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En estos momentos de confinamiento, hospitalizaciones y enormes pérdidas, cuando las lágrimas corren más que nunca, la cabeza nos pide el socorro del cine. Y como siempre, este acude presto a nuestra llamada. Ahora que todo está cerrado y las calles recuerdan al Londres post-apocalíptico de cierta película de Danny Boyle, es momento de desempolvar las estanterías y sacar a relucir esas joyas del séptimo arte que, sin estar de actualidad, siguen siendo tan disfrutables como siempre. Películas como antídoto al aburrimiento y al pesar que nos invade estos días, porque no hay nada mejor que el cine para olvidar las penas.


Por eso, en esta ocasión –y a petición vuestra– dedico la crítica “especial cuarentena” a Operación Cicerón (1952), cinta de espías dirigida por Joseph L. Mankiewicz, protagonizada por James Mason y guionizada por el propio director, basándose en una historia real novelada por Ludwig Carl Moyzisch, un agregado diplomático de la Embajada de la Alemania nazi en Ankara, Turquía, durante la II Guerra Mundial.

Para explicar de qué trata la historia, primero hay que situarse. La película se ambienta en la ciudad neutral de Ankara, un centro diplomático de gran tensión política entre las dos grandes facciones de la guerra: los aliados y las potencias del eje. Mankiewicz, además de ser un maestro en la dirección también lo era en el guion, demostrando gran destreza en títulos como Julio César, Cleopatra, Eva al desnudo o Carta a tres esposas. Quién no ha visto una obra suya y ha pensado: “demonios, ¡qué bien se expresan los personajes!”.


Como no podría ser de otra manera, Operación Cicerón cuenta con diálogos “marca de la casa”, pero es mucho más que eso. El protagonista, un albano llamado Ulysses Diello (James Mason), trabaja como criado del embajador británico en la ciudad turca. Una tarea, la de sirviente, que le permite tener máxima cercanía con el personal de la embajada…y quien dice del personal, dice también de sus secretos de estado. Diello tiene ambiciones, ambiciones que comparte con la condesa Staviska (Danielle Darrieux), una aristócrata polaca venida a menos que busca desesperadamente un benefactor.

A este embrollo de tintes melodramáticos y amores que matan, hay que sumarle una intriga que arranca con el espía conocido como Cicerón, un agente británico que le pasa documentos clasificados al bando alemán mediante rollos fotográficos. Lo importante de esta película no es la identidad de los personajes –ya que esta se nos desvela muy pronto– sino la interacción entre ellos. De pronto, Ankara se convierte en escenario del juego del gato y el ratón, donde los roles se van intercambiando conforme transcurre la cinta y las apariencias…bueno, estas siempre engañan.


Me atrevería a decir que Operación Cicerón es la mejor representante del cine de espías puro y duro, un sueño húmedo para los lectores de John Le Carré o Robert Ludlum. La historia enfrenta al cuerpo de espionaje inglés y alemán, frente a frente, en una lucha encarnizada por ganar la guerra de la información; por otro lado, tenemos al curioso y perspicaz mayordomo y a su inseparable condesa, dos personajes megalómanos que encajan como anillo al dedo en este juego de espías. Es la simbiosis entre ambos lados de la historia, el dramático y el intrigante, lo que sumado a la pluma de Mankiewicz hacen de esta una obra maestra.

No en vano, la cinta estuvo nominada a dos premios de la Academia: mejor director y mejor guion. Una edición, la de 1952, donde encontró gran competencia con títulos como Cautivos del mal, Solo ante el peligro o El hombre tranquilo de John Ford. El premio se vendía muy caro, lo cual no le resta mérito al enorme trabajo de dirección y de guion de un Mankiewicz que brilló con luz propia en aquella década –no olvidemos que en los dos años anteriores ya había ganado todos los Oscars que pudiera ambicionar–.


En el aspecto interpretativo, la película tampoco se queda corta. James Mason es el protagonista absoluto, recayendo sobre sus espaldas todo el peso del filme. Y no era fácil sostenerlo, ya que su personaje no es ni mucho menos el héroe perfecto al que Hollywood nos tenía acostumbrados. Mason nunca disfrutó del estatus de gran estrella de cine de otros coetáneos como James Stewart, Henry Fonda, Gary Cooper o John Wayne. Algo que dañó sus posibilidades en las galas de entrega de premios, aunque su talento tampoco pasó inadvertido, siendo nominado hasta en tres ocasiones a los Oscar.

En Operación Cicerón, Mason cumple el papel del villano apuesto, el galán con oscuras intenciones y carácter maquiavélico. Sus papeles siempre involucraron un componente de locura, maldad o melancolía y el personaje de Diello no es distinto – aunque en la realidad era un kosovar mucho menos apuesto y sagaz llamado Elyesa Bazna–.

