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Hace unos días pedí vuestra opinión sobre el género que os gustaría que abordase en mi próximo artículo y la opción ganadora fue la de terror. Como yo me debo a vosotros, mis lectores, aquí se viene una reseña de no una ni dos ni tres, sino cinco películas de terror ochentero que abarca subgéneros muy distintos como el slasher, lo sobrenatural o los zombies. Cinco representantes del horror americano y europeo que espero sea de vuestro agrado. Así que, sin más, adentrémonos en el mundo de lo macabro.

The Hitcher (1986)



Deudora de El autoestopista de Ida Lupino y de El diablo sobre ruedas de Spielberg en menor medida, Carretera al infierno es un perfecto ejemplo de que, en el cine de terror, menos, es más. Con apenas dos personajes, un héroe y su némesis, el director Robert Harmon saca todo el provecho de su cinta para entregarnos hora y media de pura tensión. La película narra la persecución por las desérticas carreteras de Texas entre el joven Jim Halsey y el trastornado John Ryder, un psicópata que no cejará en su empeño por hacerle la vida imposible al chico.

Rutger Hauer, nuestro replicante de cabecera, rebosa carisma e intimidación en un papel hecho a medida para el desgarbado holandés. Cada una de sus intervenciones, que al contrario de lo que pueda parecer no son muchas, resultan de lo más hipnóticas y electrizantes. Su personaje no le tema a nada ni a nadie, tampoco muestra signos de fatiga o remordimiento; si nos dicen que es el mismísimo emisario de Belcebú en la Tierra, nos lo creemos. Por otro lado, C. Thomas Howell hace aquí el papel de su carrera (que no es mucho decir), resultando creíble en todo momento y aunque su papel no le exige demasiado interpretativamente hablando, tampoco falla a la hora de transmitirnos esa ansiedad y desesperación de su personaje, como tampoco falla Jennifer Jason Leig, en un papel secundario donde ya se dejaba ver como una actriz de belleza mística y gran porte en pantalla.


The Hitcher se sustenta sobretodo en el curtido actor Rutger Hauer y en un gran trabajo de dirección y ambientación que logra la difícil tarea de convertir una larga persecución a través del desierto en un thriller visualmente prometedor (el director de fotografía no es otro que John Seale, al que recordaréis por su último y brillante trabajo en Mad Max: Fury Road) y con un pulso narrativo sin parangón en el género.

Como nota negativa, se acusa cierta repetición de secuencias; al principio esto funciona muy bien, pero llegado al final puede resultar un tanto pesado. Además, la cinta no está exenta de casualidades y conveniencias de guion que jamás se explican y que sobretodo le hacen un flaco favor al villano, que en ocasiones puede parecer muy aleatorio e ilógico en sus acciones. Para los amantes del gore, no esperéis gran cosa de esta película, ya que la mayor parte del terror se construye alrededor de este particular juego del gato y el ratón y en cómo este llega a afectar incluso a los espectadores, haciéndoles partícipes.

Maniac (1980)


El realizador William Lustig nos sumerge en la perturbada mente del barrigudo paria Frank Zito, uno de los asesinos más icónicos de la gran pantalla. Joe Spinell, actor al que algunos reconoceréis por sus breves intervenciones en películas como El padrino: Parte II, Taxi Driver o en la queridísima saga de Rocky Balboa, nos entrega su mejor interpretación, bordando el papel del mugriento psicópata que hace de Nueva York el escenario de sus sádicas fantasías. Como podéis deducir, el título de la película le hace justicia al protagonista.

Lo más interesante de esta propuesta son los efectos especiales a cargo de Tom Savini, uno de los grandes genios del maquillaje y las prótesis en la década de los ochenta. La historia de este hombre es especialmente interesante: su inspiración para imitar con gran realismo los desmembramientos, decapitaciones y demás daños físicos que se mostraban en la pantalla venían de su participación en la Guerra de Vietnam, donde sirvió como fotógrafo de guerra. Algo en lo que muchas cintas bélicas fallaban por aquel entonces era en mostrar las heridas de bala o por cualquier otro artefacto con el rigor propio del campo de batalla y Savini fue uno de los grandes representantes de este movimiento que buscaba acercar la violencia de la guerra al celuloide.


