Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia Ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia Ficción. Mostrar todas las entradas
En un futuro cercano, la sociedad vive obsesionada con las celebrities. Como si de un culto pagano se tratase, las personas de a pie no conciben su existencia sin la del famoso –como si de una relación parasitaria se tratase–, cuya vida es retransmitida minuto a minuto por televisión. Por tanto, se podría decir que la caja tonta es la nueva Iglesia y los presentadores, actores y demás famosos son los dioses en los que el ciudadano se fija como modelo y estándar por el que regirse.


En esta sociedad distópica, una clínica se lucra vendiendo y suministrando enfermedades de famosos a fans que buscan desesperadamente establecer un vínculo con sus ídolos. Esta es la premisa de Antiviral, la ópera prima de Brandon Cronenberg, hijo del genio y maestro David Cronenberg, quien hizo del miedo a las enfermedades y a las transformaciones físicas una forma de entender el arte.

Estrenada en la edición de 2012 del Festival de Cannes, Antiviral tuvo una fría recepción tanto de crítica como de taquilla –tan solo recaudó $124,000 dólares de un presupuesto inicial de $3,3 millones de dólares canadienses– y no es de extrañar, ya que todo en este pequeño filme está diseñado para satisfacer a un selecto club de amantes al cine estrambótico.


Como no podía ser de otra manera, Brandon adquiere muchos de los manierismos y de las inquietudes narrativas de su padre, hasta el punto que parece que estemos ante un mero reflejo suyo. Quizá si tuviera que achacarle algo a esta magnífica ópera prima, sería la gran similitud que guarda con los trabajos iniciales de David a finales de los 70 y a lo largo de los 80. Antiviral se siente como una propagación del virus cinematográfico “David Cronenberg”.

Sin embargo, Brandon no se contenta con ser la visión tras la cámara, sino que escribe también el guion y he de decir que este está a la altura de su apellido. No obstante, al contrario de lo que ocurre en otros guiones, lo importante de este no es tanto la historia en sí sino lo que subyace.


Syd March (Caleb Landry Jones) se dedica a vender enfermedades a personas que han perdido toda dignidad y amor propio, pero el problema va mucho más allá de una panda de groupies malgastando el dinero; el culto al famoso se ha convertido en una nueva forma de vida. Todo lo que consumimos en esta escalofriante distopía que tan bien retrata el hijo mediano de los Cronenberg, tiene como único objetivo acercarse a la carne del famoso. Una comunión física que trasciende lo corpóreo, corrompiendo el misma alma del individuo.

El papel de Syd en este loco mundo no es el de un simple espectador, ni siquiera el de verdugo; él es una víctima más de la mente colectiva. Al igual que muchos, Syd siente una obsesión malsana por Hannah Geist, la reina del mundillo de las celebridades, y pretende crear un vínculo biológico con ella por medio de la sangre y la enfermedad. Cronenberg diseña un mundo aterrador que en cierta medida guarda similitudes con la realidad, lo cual hace que el conjunto resulte de lo más inquietante.


Como dije antes, Antiviral tiene en su historia una de sus grandes bazas y otra es sin duda la ambientación. Minimalista y con un claro predominio del blanco, el diseño de producción es sencillo y es muy eficaz a la hora de mostrarnos ese contraste entre la pulcritud y asepsia del entorno y los repugnantes comportamientos de los personajes que lo habitan. En un momento de la escena, sirviéndose de un plano general, Brandon Cronenberg retrata la fotografía del escenario –frío, puro y limpio– para, momentos después, horrorizarnos con un festival de agujas, deformidades y sangre por doquier.

Sin embargo, este juego de contrastes no resultaría tan efectivo sin un actor que supiese adaptarse al escenario. Si bien Caleb Landry Jones no hace un trabajo particularmente memorable –la visión del autor está por encima de cualquier actuación individual–, su elección de casting me ha parecido acertadísima. Algunos quizá lo recuerden en el papel de hermano psicótico en Déjame salir (2017) de Jordan Peele y no es casualidad que ambos personajes compartan similitudes, ya que Landry Jones está encasillado en el rol de villano perturbador. Incluso en Antiviral, donde es absoluto protagonista, su personaje jamás puede ser considerado un antihéroe –mucho menos un héroe–. Aparte de su tez lechosa y apariencia aniñada, aquí destaca sobretodo por una mirada carente de emociones y unas gesticulaciones erráticas y enfermas que transmiten en todo momento la fragilidad física y mental del personaje.