Además de Mason, Danielle Darrieux cumple un papel interesante, dando vida a la misteriosa y maquinadora condesa Staviska. Aunque su personaje no aparece tanto como me hubiese gustado, comparte una gran química con su compañero de reparto. Cada vez que Diello y ella aparecen juntos en pantalla saltan las chispas porque, al fin y al cabo, son tal para cual.


La banda sonora corre a cargo del gran Bernard Herrmann, uno de los grandes compositores de su generación, conocido por su estrecha colaboración con Alfred Hitchcock y cómo no, por su absorbente BSO en Taxi Driver. Aquí hace otro buen trabajo; si bien no tan memorable, logra transmitir la tensión e incertidumbre en este relato de espías.

Además, cabe mencionar que gran parte de los escenarios se rodaron en las localizaciones donde acontecieron los hechos reales. El rodaje se hizo casi exclusivamente en la ciudad de Ankara, lo cual le añade al conjunto un punto extra de ambientación que difícilmente se hubiera conseguido en un estudio británico o americano.

En definitiva, Operación Cicerón es de obligatorio visionado para todos los amantes a las intrigas de espionaje y al cine clásico en general. Si bien Mankiewicz se toma algunas licencias respecto a los acontecimientos reales –licencias inevitables–, la historia transcurre siempre por los caminos de la verosimilitud y la coherencia, sin por ello abandonar el entretenimiento. Intriga y drama se dan lugar en la capital de Turquía, donde James Mason nos entrega una de las mejores actuaciones de su carrera: a la vez misterioso y seductor, el ladrón de guante blanco que recitaba los exquisitos diálogos del artista de las palabras, Joseph L. Mankiewicz. No os la perdáis.


9,5/10: ESPIAS BAILANDO AL SON DEL MAYORDOMO.

La directora escocesa Lynne Ramsay nos cuenta, en colaboración con Joaquin Phoenix, un sórdido relato sobre la podredumbre en las altas esferas de la sociedad.


En realidad, nunca estuviste aquí es un drama con tintes de thriller dirigido por Lynne Ramsay, cuyo anterior trabajo Tenemos que hablar de Kevin dejó al público sin palabras. Su forma de abordar historias controvertidas, con dureza y un punto de violencia muy sutil, contrasta con su faceta más estética que aquí se ve potenciada. Protagonizada por Joaquin Phoenix, la cinta cuenta con un reparto secundario poco conocido entre los que cabría mencionar a Alessandro Nivola y sobretodo a la joven Ekaterina Samsonov, que cumple un rol fundamental en el arco dramático del personaje protagonista. La historia nos presenta a Joe (Phoenix), un asesino a sueldo atormentado por su pasado, que vive con su anciana madre. Un día, su jefe le encarga rescatar a la hija del Senador Votto, que fue secuestrada por una organización criminal. Sin embargo, lo que a priori parece un trabajo sencillo se complicará más de lo esperado. Muchos críticos no han tardado en calificarla como sucesora espiritual de Taxi Driver pero, ¿son ajustadas estas comparaciones? ¿Es tan buena como dicen?


Lo primero que salta a la vista es que no estamos ante una obra comercial ni mucho menos. Desde el principio, su tono y su ritmo es sinónimo del cine independiente más sugestivo; ese que intenta ir más allá del mero entretenimiento. Entre los muchos adjetivos con los que traté de definir esta película, uno de ellos sin duda no fue el de diversión. Sin embargo, no sólo de pan vive el Hombre y el cinéfilo ha de estar abierto a todo tipo de experiencias cinematográficas: desde el mayor de los “blockbusters” hasta el drama más demoledor. El título de Ramsay cae más en esta última categoría, aunque no llegue a los registros dramáticos de otros directores europeos como Ruben Östlund o Cristian Mungiu. Cierto es que aborda temas extremadamente dolorosos, brutales diría yo, pero lo tamiza todo con un enorme gusto audiovisual. Drive es una de las cintas con las que se la compara y aunque guarda algunos paralelismos estéticos como la banda sonora y el telón de fondo urbano, su núcleo difiere en gran medida del de la cinta de Winding Refn.


La directora muestra a un protagonista herido, por fuera y por dentro, que utiliza la violencia para apagar su ira interna y eso es algo que refleja muy bien en pantalla. Además, el agobiante clima de decadencia e inmundicia que inunda las calles neoyorquinas constituye un personaje en sí mismo, confiriéndole a la historia cierto sustrato onírico –de pesadilla, añadiría. El uso de la cámara, que deja adrede algunas imágenes violentas fuera de plano, brinda al espectador la oportunidad de imaginárselas. Los espacios cerrados también juegan un papel importantísimo: pasillos, baños, habitaciones. Todo está cuidadosamente creado para mantenerte constantemente a la expectativa; cualquier cosa podría suceder en cuestión de segundos.

