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En 1995, el público que estuviese interesado en indagar sobre la estrecha relación entre la tecnología (artificial) y el ser humano (natural) guardaba a Metrópolis y Blade Runner como grandes exponentes cinematográficos…y a partir de aquel año, tendrían también Ghost in the Shell de Mamoru Oshii. Este anime llegó a Occidente gracias a Akira, que abrió años antes la veda tras cosechar gran éxito mundial, pero fue mucho más allá de lo que aquel film jamás hiciera y quizá fue precisamente su complejidad la que impidió una expansión de este género, más allá de territorio nipón. La película, que se basa en el aclamado manga de Masamune Shirow, nos cuenta la historia de la Mayor Motoko Kusanagi, una cyborg reconstruida en los créditos iniciales del film a partir de su cuerpo orgánico, que combate el ciber-crimen navegando por las autopistas digitales de la información. Ambientada en 2029, donde las fronteras nacionales han desaparecido y las grandes multinacionales ocupan su lugar, la sociedad hace tiempo que abrazó el estilo de vida tecnológico; mucho humanos han sustituido su frágil carcasa biológica en favor de un cuerpo de metal y aquellos que aún no lo han hecho, subsisten como híbridos entre lo mecánico y lo humano. En cuanto a Kusanagi, su peliaguda labor dentro del equipo antiterrorista conocido como Sección 9 no le impide reflexionar sobre su situación vital: ¿podría considerarse humana aún poseyendo un cuerpo artificial? Y de ser así, ¿qué sentido tendría la existencia del Hombre? ¿Es el cyborg la siguiente etapa en la cadena evolutiva? 


Todos estos temas y más son tratados al detalle en un metraje que no llega a la hora y media de duración; aquí es donde encuentro mi primer y único punto negativo. No me malentendáis, respeto a Oshii por no extenderse sin razón pero creo que esta obra sí tiene motivos suficientes para extender su metraje. Primero, porque nos presenta un mundo distante y denso, en el que la humanidad vive más alejada que nunca de sus orígenes. Segundo, por la naturaleza contradictoria de la protagonista, cuya lucha interna por encontrar su identidad supera con creces a la lucha contra el crimen. Y por último, porque estos dos elementos se aúnan al tono oscuro de la cinta para convertirla en un verdadero desafío para el espectador. Ghost in the Shell cuenta con un planteamiento inteligente, apabullantes escenarios inspirados en el viejo Hong Kong y muchas preguntas que responde valientemente pero le cuesta conectar con el espectador. Quizá porque es demasiado fría, hierática incluso, y poco comunicativa. Es como si un genio tratase de explicarte un galimatías; requieres numerosas explicaciones antes de comenzar a comprender lo que quiere decir. Esta característica no es necesariamente negativa pero sí complica mucho su visionado, sobretodo si no te apasiona su universo cyberpunk. 


Piensen en el final de Blade Runner y en las preguntas que dejaba sin responder; hoy día continúa siendo uno de los finales abiertos más polémicos de la historia reciente -al igual que muchos, yo aún me pregunto si Deckard es humano o replicante-. Pues este anime parece fruto de la frustración de alguien decidido a darle respuesta al final de la cinta de Ridley Scott; porque Oshii sí se moja a la hora de contestar la gran pregunta. La mente de la mayor Kusanagi es la de un niño con crecimiento acelerado; comienza como una soldado centrada únicamente en el combate y termina…bueno no quiero desvelar cómo termina, pero su cambio es radical. El título Ghost in the Shell, que traducido a nuestro idioma sería “El alma de la máquina”, se refiere precisamente al viaje introspectivo que la Mayor inicia a medida que avanza en su investigación, al descubrimiento de su faceta emocional. Pero, ¿cómo puede ser que un androide adquiera dimensión humana? Oshii reivindica el alma del individuo por encima de la apariencia, ya sea robótica o humana. A lo largo de la historia hemos tenido muchos casos de personas carentes de emociones y empatía a las que podríamos considerar deshumanizadas; entonces, hipotéticamente hablando, ¿por qué habríamos de colocar a esta gente por encima de la Mayor en la escala evolutiva? Oshii afirma por medio de su guión que no podemos y eso abre la gran cuestión sobre la debilidad biológica: ¿sería la mecanización del cuerpo el siguiente paso hacia la perfección del ser? ¿O estaríamos alejándonos excesivamente de nuestra composición original? Estamos entrando en territorio inexplorado, cuestiones que imponen respeto por lo trascendental de su respuesta. La película -y su secuela Innocence- no esquivan estas preguntas sino que las encaran y por ello esta saga es tan venerada por sus fans. 