En Maniac cada escena es un derroche de gore y mutilaciones. Un show bastante escabroso que creó escuela y fue un referente para muchos jóvenes que soñaban con rodar algún día una película así de fuerte. Pero además del gore, hay que elogiar los trabajos de Spinell en la interpretación y de Lustig tras la cámars; ambos sostienen el pulso de la película y le dan una factura técnica con la que muchas otras películas de serie Z soñarían. Además, tiene secuencias muy bien realizadas como la del metro y aunque el desenlace es un tanto apresurado y confuso, Maniac ofrece justo lo que promete.

El más allá (1981)


Ya hemos hablado de una cinta de terror más psicológico como Carretera al infierno y otra más gore como Maniac de Joe Spinell; ahora toca cruzar el Atlántico para recorrer el viejo continente. Europa siempre ha tenido una buena cantera de terror: el más conocido seguramente sea Alfred Hitchcock, el maestro del suspense, pero no debemos olvidarnos de movimientos como el expresionismo alemán o el giallo. Este último causó furor en los años 60 y 70 gracias a figuras como Mario Bava, Dario Argento, Luigi Bazzoni o Lucio Fulci, que llevaron el cine italiano a un nivel de erotismo, violencia y estilo visual nunca antes visto. En aquella época también pudimos observar los inicios de otros directores como Sergio Corbucci, Tinto Brass o el más prolífico de todos, Sergio Leone. Era la época del spaghetti western, del cine erótico y por supuesto, del cine de terror.


El giallo alcanzó su apogeo en los años 70, experimentó en los años 80 –donde sus directores referentes buscaron nuevas fórmulas más arriesgadas que lo hicieran evolucionar– y se fue apagando en los años 90 hasta morir definitivamente con la entrada del nuevo siglo. Lucio Fulci sin duda empujó el género hacia nuevos horizontes con El más allá, película que bebe directamente del giallo y lo utiliza como base para crear algo nuevo; ese género que una vez estuvo más centrado en lo policíaco y en la caza del asesino en serie, ahora había explotado en ríos de gore, efectos especiales repugnantes e historias que mezclaban lo sobrenatural con lo sexual y lo freudiano.


Lo que más me atrae de L’aldilá –título original del filme– es que no se recata en ningún momento. Empieza salvaje y termina aún más salvajemente. La excentricidad del género originado en la década de los 60 alcanza nuevas cotas de casquería, situaciones pesadillescas e imágenes espeluznantes. Olvídense de la historia y de los personajes, aquí no hemos venido a deleitarnos con un menú degustación, sino con una grasienta y deliciosa pizza, donde cada ingrediente le añade más picante al grotesco espectáculo. El más allá es una recopilación de los mejores hits del género: tiene insectos, desmembramientos, desfiguraciones, descomposiciones, crucifixiones… ¡vamos, un festival de putrefacción!

Hay películas que no fueron hechas para ser vistas desde el prisma de la lógica y la razón; El más allá es una de ellas. Lucio Fulci elabora una extravagante pesadilla, una estrafalaria representación del Mal en todas sus formas; si el espectador lograr soltarse las cadenas que lo atan a las leyes de la realidad y se deja llevar, encontrará en esta una magnífica cinta de terror.

Maniac Cop (1988)


Volvemos a Estados Unidos para tratar otra película de William Lustig que curiosamente también contiene la palabra maniaco en el título. Sin embargo, que esto no os confunda, porque Maniac Cop no guarda ningún paralelismo con la película que hablamos antes. Aunque ambas entran en la misma categoría de slasher, Maniac (1980) toma como protagonista al propio asesino, mientras que esta tiene a un veterano en el cine de terror como Tom Atkins cumpliendo el papel de detective yendo tras el rastro de sangre que deja este misterioso psicópata vestido de policía.

Lo interesante de esta propuesta, aparte de la violencia, es su reparto. Al mencionado Tom Atkins, icono del terror ochentero, se suma un Bruce Campbell que recién había estrenado Evil Dead 2 y también Richard Roundtree, más conocido en la gran pantalla por interpretar a John Shaft, aunque en un papel muy minoritario. Además, el guion corre a cargo del mismísimo Larry Cohen, uno de los últimos artesanos de la serie z.