Por su parte, la música cuenta con elementos del terror más efectivo, para jugar con nuestros nervios. La banda sonora fue compuesta por el guitarrista de Radiohead, Jonny Greenwood, y cuenta con algunas piezas donde su guitarra puede reconocerse fácilmente –estad atentos a la escena inicial. En sus estridentes acordes recuerdo por momentos al maestro John Carpenter y en otros, sobretodo aquellos en los que la ciudad cobra mayor protagonismo, se asemeja a la música electrónica de Cliff Martínez en la mencionada Drive.

En el terreno interpretativo, Joaquin Phoenix vuelve a demostrar una vez más por qué es uno de los mejores actores en la actualidad. Estuvo involucrado en el proyecto desde sus inicios y colaboró estrechamente con Lynne Ramsay para crear a su personaje. El resultado es sensacional. Su agresividad combina perfectamente con su vulnerable estado psicológico y emocional y todo esto lo hace desde la más absoluta de las sutilezas. Donde otros actores caen en el histrionismo y en la sobreactuación, Phoenix sabe medir los tempos de la película a la perfección   . Pocos podrían ocupar su puesto en esta cinta. En cuanto al resto del reparto, cabe mencionar a Judith Anna Roberts en el papel de madre de Joe y a la ya mencionada Ekaterina Samsonov. Ambas juegan un papel fundamental a la hora de mostrarnos el lado más personal del protagonista y sus interpretaciones están a la altura de las exigencias. Sin entrar en spoilers, hay una escena entre Roberts y Phoenix que alcanza cotas emocionales inesperadas en una película de estas características. En cuanto a Samsonov, ella actúa más como una forma de redención para Joe; un intento por exorcizar sus demonios y rescatar la poca luz que aún quede en su interior.


En definitiva, En realidad, nunca estuviste es un híbrido entre drama y thriller con una faceta audiovisual exquisita y unas muy buenas interpretaciones de Phoenix, Roberts y Samsonov. En cuanto a las comparaciones con Taxi Driver, creo que son lógicas pero cada cinta tiene un estilo distinto y sería injusto clasificarlas como iguales. Como punto negativo, me habría gustado que la trama de suspense se hubiese aprovechado algo más –soy un enamorado de las intrigas del cine negro– pero una vez situado y dejándome llevar por la historia que nos sugiere Lynne Ramsay, consiguió atraparme de principio a fin. Entre tantos taquillazos y grandes títulos que copan las carteleras mundiales, esta cinta al igual que su inadaptado protagonista buscan encontrar un hueco donde poder asentarse y subsistir. Y vaya si lo logra.


8/10: EN UN MUNDO VIOLENTO, LA INOCENCIA ES LA PRIMERA VÍCTIMA.

Recuerdos de un adiós. Denis Villeneuve se consagra como uno de los grandes cineastas en la actualidad, con esta maravillosa secuela de la obra maestra de 1982. 

Blade Runner 2049 es la ansiada y a la vez temida continuación de aquel clásico de la ciencia ficción más cerebral. Una película atemporal que marcó e influenció a generaciones enteras. Por lo tanto, el realizador canadiense Denis Villeneuve tenía ante sí el desafío más grande de su carrera; hacer regresar este título, revitalizarlo para el público actual y satisfacer a los muchos fans que aún sueñan con ovejas eléctricas. Una tarea titánica. Para superar este reto, contó con la ayuda de un equipo sensacional, entre los cuales destacan los actores Harrison Ford (volviendo a encarnar al icónico personaje Rick Deckard) y Rian Gosling; el legendario director de fotografía Roger Deakins; el guión de Hampton Fancher y la inteligencia musical de Hans Zimmer. ¡Casi nada! Como el propio título indica, la acción nos sitúa en el año 2049, 30 años después de los acontecimientos de la original, y se centra en el cazareplicantes conocido como K (Rian Gosling). En una de sus misiones, este “Blade Runner” recogerá una pista que le hará replantearse el significado de su propia existencia. Y aquí lo dejo, porque ésta es una cinta que debéis experimentar vosotros mismos. Cada sorpresa, cada giro dramático debe descubrirse en la sala de cine, que es el mejor y me atrevería a decir el único lugar para verla como se merece.







