriente de la obra que adapta, más preocupado por entretener constantemente que por emocionar. No se permite un momento para respirar las páginas del poema, sobre explicando cada mínimo detalle y diluyendo su impacto dentro de la centrifugadora fílmica. Una adaptación que toma los eventos, pero prescinde en gran parte de su esencia: la pasión, el credo y la sexualidad de una civilización que poco o nada tenía que ver con la nuestra.



Nolan desaprovecha la oportunidad para cambiar las reglas del juego acerca de cómo Hollywood entiende la Historia. La Odisea no es fantasía ni aventura empastillada como nos quiere hacer creer, saltando de escenario en escenario atropelladamente —algo que se opone frontalmente a la idea del paso del tiempo que sufre el protagonista— como si de niveles de un videojuego se tratase. Al contrario, es mitología enraizada en una era que existió realmente.


Gracias a la arqueología, tenemos el conocimiento suficiente para armar una película que muestre al espectador la estética de la Edad de Bronce. En su lugar, el británico opta por el camino fácil, apoyándose en los estereotipos manidos que la meca del cine ha alimentado a lo largo del último siglo. Su interpretación del género va sobre seguro, apostando por el poder de las estrellas y de su nombre para tejer un retrato demasiado autocomplaciente y corporativista como para dejar impronta. Ser fiel a la Historia no debe sentirse como una carga, sino como un lujo que debemos honrar.


Odiseo se ve convertido en un soldado traumatizado por las consecuencias de la guerra, la intervención divina se reduce a una serie de sucesos azarosos y la lealtad que le profesa a su esposa Penélope se siente más como un dispositivo narrativo que como un tema central del filme. Salvo contadas excepciones, la última cinta de Nolan no consigue elevarse de su cartel de blockbuster veraniego, pulcro y respetuoso con los códigos fílmicos, pero demasiado cobarde a la hora de transportarnos a un tiempo de mitos y leyendas.


6/10: LA HIBRIS DEL CABALLERO OSCURO.

¡Es la guerra! Una transición brusca deja paso al bosque nublado de Vietnam, a las cruentas batallas y al olor del napalm. Lejos queda el fuego constructor de la siderurgia y el aire puro de las montañas nevadas del hogar. Mike sostiene un lanzallamas, en vez de su característico rifle, y con él abrasa a un Vietcong que minutos antes había masacrado a unos civiles compatriotas suyos. Imágenes barbáricas que dictan sentencia: los tiempos de honor han terminado. La locura comienza. Aunque hoy la recordamos como un conflicto clave de la Guerra Fría, no debemos olvidar que también fue una guerra civil donde se cometieron crímenes en ambos bandos. Ejemplos de ello son las matanzas de Mỹ Lai y de Huế.



Aquello es una carnicería. Las atrocidades se suceden a ráfagas, sin tiempo para pensarlo. Parpadeas y eres hombre muerto. El montaje se adapta al contexto, con cortes violentos e intrusivos que enfatizan la ansiedad. Meses después de aterrizar en Vietnam, Mike y Nick se reencuentran por casualidad. Pero antes de que puedan darse un abrazo, son capturados por el enemigo, quien les lleva a una cárcel improvisada de bambú y alambre, ubicada en la ribera de un río. Si hasta entonces habíamos visto el terror, ahora vamos a conocerlo en primera persona.


Cimino vuelve a tomar otra decisión arriesgada. Después de contar un prólogo de una hora, se salta el entrenamiento militar y va directamente a la acción. No es una elección insustancial. Busca confundirnos, pillarnos a contrapié. Quiere que nuestra llegada a Vietnam sea tan traumática como lo fue para ellos. Que nuestra cabeza aún esté en Clairton, mientras respiramos los gases de los agentes químicos. 


Si hubiéramos pasado tiempo en un campamento, nos habríamos acostumbrado a la nueva realidad. Ya no veríamos a Mike, Nick y Steve como obreros, sino como soldados. Pero nada puede prepararte para la guerra. El impacto de entrar en el campo de batalla es tal, que todo tu mundo se derrumba. Para Cimino, la guerra genera la fractura.


La secuencia del cautiverio es otra de las piedras angulares del filme. No solo porque reúne de nuevo a los protagonistas bajo circunstancias críticas, sino por la presentación de la ruleta rusa. Un elemento fundamental para entender la tesis de El cazador. Si bien no hay documentación que demuestre que el Vietcong emplease este método de tortura de forma sistemática, la película tampoco busca la fidelidad histórica.