Por otro lado, las interpretaciones del resto del reparto son bastante insípidas. La canadiense Sarah Gadon, que interpreta a Hannah Geist, no tiene prácticamente ningún peso dramático en el filme y cuando aparece tampoco causa sensación, más allá de su cautivadora belleza clásica. Los demás actores son de segunda o tercera fila, algo lógico teniendo en cuenta el ajustado presupuesto del proyecto, pero esto tampoco ayuda a sumergirnos en la historia.


Además, el guion que antes alababa por su originalidad, también peca de cierta frialdad. Resulta harto complicado sentir empatía por alguno de los personajes de la obra o alinearse con sus preocupaciones. Todos, absolutamente todos, forman parte de un entramado social podrido hasta la médula y lo peor es que no hay ninguna señal de rebeldía contra este “establishment”. Seguramente alguien, en algún momento, fuese consciente del oscuro lugar hacia el que se dirigía esta sociedad, pero de eso ya hace mucho, mucho tiempo.

Cronenberg quizá hace demasiado bien su trabajo analítico como para que nos importe cualquiera de sus personajes, lo cual va en perjuicio del ritmo y del interés que el espectador llega a tener en el desarrollo de la trama.

En definitiva, Antiviral es un debut más que interesante de un director que busca encontrar en la voz artística de su padre la suya propia. Esta película sirve como una notable carta de presentación, así como un recordatorio de que el concepto de la “Nueva Carne” sigue siendo relevante y busca, en este siglo XXI, reinventarse gracias en parte a las mega-celebrities que día y noche se dejan ver en la web. Una nueva forma de idolatría virtual, que ha encontrado en el culto a la belleza corporal una especie de salvación espiritual –que en realidad no es otra cosa que servidumbre mental– realmente sórdida.


7/10: LA TRANSFORMACION DE LA CARNE.
En 2004 Leigh Whannell y su amigo James Wan irrumpieron con fuerza en Hollywood de la mano de Saw, película gore que causó furor en su momento e inició una franquicia que aún continúa hoy día. Años después de aquel éxito, emprendieron caminos muy distintos: mientras el malayo se sumergía en las profundidades marinas para dirigir la nueva superproducción de Warner Bros., Aquaman, Whannell se decantaba por el cine independiente fichando por la productora Blumhouse. Su primer proyecto en solitario fue Upgrade (2018), película que convenció a crítica y taquilla e hizo las delicias del amante a la ciencia ficción más sucia y underground. Había nacido una nueva figura dentro del cine de género.

The Invisible Man

De esta forma llegamos a El hombre invisible, última adaptación del clásico literario de H.G. Wells. Producida por Blumhouse, escrita y dirigida por Whannell y protagonizada por Elisabeth Moss, el filme propone un nuevo giro de tuerca a la historia de sobra conocida por todos. Cecilia (Moss) vive controlada por su novio Adrian Griffin, una eminencia en el campo de la óptica. Sin embargo, justo cuando cree haber escapado de su maltratador, la verdadera pesadilla no habrá hecho más que comenzar.

Si por algo destaca esta productora es por hacer productos solventes con una factura técnica respetable para los medios de los que dispone, proporcionándonos altas dosis de entretenimiento. Por supuesto, como cualquier productora que lleve años en el negocio, Blumhouse no está libre de tropiezos, pero creo que, así como Disney ha sabido dar con la tecla en el género de superhéroes, ellos han hecho lo propio con el cine de terror.

El hombre invisible de Blumhouse

El hombre invisible arranca con potencia, con una Elisabeth Moss convincente en su rol de mujer maltratada y un gran uso de los efectos y del montaje sonoros para construir una atmósfera de tensión y alarma constante. Whannell sabe imprimirle el tono y el ritmo necesario para que le historia –que por sí sola no es nada del otro mundo– cale hondo en el espectador.