La historia en sí no es nada del otro jueves, aunque se nota un cierto esfuerzo en darle al villano un pasado sobre el que poder desarrollar el argumento. Matt Cordell, el policía vengativo, deja un reguero de sangre y vísceras a su paso, recordándonos vagamente a otros villanos indestructibles de los ochenta y aunque en un concurso de popularidad perdería ampliamente contra Leatherface, Jason Vorhees, Michael Myers o Freddie Krueger debido a su escaso carisma, lo cierto es que no tiene nada que envidiarles en lo que a capacidad destructiva se refiere. Divertida y directa al grano, con un metraje muy ajustado que le sienta a las mil maravillas y alguna que otra secuencia de acción bastante competente. Los fans del gore preferirán sus secuelas, pero para los más clásicos, la original es todo lo que necesitáis.

Phenomena (1985)


En nuestra última parada de este viaje por el terror ochentero que espero os esté gustando, vamos a volver a una de las cunas del horror de la mano de Dario Argento. El icónico realizador y guionista romano ya empezaba a acusar cierto cansancio, que se haría evidente a partir de los noventa en adelante, cuando la producción y la calidad de sus obras cayó en picado. Aún así, los ochenta fueron una buena década para él, manteniendo vivo el género con cintas como Terror en la ópera o Tenebre.

La película que hoy abordamos es Phenomena –título en mi opinión bastante pobre, que sugiere poco e invita aún menos a verla–, protagonizada por una jovencísima Jennifer Connelly a la que un año más tarde, en el ’86, veríamos junto a David Bowie en la película de culto de Jim Henson, Dentro del laberinto. Acompañándola, en un papel secundario, encontramos al siempre bienvenido Donald Pleasence, uno de esos actores que siempre me gusta ver en pantalla.


El guion, como no podía ser de otra manera, está escrito por el propio Argento y si por algo se caracteriza es por ser una espiral de locura que por momentos roza lo surrealista y lo onírico, algo muy característico en su filmografía. Una experiencia bastante única en la que el espectador tendrá la oportunidad de sumergirse en un mundo fantasioso, donde la fina línea que separa lo real de lo irreal se entremezclan para formar una nueva y aterradora. La premisa es sencilla: Jennifer Corvino (Connelly), hija de una estrella de Hollywood, viaja hasta los Alpes suizos para ingresar en la Academia Richard Wagner. Lo que en principio parece un viaje de estudios se convertirá en uno de autodescubrimiento cuando se percata de que guarda un vínculo telepático con los insectos. Con la ayuda de su amigo entomólogo, el profesor John McGregor (Pleasance), y su mona ayudante, Jennifer tratará de desvelar el misterio que se oculta tras el internado y tras los brutales asesinatos que están ocurriendo en la región.


Si la premisa os parece de lo más extravagante y rebuscada, esperad a ver la película. Desde el primer minuto, Argento crea una atmósfera de ensoñación –prueba de ello es el sonambulismo que padece un personaje– donde la única constante es el peligro y el desconcierto. La sospecha y la incertidumbre se mantienen siempre en el aire, mientras tratamos de descifrar lo que, cual trilero, esconde Argento bajo la manga. Llegados al tercer acto, con todas las cartas sobre la mesa, el director nos sube a su montaña rusa de emociones: de la intriga al terror más visceral, pasando por algunos momentos cómicos y otros algo melodramáticos –véase el personaje de Frau Brückner–. El final, más que ser satisfactorio es ridículo, aunque se mantiene fiel a esa atmósfera antes mencionaba y al estilo del propio director. Con Phenomena, Argento demuestra ser uno de los grandes a la hora de construir mundos únicos y transportarnos a ellos, haciéndonos partícipes de las horripilantes imágenes que nos muestra. El espectador, atrapado e indefenso, no puede hacer otra cosa que agarrarse a la butaca mientras espera la próxima excentricidad made in Argento.
En un futuro cercano, la sociedad vive obsesionada con las celebrities. Como si de un culto pagano se tratase, las personas de a pie no conciben su existencia sin la del famoso –como si de una relación parasitaria se tratase–, cuya vida es retransmitida minuto a minuto por televisión. Por tanto, se podría decir que la caja tonta es la nueva Iglesia y los presentadores, actores y demás famosos son los dioses en los que el ciudadano se fija como modelo y estándar por el que regirse.


