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Me disponía a ver el último episodio de esta tercera temporada de True Detective con una mezcla de entusiasmo y miedo. Por una parte, el iluso de mí aún guardaba esperanzas de que la historia concluyese por todo lo alto, dejando a los fans vitoreando a Pizzolatto y ansiosos por ver una cuarta temporada. Por otra parte, algo me decía que este capítulo tendría que durar lo mismo que un largometraje si quería esclarecer todos los cabos sueltos que había sembrado a lo largo de los siete episodios anteriores. Como esto resultaba imposible de creer, el temor de encontrarme ante un desenlace insatisfactorio y, peor aún, inconcluso crecía por momentos. Los que hayáis seguido estos pequeños análisis semanales –gracias por adelantado– quizá recordéis que ya en el quinto episodio comencé a tener mis dudas sobre el acto final; hasta ese momento, el ritmo que la serie había marcado daba a entender una conclusión si no precipitada, sí insuficiente. Claro que, ¿cuándo se puede considerar que algo ha sido suficiente?


Siento que, con el tiempo, el éxito de su primera temporada ha resultado una maldición. Una losa que la serie lleva soportando desde entonces y de la que no se puede librar, por mucho que lo intente: si en la segunda temporada Pizzolatto buscó alejarse todo lo posible de las marismas de Louisiana, en esta tercera ha regresado a una ambientación e historia similares en un intento de rescatar la esencia que lo catapultó a la fama, sin que ninguna de las dos pudiese desmarcarse de la alargada sombra que proyectó la original. Claro que hablo siempre desde mi punto de vista, soy consciente que algunos no tienen ese problema, llegando incluso a gustarles más las temporadas posteriores que la primera. Sin embargo, en el caso de ésta creo que, además de no cumplir con las expectativas que ella misma se había creado, ha terminado cavando su propia tumba. Ya no es cuestión de que ninguna de las teorías que la audiencia pudo construir a partir de la trama no se hayan cumplido, sino que el guión no ofrece una alternativa suficientemente convincente ni interesante para perdonárselo.


Duele aún más porque el guión parte de buenas ideas –las tres líneas temporales, la progresiva pérdida de memoria de Wayne Hays y sus complejas relaciones sentimentales y laborales, las recovecos del caso Purcell, etc.–, el problema está en cómo las utiliza. Todos los engranajes de la maquinaria están bien ideados pero, por alguna razón, la disposición de los mismos hace que el conjunto no termine de funcionar. Por ejemplo, Roland West es un personaje magnífico, con una marcada personalidad, tan atormentado como lo pueda estar Hays o más, pero la historia decide obviarlo casi por completo. Tengo entendido que Pizzolatto tenía más interés en desarrollar el de Hays, pero eso no debería ser excusa para relegarlo a un secundario de lujo, más aún cuando a este primero tampoco es que lo explore en demasía: su pasado en Vietnam apenas se expone, su relación con West no está tan bien resuelta como la de Rust y Marty y tampoco conocemos demasiado a su familia, más allá de las discusiones con Amelia que con el paso de los episodios resultaban un tanto repetitivas, al menos para mí. No digo que su personaje no brillara, sino que no encuentro motivos para impedir que su compañero lo hiciera también. Esto se deja ver con mayor claridad en este octavo episodio, donde la estrella resulta ser el personaje de Stephen Dorff que, con muy poco, consigue hacer mucho. La escena del bar de moteros es uno de los grandes momentos de la temporada.


En cuanto al caso en sí, lo cierto es que todo fue un gran señuelo para pescar al espectador y mantenerlo enganchado. Es como si HBO le dijese a Pizzolatto que cada capítulo tenía que contener la cantidad justa de pistas falsas para que los clientes no cancelasen su suscripción antes de tiempo. Todo lo que Hays y West investigaron a lo largo de tres décadas resultó en el secuestro de una ricachona loca con delirios de madre. Ya está. No busquéis nada detrás de la fábrica de alimentación del Sr. Hoyt, ni de Harris James, ni tampoco de los padres Tom y Lucy Purcell –se llegó a especular que los hijos no eran de Tom–. ¿Recordáis la guarida del diablo, ese parque de nombre siniestro donde fueron vistos por última vez los niños desaparecidos? Pues no resultó ser más que eso, un parque. Toda la conspiración que la periodista le expone a Hays en 2015 es una auténtica ida de olla, la precipitación del fiscal por cerrar el caso es absurda y los asesinatos de Lucy, Tom y Dan O’Bryant resultan gratuitos. ¿Tantas idas y venidas por un intento de adopción que terminó en secuestro y asesinato involuntario? ¡Porque así fue como murió el niño, por accidente! Las risas se oyen de Arkansas a Tombuctú.