Sin entrar en spoilers, la secuencia de apertura es todo un clinic de cómo hacer buen terror, sin excesos ni adornos; la acción se cuenta sola. Aquí el terror se siente tan cercano, tan real y humano, que la audiencia queda desprovista del arma de la razón que tanto usa cuando hay zombies o fantasmas de por medio. El director y guionista australiano siembra el miedo en nuestros corazones con un sonido o un movimiento de cámara. Tan sencillo como genial.

Fotograma de El hombre invisible

A su habilidad para contar historias hemos de sumarle a una protagonista con la que empatizamos desde el primer minuto. Su miedo resulta apabullante y la tensión que lo acompaña, que no hace más que crecer a lo largo de la primera mitad de la cinta, termina afectándonos.

Aparte de los ya mencionados efectos de sonido, que aquí tienen una importancia capital, la interpretación de Moss es sorprendentemente buena. Digo esto no porque crea que sea una mala actriz, sino porque estos papeles suelen ser dados a actuaciones desganadas. Sus gesticulaciones, tics nerviosos, expresiones faciales y sus posturas se van ajustando a cada momento del arco de personaje y aunque en algunas escenas peque de cierto histrionismo, a la actriz de El cuento de la criada no se le puede achacar falta de compromiso.


Elisabeth Moss en El hombre invisible

Desafortunadamente, la potencia con la que arranca se ve diluida por una segunda mitad que comienza a trompicones y termina descarriando. Las señales de fatiga van siendo evidentes cuando las incoherencias y las casualidades de guion empiezan a sucederse; algo no pinta bien. Luego comienzan a mostrarnos escenas de acción pobremente ejecutadas –aunque sí violentas– que no pegan con el ritmo sosegado del principio. Finalmente, lo que apuntaba a un buen thriller psicológico, terminó en película de acción genérica. Echando la vista atrás, siento como si esta película fuese en realidad dos: una primera, atmosférica y centrada en lo psicológico y una segunda mucho más ordinaria y predecible.

En mi opinión, al guion le sobra acción y le falta profundizar en ciertos aspectos de la relación tóxica que mantuvieron Cecilia y Adrian Griffin; al menos así el desenlace hubiera cobrado mayor impacto. Lo más terrorífico de esta nueva adaptación de El hombre invisible no es la sangre o los disparos, sino la perturbadora idea de que un demente te quiere hacer daño, pero no sabes ni cuándo, ni cómo, ni dónde. El concepto de invasión de la privacidad, sumado al maltrato y a las relaciones abusivas forman un conjunto inquietante del que se podía haber sacado mayor partido.

Oliver Jackson-Cohen en El hombre invisible

Por otra parte, si antes alababa la interpretación de Elisabeth Moss, no puedo decir lo mismo de algunos como Oliver Jackson-Cohen, que encarna al antagonista Adrian Griffin –papel que, en un principio y bajo otro guion, iba a interpretar Johnny Depp–. Es verdad que sus apariciones se cuentan con los dedos de una mano, pero lo poco que hizo pasó muy desapercibido y nunca me dio la sensación de que su actuación fuese acorde al tipo de personaje que interpreta.

En definitiva, El hombre invisible es una adaptación más que caerá rápidamente en el olvido y que, de ser recordada, lo será por una grandísima Elisabeth Moss y una factura técnica notable. Leigh Whannell no decepciona, pero tampoco apasiona con una historia que arranca bien, pero que poco a poco se le empiezan a ver las costuras. ¿La recomiendo? Depende mucho de tus gustos cinéfilos, pero yo diría que estamos ante una de esas películas hecha a medida para disfrutarse en una sesión de terror moderno desde el sofá de tu casa.

El hombre invisible

5,5/10: Y DE PRONTO, EL GUION SE VOLVIO INVISIBLE.