Comenzaré por el guión, que es en mi opinión la pieza clave de esta cinta. Lo fácil hubiese sido hacer un remake encubierto (reboot, creo que lo llaman) pero Hampton Fancher y Ridley Scott decidieron juntarse de nuevo, 35 años después de la original, para crear una historia que expandiera el universo, que desarrollase los planteamientos ya vistos y provocase al espectador con otros originales. Por una parte, tenemos nuevos personajes que pueblan este decadente mundo. Todos ellos tienen personalidades distintas con sus ambiciones, temores y deseos propios; y sin embargo, guardan el mismo aroma que los de la cinta del ’82. Esa tristeza y desilusión les acompaña allá adonde van. Un ejemplo muy claro, sin desvelar demasiado del argumento, es la relación entre los personajes de Ana de Armas y Rian Gosling. Como pasara en la original con Rachael y Deckard, ambos se sienten igual de atrapados en sus falsas existencias, pero su historia toma una dirección muy distinta. Pero esta secuela no se contenta únicamente con entregarnos personajes interesantes, sino que también explora otros lugares igualmente llamativos y cautivadores que Los Angeles. También nos reencontramos con viejos conocidos como Deckard. Algo que me produjo reservas cuando lo supe, ya que no estaba seguro si su inclusión se debía a verdaderas necesidades del guión o si, por el contrario, era una herramienta más de mercadotecnia para atraer a los ilusos como yo que caen fácilmente en la trampa de la nostalgia. El resultado no podría ser más satisfactorio: el talento interpretativo de Harrison Ford vuelve a relucir como no lo había hecho en muchos años; de lejos, su mejor actuación desde A propósito de Henry. No obstante, no todo son aciertos y aunque los fallos de guión no son muchos, sí son lo suficientemente importantes como para restarle calidad al producto final. Dichos fallos llegan sobretodo en el acto final; si a esto le unimos un metraje de más de dos horas y media, el resultado puede resultar frustrante para algunos espectadores que sientan que perdieron el tiempo. No entraré en detalles, pero creo que el final no estuvo a la altura de las atrevidas propuestas que había presentado. También cabe decir que ciertos personajes se encuentran infrautilizados en comparación a su relevancia dentro de la historia. Una descompensación que daña el ritmo de la cinta y puede incluso perder el interés del espectador.


Otro aspecto importante en el éxito o el fracaso de esta secuela es la dirección de Denis Villeneuve. En mi opinión, su filmografía lo avala: Enemy, Prisioneros, Sicario y La Llegada. Su cine es evocador, reflexivo, visual y claustrofóbico. Es un director al que le gustan las historias más intelectuales, aunque aún no ha dado en la tecla en la faceta emocional. Su estilo es demasiado frío y calculador. Todo está demasiado encorsetado, ceñido a las exigencias. Aquí no hay lugar para el lirismo ni la inspiración de Ruger Hauer. Blade Runner 2049 es más aséptica que su predecesora. Pero si algo se le debe agradecer es su pasión a la hora de comandar este proyecto; podría haberse limitado a filmar en un gran hangar de California, con todos los sets generados por ordenador. Pero siendo un fan confeso de la original, no tuvo otra opción que trabajar en sets reales. Y es que el mundo que crea se siente como una prolongación natural del visto en el ’82. Los anuncios de Pan Am y Atari, las calles superpobladas y la suciedad. Los guiños siguen ahí y a su vez añade nuevos elementos para obtener una fórmula exquisita, que juega sobretodo con el deterioro medioambiental como gran aliciente. También hizo un buen trabajo dirigiendo a actores menos experimentados como Sylvia Hoeks, Ana de Armas y Dave Bautista. Es admirable y alentador ver a un director como él con tal pasión, mimo y dedicación hacia su proyecto. Independientemente de que te guste más o menos su trabajo, creo que nadie puede dudar de su compromiso.


