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PAUL NEWMAN

Leyenda de la gran pantalla, superestrella e icono del cine a golpe de actuaciones que se nos han grabado en la retina al igual que esos brillantes ojos azules de los que hacía gala. Paul Leonard Newman nace en enero de 1925 en Cleveland, Ohio como el segundo hijo del matrimonio formado por un empresario judío llamado Arthur Sigmund Newman y su mujer eslovaca, Terézia Fecková. Sus ancestros provienen mayormente de los pueblos del este de Europa (Austria-Hungría, Eslovaquia y Polonia).


Al igual que otros actores de esta lista, Newman ya mostraba gran devoción por el escenario a la corta edad de siete años, apareciendo en una adaptación teatral de Robin Hood en su escuela y más tarde, con 10 años, llegando a convertirse en una joven promesa a nivel local.

A punto de cumplir la mayoría de edad, Newman intervino en el frente del Pacífico durante la II Guerra Mundial y más tarde se alistaría en un programa de pilotos del Ejército de aire, aunque sería finalmente rechazado cuando descubrieron que era daltónico. Tras esto, en 1944, un joven Paul Newman fue enviado a una base en Hawaii donde ejercería como operador de radio, aunque no duraría mucho en su puesto y acabaría en labores de torreta en un avión de combate momentos antes de la famosa batalla de Okinawa, donde un ataque kamikaze sobre su aeronave acabaría con la vida de los miembros de su unidad.


Tras regresar a EE.UU. Paul Newman se graduaría en 1949 por la Universidad de Ohio, donde cursó la carrera de letras, especializándose en drama y en económicas. Tras un breve paso por la escuela de arte dramático de Yale, Newman acabaría recalando en Nueva York, ingresando en el Actors' Studio bajo la tutela del famoso profesor Lee Strasberg. Aunque acabaría triunfando en Hollywood, Newman tuvo sus dudas sobre dejar Nueva York por Los Ángeles ya que, según él, “estaba demasiado cerca del pastel y, además, allí no había lugar para el estudio”.

En 1953 haría su debut en Broadway, el gran escenario teatral de EE.UU., que vio pasar a algunos de los mejores intérpretes nacionales. Seis años más tarde, durante los  cuales trabajó con regularidad, Newman protagonizaría una obra de teatro original escrita por el célebre dramaturgo Tennesse Williams y titulada Dulce pájaro de juventud.


Después de un atropellado debut en el cine en 1954, Paul Newman alcanzaría la gloria encarnando a Rocky Graziano en una obra esencial para el subgénero del boxeo: Marcado por el odio (1956) de Robert Wise. Esta película le serviría como trampolín y como escaparate para los grandes estudios y realizadores de la época, llegando a trabajar en aquellos años bajo la dirección de Leo McCarey u Otto Preminger, entre otros.

La década de los 50 la cerraría con gran estruendo, firmando una obra maestra como La gata sobre el tejado de zinc y otras dos películas excelsas: El largo cálido verano y Éxodo. Por estos trabajos cosechó galardones en festivales internacionales y obtuvo el reconocimiento de sus compañeros de profesión siendo nominado al Oscar por primera vez en su carrera. 


Sin embargo, lejos de frenarse, Newman llegó a la década de los 60 pisando el acelerador, dispuesto a llegar primero a la línea de meta. El buscavidas, la injustamente olvidada París Blues -en la que apareció junto a Sidney Poitier-, Dulce pájaro de juventud, Hud, El premio, Harper, Hombre, Dos hombres y un destino y por supuesto, La leyenda del indomable, donde nos brindó una interpretación antológica e insuperable como el rebelde preso Luke Jackson. Lo más increíble de su carrera es que estos títulos que acabo de nombrar y que ya de por sí servirían como excusa perfecta para incluirlo en este top, no son más que una fracción de su vastísima filmografía.