Meted en una coctelera elementos de Alien, el octavo pasajero, The descent y The Abyss de James Cameron, ahora añadidle un toque lovecraftiano, otro de ciencia ficción y os dará como producto esta nueva película del director independiente William Eubank.  Su propuesta no le resultará fresca ni original a casi nadie y esto puede ser un arma de doble filo, uno que a veces inclina la balanza del lado positivo del entretenimiento, pero que en otras cae del lado negativo…el del aburrimiento. La duda que le surge aquí el espectador es si el elenco encabezado por Kristen Stewart, Vincent Cassel y TJ Miller, la dirección de Eubank y el aspecto audiovisual ayudan a elevar un conjunto que, en principio, se espera bastante previsible. La historia, ambientada en las profundidades de la fosa de las Marianas, narra los obstáculos que han de superar seis tripulantes cuando las instalaciones comienzan a inundarse a gran velocidad. Para ello deberán, entre otras cosas, caminar por el fondo marino, algo que nadie antes había hecho. Lo que se encontrarán en su camino nadie lo sabe…

Quiero empezar esta reseña admitiendo que llevaba tiempo siguiéndole la pista a este proyecto y que tenía bastantes esperanzas depositadas en él; no tanto por sus estrellas protagonistas o por su joven y prometedor realizador, sino más bien por su propuesta. La familiaridad de la premisa provocaba en mí una sensación de déjà vu que, lejos de echarme para atrás, me entusiasmaba. Seis personajes luchando por sobrevivir en terreno desconocido, bajo condiciones extremas y para colmo, siendo amenazados por una especie animal (o alienígena) desconocida, que se presenta al espectador en forma de incógnita. Un poco de misterio, suspense, terror y todo ello con un telón de fondo subacuático que podía prestarse a muchos momentos de tensión claustrofóbica. ¿Qué más podía pedir un aficionado al género como yo? Lamentablemente, el resultado dista mucho de las expectativas.


Lo primero que acusé de esta producción fue su floja historia. Y es que los guionistas Brian Duffield y Adam Cozad jamás se alejan de sus influencias, tanto que uno se pregunta cómo pudieron rascar 50 millones de presupuesto con tan poquito. No creo que nadie (ni siquiera yo) esperásemos ninguna innovación argumental de gran calado, pero hay que pedirles más a los narradores de Hollywood, que parecen más interesados en imitar lo conocido que en explorar nuevos horizontes, pensando que quizá así el público no los castigará en la cartelera. En muchas oportunidades, la diferencia entre una película mala y una entretenida es el atrevimiento que el director y su equipo de producción estén dispuestos a echarle. La clave de Underwater no residía tanto una historia brillante y profunda, sino en el descaro que William Eubank y los guionistas le pusiesen al proyecto. Desgraciadamente, da la sensación de que lo hicieron faltos de motivación y lo que es peor, de ideas. Podrás errar o acertar, pero en un título como este, nunca deberían acusarte de timorato.


Los personajes, interpretados competentemente por un buen elenco de actores, son tan aburridos como un documental de la dos en un sábado de sobremesa. Aunque hay un ligero esfuerzo por subvertir las expectativas de la audiencia, sobretodo en lo referido a quien muere y vive, ninguno nos importa lo más mínimo y por lo tanto, no logramos empatizar con ellos ni con la situación que atraviesan. Es cierto que disfruté, en cierta medida, de su ritmo acelerado y de una buena secuencia de escenas de suspense, pero eso no justifica ni mucho menos el precio de la entrada. 

Además, Underwater es muy torpe cada vez que intenta profundizar en su argumento. Quitando las divagaciones existencialistas de la protagonista, tan bonitas como vacías, no hay siquiera un esbozo de una historia. Me pareció curioso, por desacertado, la ingente cantidad de información introducida en los títulos de crédito iniciales, que luego no mencionan nunca más hasta…¡sorpresa, los créditos finales! Tengo la impresión de que el guion inicial era tan escueto que los productores, temiéndose la debacle que se les avecinaba, decidieron añadir pequeñas pinceladas argumentales de esta forma tan poco sutil.