Pero, os estaréis preguntando, ¿no habían conectado el caso Purcell con el de Dora Lange de la primera temporada? Sí y no. Es decir, que la oportunidad de colar un guiño era demasiado tentadora como para desaprovecharla. ¿Qué os creíais, que iba a ser algo más gordo? Lo que más me molesta de todo esto son todos los que dicen que “el guión no tiene que hacer realidad ninguna de las teorías de los fans” o que “Pizzolatto buscaba romper la cuarta pared y reírse de todos los conspiranoicos”. Ahora resulta que esperar algo basándose en lo que la propia historia insiste en contarte una y otra vez, por activa y por pasiva, se le llama ser original. Que la historia vaya todo el rato por un lado y al final cambie al contrario sin mayor explicación mola mucho. Imaginaos que en Dark City, todo lo que Murdoch experimentó no fuese más que un delirio y realmente estuviese confinado en un psiquiátrico. Para todos aquellos que se humedecen sólo con pensar en un vuelco argumental: estos no convierten automáticamente a una historia en buena u original.


Uno de los puntos fuertes de esta temporada fueron sin duda las actuaciones, tanto del dúo protagonista como de algunos secundarios como Scoot McNairy, que volvió a demostrar una vez más lo gran actor que es. Además, Carmen Ejogo muestra carácter y empaque en cada una de sus discusiones con el personaje de Mahershala Ali. Un explosivo choque de trenes que, aún estando sobreutilizado en la trama, no deja de ser uno de los grandes alicientes de cada episodio. Por otra parte, Michael Rooker está trágicamente desaprovechado en la historia y es una pena, porque borda los escasos minutos que aparece en pantalla. El hecho de que no lo utilizaran, aunque fuera testimonialmente, a lo largo de la temporada es uno de los grandes misterios de la serie. Lo que podría haber sido una presencia amenazante, se quedó en un viejo borracho al que le gusta ir de safari.

En definitiva, dicen que el final es la parte más importante de una película, ya que es la que nos deja con buen o mal sabor de boca. Es como ir a un restaurante y que todo esté exquisito menos el postre o echarle horas a un juego para llegar a un jefe final decepcionante. True Detective III es una experiencia interesante, en algunos momentos roza la excelencia pero, al final, lo que queda grabado en nuestra memoria es su desenlace. Puede parecer injusto que un guión al completo se juzgue por sus últimas páginas pero, como nos suele decir Pizzolatto en sus historias, la vida pocas veces es justa. Ese pesimismo que inunda la serie desde la irrupción de Rust Cohle se vuelve ahora contra ella y de forma irónica, termina siendo su sino. Y es que quizá él esté abocado a seguir escribiendo más temporadas de True Detective y nosotros, los espectadores, estemos condenados a decepcionarnos en bucle recordando, con frustración y melancolía, aquella distante anomalía que una vez creímos cierta.


6/10: EL TIEMPO ES UN CIRCULO PLANO


El final ya está cerca y con él llegan las respuestas que tanto ansiamos desde que la temporada comenzara allá por enero. Las preguntas que el showrunner Pizzolatto nos ha ido cocinando a fuego lento por fin se esclarecerán, para bien o para mal, y este séptimo episodio no hace más que preparar el terreno para lo que nos espera en el último y culminante capítulo de la temporada. En ese aspecto, este penúltimo episodio cumple sobradamente las expectativas; la tensión se puede sentir en cada uno de los fotogramas y de los gestos de los personajes. Cada conversación se antoja crucial para desvelar los misterios del Caso Purcell. Un caso que les ha dado muchos quebraderos de cabeza a Wayne Hays y Roland West, protagonistas absolutos de una historia que sabe muy bien mantenerte enganchado sin dar demasiado al espectador, estrategia ciertamente arriesgada que se verá validada o condenada dependiendo de lo que ocurra octavo y definitivo episodio.