En cuanto a las interpretaciones, he de decir que todas (o casi todas) están a la altura del título. Rian Gosling sabe guardar el equilibrio y la sutileza de un personaje confundido entre la frialdad que se le presupone y los pequeños cambios que van despertando en él conforme transcurre el filme. Harrison Ford cuenta con un papel que, como diría Eldon Tyrell, “brilla con el doble de intensidad y dura la mitad de tiempo”. El cartel nos lleva erróneamente a creer que compartirá protagonismo con Gosling y no es así. K es el protagonista de esta historia, igual que Deckard lo fue en la original. Sin embargo, algunos de los mejores momentos de la cinta los tiene Ford. Su historia continua con acierto y lógica, su personaje ha cambiado mucho tras tantos años. El tiempo pasa para todos, Deckard. En cuanto a los secundarios, cabe destacar dos sorpresas del reparto: Ana de Armas y Sylvia Hoeks. La primera encarna al personaje de Joi, la segunda al de Luv. Pese a tener un papel colateral, ambas desprenden magnetismo en pantalla. Dave Bautista, por su parte, demuestra que tiene más registros a parte de Drax en Guardianes de la Galaxia. De Robin Wright no hay nada nuevo que descubrir, es una gran actriz. Una vez hablado de lo bueno, hablemos de esa excepción que señalaba al principio. Jared Leto, un actor que no es santo de mi devoción precisamente (el único papel donde me convenció fue en El señor de la guerra), cae nuevamente en la sobreactuación que ya tuvimos la desgracia de ver en su versión del Joker. ¿Recordáis al Eldon Tyrell encarnado por Joe Turkel? Un actor desconocido, cuyo anterior trabajo fue el del siniestro barman del Overlook Hotel en El resplandor. La razón por la que aquel personaje intimidaba era porque su mera presencia era escalofriante. La forma en la que se movía, en la que hablaba y gesticulaba. Todo estaba al servicio del personaje. Jared Leto, por otra parte, se apoya demasiado en su “look” para intentar intimidarnos…y fracasa. Mucho ruido y pocas nueces. Mucho estilo para tan poca sustancia. Creo que ese fue el único y gran error de casting; al personaje de Wallace le hubiese ido mejor alguien con mayor presencia, como por ejemplo David Bowie, que sonó para el papel antes de su triste fallecimiento. Otra alternativa válida habría sido Ken Watanabe (cambiándole el nombre al personaje, por supuesto), gran actor asiático que le daría además un toque multicultural característico de este universo cyberpunk.


Pero si hay un apartado que destaca por encima de los demás es la fotografía del maestro Roger Deakins. Si este señor no consigue un Oscar por este trabajo, la Academia habrá perdido el poco  respeto que le quedaba. Cada plano es para enmarcar, la iluminación es un personaje más (recuerda mucho al estilo del expresionismo alemán) y como juega con ella para iluminar u oscurecer figuras y rostros. También impresiona la forma en la que juega con los elementos, como el agua, para crear escenarios únicos. Es cierto que utiliza una paleta de colores más amplia que la de Jordan Cronenweth pero aún así consigue mantener el mismo tono lóbrego de la original.

Sin embargo, algo que no puedo pasar por alto es su larguísimo metraje, de casi tres horas. Desde luego, es poco corriente ver una película así de larga por numerosas razones: primero, porque los estudios suelen recortarla para que los cines la proyecten más veces al día y segundo, porque el espectador normal no está acostumbrado a tanta duración. Personalmente no tuve ningún problema de ritmo. ¿Por qué? Pues porque desde el inicio, Villeneuve marca la cadencia a la que va a fluir la narración. El canadiense contraviene las normas establecidas por Hollywood, dónde abundan los cortes rápidos y cargados de adrenalina, a favor de un enfoque más influenciado por el cine clásico. Aquel en el que las historias se cocinaban a fuego lento y los planos se mantenían durante más tiempo.   


Seguro que todos los fans recordaréis la mítica banda sonora de Vangelis, toda una sinfonía para los oídos. Poesía echa música. En esta ocasión no podremos disfrutar de sus acordes y su lugar lo ocupa Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch. El primero es uno de los grandes compositores de nuestro tiempo y el segundo participó en It, el gran hit de terror del año. No quisiera entrar en comparaciones, ya que suelen ser odiosas sobretodo cuando hablamos de un genio como Vangelis, pero creo que Zimmer y Wallfisch hicieron un trabajo que, si bien no se acerca en calidad, tampoco es desdeñable. Utilizando un Yamaha CS-80, el mismo sintetizador empleado en la original, Zimmer y Wallfisch nos brindan algunas piezas cautivadoras.

El último aspecto que me gustaría comentar antes de cerrar esta crítica es el diseño de producción. Si en la original teníamos a Lawrence G. Paull como cabeza visible, aquí tenemos a un Dennis Gassner cuya carrera habla por sí misma. Muerte entre las flores, Barton Fink, Camino a la perdición o Skyfall son algunos de sus trabajos. El balance entre los decorados y los efectos generados por ordenador es absolutamente apabullante. Hay una escena en específico, cuando K anda por una especie de desierto, que me dejó boquiabierto. Sin duda uno de los mejores trabajos en lo que va de siglo XXI.