En conclusión, Ghost in the Shell es una de esas anomalías cinematográficas que surgen de cuando en cuando y deslumbran a todo aquel que la ve. La cinta de Mamoru Oshii tiene suficientes variantes para enganchar al adepto: ya sea por su música coral, que emana cierto misticismo como si el nacimiento de este androide fuera algo divino o simplemente por su revolucionaria animación. Todos los elementos aunados conforman un film difícil de pasar por alto y aún más difícil de olvidar aunque a priori parezca inaccesible. La historia y la profundidad del mundo en el que se recrea es hipnótica; pasará a la historia como una de las cintas mejor ambientadas de la historia. Sucesora espiritual de Neuromante de William Gibson -sobretodo lo relacionado con los cibercrimenales, las redes de la información y los entresijos cerebrales de la máquina-, este film existe como su protagonista: vistoso para la vista y poesía para la mente.

8,5/10: ¿MATERIAL O ESPIRITUAL? ESA ES LA CUESTIÓN

En estas fechas tan especiales donde todo lo rutinario intenta dejarse de lado y recapitulamos lo que ha sido y lo que pudo ser el año, mientras echamos la vista a la ilusión de la página en blanco, tuve la suerte de encontrarme con una de las últimas obras del venerado Studio Ghibli. El cuento de la princesa Kaguya, dirigida por el maestro de la animación Isao Takahata -con permiso de Hayao Miyazaki- salió en las salas allá por 2013 y fue un rotundo fracaso en taquilla, recaudando unos escasos 25 millones de dólares sobre los 50 que costó hacerla. Ni siquiera en Japón, donde el estudio es altamente reconocido pudo hacer negocio y es una lástima porque estamos hablando de una de las mejores películas que han producido hasta la fecha. La historia, pilar fundamental del éxito de esta humilde productora, vuelve a hacer las delicias de aquellas mentes creativas y soñadoras que buscan la magia en las cosas simples de la vida. En este caso Takahata nos cuenta, a modo de fábula, la vida de una niña nacida de un brote de bambú y criada por un matrimonio campesino. A medida que el filme avanza y la pequeña crece, sus padres reciben extrañas señales del bosque que parecen indicar que su destino no es vivir la sacrificada vida del campo. 

Uno de los aspectos en los que siempre ha sobresalido Ghibli es en la animación; desde Nausicäa hasta El viento se levanta, tanto Miyazaki como Takahata han sabido conjuntar sus estilos para crear obras de magnífica factura en lo visual. Nadie mejor que ellos entiende el significado de la imagen en movimiento; es decir, del cine. Se dice que una película es sobresaliente cuando puedes quitarle el sonido y aún así sigue transmitiendo las mismas emociones y eso es lo que Takahata consigue de nuevo en este título. Si la cinematografía merece ser llamada arte es, en parte, gracias a este tipo de autores y visionarios que dedican años -concretamente ocho- persiguiendo un sueño. Puede que desde un punto de vista financiero Ghibli tenga que echar el cierre pero el arte no tiene límites, sino que se lo digan a Van Gogh. La única lástima es que tengamos que verlo perecer para poder apreciar en su justa medida su talento. Esta triste realidad me recuerda que el arte y las matemáticas no deberían ir ligadas. Su renuncia a la animación digital -mucho más barata y rápida de hacer- no es más que la firme convicción del que sabe estar haciendo lo correcto. Con ello no intento echar en contra de estudios occidentales como Pixar -Del revés es una de las grandes películas de animación de los últimos años- pero me cuesta aceptar que otros estilos, como el stop-motion o éste, tengan que verse abocados a la extinción por motivos ajenos al séptimo arte. Lo que más noté es que, a diferencia de otros títulos, El cuento de la princesa Kaguya utiliza distintos trazados para describir estados emocionales opuestos, principalmente la felicidad y la amargura. Pocas veces he visto tal expresividad con el pincel.


Como decía al inicio del análisis, otro de sus puntos fuertes es sin duda su fuerte componente narrativo. Dos factores vitales en el buen cine siempre han sido la evolución de los personajes y los vínculos que el espectador crea con ellos. Algo que parece perderse y entumecerse con el paso de los años y la digitalización del medio y que maestros del ayer y de hoy como Takahata guardan aún entre sus herramientas más importantes. Pocas veces en el cine actual puedes sentarte en la butaca sabiendo ya que vas a disfrutar de una experiencia única y que seguramente salgas de la sala devastado por la emoción. Desde el instante en que aparece el logotipo del estudio, la pantalla adquiere propiedades magnéticas para mis ojos. La historia de esta princesa celestial cuyo único sueño era alcanzar la libertad terrenal y disfrutar de las cosas simples de la vida me emocionó hasta tal punto que no pude evitar echar alguna lagrimilla. Takahata y Sakaguchi han creado una verdadera obra maestra; una fábula cuya verdad es tan simple -y necesaria de recordar- que nos olvidamos frecuentemente de ella: abrazar la vida y saber vivirla con honestidad. Como toda moraleja sirve tanto para niños como adultos y lo hace sutilmente, sin aleccionarte; ayudado por la empatía del espectador hacia la protagonista. Ambos guionistas muestran un manejo exquisito de los diálogos, de los silencios y en general del cúmulo de sentimientos encontrados de los personajes. Tristeza y alegría; ira y tranquilidad; optimismo y pesimismo. Todo fluye, sin artificios ni encuentros forzados. Sólo se interesan en narrar la vida de una mujer que soñaba con ser libre pero estaba condenada a vivir en una jaula de lujo y nobleza.