A diferencia de capítulos anteriores, donde la información caía a cuentagotas, en este episodio suceden muchas cosas de lo más interesantes. Arrancamos en un momento entre 1990 y 2015, no sabemos muy bien cuál, donde vemos a Hays dejando a su hija Rebecca en lo que parece ser la universidad. Su relación parece bastante buena, lo cual hace que me pregunte qué pasó entre esa fecha y 2015 para que dejaran de hablarse, como dijo el hijo de Hays en un capítulo anterior. Puede que sean sólo ocurrencias mías pero, ¿es posible que le haya ocurrido algo a Rebecca y su hijo esté intentando ocultárselo para no herirle?


Más tarde nos trasladamos a 1990, concretamente a la torre cerca del parque donde desparecieron los niños. En lo alto de sus escaleras, Hays y West hayan el cuerpo sin vida de Tom Purcell, el cual dejó una nota escrita a máquina donde habla de reunirse con su mujer y su hijo muerto. Tal y como ocurriese con el Sr. Woodard en 1980, parece que alguien trata de cargarle el muerto a un muerto, valga la redundancia. Hays está mosqueado pero Roland, culpándose de la muerte de Tom, está cansado ya del caso. No ve más cabos por donde tirar y puede que no le falte razón pero a Wayne no le basta. Al volver a casa, Amelia le comenta el incidente que tuvo en la presentación del libro y cómo un hombre negro tuerto que encajaba con la descripción se le acercó para increparla y preguntarle por el paradero de Julie Purcell.


Agitada, Amelia se pone el traje de investigadora y sale a buscar respuestas por sí misma. Primero visita el hogar de la mejor amiga de Lucy Purcell, una señora rolliza que vive sola en una casa destartalada y llena de recuerdos y baratijas. Esta escena me recordó, salvando las distancias, al momento en el que Marty entra en el caserón escondido de los Tuttle, ocupado por Errol Childress. No sé si esta señora jugará algún papel en el último capítulo pero creo que sí tuvo algo que ver con el secuestro. Después se desplaza hasta el bar donde solía trabajar Lucy para hablar con el propietario. Este dice haber visto al primo de Lucy, Dan O’Bryant, merodeando cerca del bar con un hombre negro tuerto.

Con la teoría del tráfico de personas cobrando cada vez mayor peso, Hays recibe el historial telefónico de Lucy Purcell la noche anterior a su muerte. Asombrado ante el descubrimiento, Wayne acude raudo y veloz para contárselo a Roland. Resulta que Lucy hizo ocho llamadas a un mismo número y, ¿a quién pertenecía ese número? Al mismísimo Harris James. Antiguo policía y ahora jefe de seguridad de Industrias Hoyt. Este personaje ha merodeado por todas las escenas claves de la temporada, desde la muerte de los Lucy y Tom Purcell hasta la escena del crimen del Sr. Woodard en 1980. Wayne convence a Roland para ir tras él en lo que termina por convertirse en la escena más tensa de todo el episodio. ¿Recordáis el establo donde interrogan a aquel pobre diablo en los primeros episodios? ¡Pues regresa por todo lo alto! Un interrogatorio de lo más heterodoxo, que termina con la muerte de James a manos de Hays y West, sin que este les dé ninguna información mínimamente relevante. Han roto las reglas y se han metido en un lío monumental para nada.


En 2015, la entrevista a Hays alcanza un punto límite cuando Elisa trata de sacarle más información sin éxito. A cambio, este le pide que le cuente lo que sabe. Estos dos llevan jugando una partido de ajedrez desde el principio y no nos hemos dado cuenta hasta ahora. Elisa le cuenta que el hombre tuerto al que buscan se hacía llamar Watts y que el caso Purcell puede estar relacionado con otro caso que se cerró hace unos años en Louisiana. Sí, está hablando del caso Dora Lange de la primera temporada, lo cual entrelaza la primera y la tercera temporada en un mismo universo ficticio. Los Hoyt, los Tuttle y puede que otras familias poderosas forman parte de una misma secta de ricachones pedófilos que se dedican a hacer del sudeste americano su particular coto de caza. Puede que esta sea la escena más reveladora de toda la temporada, ya que no sólo conecta dos de las tres temporadas de la serie, sino que también deja entrever todo un entramado a nivel federal, aunque no sabemos hasta dónde llegan sus escurridizos tentáculos.


Aún en 2015, Wayne y Roland se hacen pasar por policías en activo para interrogar a una de las entonces criadas de la mansión Hoyt. Esta les habla de la trágica historia de Isabelle Hoyt, que perdió a su marido y a su hijo en un accidente de tráfico y la sumió en una terrible depresión que terminó por deteriorar su estado mental. Años más tarde, ella misma se vio envuelta en otro siniestro. Después de esto, los Hoyt contrataron a un tal Mr. June –un hombre negro tuerto– para cuidar exclusivamente de ella en un ala de la mansión donde nadie, excepto él, podía entrar.