En los setenta volvió pegando fuerte con títulos memorables como El juez de la horca, El hombre de Mackintosh, El golpe o El coloso en llamas; en la década de los ochenta, continuó trabajando con grandísimo oficio en películas tan sólidas como Veredicto final o El color del dinero; llegados los noventa, rondando los 70 años, Newman se mantuvo firme apareciendo en divertidísimas comedias como El gran salto (1994) de los hermanos Coen y Ni un pelo de tonto, así como en la injustamente olvidada Al caer el sol, película con un elenco de lujo que contaba con Susan Sarandon, Gene Hackman y James Garner; por último, ya entrados en el nuevo milenio, Newman nos deleitó con su presencia  en Camino a la perdición, una auténtica obra maestra del neo-noir con la que se despidió por todo lo alto.


Paul Newman solo necesitaba la mirada, el más poderoso arma interpretativa, para cautivar al espectador y dejarlo a sus pies. Despedía un magnetismo único, un aire de tristeza elegante que llevaba siempre con gran dignidad y bondad. Un actor del método, como otros mucho de esta lista, que logró trascenderlo creando un sello propio. Sus papeles fueron muchos y muy diversos; era un actor muy polifacético que sabía muy bien encarnar el héroe, al antihéroe o al individuo anónimo y ordinario.

Contaba una capacidad única para mantenerse contenido y mostrar el drama de su personaje a cuentagotas, siempre con pequeños matices que hacían sus actuaciones aún más creíbles y sinceras. Él era el rebelde con causa, el tipo astuto que se ganaba el corazón de las chicas y el favor de sus compañeros.

Trabajó con grandes directores de estudio como Robert Rossen o Robert Wise, sin descuidar colaboraciones con figuras emergentes como Martin Ritt, Robert Altman o George Roy Hill; y sobretodo, a diferencia de Brando, supo mantener una gran regularidad en el ocaso de su carrera.


Es muy difícil apreciar quién merece sentarse en el trono del Olimpo actoral, Brando o Newman, Newman o Brando; las diferencias son imperceptibles, ya que para mí son unas figuras insustituibles y unos pilares sobre los que ha reposado el cine desde los años cincuenta hasta la entrada en el nuevo milenio, en el caso de Newman. Fijaos si son tan similares en cuanto a grandeza, que a Newman llegaban a confundirlo con Brando en sus inicios e incluso firmó autógrafos por él.

Si me preguntáis por mi opinión, yo creo que Brando alcanzó cotas más altas de interpretación que Newman, pero Newman supo mantenerse en lo más alto con más constancia, además de haber cuidado mejor su faceta teatral que el actor de El padrino o Apocalypse Now. No obstante, poco importa lo que tenga que decir, ya que esto fue, es y será siempre fuente de debates incansables, en el que no hay una única verdad y sí muchas opiniones; lo único cierto es que lo han significado todo y lo seguirán haciendo, porque ambos son leyendas del cine. 

MARLON BRANDO


El actor con mayor presencia física de la historia del cine, un auténtico huracán de emociones que se ganó nuestra admiración por siempre. Un actor irrepetible, inalcanzable diría yo. Marlon Brando tenía un aura mística que aún se sigue analizando, adorando y envidiando a día de hoy.

Marlon Brando Jr. nace en abril de 1924 en Omaha, Nebraska en una familia de clase media y de ascendencia franco germana. Su madre, Dorothy Julia Pennebaker, no era la clásica madre modelo: fumaba, usaba pantalones, conducía coches y en su día incluso llegó a trabajar en el teatro, ayudando a un tal Henry Fonda en los inicios de su carrera como actor. Sin embargo, Dorothy también era alcohólica y en más de una ocasión se escapó para ir a emborracharse a bares de carretera. En su autobiografía, Brando expresaba con profundo pesar lo que sentía sobre su madre: “La angustia que producía el hecho de que bebiera era que prefiriese salir a emborracharse en lugar de cuidar de sus hijos”.


Por otra parte, su padre, que producía pesticidas y otras sustancias químicas, le recordaba en más de una ocasión que nunca sería más que un don nadie, humillándole siempre que podía y negándole cualquier apoyo o empatía.