En esta sociedad distópica, una clínica se lucra vendiendo y suministrando enfermedades de famosos a fans que buscan desesperadamente establecer un vínculo con sus ídolos. Esta es la premisa de Antiviral, la ópera prima de Brandon Cronenberg, hijo del genio y maestro David Cronenberg, quien hizo del miedo a las enfermedades y a las transformaciones físicas una forma de entender el arte.

Estrenada en la edición de 2012 del Festival de Cannes, Antiviral tuvo una fría recepción tanto de crítica como de taquilla –tan solo recaudó $124,000 dólares de un presupuesto inicial de $3,3 millones de dólares canadienses– y no es de extrañar, ya que todo en este pequeño filme está diseñado para satisfacer a un selecto club de amantes al cine estrambótico.


Como no podía ser de otra manera, Brandon adquiere muchos de los manierismos y de las inquietudes narrativas de su padre, hasta el punto que parece que estemos ante un mero reflejo suyo. Quizá si tuviera que achacarle algo a esta magnífica ópera prima, sería la gran similitud que guarda con los trabajos iniciales de David a finales de los 70 y a lo largo de los 80. Antiviral se siente como una propagación del virus cinematográfico “David Cronenberg”.

Sin embargo, Brandon no se contenta con ser la visión tras la cámara, sino que escribe también el guion y he de decir que este está a la altura de su apellido. No obstante, al contrario de lo que ocurre en otros guiones, lo importante de este no es tanto la historia en sí sino lo que subyace.


Syd March (Caleb Landry Jones) se dedica a vender enfermedades a personas que han perdido toda dignidad y amor propio, pero el problema va mucho más allá de una panda de groupies malgastando el dinero; el culto al famoso se ha convertido en una nueva forma de vida. Todo lo que consumimos en esta escalofriante distopía que tan bien retrata el hijo mediano de los Cronenberg, tiene como único objetivo acercarse a la carne del famoso. Una comunión física que trasciende lo corpóreo, corrompiendo el misma alma del individuo.

El papel de Syd en este loco mundo no es el de un simple espectador, ni siquiera el de verdugo; él es una víctima más de la mente colectiva. Al igual que muchos, Syd siente una obsesión malsana por Hannah Geist, la reina del mundillo de las celebridades, y pretende crear un vínculo biológico con ella por medio de la sangre y la enfermedad. Cronenberg diseña un mundo aterrador que en cierta medida guarda similitudes con la realidad, lo cual hace que el conjunto resulte de lo más inquietante.


Como dije antes, Antiviral tiene en su historia una de sus grandes bazas y otra es sin duda la ambientación. Minimalista y con un claro predominio del blanco, el diseño de producción es sencillo y es muy eficaz a la hora de mostrarnos ese contraste entre la pulcritud y asepsia del entorno y los repugnantes comportamientos de los personajes que lo habitan. En un momento de la escena, sirviéndose de un plano general, Brandon Cronenberg retrata la fotografía del escenario –frío, puro y limpio– para, momentos después, horrorizarnos con un festival de agujas, deformidades y sangre por doquier.

Sin embargo, este juego de contrastes no resultaría tan efectivo sin un actor que supiese adaptarse al escenario. Si bien Caleb Landry Jones no hace un trabajo particularmente memorable –la visión del autor está por encima de cualquier actuación individual–, su elección de casting me ha parecido acertadísima. Algunos quizá lo recuerden en el papel de hermano psicótico en Déjame salir (2017) de Jordan Peele y no es casualidad que ambos personajes compartan similitudes, ya que Landry Jones está encasillado en el rol de villano perturbador. Incluso en Antiviral, donde es absoluto protagonista, su personaje jamás puede ser considerado un antihéroe –mucho menos un héroe–. Aparte de su tez lechosa y apariencia aniñada, aquí destaca sobretodo por una mirada carente de emociones y unas gesticulaciones erráticas y enfermas que transmiten en todo momento la fragilidad física y mental del personaje.


Por otro lado, las interpretaciones del resto del reparto son bastante insípidas. La canadiense Sarah Gadon, que interpreta a Hannah Geist, no tiene prácticamente ningún peso dramático en el filme y cuando aparece tampoco causa sensación, más allá de su cautivadora belleza clásica. Los demás actores son de segunda o tercera fila, algo lógico teniendo en cuenta el ajustado presupuesto del proyecto, pero esto tampoco ayuda a sumergirnos en la historia.