Finalmente regresamos a 1990, al hogar de la familia Hays, un día después del asesinato de Harris James. Es por la mañana y Wayne se dispone a contarle a Amelia lo que ocurrió la noche anterior, cuando recibe una inesperada llamada de Edward Hoyt. El gran capo de la compañía confiesa estar al tanto de todo lo ocurrido con James y  le insta a una reunión con él, ya sea en su casa o en el lujoso Cadillac en el que se encuentra aparcado justo enfrente. ¡Menudo uppercut a la mandíbula la lanza Hoyt a Wayne! Aún encajando el golpe, Hays acepta su invitación y entra en el coche. ¿Qué ocurrirá ahí dentro? Nadie lo sabe, excepto Pizzolatto.


Me gustaría terminar diciendo que me resulta muy extraño que Wayne Hays haya tenido tanto protagonismo a lo largo de la serie. No me malinterpretéis, la interpretación de Mahershala Ali es excelente y merece cada minuto que aparece en pantalla pero creo que, tanto en la primera como en la segundo temporada, el tiempo estaba más repartido entre los protagonistas. Quizá sea una elección narrativa de Pizzolatto, quien le viera más potencial al personaje de Wayne que al de Roland, o puede que lo haya querido esconder adrede. Es posible que West haya estado metido en el fregado desde un principio, lo cual explicaría su rápido ascenso y su gatillo fácil matando a Harris James. Claro que todo puede quedar en agua de borrajas pero quería compartirlo con vosotros…por si las moscas.


8.5/10: BILLETE DE IDA AL INFIERNO DE LOS PODEROSOS


Harris James, Lucy Purcell, la familia Hoyt…la lista de sospechosos o al menos compinches en el caso de la desaparición de Julie es interminable y el sexto episodio no hace más que corroborarlo. Aunque este episodio nos ha dado nueva información, tengo la sensación de que todo sigue igual, menos el tiempo que le resta a la temporada. Sin embargo, por muchas dudas que tengamos, una cosa está meridianamente clara: el final se acerca. La verdadera pregunta es si Pizzolatto dejará de torear el espectador, de entregarle pistas falsas como el Sr. Woodard o Dan O’Bryant, y se centrará en un único y honesto hilo que nos lleve inexorablemente a la resolución del caso. Pero entremos de lleno en lo que nos dejó este nuevo capítulo.



Para empezar, descubrimos que Tom Purcell es homosexual, algo que sinceramente no ayuda en nada a esclarecer el caso, más allá de confirmar las sospechas de que Julie (y puede que Will también) no fuese hija suya. Y hablando de descubrimientos, parece que el hijo de Hays tiene una aventura con la periodista interpretada por Sarah Gadon. De nuevo, nada de esto tiene mayor relevancia con el caso y francamente, tampoco es que me importe mucho. Cierto es que la historia avanza y que sabemos más de lo que sabíamos hace unas semanas pero, ¿es información útil o simple relleno para llegar a un cliffhanger que promete dar respuestas que luego no entrega? El ciclo se repite y tengo el presentimiento de que todo va a ser más sencillo de lo que nos imaginamos, no porque la trama no pudiese dar más de sí, que puede, sino porque el tiempo se agota.


Algunos lo tomaréis como una sucia artimaña, un golpe bajo a las nobles partes de True Detective pero las comparaciones son inevitables ya que, aunque se trate de una antología, el problema que empieza a acusar este tercera temporada es más de desgaste argumental y falta de ritmo que algo más específico. A estas alturas en la temporada original ya conocíamos la existencia de Carcosa y del Rey Amarillo, habíamos destapado el laboratorio de metadona de Reggie Ledoux y descubierto sus conexiones con el caso Dora Lange (inclusive la entrada en escena del “hombre de las cicatrices” que terminaría siendo crucial para la resolución del caso) y lo más importante de todo, sabíamos que las escuelas fundadas por el reverendo Tuttle encubrieron casos de abusos sexuales a menores. Teníamos un hilo por el que tirar y aunque es cierto que también hubo personajes, como el novio convicto de Dora Lange o el discapacitado psíquico que vivía con el predicador ambulante, que se presuponían sospechosos y al final no fueron culpables, Pizzolatto no abusaba tanto como lo hace ahora.


