Crónicas del #74SSIFF – Capítulo I


Decía el escritor y filósofo francés Albert Camus que la vida es la suma de todas nuestras elecciones, un entramado de posibilidades bordado en hilo cósmico que vamos cosiendo con cada puntada, alguna más acertada que otra, hasta enhebrar el azar en una narrativa más o menos ordenada, más o menos satisfactoria, que ofrezca una alternativa cabal al absurdo de la vida. 


En una sociedad que ha transformado el acto de vivir en un bucle de producción y consumo, donde pagamos un alto coste cuando intentamos escapar de nuestros roles predefinidos, rara vez tenemos la oportunidad de comprobar las consecuencias de una decisión insignificante, en apariencia aleatoria, que más adelante se revela con total nitidez como una puntada más en ese bordado caótico que llamamos comúnmente vida. 


Los festivales de toda índole, así como otros eventos culturales donde una muchedumbre llega a un acuerdo tácito para abandonar momentáneamente la rutina y congregarse alrededor de una pasión que no responde a ningún principio productivo, son anomalías vitales, paréntesis que luchan contra la muerte de la monotonía. Pequeñas protestas, conatos de rebelión que emplean el arte como altavoz para manifestar un descontento hacia el orden establecido y estrechar vínculos humanos que de otra forma serían improbables. Una necesidad tan sustancial y connatural al ser humano como la de sentirse parte de un grupo, un sentimiento de pertenencia que fuimos perdiendo a cambio de un individualismo que exacerba nuestros peores instintos y nos aísla, no sólo del resto, sino de nosotros mismos.


  

Por eso es tan importante reivindicar acontecimientos como el Zinemaldia, porque una sociedad sana no puede progresar sin la riqueza intelectual y emocional del individuo perteneciente a un grupo. Un intercambio fortuito, una película que vemos en el momento preciso, alguien que entra en nuestra vida para quedarse…cada elección que tomamos nos abre una puerta a un camino latente que siempre habíamos deseado explorar, pero que nunca hicimos por miedo, por vergüenza o simple imposibilidad.

 

La unión hace la fuerza, una fuerza impulsada por el amor y la empatía, que solo conocemos cuando retiramos el velo de lo inesperado y nos exponemos a una realidad ajena. Cuando decidimos apagar el piloto automático que conduce nuestra rutina y agarrar el hilo con nuestras manos, dando una puntada de humanidad en el gran y desordenado bordado del que todos participamos. 


COWARD


Después de brillar con luz propia en sus dos primeros largometrajes, Lukas Dhont confirma en su último trabajo lo que muchos sospechábamos: que estamos ante una de las voces más estimulantes y talentosas del panorama europeo. El cineasta nacido en Gante ha encontrado un espacio donde explorar sus inquietudes y desarrollar una preciada sensibilidad que rara vez vemos en la cinematografía actual.

 

Coward traslada los temas habituales de su cine, como la identidad de género, el paso a la madurez y el amor homosexual en un contexto extremo como la Primera Guerra Mundial. De esta forma, Dhont alterna entre violencia y romance para construir un relato sumamente bello e impactante sobre la fuerza del amor en tiempos de guerra.


 

A través de una narración sencilla y delicada que jamás se impone sobre el espectador, descubrimos a los dos protagonistas, Pierre y Francis, y cómo su relación florece paulatinamente de la muerte y la desolación de una guerra que marcó el devenir de Europa.

 

Curiosamente, Dhont decide no recrearse en la mutilación y las vísceras, controlando la cámara con una sobriedad que asusta en alguien de su juventud. Tiene una visión muy clara que mantiene con extraordinaria coherencia a lo largo de sus dos horas de metraje y que refuerza con una soberbia dirección de actores, virtud que ya dejó entrever en Girl (2018) y Close (2022).

 

Coward es un melodrama vibrante que crece en tu interior a medida que avanza. Dhont desborda la pantalla de sentimiento sin recurrir a manierismos forzados o dejes de director megalómano, dosificando el sentimiento al dedillo para no resultar artificial. Hay quien confundirá su tono bajo y comedido con una anemia creativa, pero donde otros ven conformismo, yo veo la sabiduría de un director que no deja de evolucionar.


BUCKING FASTARD


Hablando de evolución, ahora llega el turno de la involución. El veterano cineasta alemán Werner Herzog regresa a la ficción siete años después con Bucking Fastard, una comedia dramática irreverente protagonizada por unas eclécticas Kate y Rooney Mara. Un título basado libremente en la vida de Freda y Greta Chaplin, que explora las dinámicas sociales y los amores incomprendidos con una lente tan deformada que apenas logramos entender qué ocurre y porqué ocurre.