Además, el guion que antes alababa por su originalidad, también peca de cierta frialdad. Resulta harto complicado sentir empatía por alguno de los personajes de la obra o alinearse con sus preocupaciones. Todos, absolutamente todos, forman parte de un entramado social podrido hasta la médula y lo peor es que no hay ninguna señal de rebeldía contra este “establishment”. Seguramente alguien, en algún momento, fuese consciente del oscuro lugar hacia el que se dirigía esta sociedad, pero de eso ya hace mucho, mucho tiempo.

Cronenberg quizá hace demasiado bien su trabajo analítico como para que nos importe cualquiera de sus personajes, lo cual va en perjuicio del ritmo y del interés que el espectador llega a tener en el desarrollo de la trama.

En definitiva, Antiviral es un debut más que interesante de un director que busca encontrar en la voz artística de su padre la suya propia. Esta película sirve como una notable carta de presentación, así como un recordatorio de que el concepto de la “Nueva Carne” sigue siendo relevante y busca, en este siglo XXI, reinventarse gracias en parte a las mega-celebrities que día y noche se dejan ver en la web. Una nueva forma de idolatría virtual, que ha encontrado en el culto a la belleza corporal una especie de salvación espiritual –que en realidad no es otra cosa que servidumbre mental– realmente sórdida.


7/10: LA TRANSFORMACION DE LA CARNE.
En 2004 Leigh Whannell y su amigo James Wan irrumpieron con fuerza en Hollywood de la mano de Saw, película gore que causó furor en su momento e inició una franquicia que aún continúa hoy día. Años después de aquel éxito, emprendieron caminos muy distintos: mientras el malayo se sumergía en las profundidades marinas para dirigir la nueva superproducción de Warner Bros., Aquaman, Whannell se decantaba por el cine independiente fichando por la productora Blumhouse. Su primer proyecto en solitario fue Upgrade (2018), película que convenció a crítica y taquilla e hizo las delicias del amante a la ciencia ficción más sucia y underground. Había nacido una nueva figura dentro del cine de género.

The Invisible Man

De esta forma llegamos a El hombre invisible, última adaptación del clásico literario de H.G. Wells. Producida por Blumhouse, escrita y dirigida por Whannell y protagonizada por Elisabeth Moss, el filme propone un nuevo giro de tuerca a la historia de sobra conocida por todos. Cecilia (Moss) vive controlada por su novio Adrian Griffin, una eminencia en el campo de la óptica. Sin embargo, justo cuando cree haber escapado de su maltratador, la verdadera pesadilla no habrá hecho más que comenzar.

Si por algo destaca esta productora es por hacer productos solventes con una factura técnica respetable para los medios de los que dispone, proporcionándonos altas dosis de entretenimiento. Por supuesto, como cualquier productora que lleve años en el negocio, Blumhouse no está libre de tropiezos, pero creo que, así como Disney ha sabido dar con la tecla en el género de superhéroes, ellos han hecho lo propio con el cine de terror.

El hombre invisible de Blumhouse

El hombre invisible arranca con potencia, con una Elisabeth Moss convincente en su rol de mujer maltratada y un gran uso de los efectos y del montaje sonoros para construir una atmósfera de tensión y alarma constante. Whannell sabe imprimirle el tono y el ritmo necesario para que le historia –que por sí sola no es nada del otro mundo– cale hondo en el espectador.

Sin entrar en spoilers, la secuencia de apertura es todo un clinic de cómo hacer buen terror, sin excesos ni adornos; la acción se cuenta sola. Aquí el terror se siente tan cercano, tan real y humano, que la audiencia queda desprovista del arma de la razón que tanto usa cuando hay zombies o fantasmas de por medio. El director y guionista australiano siembra el miedo en nuestros corazones con un sonido o un movimiento de cámara. Tan sencillo como genial.

Fotograma de El hombre invisible

A su habilidad para contar historias hemos de sumarle a una protagonista con la que empatizamos desde el primer minuto. Su miedo resulta apabullante y la tensión que lo acompaña, que no hace más que crecer a lo largo de la primera mitad de la cinta, termina afectándonos.