En definitiva, ¿es Blade Runner 2049 mejor que la original? La respuesta es un no rotundo. Pero, ¿acaso es posible superar lo insuperable? Villeneuve ni lo pretende ni pierde el tiempo intentándolo. En su lugar, el realizador de La Llegada se desmarca de la alargada sombra de Ridley Scott para crear una obra, con su estilo y sus características propias. De verdad que esta secuela no puede ni debe compararse a aquella obra maestra, porque eso fue magia cinematográfica. Lo que sí hace 2049 es añadir elementos nuevos, traer de vuelta los cánones establecidos previamente y mezclarlos de tal manera que no parezca ni un burdo remake ni algo completamente extraño. Si me preguntarais hace unos meses que opinaba de esta secuela, me hubiese mostrado escéptico. Pero Villeneuve y su equipo han conseguido que recupere mi fe en un cine más auténtico; menos empeñado en saciar el apetito del público y más de hacerlo pensar. Apoyado en un guión que sabe que dar respuestas es mucho menos provocador que plantear preguntas, ésta es una de esas experiencias sensoriales que te dejarán confuso al salir de la sala; te hará reflexionar. Y eso, vale el precio de mi entrada.


8,5/10: EL DESEO DE AMAR Y SER AMADO. DE EXISTIR PARA ALGUIEN.

Vivir de noche es el último proyecto dirigido por Ben Affleck tras Argo, por la cual ganó tres premios Oscar incluyendo mejor película, y en ella decide trasladarnos al mundo del hampa de los años 20 para contarnos la historia de Joe Coughlin, un joven irlandés ex-combatiente en la Gran Guerra, que se dedica a atracar bancos y establecimientos en el Boston de la época. Sin embargo, las dos grandes bandas de la ciudad están enfrentadas: por un lado están los italianos y por el otro los irlandeses. Cuando Maso Pescatore, el gran capo italiano, intenta convencerle para que se una a su banda y acabe con la competencia, Joe comenzará un descenso al infierno del crimen organizado. Protagonizada por Ben Affleck, el elenco incluye a intérpretes de la talla de Chris Cooper, Zoe Saldaña y Elle Fanning. 

Cada vez que se anuncia una nueva película de cine negro y corte clásico estoy de enhorabuena porque, al igual que los musicales (va por ti Damien Chazelle), éste es un género que en los últimos años parece haber quedado relegado a un segundo plano, y quién mejor para traerlo de vuelta que el dúo Affleck-Lehane cuyo último trabajo nos brindó la maravillosa Adiós Pequeña, adiós. Si a ellos le juntamos a un director de fotografía del talento de Robert Richardson así como un reparto estelar, parecía que la única opción viable era el éxito y pese a todo, la historia jamás levanta el vuelo. Ahora bien, sin haber leído el libro previamente, sólo puedo hablar del trabajo errado del Affleck guionista y hago esa distinción porque su faceta de dirección e interpretación mantiene el pulso. La narración en Vivir de noche es como un reloj averiado; la composición en sí parece sólida pero fijándose bien, le faltan piezas esenciales para funcionar. Desde el mismo inicio, cuando la voz en off nos agarra de la mano para contarnos las partes que aparentemente no merecen ser vistas mi frustración comenzaba a desatarse. ¿Por qué omiten las partes más dramáticas y personales del protagonista? En líneas generales, la voz en off me parece un recurso útil que, de abusarse, termina trasformándose en pereza del guionista. Los montajes se suceden y empiezo a preguntarme si Afffleck pretendía rendir homenaje al cine de Edward G. Robinson y Sterling Hayden o, en realidad, ganar otro Oscar aplicando la famosa ley del mínimo esfuerzo. La primera media hora, hasta que cambia Boston por Florida, es insípida y pasa sin pena ni gloria. La indiferencia se apodera del espectador (y algún que otro bostezo también) hasta que el escenario cambia a uno mucho más colorido y Chris Cooper y Elle Fanning entran en escena. A partir de ahí todo mejora; la trama principal coge sentido y las secundarias que se nos presentan introducen una intriga necesaria. No obstante y aunque alguna que otra idea encierra atisbos de genialidad, nunca consiguió mantener mi interés debido a su falta de intensidad. Los escenarios y vestuarios rebosan estilo pero, al contrario de los filmes de gángsters de Scorsese, sus diálogos y desarrollo pecan de pasividad ¿¡Dónde están las escenas memorables!? Además, la cinta parece sentirse obligada a incluir dos de los clichés más recurrentes del género mafioso: el gran capo y su hijo idiota y la esposa suplicando a nuestro protagonista que deje su errática vida. Y por si esto fuera poco, tampoco consigue decidirse entre el desenlace feliz y el deprimente que tan de moda está en la actualidad. 


Pero, dejando de lado lo malo, creo que sería injusto sentenciar la película por sus fallos de guión. Cierto que el desatino es evidente y que podría haberse convertido en una gran épica de gángsteres, al estilo de Erase una vez en América, pero aún así consigue comunicarse con la audiencia en ciertos tramos; siendo éstos en su mayoría protagonizados por los personajes de Cooper y sobretodo de Fanning. Su relación padre-hija es demoledora y es reflejo de la calidad de la historia original creada por Lehane. Hay momentos de grandeza, en los cuáles palpamos esa crudeza tan característica del género que nos trajo obras maestras como la mencionada de Sergio Leone, Los intocables o El Padrino II. Desgraciadamente, estas escenas tienen la misma repercusión que la lluvia en el vasto océano.