Si el guion dista mucho de ser bueno, tampoco sirve de mucha ayuda un aspecto audiovisual errático, agotador y confuso hasta decir basta. Los primeros planos se suceden, los cortes se vuelven cada vez más vertiginosos y de peor gusto y encima de eso, el filtro lóbrego que le aplican a la imagen hace de cada escena un auténtico embrollo, únicamente salvado cuando la tripulación se encuentra en interiores. Entiendo que su objetivo era transmitir la oscuridad que sienten los personajes al transitar por el fondo marino, pero el conjunto de decisiones que toma el equipo de filmación es tan desafortunado que uno no puede hacer otra cosa que llevarse las manos a la cabeza viendo el poco partido que le sacan al escenario. Por su parte, Marco Beltrami compone una BSO poco inspirada, que pasa desapercibida en todo momento pese a los esfuerzos por meter sonidos sintéticos, que sirvan de aliciente a las imágenes. 

En definitiva, dudo que Underwater le merezca la pena a nadie. Por un lado, aquellos que no tengan en alta estima este género, verán aquí un burdo copia y pega; por otro lado, si eres un apasionado de la ciencia ficción y ver monstruos es lo tuyo, tienes ofertas en VOD mucho más interesantes que esta. Sí, el diseño artístico es bastante bueno, tanto de los trajes de buzo como de las bestias marinas, y sí, la hora y media de metraje no se hace pesada en ningún momento. William Eubank y el encargado de montaje hicieron un buen trabajo en hacer que esta película fuese al menos soportable, pero ¿basta con eso? Yo creo que no, porque Underwater está más empeñada en parecerse a los clásicos del género que en satisfacer al espectador con algo fresco y gamberro.



4,5/10: EN LA OSCURIDAD DE LA SALA, NADIE PUEDE OIR TUS RONQUIDOS.


Llevamos casi tres décadas sin ver una secuela de Terminator que esté a la altura de la original y siendo sinceros, probablemente nunca la veamos. Tras el estreno de T-2, que tomaba la fórmula de la primera y le daba un giro muy interesante con la incorporación del T-1000 y la “reconversión” del T-800, era muy difícil encontrar una manera de continuar la saga sin que pareciese otro refrito o un simple sacacuartos. Primero lo intentaron con Terminator 3: La rebelión de las máquinas, que cumplía como película de acción pero palidecía en comparación a su predecesora y luego regresaron con Terminator Salvation, cuya idea de situarla en la guerra contra Skynet resultaba fascinante pero de nuevo volvía a ser eclipsada por las dos primeras. De esta precaria situación nació Terminator Génesis, que en mi opinión es la peor de todas; un intento desesperado por revivir la saga a base de efectos especiales, personajes nulos y una trama que básicamente reiniciaba todo el universo creado por James Cameron. No obstante, el público seguía pidiendo (casi suplicando) una secuela que continuara de forma satisfactoria la historia de Sarah Connor, personaje clave en la franquicia, que había sido maltratado tanto en la tercera, cuarta como quinta entrega. Así se fraguó Terminator: Dark Fate, el nuevo capítulo de la saga y una secuela directa de T-2. En la silla del director se encuentra Tim Miller (Deadpool), un fan declarado de la franquicia que prometía devolverla a sus orígenes y para hacerlo, traía de vuelta a Linda Hamilton en el papel de Sarah Connor, una de las heroínas más carismáticas que haya tenido el placer de ver la gran pantalla. A su vez, Arnold Schwarzenegger también regresa y entre los dos ayudan mucho a levantar esta película. Los ingredientes están ahí, ahora solo falta combinarlos bien. ¿Lo conseguirá?


Empezaré por el guion, co-escrito por David S. Goyer, Billy Ray, Justin Rhodes y Josh Friedman y basado en una historia del propio Cameron. Si entráis en su página de IMDb, veréis que la lista de guionistas es casi tan extensa como la del reparto. Por norma general, esto significa que el material original no era muy bueno y que se pasearon por medio Hollywood tratando de maquillarlo para que luzca bien. Sin embargo, la historia de Dark Fate no es tan mala como pudiera parecer a priori; puede que sea lo peor de la película, pero no es un despropósito. Algo que me fastidió de Génesis es que su historia era semejante pastiche de líneas temporales, que se hacía muy pesado seguirla. En Dark Fate, las cosas van directas al grano, en la línea de la primera y la segunda. A nivel personal, el éxito de esta franquicia nunca residió en la complejidad de sus historias, sino en su facilidad para meternos de lleno en la acción. Tim Miller entiende esto y sabe cómo ganarse a los fans.