Recordemos que la de Vietnam fue la primera guerra televisada. A lo largo del conflicto, hubo una importante presencia de reporteros y cámaras de guerra, que viajaron hasta allí para documentar los horrores que se estaban cometiendo. Todos los días desde la comodidad de sus hogares, las familias americanas eran testigos del horror. Cimino debía encontrar una manera de agitar la conciencia de una sociedad insensibilizada y la mejor forma de hacerlo, era a través de una metáfora. 


Las escenas de la ruleta rusa en El cazador no deben interpretarse con literalidad, sino como una hipérbole de la agónica existencia de los soldados. La naturaleza de la guerra de guerrillas generó un clima de miedo constante. Cada minuto en el frente era un lanzamiento de moneda al aire. Cara o bala. El nivel de estrés que experimentaron fue tan alto que muchos se refugiaron en las drogas, mientras otros simplemente quebraron. De hecho, el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) fue reconocido oficialmente a raíz de la epidemia de casos entre los veteranos de esta guerra. Qué mejor forma de transmitir la zozobra que sintieron los combatientes que con un juego como la ruleta rusa, donde el azar y la muerte van de la mano. 


A Steve le sobrepasa la situación. Nick aún la está asimilando y Mike, el más entero de todos, intenta calmar los ánimos, aunque sus esfuerzos son en vano. Lo cierto es que sus vidas penden de un hilo. Las probabilidades de supervivencia apenas se vislumbran desde un zulo, con el agua del Mekong por las rodillas —en realidad, se rodó en el río Kwai— y una partida de ruleta rusa jugándose sobre tu cabeza. Si juegas, dependes de la suerte para vivir, y si no, dependes de la benevolencia de tus captores.


La secuencia de rescate fue una de las más trepidantes de la cinta y la más difícil de rodar. Durante una toma en la que De Niro y John Savage colgaban de un puente, el helicóptero, que volaba bajo para rescatarles, se enganchó con las cuerdas y las retorció, lo que casi les cuesta la vida. Tardaron dos días en rodarla. Sus gritos y los del equipo se dejan oír en el montaje final.


 

Por suerte logran escapar con vida, aunque no salen indemnes. Steve queda parapléjico y un grave trastorno se empieza a fraguar en la mente de Nick. Mike, que parecía el más trastornado de los tres durante su cautiverio, sale mejor parado. La carrera de De Niro presagiaba un papel más furibundo. No en vano, venía de interpretar a Travis Bickle en Taxi Driver (1976), otro veterano de Vietnam con un funesto desenlace. Acostumbrados a su lado más salvaje, resulta refrescante verlo en un personaje con más matices. Mike no es un tipo duro al uso ni un loco, es un joven sensible que esconde su herida y finge estar bien. 


En un principio, el público se alinea con Nick, ya que ejemplifica la figura del héroe casto. Pero más adelante, veremos cómo se invierten los roles. Sus arcos de personaje se cruzan en direcciones opuestas: el de Mike camina hacia la redención, mientras el de Nick se precipita al vacío. Es aquí donde se cimenta uno de los temas centrales del filme: la influencia del azar, así en la guerra como en la vida.


Ya en Saigón, el recuerdo del cautiverio parece un mal sueño. Acompañamos a Nick a través de su rehabilitación en el hospital militar. Sentado sobre una balaustrada, observa cómo cargan féretros en un camión. Él podría haber sido uno de ellos. Quizá lo sea. Un médico le interrumpe para hacerle unas preguntas. Sospecha que su nombre, Nikanor Chevotarevich, no sea americano. Pero eso a Nick le trae sin cuidado. Él solo tiene ojos para el chico negro sin brazos que tiene enfrente suya. Allá donde mire, solo hay muerte y devastación. Este momento es clave para entender el derrumbe psicológico del personaje.



Los médicos le dan el alta y lo arrojan a la calle. Diagnóstico: fuerte y saludable. Si apenas pueden atender a los heridos físicos, imagínense a los enfermos mentales. Nick amaga con llamar a Linda, pero cuelga antes de que pueda contestar. Intenta aferrarse a la vida que tenía, pero se ve borrosa. Como si le perteneciera a otra persona.