Sin embargo, por lo que seguramente será recordada sea por su diseño de producción digno de una nominación al Oscar. Empezando por la exquisita ambientación de dos ciudades antagonistas como Boston y Tampa; la primera siendo una urbe industrializada del norte y la segunda rodeada de pantanos, ciénagas y toda clase de depredadores. Ambas se sienten vivas y llenas de color gracias en parte a la inestimable contribución del director de fotografía Robert Richardson, conocido por sus últimas colaboraciones con Tarantino. Estados Unidos vivía condicionada por el panorama socio-político de la ley seca, el nacimiento del crimen organizado y los conflictos raciales; una bomba de relojería que estallaría con el crac del 29. Y cómo olvidarse del vestuario, que se convierte casi en un personaje más de la historia. Los interiores también juegan un papel esencial y cuentan que fue tanta la inmersión que cuando alguien abría un cajón que formara parte del decorado, siempre se encontrarían con objetos de la época. 


Las interpretaciones son mayoritariamente buenas. El problema de tanto personaje secundario (como el de Brendan Gleeson o Chris Cooper) es que, por mucho que su talento inunde la pantalla, no tienen suficiente peso en el argumento para contrarrestar la falta de empatía con el protagonista. Seguimos la historia de un tal Joe pero, por momentos, nos olvidamos de su nombre; sabemos a quién tenemos que seguir pero no por qué. Ni siquiera sus relaciones sentimentales, con Sienna Miller y más tarde con Zoe Saldaña, causan sensación como la de Bonnie & Clyde por poner un ejemplo. Todo lazo emocional que intentó construir Joe falla miserablemente y junto a ello su drama personal. Este es un claro ejemplo de unos secundarios que se comen a la estrella de la película.

En definitiva, Vivir de noche no es ni tan mala como intenta ponerla la crítica especializada ni tan buena como cabría esperar. Desde luego es una de las grandes decepciones del año y falla en su intento de hacer regresar el género mafioso de los años 20. Y me frustra decirlo porque debajo de esa perezosa narración en off, la apatía de su personaje protagonista y un final forzado que busca en vano sacar nuestras lágrimas, se esconde un filme con potencial suficiente para deslumbrarnos tal como lo hiciera La La Land. De ninguna manera puede catalogarse como un desastre, ya que resultará amena al seguidor del cine clásico, pero tampoco puedo recomendarla lo suficiente. A la cinta le sobra estilo y le falta corazón, carisma o algún tipo de garra que consiga atraparnos. Pese a sus espectaculares escenas de acción, Vivir de noche no acabará por resonar en la mente del espectador. 



6/10: CINE CLÁSICO CON FALLOS MODERNOS.

Dos buenos tipos es una comedia detectivesca realizada por el inclasificable director Shane Black y protagonizada por Russell Crowe y Ryan Gosling. La secuela espiritual de Kiss Kiss Bang Bang -del mismo director- nos retrotrae al Los Ángeles de finales de los 70 y nos presenta una “buddy film” de acción, intriga y mucha, mucha comedia. La historia, que no podría ser de los más estridente y exótica, comienza con el aparente suicidio de la actriz porno Misty Mountains que había saltado a la fama por su voluptuoso cuerpo y sus películas X. Sin embargo, algo esconde la industria ya que lo que parece ser un incidente aislado terminará por convertirse en un embrollo de dimensiones bíblicas. ¿Qué quién lo solucionará? La verdad es que no hay nadie capacitado pero, mientras tanto, lo intentará una pareja de “investigadores” privados poco ortodoxa formada por Holland March (Gosling) y Jackson Healy (Crowe). La pregunta del millón es; ¿pese a su evidente falta de profesionalidad y su incalculable torpeza, podrán resolver el caso de una vez por todas?