 

Desde la dedicatoria inicial a David Lynch, Herzog nos sumerge en un mundo disparatado y cargante del que queremos salir huyendo sin mirar atrás. Una obra tan dispersa y deslavazada que cuesta seguir. Comienza in media res, presentando una historia romántica sin pies ni cabeza entre las Mara y el personaje de Orlando Bloom, historia que abandona a su suerte a los quince minutos para vagabundear argumentalmente durante una hora y regresar finalmente al punto de partida en el tercer acto. Para colmo, desaprovecha una excelente dupla actoral formada por las hermanas Mara, las cuales se encuentran presas de la imaginación pueril y caricaturesca de un Herzog falto de ideas.

 

La premisa es ridícula, exigua, pero es que el desarrollo es un despropósito aún mayor. Bucking Fastard es un viaje a ninguna parte, una pastiche que mastica, deglute y vomita la identidad herzogiana. Sus laberintos narrativos conducen a callejones sin salida, imposible de sacar lecturas, imposible de conectar a nivel emocional o cognitivo con el filme; no hay nada que rascar bajo su superficie chabacana de excentricidad impostada.

 

¿Irónica? Yo diría burda. ¿Alocada? Más bien excesiva. ¿Atrevida? No, fallida. El desconcierto es la única constante. La absurdez como principio y final de una obra sin rumbo. Herzog navegando a la deriva de su otrora genialidad.


EL TREN FLUVIAL


Los realizadores argentinos Lorenzo Ferro y el recientemente fallecido Lucas Vignale, dirigen y escriben esta pequeña joya sobre el viaje a la madurez del joven Milo, experto bailarín de Malambo, una danza folclórica pampeana fiera y enérgica. Esta fascinante cinta exalta la magia de la infancia, apoyándose en la poesía de Francisco Madariaga, los cuentos de los hermanos Grimm y las imágenes oníricas que Ferro y Vignale imprimen a una cotidianidad maravillada.


 

El tren fluvial logra algo muy difícil: combinar realidad y ensoñación en el mismo fotograma sin caer en el ridículo ni perder la atención del espectador en el proceso. Un filme lleno de ideas, algunas mejor plasmadas que otras, pero que en su conjunto funcionan a la hora construir una mitología y una mirada propias.

 

Sin embargo, este cuento infantil altamente experimental no hubiese funcionado sin el carisma unificador del actor protagonista Milo Barría. Un torbellino que aporta frescura y dinamismo a cada escena, un factor impredecible que añade capas de intensidad emocional a la cinta. Compartimos su viaje con sumo gusto: padecemos cada obstáculo del camino, nos alegramos de sus victorias y lamentamos profundamente sus tropiezos. El triunfo de la película no nace de lo narrativo, de lo estudiado, sino de la improvisación de cada peripecia y del poder de la despreocupada, libre e inagotable imaginación infantil de su dupla directorial.

 

FATHERLAND


Pawlikowski vuelve por la puerta grande, casi una década después de la aclamada Cold War (2018), con un filme que lo consolida como uno de los autores más firmes y reflexivos del cine europeo. En esta oportunidad, nos lleva a la Alemania derrotada tras la II Guerra Mundial, cuando el famoso escritor Thomas Mann, premio Nobel de Literatura, regresa a su patria, a su Fatherland, convertido en una especie de héroe nacional tras dieciséis años en el exilio.


La cinta está protagonizada por unos excelsos Hanns Zischler y Sandra Hüller, en los respectivos papeles del novelista y su hija Erika, quienes llevan en volandas una obra de dimensiones trágicas que habla sobre las grietas que resquebrajan a la familia y por extensión alegórica, a una nación vista como una gran familia disfuncional.



El cineasta polaco aprovecha la polarización de nuestros tiempos para explorar la crisis de identidad nacional, el peligroso auge de las utopías y la culpa. Thomas Mann vuelve al hogar, pero ya no es el mismo y él tampoco lo es. La fractura moral hace mella en un pueblo obligado a portar una máscara para rehuir su propia fealdad. Inseguro y quebradizo, Mann avanza dando discursos maximalistas de aplauso fácil y escasa repercusión, como un guiñol de la nueva y lánguida Alemania.

 

Por otra parte, la familia Mann recibe una trágica noticia de la que jamás podrá recuperarse. Los cambios más abruptos a menudo llegan sin avisar, dejando señales sutiles que de no apercibirse se acumulan hasta ahogarnos. Lo mismo le ocurre a Alemania, un padre traumatizado por las consecuencias de su dejadez de funciones, que observa un legado ruinoso con una lágrima vencida a sus hijos caídos.