Podría decirse que este análisis se asemeja más a una carta de amor y estaríais en lo acierto porque mi admiración hacia Ghibli no para de crecer con cada obra que tengo el placer de ver y no se trata de gustos ni de puntos de vista; la calidad siempre está ahí. Dicen que la apreciación del arte es subjetiva y que nadie puede pretender deslumbrar al público en general. Yo opino que todas encierran una verdad, ya sea fea o bella pero son filmes de este estilo los que hacen que la embriagadora belleza del cine siga enamorando generación tras generación. Si estáis desilusionados por la emergente comercialización del medio os invito a ver y compartir esta cinta con todo aquel que sienta lo mismo o simplemente con aquel que aún no haya sentido amor por el celuloide. 


10/10: LLANTO POR LA LEJANA TIERRA.
Los duendes del polvo, el gatobús y por supuesto Totoro, estos son algunos de los personajes de fantasía creados para la ocasión por el genio fantasioso por excelencia Miyazaki. Una ubicación pura, natural y por encima de todo utópica, en medio de la campiña japonesa (con sus arrozales, praderas y bosques intrínsecos) sitúan a una familia protagonizada por, como no podía ser de otra manera, dos niñas imaginativas y soñadoras, curiosas y fisgonas, tiernas e inocentes. Todo un alarde de creatividad por parte del realizador, que nos sumerge en su mundo en apenas hora y media y logra transmitir esa importancia y vitalidad al medio natural, a los orígenes de la sociedad, esa en la que todos arrimábamos el hombro por el vecino y en la que la tranquilidad era una constante. Pasando al apartado técnico, el estudio Ghibli lo logra de nuevo, haciendo de la película un espectáculo visual y colorido, donde cada escena es especial, única y fresca. Por último, la banda sonora. Este es mi apartado más sobresaliente ya que relaja al espectador y a la vez resulta un ingrediente fundamental del film debido a que no es meramente ambiental, ni mucho menos. A ratos, resulta enriquecedor cerrar los ojos y disfrutar de la combinación de piano y chelo que nos propone el magnífico Joe Hisaishi. "Kaze No Tori Machi", por ejemplo, está a la altura de cualquiera de las mejores composiciones hechas para el cine.


Mi veredicto es rotundo, esta es una de esas escasas películas que tanto niños como adultos agradecen. Los niños soñarán, emularán sus aventuras y vivirán una experiencia inestimable. Los adultos reflexionarán, verán su trasfondo y les devolverá a la época en la que la malicia reinante de una sociedad cambiada todavía no había calado ni en sus mentes ni en sus corazones.

8.5/10: LA GRANDEZA DE LA INOCENCIA


Nausicaä es la primera película hecha por el studio Ghibli y probablemente sea, a día de hoy, una de las mejores películas que hayan producido. La historia se centra en un mundo post-apocalíptico, donde la raza humana ha sido diezmada y separada en tribus de distinto calado las cuales comparten un mismo propósito: sobrevivir ante la creciente amenaza de una naturaleza tóxica, letal e invasora.

Miyazaki crea un mundo original y atractivo al espectador. Un paisaje desértico y derruido contrasta con prados verdes de fantasía, ciudades amuralladas y una flora y fauna variada y pintoresca. Los modelos de las aeronaves no se quedan atrás, habiendo muchos y muy diferentes, pero lo que más me llama la atención son los personajes, sus diversas motivaciones y personalidades y la manera en la que Miyazaki los entrelaza para construir una verdadera cinta épica, con tintes oscuros, pesimistas -sobretodo con el futuro de la raza humana- y bélicos. La música compuesta por el genio Hisaishi es, como siempre, excepcional adaptando la banda sonora a cada una de las escenas del film. La animación no necesita presentación. En mi opinión, puede que esta sea una de las mejores películas anime, dada su originalidad, guión, belleza visual y sonora y teniendo en cuenta los años que tiene se puede catalogar como una de esas obras atemporales.


En conclusión, maravillosa película que aúna en 120 minutos acción, fantasía, aventura y por supuesto ese sello de calidad que el studio nipón ha patentado. Si creías que Ghibli solo creaba cintas costumbristas, deben ver esta película. Si son aficionados a la ciencia ficción con una historia trabajada, véanla y, por supuesto, si son amantes del cine de este maestro del anime esta obra les sorprenderá.

10/10: CIMENTANDO LA LEYENDA