Años más tarde y muchas mudanzas después –vivieron en Chicago, California y otras ciudades norteamericanas–, entre 1939 y 1941, un joven Brando comenzó a trabajar como acomodador en unos cines en Libertyville, Illinois, una ciudad al norte de Chicago.

A una temprana edad, Brando ya sentía especial predilección por la mímica. Tenía una habilidad increíble para adquirir los gestos y manierismos de sus compañeros de clase, interpretándolos con el toque dramático que siempre le caracterizó. Uno de sus amigos recuerda cómo Brando imitaba vacas y caballos que tenían en su granja para intentar separar a su madre de la bebida.


Sus hermanas mayores, Jocelyn y Frances, también estudiaron artes dramáticas y la primera tuvo una respetable carrera en Broadway, en el cine y también en la televisión. Mientras sus hermanas hacían carrera, Brando era expulsado por conducir su moto por los pasillos del instituto, hecho que le llevó a una academia militar en Minnesota, donde su padre había estudiado, para tratar de reconducir su mala conducta. En esta institución, Brando comenzaría a atraer las miradas del público con grandes actuaciones de teatro, pero no estaría exento de problemas con los profesores, que acabaron expulsándolo.

De vuelta a casa con sus padres, Brando buscó en el Ejército una vía de escape, pero no pudo alistarse por una lesión que tuvo en su época como jugador de fútbol americano. Con todas las opciones aparentemente agotadas y su padre regañándolo día sí y día también, decidió jugar la carta que antes habían jugado sus hermanas; se iría a Nueva York a estudiar artes dramáticas. Con 18 años recién cumplidos, Brando sentía que había nacido para ser actor e iba a pelear duro para alcanzar su sueño.


Allí aprendería la técnica de actuación de Stanislavski, método que invitaba al actor a explorar tanto los aspectos externos como los internos del personaje, a fin de lograr entenderlo en todas sus dimensiones. Su capacidad a la hora de entender las distintas sensibilidades del individuo impresionó a su profesora, Stella Adler, desde el inicio. Ella cuenta que un día, mientras preparaban un ejercicio en el que los estudiantes tenían que actuar como gallinas a las que estaba a punto de caerles una bomba atómica, todos corrían despavoridos por el aula, cacareando y escondiéndose bajo las mesas… todos menos uno. Marlon Brando decidió que lo más apropiado en ese momento era que la gallina estuviera tranquilamente poniendo huevos porque, al fin y al cabo, ¿¡qué demonios sabría ella sobre una bomba atómica!?

A pesar de ser considerado uno de los primeros actores en utilizar el método Stanislavski, él lo negaba y llegó a reconocer que lo aborrecía y también al profesor que se lo enseñó, Lee Strasberg, de quien no guardaba ningún grato recuerdo en su paso por el Actors Studio.


Cuentan que mientras rodaban las cámaras, Brando a menudo se ponía a hablar con los operarios en lugar de actuar y que esperaba hasta que la conversación fuese lo más natural posible para empezar a recitar sus líneas de diálogo. Él creía que sólo así podía parecer tan veraz en pantalla como se exigía a sí mismo; claro que esta técnica supuso un enorme dolor de cabeza para algunos productores, realizadores y compañeros de reparto, pero a él eso poco le importaba. 

Tras su despedida de Broadway en 1949 –donde protagonizaría la primera versión de Un tranvía llamado deseo de Tennesse Willliams–, Brando estaba ansioso por trabajar en Hollywood y así lo hizo, obteniendo su primer papel protagónico en la cinta dirigida por Fred Zinnemann, Hombres. Aquí ya empezaba a destaparse como un intérprete indómito y díscolo, cuya gran rebeldía solo se equiparaba a su increíble dominio de la escena. Una interpretación llena de fuerza y pasión que serviría de magnífica antesala a lo que se vendría un año después, en la adaptación cinematográfica de Un tranvía llamado deseo, obra cumbre en su carrera donde se lucía en el papel del rudo, violento y salvaje Stanley Kowalski. Un papel hecho a su medida en el que demostró todo su talento, energía y magnetismo. Su interpretación le valió los aplausos de la crítica y le llevaron a su primera nominación a los premios de la Academia.