La noche de la ciudad lo engulle y se encuentra a gusto, porque nadie lo reconoce. No hay saludos incómodos, nadie lo recibe como un héroe ni le da palmadas en la espalda por los “servicios prestados”. Solo es un alma descarriada más, un rostro entre la multitud. Frecuenta bares y prostíbulos y a punto está de pagar por tener sexo, pero algo lo hace recular. Un instinto del pasado. No puede caer tan bajo, piensa.


Atrapado en un callejón, Nick sucumbe a los cantos de sirena de un aristócrata francés que lo atrae al peligroso mundo de la ruleta rusa. Entre el gentío de la sala, distinguimos a Mike; lástima que Nick no lo vea. Como el insecto que cae en las redes de una araña, no es consciente de que su próximo paso podría ser fatal. Tal vez su última oportunidad. La cinta está plagada de momentos cruciales. Mike y Nick no se volverán a ver jamás.


Si veníamos de ver el lado más sanguinario del conflicto, ahora Cimino nos expone al más depravado. Cuando un pueblo atraviesa dificultades, también muestra su cara más repugnante. Y no hablamos solo de vietnamitas. Saigón se ha convertido en el mercado global de la perversión y su divisa es la desesperación. 


Antes de pasar al siguiente bloque, quisiera mencionar otro elemento destacable. Fijaros cómo Cimino jamás define una jerarquía militar. La película prescinde del estereotípico sargento de hierro que llega para salvar el día. En Vietnam reina el caos. Mike, Nick y Steve salen vivos gracias al apoyo mutuo y a una voluntad inquebrantable. Una visión que concuerda con el clima de escepticismo de los años 70 y que reabre un debate nacional.


 

Mike regresa a casa. Sus amigos le esperan para hacerle un recibimiento por todo lo alto, pero él no está para celebraciones. En lugar de eso, se encierra en la habitación de un motel barato, solo, en su pequeña isla donde llorar tranquilo. Suena la Cavatina y nos golpea con su efecto nostálgico. Aunque la canción no se compuso para la película, bien lo parece. Mike saca la cartera de Nick, contempla la foto de Linda y duda. Duda del futuro y de sí mismo.


¿Cómo se rehace una vida hecha añicos? El cazador se toma tiempo para intentar responder a esta pregunta tan complicada. El sentimiento de culpa, la ausencia y un hogar que ya no podrá ver con los mismos ojos. Mike ha perdido la inocencia, si es que alguna vez la tuvo. Se acerca a Linda. Ella también necesita consuelo, calor humano. Hace mucho que no lo siente; desde que se fueron. Sin embargo, cuanto más intiman, mayor remordimiento siente Mike. Debería haber vuelto Nick y no él. 


Pero el pueblo también ha cambiado. El ambiente es lúgubre y los ánimos han decaído. A medida que avanza, el tiempo hace mella en sus habitantes. Podemos verlo en el rostro de Ángela, la mujer de Steve, que ha quedado catatónica tras ver el estado de su marido. Incluso los que siguen igual, como Stanley, se ven demacrados. Nada vuelve a ser lo mismo.


Ni siquiera la caza se siente igual, como estamos a punto de comprobar con una de las escenas más poderosas del filme. Mike y los colegas vuelven a quedar para cazar ciervos, como en los viejos tiempos. Se separa nuevamente del grupo, obcecado con llevarse un trofeo a casa. Después de una larga y serena caminata por las montañas, al fin lo tiene en el punto de mira. El ciervo es suyo, pero lo deja escapar con vida. Lo mira fijamente y se despide de él. Las reglas que antes daba por sentado, su filosofía del disparo único, ya no tienen sentido.


Mientras sus amigos se han estancado o, peor aún, han caído víctimas de la guerra, Mike atraviesa cambios. Caminamos con él en su viaje a la madurez, avanzando para seguir vivos. Para seguir sintiendo. Según Cimino, solo a través de la aceptación podemos cerrar la herida. Mike y Linda se apoyan con la esperanza de construir un mañana mejor. 



Quien no acepta los cambios es Stanley, que sigue igual de inmaduro e impulsivo. Él y Mike se enzarzan en la cabaña, cuando este vuelve de la cacería abortada. Stanley amenaza a sus colegas con su ridícula pistola. Esto no le sienta bien a Mike, que le arrebata el arma y le apunta con ella. Stanley no sabe lo que es quitar una vida; él sí. Si no va a entender el mensaje por las buenas, lo hará por las malas. Un dato curioso de esta escena es que De Niro le propuso a Cazale introducir una bala en el revólver para elevar la tensión, a lo que él accedió.