Me gustaría arrancar con la sublime ambientación y la vida que le insufla el director al filme. Es ostensible que le guarda mucho respeto y mimo a esta época en especial, en esta ciudad en particular ya que el nivel de detalle está tan cuidado que te transporta automáticamente al ambiente que se respiraba en aquellas calles, garitos y fiestas. Los coches, los looks y los guiños al cine y a la cultura de los 70 son elementos que nutren a Dos buenos tipos de gracia y carisma. Tampoco va mal de localizaciones emblemáticas como la Comedy Store de Hollywood o Burbank y por supuesto como olvidarse de la banda sonora, que tiene presencia durante todo el metraje, protagonizada por artistas como Earth, Wind & Fire, Kool and The Gang, The Temptations o los Bee-Gees. Todos estos pequeños detalles funcionan como un perfecto engranaje para sacar a relucir la nostalgia del público. El guión elaborado por Shane Black con tremendo esmero y meticulosidad durante años es una auténtica joya, no tanto por su historia que quizá pueda resultar algo estereotipada sino por sus situaciones inolvidables e ingeniosos a la par que divertidos diálogos. Tampoco se olvida de darle cierta profundidad a sus personajes, sobretodo al de Ryan Gosling, cuyo arco narrativo fue el más completo de todos. Al término de la cinta, mientras los créditos finales salen y suena el tema “Love and Happiness” de Al Green, no pude evitar esbozar una sonrisa evocando los mismos sentimientos a los cuales el propio Green dedica la canción. Pero, sin lugar a duda, lo que más brilla en esta historia son sus personajes especialmente el carismático dúo protagonista que pasan desde ya a ocupar un espacio entre los grandes. Sin embargo tampoco está exenta de errores y muchos de ellos vienen precisamente por lo ambiguo e impreciso de un guión que en ocasiones divaga mucho. Nada que no pueda pasarse por alto pero que probablemente haga que Dos buenos tipos no sea del gusto de todos. Es una historia tan atrevida que no gustará a los más puritanos pero, en mi opinión, ahí reside su mayor fortaleza. El director y guionista no tuvo reparos a la hora de plasmar su historia en el celuloide, no tuvo que ser políticamente correcto ya que tampoco pretende caer bien a todos. Habrá algunos que no entenderán su humor y habrá otros -entre los que me incluyo- que se lo pasarán en grande. Otro inconveniente que le encuentro es que no me pareció que el humor y el drama o la intriga estuvieran suficientemente balanceados y, aunque hay momentos profundos en la cinta, son tan aislados y están tan fuera de lugar que la balanza termina irremediablemente decantándose por la comedia. Pasando a las actuaciones de unos irreconocibles Crowe y Gosling que han sorprendido a propios y extraños con una relación de colegas, archiconocidos por encarnar a personajes dramáticos. Su tira y afloja, apoyado sobre el trabajo creativo de Shane Black, es perfecto y se agradece mucho en el apesadumbrado panorama cinematográfico actual. Es muy evidente que ambos actores están riéndose de sí mismos y de sus trayectorias profesionales, complementándose a las mil maravillas, como si de un dúo cómico se tratase. Pero, si bien el show les pertenece, hay un tercero en discordia que en ocasiones les hace sombra y no, no estoy hablando de Kim Basinger, cuyo peso en la cinta es prácticamente nulo. Estoy hablando de la hija de Holland March, una chiquilla muy entrometida con un intelecto y un desparpajo superior al de su padre. Entrañable y dulce interpretación de la joven Angourie Rice, la cual además cuenta con suficientes minutos para demostrar el talento que posee. Un nombre que oiremos mucho en el futuro, no me cabe duda. Continúo hablando de otro aspecto esencial como es el estilo de fotografía que, como no podría ser de otra forma, abunda en colores llamativos y está acompañado por unas tomas aéreas de L.A. que hacen su vez de homenaje a las películas de acción de los 80. Por último en el apartado musical, donde el Funk y la música Disco de los 70 cobran mayor peso, he de reconocer que habría preferido que fuera algo más variada y sorprendente. Muchos estarán de acuerdo en que aquella década supuso una revolución musical y pienso que un poco de Jimi Hendrix, Jefferson Airplane, Bob Dylan o incluso Carlos Santana habrían encajado muy bien con el tono desenfadado y psicodélico del filme y habrían aportado mayor diversidad a la que ya de por sí es una gran banda sonora.


Sin duda alguna si tuviera que recomendar una película para estas vacaciones sería Dos buenos tipos, ya que ofrece el paquete completo; originalidad, una historia y unos personajes llenos de carisma, gran música y diversión a raudales en compañía de estos dos detectives “sui generis”. La última obra de Shane Black es tan irreverente y tan maleducada que no puedes evitar implicarte en ella y dejarte llevar por su humor resultará un viaje de lo más placentero. ¿Estáis cansados del género de superhéroes? ¿Añoráis los viejos tiempos, cuando las películas no tenían miedo de arriesgar, de ser diferentes? Pues aquí viene un torbellino dispuesto a agitar la cartelera mundial, a reírse de la formalidad imperante y amenazar a todos los productores conservadores con el regreso de un estilo cuya única norma es ofrecer diversión desenfadada sin necesidad de grandes efectos especiales ni escenarios fastuosos.

8.5/10: HOLLAND-HEALY, UN DÚO HECHO A LA MEDIDA.