En la década de los cincuenta plantó su bandera y marcó territorio con grandísimas obras como ¡Viva Zapata!, Julio César, Ellos y ellas, El baile de los malditos, Piel de serpiente y otra obra maestra en La ley del silencio. En esos diez años logró cinco nominaciones a los Oscar y una estatuilla por su enorme papel protagonista en la cinta de Elia Kazan.

Arrancó los sesenta descubriéndose como director en El rostro impenetrable, un western muy notable que empezó a rodar Stanley Kubrick, pero que acaba firmando Brando. En ella aparece junto a su compañero de reparto predilecto, el grandísimo Karl Malden que, por supuesto, también entra en este ranking. Además de esta, también protagoniza la aventura marina de Lewis Milestone y remake de un clásico de Clark Gable y Charles Laughton, Rebelión a bordo; luego hizo la intriga de espionaje, Morituri; y por supuesto, se coronaría con otra majestuosa obra como La jauría humana, dando vida al íntegro sheriff que busca evitar a toda costa un derramamiento de sangre. Increíble drama social, donde un Brando que había comenzado su declive en Hollywood nos entregaba otra interpretación para la historia.


Lamentablemente, después de los sesenta todo cambió para él. En esa década firmó algunas películas muy notables, tanto de crítica como de taquilla, pero también otras que se llevaron un duro varapalo entre el público, sobretodo las cinco que rodó con Universal. Desilusionado por una trayectoria cuyo futuro cada vez pintaba más negro, Brando empezó a ver el mundo de la actuación como una forma de lucrarse, en lugar de cómo su pasión y eso hizo que su filmografía se volviese un tanto irregular.

El que antes había sostenido la bandera de la rebeldía y había supuesto todo un icono para los jóvenes de la época, que veían en él un reflejo de lo que ellos aspiraban a ser, terminó por convertirse en un personaje al que muchos dejaron de tomar en serio; a eso hemos de añadirle su descuidada imagen, sus problemas personales y los batacazos que sufrió en el box-office. También fue duramente criticado por la prensa especializada, ya que esta consideraba que Brando había desistido, participando en cintas que estaban muy lejos de su calibre interpretativo. Aunque él fingía indiferencia, la realidad era que todas esas críticas que oía y leía constantemente le afectaron profundamente, minándole lentamente la moral. Un gigante como él, que parecía indestructible, se había vuelto tan frágil como el cristal.

En el ocaso de su carrera, un Brando arrinconado y considerado como un desastre para la taquilla, tanto por la prensa especializada como por los productores, participó en los dos filmes más importantes del maestro Coppola, El padrino y Apocalypse Now, cumpliendo papeles cruciales –más en esta última– que le brindaron una oportunidad de oro para despedirse del cine como se merecía; por todo lo alto.


Su filmografía no es la más extensa y tampoco está libre de gazapos importantes o actuaciones mediocres –sí, te estoy mirando a ti, Dr. Moreau–, pero yo me mantengo firme en la creencia de que nadie jamás se ha acercado tanto a la perfección como él. Jamás se ha visto y me aventuro a decir que jamás veremos a un monstruo de la gran pantalla como Marlon Brando, con sus luces y sus sombras –era un hombre claramente marcado por una infancia muy dura–, con sus kilos de más y habitual dejadez en la última etapa de su carrera, pero siempre con el sello inconfundible de un actor que nació para marcar época. Gracias por todo, genio atormentado.