 

Fatherland es un ejercicio demoledor y austero de memoria, trauma y dolor históricos, entrelazado con la descomposición de un núcleo familiar que se agarra desesperadamente a una última oportunidad que nunca llega porque ya se fue. Uno de los grandes filmes del festival y del año cinéfilo.


KRUX


La debutante Ulrike Tony Vahl escribe y dirige este lúgubre drama sobre un pueblo alemán que cede a la paranoia y a la cultura de la muerte en los días finales del régimen nacionalsocialista. La cinta cuenta con un variopinto elenco de personajes, véanse el alcalde, un profesor, el cura y una joven viuda, sobre los que Vahl pone la lupa para analizar sus perfiles psicológicos y, a renglón seguido, emplearlos como cobayas en un estudio cuasi hanekiano sobre la naturaleza humana.

 

Su principal problema es que la suma de sus buenas intenciones no alcanza la grandeza a la que aspira. Por mucho que se empeñe en imitar su puesta en escena, su tono áspero y guión de resonancias existencialistas, Vahl no es Haneke, porque Haneke solo hay uno. Krux no es una mala película per se, solo es víctima de las comparaciones.


 

La directora alemana quiere conmocionar al público, agitar su conciencia, a la vez que entrega una obra madura y reflexiva, pero no lo consigue. La película se mueve siempre en el terreno de la formalidad, técnica y narrativa, pero le cuesta profundizar en sus temáticas. Es tan impoluta como inofensiva, tan académica que pasa sin pena ni gloria por los ojos del espectador, el cual bosteza y confiesa esto ya lo he visto antes hecho mejor.

 

Krux es una de las propuestas más conservadoras de todo el festival, algo que no es malo por sí solo, pero que deja muy poco margen a la sorpresa. Es una película de tarde bien empaquetada y formulada que pocos recordarán más allá de la siesta.


LA BOLA NEGRA


Para muchos la película del festival, del año y me atrevo a decir de sus vidas. Javier Calvo y Javier Ambrossi, más conocidos como Los Javis, ganaron con todo merecimiento el premio a mejor dirección en el pasado Festival de Cannes, compartido con Pawel Pawlikowski, por su monumental trabajo en La bola negra, título que toma de la obra teatral inacabada de Federico García Lorca.


Los Javis han firmado una película-evento al más puro estilo hollywoodiense, con unos valores de producción insólitos en la industria española y una ambición desmedida que ansía convertirse en una experiencia generacional. La cinta actúa al mismo tiempo como homenaje lorquiano y como bandera o símbolo de la comunidad homosexual en España a través de las décadas. La bola negra enarbola la bandera de la libertad sexual y de los amores perdidos por la guerra y la intransigencia, con tres historias cruzadas en distintas líneas temporales de la historia reciente de nuestro país.


Por un lado, encontramos la historia de Carlos, un joven de la España de principios del siglo pasado al que le es denegada la entrada al club de caballeros de su pueblo, debido a su orientación sexual. Por otro lado, tenemos la historia de Alberto, un historiador que desempolva el pasado de su abuelo materno tras décadas de silencio y descubre una sorprendente verdad que cambiará su vida. Entremedias y a modo de nexo conector entre ambos personajes, seguimos las vivencias de Sebastián, un chaval del bando sublevado durante la Guerra Civil, conflicto transformador y traumático que marcará el devenir de los tres protagonistas.



Como ven, estamos ante un título de máximos que lleva el sentimiento íntimo a la categoría de espectáculo pirotécnico digno de Nolan. La epopeya gay más grande jamás contada, hecha por y para nuestros tiempos, servirá como puerta de entrada al cine para muchos jóvenes en plena efervescencia cultural. Jóvenes que se han criado pegados a un móvil, consumidores habituales de Tiktok y otras redes sociales que los estimulan y desvían su atención constantemente, de ahí el ritmo acelerado de la cinta, que apenas permite respirar a los personajes, mucho menos a las imágenes y que se empeña en subrayar lo mismo una y otra y otra vez.

 

La bola negra se suma a este fenómeno juvenil acercando una historia pequeña e intimista a un show de variedades recargado y ampuloso digno de Broadway, en constante ebullición a lo largo de sus casi tres de horas de metraje, con el fin de que los ánimos no decaigan y la audiencia debutante no se desconecte de la película. La bola negra es el reverso homosexual de un taquillazo como La Odisea, nunca se detiene por nada ni por nadie. Los Javis van a toda leche, como en una carrera contrarreloj donde el premio es la complicidad de un público entregado; ¡rápido o te quedas atrás!


Esta insistencia por llevarlo todo al paroxismo resulta cansina y machacona e impide, en gran medida, llegar a su núcleo emocional. Ciertamente, los Javis han construido un filme de talla descomunal, más grande que la vida, pero me pregunto a qué coste. Si para llamar la atención del público y de la Academia tienes que prescindir de la emoción, entonces no merece la pena el esfuerzo.