Además, a estas alturas conocíamos mejor a Rust Cohle y Marty Hart que a Wayne Hays y Roland West. Algo que me molestó sobremanera de este episodio fue que no hiciera siquiera mención sobre ese mal que le hizo Hays a West en 1990 y por el que, aún en 2015, no le pidió perdón. El capítulo anterior nos dejó con la miel en los labios y este nos pega una bofetada por querer saborear dicha miel. Personalmente, soy firme defensor de no darle al espectador todo lo que quiere cuando lo quiere; me gusta que la historia se haga de rogar, que mantenga el misterio. Pero lo que no es admisible, en mi opinión, es que sigan mareándonos con una retahíla de nombres y subtramas confusas que, en la mayoría de los casos, se dejan en la nebulosa.


No obstante, no quiero cerrar este análisis sin mencionar los puntos fuertes del episodio. Los diálogos entre Hays y West siguen teniendo chispa y sustentados por buenas interpretaciones de Ali y Dorff, la serie cobra mucho más valor. Además, me gustó una vez más como nos dirigió hacia su abrupto desenlace; Tom Purcell, que minutos antes vertió toda su ira contra un Dan O’Bryant que ya huele a muerto, pasa por delante de la lujosa mansión de los Hoyt y decide entrar a ver qué se cuece ahí dentro. No sabemos que lo lleva a entrar ahí, aunque yo diría que fue el propio O’Bryant quien se lo dijo, apoyando la teoría de que los Hoyt pudieron estar conchabados con Lucy Purcell en el rapto de su hija. Puede incluso que ellos la asesinaran en Las Vegas para atar cabos y curarse de espantos. Una vez dentro, Tom baja al sótano para encontrar una siniestra habitación rosa protegida por una puerta acorazada enorme. Todo apunta a que ahí vivió Julie Purcell durante todos estos años. La última toma, antes del fundido en negro, muestra a un Tom observando con asombro la habitación y preguntando por Julie y de repente, aparece Harris James por detrás, supongo que con muy malas intenciones.

En conclusión, este episodio me deja un regusto agridulce y me vuelve a dejar en la tesitura de esperar respuestas que presiento no van a llegar en el séptimo y penúltimo episodio de una temporada que arrancó muy bien pero que se está desinflando lentamente.



7/10: PERSIGUIENDO SOMBRAS EN LA NOCHE





Entramos de lleno en la segunda mitad de la temporada, con un balance positivo en lo argumental, que tiende claramente a sembrarnos dudas más que a aclarárnoslas. Ocurren muchas cosas interesantes y novedosas en este quinto episodio, como el senil reencuentro de Hays y West y la extraña grabación donde Julie Purcell (o al menos quien creen que es) insta a su padre Tom a alejarse de ella para siempre. Si algunas esperaban que Pizzolatto comenzara a despejar incógnitas…bueno, nos hemos quedado con las ganas. Y es que el creador de la serie está teniendo unos nervios de hierro a la hora de responder a alguna de las preguntas que nos plantea, por pequeña que ésta sea.


El episodio, titulado “Si tienes fantasmas”, abre en 1990 con la reapertura del caso Purcell. Aquí es donde nos enteramos de la forma en la que murió Lucy allá por 1988, de sobredosis en una habitación de un motel en Las Vegas, y también que su primo desapareció del mapa (posteriormente averiguamos que había muerto) en la misma ciudad. No deja de ser curioso que ambos se reúnan más o menos al mismo tiempo en la misma ciudad, donde ambos fallecen. No tengo muy claro si los próximos episodios nos llevarán a la ciudad del juego pero algo me dice que allí ocurrió algo, ya fuere una fatídica reunión familiar o una trampa por parte de los verdaderos culpables del caso. Asimismo, un policía nos habla de un interrogatorio que no consta en ningún registro y que ocurrió en 1980. ¿Puede que sea el mismo interrogatorio que comentó el señor que vivía en los bosques? ¿Quizá alguien se hizo pasar por policía para recabar información?

Regresando a 1980, donde la explosión de la casa Woodard se convierte en un pequeño campo de batalla que seguro habrá recordado al detective Hays a los días de guerra en la jungla. El Sr. Woodard estaba bien pertrechado para liquidar a todo aquel que le tocara las narices y, como consecuencia, las bajas fueron importantes (incluida la suya propia). En 1990, durante una rueda de prensa, Hays rememora los hechos, recriminándole a Woodard que tuviera que terminar matándolo, ya que él no quería rendirse y también descubre que la mochila y la camiseta encontradas en su casa fueron pruebas falsas, puestas ahí para echarle el muerto a un muerto, valga la redundancia.