JACK NICHOLSON



Jack Nicholson, natural de Nueva Jersey, nació un 22 de abril de 1937 y fue criado por su abuela, quien le hizo creer que era su madre, mientras su verdadera madre se hacía pasar por su hermana mayor y su padre se encontraba en paradero desconocido. Lo más terrible es que no descubrió el engaño hasta 1975, casi cuarenta años después, cuando un periodista de la revista Time descubrió la verdad. Para entonces, su madre y su abuela ya habían muerto, así que Nicholson tuvo que lidiar con ello sin apoyo familiar. Más tarde, él mismo declaró que aquel hallazgo fue uno de los acontecimientos más dramáticos de su vida, aunque no llegó a afectarle a nivel psicológico.

A Jack Nicholson siempre le gustó ser el centro de atención, llegando a ser elegido como el “payaso de la clase” por sus compañeros en 1954, ya que pasaba todos los días castigado por mala conducta. Poco después se mudaría a Hollywood con la intención de convertirse en una estrella, aunque los primeros trabajos que le ofrecieron y que él rechazó fueron de animador.

Su debut en la gran pantalla llegaría cuatro años después, en 1958, protagonizando un pequeño drama independiente sobre adolescentes. Así empezaría su primera gran colaboración con el celebérrimo productor y director de películas de serie B, Roger Corman, con el cual trabajaría con regularidad la siguiente década.


Después de pasar años en el mundillo del cine independiente, estancado y sin ningún rumbo definido, la carrera del joven Nicholson parecía abocada al más absoluto de los fracasos. Sin embargo, su carrera dio un insospechado giro de 180 grados cuando, en 1967, escribió un guion para una película de Corman titulada The trip. Como el título deja entrever, la historia abordó el tema del consumo del LSD por primera vez en la historia del cine y contaba además con un nada desdeñable reparto entre los que destacaban Bruce Dern, Peter Fonda y Dennis Hopper… ¿empezáis a ver la conexión?

Efectivamente, Fonda y Hopper estrenaron juntos Easy Rider tan solo dos años después de The Trip y adivinad quién aparecía en ella cumpliendo un papel secundario. Así, de la noche a la mañana, Jack Nicholson pasó de ser un actor de serie B a estar nominado al Oscar en la categoría de mejor actor de reparto por su breve, aunque memorable papel de George Hanson, personaje que encapsulaba en escasos minutos de intervención todo el mensaje de la cinta.


A pesar de no ganar la estatuilla, aquello supuso un antes y un después en su carrera. Cinco años después protagonizaría Chinatown (1974), uno de mis filmes de cabecera, a la cual considero la mejor cinta de cine negro puro y duro de todo el cine moderno. Por aquel entonces, Nicholson ya había sorprendido a propios y extraños por su carisma y desparpajo frente a la cámara, con películas tan interesantes como El último deber o Mi vida es mi vida, donde encarnaba a personajes pendencieros o al borde de la locura con increíble facilidad y credibilidad. El resto es historia: un año más tarde protagonizaría Alguien voló sobre el nido del cuco, obra maestra indiscutible en la que Nicholson se sale literalmente de la pantalla. Nos hace reír, llorar y nos lleva al límite de la locura de la mano de su personaje, Randle McMurphy.


Muchos me diréis: “pero Rick, ¿¡no te da vergüenza dejar a Robert De Niro fuera del podio!?”. Claro que, si lo cambiase por el bueno de Jack, otros tantos me dirían: “pero Rick, ¿¡es que no ves que Jack Nicholson merece entrar entre los tres mejores!?”. La felicidad va por barrios y en este caso yo me decanto mínimamente por el de Nicholson. Ambos son fuerzas de la naturaleza –¡qué demonios, todos los que están en el top 10 lo son! –, pero al final hay que decidirse por uno y para mí, Jack Nicholson tuvo una carrera más redonda y completa que De Niro. No os negaré que la filmografía del actor italoamericano se recita casi de memoria, pero creo que es más irregular, sobretodo en estos últimos años en los que parece un tanto desnortado.