 

La bola negra es un título aparatoso, atronadoramente poético, que supedita todas las emociones al éxtasis en la butaca y juega a hacer de cada escena la mejor experiencia cinematográfica de tu vida. Sin embargo, detrás del maquillaje y el disfraz, esconde una doble identidad: el taquillazo que atrae las miradas del mundo entero y el estudio personal y hondo de una figura llena de matices complejos como Federico García Lorca. Ambas identidades se pelean a lo largo del filme y una termina imponiéndose a la otra. Esta es la razón por la que, aún admirando la visión de los Javis, la factura técnica y algunas actuaciones, no puedo rendirme a la película en su conjunto. Porque un gran filme debe trascender a la suma de sus partes y este fracasa en su intento, acallando el verdadero sentimiento bajo una ensordecedora pirotecnia de frases grandilocuentes y ritmo adrenalínico.


THE BALLET LESSON


En su segundo largometraje, Kazuya Murayama realiza una obra de espíritu libre, espontánea y poética acerca de la unión familiar con ecos al cine de Yasujiro Ozu y Theo Angelopoulos. Una obra abrumadoramente sencilla en la que predomina un tono luminoso, casi mágico, que nos invita a reflexionar sobre un tema tabú como es la muerte de un ser querido.


The Ballet Lesson parte de una premisa minimalista, un camino que dos hermanos, Nikita y Nina, deben emprender con la ayuda de su distanciado padre en busca de su madre desaparecida. Es en esencia una road movie, por momentos liviana y contemplativa, en otros introspectiva e incluso simpática, que por encima de todo tiene la inmensa cualidad del humanismo. Con un apartado técnico muy cuidado y una cámara cuya lente refleja las infinitas posibilidades que ofrece la naturaleza, Murayama logra el pequeño milagro de emocionar, de sanar heridas melancólicas en apenas hora y media.


 

Sustentada en las prodigiosas actuaciones de Nikita y Niina Kondo, The Ballet Lesson es una lección de optimismo en una época descreída y cínica, que se abraza a lo material y desestima la dimensión espiritual que con tanta delicadeza, diríase casi una caricia, retrata Murayama. Hay ocasiones en las que una película no necesita de grandes medios o de un reparto plagado de estrellas para conseguir trascender la pantalla y eso es justo lo que consigue esta pequeña gran obra.


MINOTAUR


Después de años de ausencia y un exilio a Francia mediante, el cineasta ruso Andrey Zvyagintsev regresa al cine político vestido de intenso drama familiar con Minotaur. La cinta, que viene de ganar el Gran Premio del Jurado en la última edición de Cannes, adapta a su manera el clásico La mujer infiel (1969) de Claude Chabrol, manteniendo todos los códigos que hicieron grande el cine del auteur francés e incorporando una sucinta pero voraz crítica al régimen de Putin.


Las caretas que porta una familia burguesa para ocultar un océano de mentiras en la Rusia moderna sirven de telón de fondo como simposio sobre el conflicto ruso-ucraniano desde la óptica de la descomposición social, moral y humana de una nación. El retrato de una infidelidad esconde, en realidad, una violencia estructural que asfixia a todo aquel que osa desafiarla. Es el caso de la mujer de Gleb, un exitoso y discreto hombre de negocios, que busca en la calidez de otra cama la que por desgracia no encuentra en su propio hogar. Una alegoría no tan figurada sobre la condición de los exiliados, tachados de traidores por una patria que les ha fallado.



Si la intriga familiar estuviera al nivel de su esmerada crítica política, Minotaur sería sin duda una de las películas del año. Sin embargo, no puedo evitar desconectar con las gélidas dinámicas familiares, el desarrollo previsible y monótono y el derroche de metraje que acusa la última obra de Zvyagintsev. Aunque aporta una mirada punzante a una crisis social que lleva tiempo fraguándose, el tratamiento granítico y áspero hacia unos personajes planos y el escaso interés que genera en el espectador la evolución de una trama escueta que, por otro lado, camina por unos derroteros demasiado comunes en el género, hacen que no sea la experiencia plena y satisfactoria que anticipaba.


Con esto concluimos la primera parte de las crónicas de la 74º edición del Festival de cine de San Sebastián, pero no os vayáis a ningún lado, porque esto no ha hecho más que empezar. En el próximo artículo, hablaremos de Fjord, la última y polémica cinta de Cristian Mungiu, la sátira política de McDonagh en Wild Horse Nine, el delicado poema audiovisual de Ryūsuke Hamaguchi y mucho, mucho más. ¡Nos leemos, amigos y amigas de Universo Lumière!

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