Mike parece decidido a pasar página y mirar al futuro, pero antes deberá confrontar su pasado. Por un lado, saca a Steve del anonimato en el que vive. Él representa al veterano silenciado, el rostro de una vergüenza que EE.UU. tapó. Nadie en el pueblo desea saber nada del chico y Mike tendrá que hacer lo imposible para rescatarlo una vez más. Se repite la misma historia que en Vietnam, pero en suelo americano. Solo un veterano puede devolverle la vida a otro veterano. Esta escena me recuerda a otros filmes soberbios que tocaron antes el tema, como Escrito bajo el sol (1957) o Los mejores años de nuestra vida (1946).


Por otro lado, aún recuerda la promesa que le hizo a Nick antes de la guerra. Tiene que regresar a por su amigo. Traerlo de vuelta, vivo o muerto. Su código de honor le obliga. Es su deber moral. Así comienza el clímax de la película, uno de los más intensos y traumáticos que el cine americano recuerde.



Último bloque en Vietnam. Mike regresa, no como soldado raso, sino como héroe condecorado. Se observa en el reflejo de aquel boina verde con el que charló en la boda; ahora lo entiende. El recuerdo se antoja tan lejano que parece otra vida. Se acerca el final de la guerra. Saigón es un polvorín a punto de explotar. Si quiere encontrar a Nick debe hacerlo sólo y debe hacerlo rápido. Esto no es Salvar al Soldado Ryan (1998). A nadie le importa si vive o muere. Recuerden que el fracaso de EE.UU. se debió, entre otros factores, a la falta de estructura y de estrategia militar, además de una inestabilidad política permanente en Vietnam del Sur. Era cuestión de tiempo que Saigón cayese.


Una vez retornado, Mike emprende una búsqueda que le llevará a las entrañas del Hades. Contacta con el adinerado francés, pero le cuenta que se ha retirado del negocio. Se le ve agitado, como si huyese de su conciencia, aunque finalmente accede a llevarlo hasta Nick. Juntos, cruzan el río Aquerón —la morada de los muertos— y desembarcan en la caseta donde, al parecer, se encuentra. Enseguida advertirá que su amigo ya no existe.


Un viejo hombrecillo, de pie frente a una mesa, sostiene un revólver. A cada extremo de la mesa, se sienta un joven con una cinta roja atada a la cabeza, en actitud de concentración. El anciano introduce una bala en el revólver, gira el tambor y se la entrega a uno de los jóvenes. Este la recoge, apunta con ella su sien y dispara sin pestañear. La pólvora explota y propulsa la bala, que atraviesa el cráneo del joven. La muchedumbre, salpicada con su sangre, se funde en un clamor de victoria o de derrota, según la apuesta. Mike coge aire y reclama ver a Nick, al que allí conocen como «El americano». Ha llegado el momento de la verdad…


Mike y Nick, dos caras de la gran pesadilla americana. Antes de la guerra, Nick representaba el idealismo y la unidad; mientras, Mike era reservado y solitario, el eterno pragmático. Tras su paso por ella, ambos entendieron que el futuro que imaginaban jamás se podría realizar, pero solo uno supo afrontar el hecho. Nick se perdió para siempre, atrapado en un mundo de dolor autoinfligido. Su carácter inocente no soportó la cruda realidad. Por el contrario, Mike supo liberarse de ese yugo, luchando por rescatar como un líder a sus afligidos amigos. Mike eligió vivir.


A través del plano y del montaje, Cimino provoca un creciente desasosiego en el espectador. La imagen, envuelta en sombras, adquiere un cariz de gravedad. Solo están iluminados Mike y Nick alrededor de la mesa, aunque la luz tampoco es acogedora; todo en ese lugar quiere matarte.  El ambiente está cargado de miedo y de tensión. Mil ojos extraños observan a nuestros protagonistas como hienas esperando la carroña. El encuadre cerrado y la ausencia de sonido extradiegético anticipan la tragedia que estamos a punto de vivir. 


El juego de la cámara acentúa la incertidumbre: ¿quién sobrevivirá? Resulta difícil elegir. Sentimos afinidad por ambos, aunque sabemos que la muerte de Nick ya se dio mucho antes de esta escena. No se puede matar a un muerto. Mike, sin embargo, está dispuesto a todo con tal de cumplir su promesa. Con tal de hacerle volver.