Nicholson lleva años sin estrenar una película, entre otras razones porque sufre de alzhéimer –enfermedad que también retiró prematuramente a Gene Hackman–, algo que le imposibilita la tarea de memorizar líneas. No obstante, tiene el gran honor de ser uno de dos actores en toda la historia en obtener al menos una nominación al Oscar cada década, desde los años 60 hasta los 2000, siendo el otro Michael Caine. Ha ganado todo a lo que un intérprete puede aspirar y ha alcanzado la cima de la actuación en múltiples ocasiones. Solo por el legado que deja tras de sí, Jack Nicholson merece este tercer puesto.
Como preludio al podio de los actores que yo considero más importantes de la historia –y que se limita únicamente a mi opinión y gustos personales–, creo que es de justicia mencionar a algunos que, pudiendo entrar perfectamente en esta lista, se cayeron de ella por poco. Echándole un vistazo a los nombres que aparecen a continuación, lo cierto es que se hace difícil distinguir entre la lista “oficial” y esta, principalmente porque todos estos intérpretes derrochan calidad a raudales; tanto por su carrera como por su relevancia a la hora de evolucionar el medio, han demostrado sobradamente su valía. Sin más, ¡espero que vuestro actor predilecto aparezca!
  
·      Adolphe Menjou
·      Alain Delon
·      Albert Finnay
·      Alberto Sordi
·      Alec Guinness
·      Alfredo Landa
·      Anthony Hopkins
·      Ben Kingsley
·      Brad Pitt
·      Bruce Lee
·      Bruno Ganz
·      Burl Ives
·      Burt Reynolds
·      Cantinflas
·      Choi Min-sik
·      Chow Yun-Fat
·      Christian Bale


·      Christopher Lee
·      Christopher Plummer
·      Clark Gable
·      Claude Rains
·      Douglas Fairbanks
·      Ed Harris
·      Edmond O’Brien
·      Erich von Stroheim
·      Fernando Rey
·      Gary Oldman
·      Gene Kelly
·      Gene Wilder
·      Geoffrey Rush
·      Gérard Depardieu
·      Gian Maria Volontè
·      Giancarlo Giannini
·      Gregory Peck
·      Groucho Marx
·      Harold Lloyd
·      Harvey Keitel
·      Heath Ledger
·      Héctor Alterio
·      Ian McKellen
·      James Mason


·      Jason Robards
·      Javier Bardem
·      Jean-Louis Trintignant
·      Jean-Paul Belmondo
·      Jeff Bridges
·      Jim Carrey
·      Joaquin Phoenix
·      Joe Pesci
·      John Cazale
·      José Ferrer
·      José Isbert
·      José Luis López Vázquez
·      José Sazatornil Saza
·      Juan Diego
·      Kevin Spacey


·      Klaus Kinski
·      Lee J. Cobb
·      Lee Marvin
·      Leslie Nielsen
·      Liam Neeson
·      Lon Chaney
·      Luis Tosar
·      Mads Mikkelsen
·      Manuel Alexandre
·      Martin Balsam
·      Maximilian Schell
·      Melvyn Douglas
·      Michel Caine
·      Michel Piccoli
·      Montgomery Clift
·      Morgan Freeman
·      Nicolas Cage
·      Nino Manfredi
·      Paul Scofield
·      Peter Finch
·      Peter Sellers
·      Peter Ustinov


·      Ricardo Darín
·      Richard Burton
·      Robert Duvall
·      Robert Redford
·      Rod Steiger
·      Russell Crowe
·      Sean Connery
·      Steve McQueen
·      Takashi Shimura
·      Takeshi Kitano
·      Tom Cruise
·      Tommy Lee Jones
·      Tony Curtis


·      Tony Leung
·      Ugo Tognazzi
·      Viggo Mortensen
·      Vincent Price
·      Vittorio Gassman
·      Willem Dafoe
·      William Holden
·      William Hurt
·      Yul Brynner
·      Yves Montand
¿Qué os pareció el artículo anterior? ¿A quién hubieseis cambiado de posición o incluso sacado del Top 10? Me interesa mucho conocer vuestra opinión y os invito siempre a compartirla con el resto para enriquecer el debate y hacer de esta una experiencia aún más interesante. Sin más, ¡veamos quién ocupa la cuarta, quinta y sexta posición!