Tras un breve interrogatorio en casa del ya adulto Freddy Burns, quien acusa a Hays poco más que de arruinarle la vida y de meterse con un adolescente indefenso, el detective se cabrea en el coche y le espeta a su compañero West que él no tiene la culpa de que dejara la escuela ni de que le gustara meterse con los más débiles, terminando por sentenciarlo cuando dice que él a su edad ya luchaba en Vietnam. Poco después interrogan a un vagabundo que había convivido con la presunta Julie Purcell durante un tiempo, quien les comenta que la chica estaba algo loca, que no sabía en qué año vivían (lo cual confirmaría un secuestro prolongado) y creía ser una princesa en busca de su hermano perdido.


Poco después sucede una de mis escenas favoritas y con más tensión del capítulo. Estoy hablando de la cena de West y Hays y sus respectivas parejas. Si ya sabíamos que la relación entre Wayne y Amelia no era precisamente idílica, también sabemos algo más de Roland y su novia, que curiosamente es la misma chica de la congregación que conoció en el capítulo anterior. Parece que a él no le hace mucha gracia la idea de casarse. Mientras, Amelia se retira de la mesa cuando Hays la increpa por preguntar acerca del caso. Todo esto acompañado de una excelente música de fondo con el "Almost Blue" de Chet Baker, una canción muy apropiada para la ocasión.  De vuelta a casa la discusión continúa, Wayne y Amelia se acusan el uno al otro, cual choque de trenes abocados a descarrilar si no fuera por el temple de los dos niños, que les recuerdan, inconscientemente, que sus peleas son pura gilipollez.

Pero es en la recta final, donde saltamos entre 1990 y 2015, cuando empieza lo verdaderamente interesante. Empezando por los noventa, poco después de que Hays tuviese la intuición de que la mochila y el jersey de los niños Purcell fueron colocados en la casa del difunto Sr. Woodard, la policía recibe una llamada de la que suponemos es Julie Purcell, en la cual insta a su padre a alejarse de ella, alegando que él no es realmente su padre e incriminándolo del asesinato de su hermano Will. Tras escucharla, Hays y West centran sus sospechas en Tom Purcell y, aunque puede que este personaje tenga mucho más que ver en el caso de lo que anticipábamos, no creo que él haya sido el principal autor. Parece más bien una treta de Pizzolatto para intentar confundir al público y sembrarle dudas.

Ya en 2015, los fantasmas del pasado persiguen tanto a Wayne como a Roland en un emocionante reencuentro donde se ponen al día y comparten sus miserias. West, que tenía un considerable don de gentes, vive recluido en medio de la nada y con un puñado de perros. Cómo cambia la vida, ¿verdad? Esta conversación tiene mucha miga y es sin duda el punto álgido de un episodio un tanto irregular. Roland habla del perdón que le debe Hays por algo que éste le hizo allá por 1990, aunque Wayne no lo recuerda. Tras saldar cuentas, Hays le habla de un misterioso policía de nombre Harris James, que vemos fugazmente en la casa Woodard tras la brutal carnicería. Al parecer, Hays lo entrevistó en 1990 y luego se le dio por desaparecido. Cuando West escuchó nombrar a James, éste se puso algo nervioso y empezó a echarle en cara algo malo que hicieron en su día. ¿Quizá mataron a Harris James? De ser así, ¿por qué? ¿Puede que James fuese quien colocase las pruebas falsas en la escena del crimen? No lo sabemos muy bien pero todo apunta a algo terrible que les cambió las vidas.


Al final, Wayne convence a Roland para volver a trabajar juntos, zanjar el caso de una vez por todas, aunque probablemente esto fuera lo último que hicieran. Reticente al principio, Roland acepta la proposición aunque sea únicamente para echarse unas risas a costa del bueno de Wayne.

Aunque, como toda buena serie, el episodio cierra por todo alto, no puedo evitar pensar que Pizzolatto nos está toreando y que disfruta viéndonos conjeturar hasta el infinito. Por momentos temo que, con el tiempo que le resta a la temporada, las respuestas que deseamos no lleguen o que sean insatisfactorias. Supongo que lo averiguaremos en el sexto episodio.

8/10: REMORDIMIENTOS Y PESARES