Hablando del trabajo de dirección, Miller tenía la ardua tarea de devolver la ilusión a una franquicia que llevaba tiempo desgastada. No es fácil llegar a la sexta entrega e insuflarle energía como ha hecho él. Su película es visceral, cañera, malhablada e intensa. La sensación de que los protagonistas están en todo momento contra las cuerdas es santo y seña de Terminator y con Dark Fate volvemos a sentirla; Mackenzie Davis, Hamilton y Schwarzenegger son fuertes y resisten todo lo que les echen, pero con cada pelea están un poco más cerca de la derrota. Es un juego del gato y el ratón, una lucha a vida o muerte que no dará tregua ni a nuestros héroes ni tampoco al espectador. Por si esto fuera poco, Miller se las ingenia para mezclar lo nuevo con lo viejo de forma satisfactoria: Mackenzie Davis y Natalia Reyes pronto se sincronizan con el ritmo de la historia y te las crees en sus respectivos papeles pero Hamilton y Schwarzenegger siguen siendo el alma de la película. Sin ellos, este proyecto no hubiese funcionado.


En el apartado interpretativo, el trío formado por Schwarzenegger/Hamilton/Davis es absolutamente genial. Los dos primeros representan el pasado de la franquicia, la nostalgia y el carisma necesario para que la audiencia se comprometa con la acción; por otra parte, Davis sorprende a propios y extraños manteniéndole un pulso a estos dos, logrando que su personaje brille por sí solo y ganándose un hueco en nuestros corazones metálicos. Su personaje es fresco, interesante y muy guerrero y la actriz lo encarna a la perfección: es letal, ágil y chulesca cuando tiene que serlo, encajando a las mil maravillas en la franquicia. Después están Natalia Reyes y Gabriel Luna, los eslabones débiles que pasan a un segundo plano con respecto al terceto protagonista. No actúan mal y tampoco desentonan, pero sus personajes no dan mucho más de sí: ella no deja de ser el Macguffin de esta historia, un recurso para que la acción se desenvuelva; mientras, él se asemeja a un Robert Patrick pero con menos poder de intimidación.

Por último, los efectos especiales –un aspecto esencial en esta franquicia– están a un nivel aceptable. Tim Miller trabajó durante muchos años realizando efectos generados por ordenador y eso se nota, sobretodo en la creación del Rev-9, el nuevo modelo Terminator que cumple el papel antagónico. El concepto no es nada nuevo, al fin y al cabo es una combinación del T-800 con el T-1000, pero este resulta real en vez de un personaje sacado del videojuego. Es cierto que hay ocasiones en las que se exceden con el CGI, sobretodo a la hora de generar efectos de partículas como el humo o el fuego pero en líneas generales cumplen su cometido.

En definitiva, Terminator: Destino oscuro es una secuela más que digna y puede suponer el resurgir de una franquicia muy querida por los amantes del cine que llevaba años de letargo. Es innegable que tiene problemas: algunos personajes no terminan de funcionar, el desarrollo de la historia no innova demasiado y se podían haber ahorrado algún que otro CGI. Sin embargo, también tiene aciertos muy reseñables como la llegada de una Mackenzie Davis que se postula como futura estrella del cine de acción, giros de guion que harán la experiencia más refrescante y un tono y ritmo que se asemejan al de las célebres dos primeras entregas. Han pasado muchos años desde que viésemos a Sarah Connor y os puedo decir que ha vuelto con la misma energía y mala leche de siempre. Linda Hamilton tiene un papel preponderante en esta historia, devolviéndole la emoción y el empaque a la saga. Quizá sea la nostalgia pero lo cierto es que, cada vez que aparecía el dúo Hamilton/Schwarzenegger en pantalla, la película ganaba enteros; su dinámica es uno de los puntos fuertes de esta entrega. Dark Fate tiene ritmo y acción a raudales, personajes con los que empatizar y algún as en la manga que te dejará boquiabierto. Poco más se le puede pedir al sexto capítulo de una saga a la que, desde luego, nunca se la puede dar por terminada.


6,5/10: VOLVERE. Y VOLVIO...A MEDIAS