6 – JACK LEMMON


Este hombre fue un genio de la interpretación. Un auténtico todoterreno que encajaba en cualquier género y siempre lo bordaba. Jack Lemmon dominó un arte tan difícil como la comedia y dominó el escenario durante décadas, pero es que luego también brilló en papeles de gran dramatismo y en thriller notables como El síndrome de China junto a una sólida Jane Fonda. Mantuvo su calidad interpretativa desde que iniciase su carrera en los años 50 hasta su última gran película, Glengarry Glen Ross, donde hace un papel clave para entender el subtexto que tan acertadamente escribe entre líneas el gran David Mamet.


La habilidad para hacernos reír, para encariñarnos con un personaje hasta el punto de considerarlo un buen amigo, es una cualidad escasa entre los actores, principalmente porque es realmente difícil de adquirir. Al habitual carisma de muchas estrellas de esta lista, hay que añadirle también una capacidad innata que lleve al intérprete a fundirse con su personaje. Jack Lemmon tenía un desparpajo y una vis cómica como muy pocos han tenido –o nadie–, pero además tenía una fuerza en pantalla apabullante. Días de vino y rosas tiene para mi gusto uno de los dúos actorales más absorbentes y trágicos de la historia del cine y en ella, Jack Lemmon hace un papel para la eternidad. Su escena en el invernadero se queda grabada en la memoria de todo el que la ve: emociona tanto que llega a dolerte, creándote un nudo en la garganta mientras ves la lenta autodestrucción del personaje. Tanto Remick como él están soberbios, pero es que Lemmon no destacó solo junto a esta actriz, sino junto a todos con los que tuvo el placer de trabajar. Él tenía una capacidad inusitada para crear sinergias con su compañero/a de reparto: Tony Curtis, la mencionada Lee Remick, Shirley MacLaine, Kim Novak, Marcello Mastroianni y por supuesto, su mítico compañero de fatigas, Walter Matthau, grandísimo actor que encontró en Lemmon el mejor acompañante para arrasar en la comedia.

Con faldas y a lo loco, El apartamento, Días de vino y rosas, Irma la dulce, En bandeja de plata, La extraña pareja, Primera plana, Missing…su filmografía es absolutamente legendaria, contando con las mejores comedias y dramas que haya visto el cine. Muchos me diréis que como se me ocurre colocarle por encima de Daniel Day-Lewis o Humphrey Bogart; quizá tengáis razón, pero nadie me hizo reír y llorar, a veces en la misma película, como lo hizo él. Por su naturalidad, su don tanto para la comedia física como conversacional, su facilidad a la hora de compenetrarse con su coprotagonista y un registro interpretativo amplísimo que lograba conmoverte y hacerte gracia en un cambio de escena, Jack Lemmon merece entrar en esta lista.

5 – SPENCER TRACY


Spencer Tracy arranca su carrera en el teatro, años después de alistarse en La Marina, donde se labra una increíble reputación que lo convierte en uno de los intérpretes más prometedores de Broadway. En 1930, John Ford se fija en él, ofreciéndole su primer papel protagonista en Hollywood, apareciendo junto a otro actor incipiente de nombre Humphrey Bogart.

Sus primeros años en la meca del cine, trabajando para la Fox, no serían del todo exitosos. Ello le llevaría a cambiar de productora, yéndose a la MGM en 1935, donde explotó realmente su talento. Bajo el sello de la Metro, Tracy lograría múltiples nominaciones al Oscar y dos estatuillas consecutivas en 1938 y 1939, convirtiéndose en el primer intérprete en lograr semejante hazaña. Pero más allá de premios y galardones varios, Spencer Tracy fue un actor que derrochaba talento y naturalidad en la pantalla. Hacía que actuar pareciese fácil y asequible, cuando la realidad era la contraria.