Nick dispara primero con un gesto automático. Ya ha jugado muchas partidas. Conoce bien la mecánica. El chasquido del revólver no anuncia bala. Sigue con vida. Turno de Mike. Intenta dialogar con Nick, pero no le responde. En su mirada no se vislumbra un ápice de familiaridad. Es un desconocido para él. Otro rival al que vencer. Cada vez que se sienta a esa mesa, es cuestión de vida o muerte. Nick está completamente alienado. 



La escena final de la ruleta rusa no es solo un acto de violencia extrema. Esconde la tesis de la película: la guerra no solo mata hombres, mata esperanzas, vínculos, raíces. Mike y Nick simbolizan la polaridad entre fortaleza y aislamiento. Entre el héroe que regresa a Ítaca y el que se pierde para siempre en el Hades. El espectador, sometido al mismo estrés que los soldados, comprende el deterioro psicológico del conflicto bélico. El desarraigo de Nick agota sus energías, hasta que solo queda una vasija vacía y entonces, muere. Mike llora su muerte desconsolado. No pudo salvarlo, pero aún puede traerlo a casa y darle descanso. Cerrar la herida. Gente que estuvo en el estreno asegura que muchos salieron despavoridos de la sala. Mujeres y hombres que salieron a llorar, cuando vieron su historia representada en la pantalla.


El epílogo cierra esa herida con un homenaje velado a todas las víctimas. Las que volvieron y las que se quedaron por el camino. Muchos le achacan al filme su pausa. Según yo lo veo, esa lentitud es indispensable para hacernos partícipes de la acción. No limitarse a ser meros espectadores, que ven una película con la misma atención con la que engullen una comida basura. Cimino quiere emocionarnos y para conseguirlo, necesita que nos involucremos. Para él, el cine es otro ritual que une a las personas; es una experiencia que nos humaniza y nos une. Sin el prólogo y el epílogo, El cazador sería una aventura bélica más.


El pueblo se viste de luto para despedir a su héroe caído. La imagen se vuelve más amplia, pero no transmite paz. El desánimo predomina en la escena. Incluso los árboles, que tanto amaba Nick, parecen llorar su pérdida. El humo de la fábrica tiñe de negro la naturaleza. Los rostros desencajados de sus amigos y familiares desfilan ante nuestros ojos. Mike observa el féretro y le presenta respetos a su amigo con un saludo militar. 


En un ejercicio de circularidad narrativa, la última escena nos devuelve al bar donde comenzó la película. No obstante, ni el bar luce igual ni la gente es la misma. Apenas hay luz en el interior. El ambiente es más frío y lúgubre. No hay miradas cómplices entre los amigos allí reunidos. Incluso John, que siempre fue el alma de la fiesta, tiene un tono apagado y cuando está a solas en la cocina, rompe a llorar. Todos parecen ausentes, incapaces de vislumbrar un futuro sin Nick.



Tras un silencio solemne, los amigos sentados a la mesa llena de comida, arrancan a cantar «God Bless America». No es una interpretación exaltada ni hace gala de un patriotismo efervescente. Todo lo contrario. Es un cántico emotivo. Un himno al consuelo, que busca reanimar el espíritu de un pueblo abatido y de una nación conmocionada. Aún es pronto, muy pronto para el optimismo, pero no para la sanación. Un proceso del que EE.UU. aún no ha salido. Porque un país lo componen sus personas.


Linda mira a Mike y sonríe abiertamente. Imagina un futuro juntos. Amándose. Respetándose. La idea la reconforta. Quizá nunca llegue a amarlo igual que a Nick, pero aquel amor se fue como tantas cosas. Como tanta gente. Lo importante son los que se quedan. Echar raíces para no marchitarse. Eso es el arraigo.


El cazador fue un éxito de crítica y taquilla. Cosechó cinco premios Óscar, entre ellos el de mejor película, dirección y actor de reparto para un Christopher Walken estelar. A pesar del gran trabajo de fotografía del legendario Vilmos Zsigmond, perdió frente al de Néstor Almendros en otro filme deslumbrante como Días del cielo. La película no sólo inició una conversación social, sino que propulsó las carreras de dos titanes como Meryl Streep y el mencionado Walken y también supuso la despedida del eterno John Cazale, que murió antes del estreno. Falleció acompañado de su gran amor, Meryl Streep y de su gran amigo, Robert De Niro. La historia de afecto que une a estos tres actores es la misma que nos cuenta Cimino en el filme. La historia de una amistad abnegada que sobrevive a la tragedia.


10/10: CIMINO BENDIGA A AMÉRICA.