Además, Tracy pasó por muchos géneros y directores distintos: drama, thriller, aventura, terror –no olvidemos que encarnó al Dr. Jekyll en la adaptación de 1941–, comedia, etc. Tenía una gran versatilidad y magnetismo que lo hacían siempre creíble en sus personajes. No en vano, trabajó con prácticamente todos los grandes realizadores de su época: Victor Fleming, Fritz Lang, King Vidor, George Stevens…la lista es interminable y apabullante al mismo tiempo. Resulta difícil de creer que un actor en su trayectoria pudiese llegar a trabajar con todos los grandes, pero así fue. No solo eso, sino que siempre rendía a un altísimo nivel, tanto en sus inicios como en el ocaso de su vida profesional. Fíjense que aún en los años 60, cuando él llevaba ya treinta años de carrera, protagonizó películas inolvidables como El juicio de Nuremberg, El mundo está loco, loco, loco y su último papel en el extraordinario drama social Adivina quien viene esta noche, donde se marcó una interpretación magistral haciendo del suegro de un imponente Sidney Poitier.

Os lanzo una pregunta: ¿creéis que el dúo romántico formado por Katharine Hepburn y Spencer Tracy es el mejor de todos los tiempos? Yo no tengo dudas: evidentemente, sí. Si antes hablaba de su figura de manera individual, no podría acabar esta breve descripción sin rendirme a la dupla que formaba junto a la extraordinaria Katharine Hepburn. Una pareja de cine como jamás se ha visto.

4 – ROBERT DE NIRO


Él es Travis Bickle, Jake LaMotta, Al Capone, Rupert Pupkin…Robert De Niro vive dentro de sus personajes, los asimila y los hace suyos. Uno de los actores más influyentes e importantes tras la edad de oro de Hollywood y un verdadero titán de la interpretación. Viéndole a largo de su amplísima trayectoria, uno no deja de preguntarse cómo lo hizo para mantener esa intensidad y ese buen hacer durante tantas y tantas décadas.

Nacido en Manhattan, Nueva York en agosto de 1943, Robert De Niro creció rodeado de arte. Sus padres, Virginia y Robert De Niro Sr. eran artistas –él fue un reconocido pintor a quien HBO le dedicó un documental en 2013 titulado, “Remembering the Artist: Robert De Niro Sr.”– y enseguida descubrió su pasión por la actuación, ingresando en el conservatorio de Stella Adler y en el legendario Actors Studio de Lee Strasberg. Años más tarde, él y Martin Scorsese –ambos de la misma generación y nacido en la misma ciudad, igual que otro ilustre como Al Pacino– trabajarían junto en Malas calles, película independiente que contaba con otro gran actor como Harvey Keitel para retratar a las mil maravillas la atmósfera y la delincuencia juvenil de Nueva York. Así comenzaba a fraguarse una colaboración que nos daría obras maestras del cine moderno como Taxi Driver o Toro salvaje.


Seguro que todos los que me estáis leyendo habéis visto al menos una película suya y es que su filmografía es tan extensa que resulta fácil perderse. A los títulos ya mencionados hay que añadirle El cazador, Érase una vez en América, Novecento, El padrino II, La misión, Los intocables de Elliott Ness, Despertares, el remake de El cabo del miedo, Heat, Casino…¿estáis tan asombrados como yo? Pues este solo es un extracto de todos los grandiosos filmes que protagonizó siempre con gran presencia y con su particular seña de identidad que lo hacían inconfundible. Su carrera abarca desde los años setenta hasta el presente, habiendo estrenado El irlandés hace tan solo unos meses, donde da vida a Frank Sheeran y nos deleita nuevamente con una muy notable interpretación, más sentida y llena de emociones de lo esperado.

Ganador de dos Oscar y nominado en ocho ocasiones, este legendario intérprete y realizador italoamericano pasará a los anales de la historia como uno de los más grandes, merecedor incluso de ocupar el trono al mejor actor de toda la historia.