Aparte de los ya mencionados efectos de sonido, que aquí tienen una importancia capital, la interpretación de Moss es sorprendentemente buena. Digo esto no porque crea que sea una mala actriz, sino porque estos papeles suelen ser dados a actuaciones desganadas. Sus gesticulaciones, tics nerviosos, expresiones faciales y sus posturas se van ajustando a cada momento del arco de personaje y aunque en algunas escenas peque de cierto histrionismo, a la actriz de El cuento de la criada no se le puede achacar falta de compromiso.


Elisabeth Moss en El hombre invisible

Desafortunadamente, la potencia con la que arranca se ve diluida por una segunda mitad que comienza a trompicones y termina descarriando. Las señales de fatiga van siendo evidentes cuando las incoherencias y las casualidades de guion empiezan a sucederse; algo no pinta bien. Luego comienzan a mostrarnos escenas de acción pobremente ejecutadas –aunque sí violentas– que no pegan con el ritmo sosegado del principio. Finalmente, lo que apuntaba a un buen thriller psicológico, terminó en película de acción genérica. Echando la vista atrás, siento como si esta película fuese en realidad dos: una primera, atmosférica y centrada en lo psicológico y una segunda mucho más ordinaria y predecible.

En mi opinión, al guion le sobra acción y le falta profundizar en ciertos aspectos de la relación tóxica que mantuvieron Cecilia y Adrian Griffin; al menos así el desenlace hubiera cobrado mayor impacto. Lo más terrorífico de esta nueva adaptación de El hombre invisible no es la sangre o los disparos, sino la perturbadora idea de que un demente te quiere hacer daño, pero no sabes ni cuándo, ni cómo, ni dónde. El concepto de invasión de la privacidad, sumado al maltrato y a las relaciones abusivas forman un conjunto inquietante del que se podía haber sacado mayor partido.

Oliver Jackson-Cohen en El hombre invisible

Por otra parte, si antes alababa la interpretación de Elisabeth Moss, no puedo decir lo mismo de algunos como Oliver Jackson-Cohen, que encarna al antagonista Adrian Griffin –papel que, en un principio y bajo otro guion, iba a interpretar Johnny Depp–. Es verdad que sus apariciones se cuentan con los dedos de una mano, pero lo poco que hizo pasó muy desapercibido y nunca me dio la sensación de que su actuación fuese acorde al tipo de personaje que interpreta.

En definitiva, El hombre invisible es una adaptación más que caerá rápidamente en el olvido y que, de ser recordada, lo será por una grandísima Elisabeth Moss y una factura técnica notable. Leigh Whannell no decepciona, pero tampoco apasiona con una historia que arranca bien, pero que poco a poco se le empiezan a ver las costuras. ¿La recomiendo? Depende mucho de tus gustos cinéfilos, pero yo diría que estamos ante una de esas películas hecha a medida para disfrutarse en una sesión de terror moderno desde el sofá de tu casa.

El hombre invisible

5,5/10: Y DE PRONTO, EL GUION SE VOLVIO INVISIBLE.

Meted en una coctelera elementos de Alien, el octavo pasajero, The descent y The Abyss de James Cameron, ahora añadidle un toque lovecraftiano, otro de ciencia ficción y os dará como producto esta nueva película del director independiente William Eubank.  Su propuesta no le resultará fresca ni original a casi nadie y esto puede ser un arma de doble filo, uno que a veces inclina la balanza del lado positivo del entretenimiento, pero que en otras cae del lado negativo…el del aburrimiento. La duda que le surge aquí el espectador es si el elenco encabezado por Kristen Stewart, Vincent Cassel y TJ Miller, la dirección de Eubank y el aspecto audiovisual ayudan a elevar un conjunto que, en principio, se espera bastante previsible. La historia, ambientada en las profundidades de la fosa de las Marianas, narra los obstáculos que han de superar seis tripulantes cuando las instalaciones comienzan a inundarse a gran velocidad. Para ello deberán, entre otras cosas, caminar por el fondo marino, algo que nadie antes había hecho. Lo que se encontrarán en su camino nadie lo sabe…

Quiero empezar esta reseña admitiendo que llevaba tiempo siguiéndole la pista a este proyecto y que tenía bastantes esperanzas depositadas en él; no tanto por sus estrellas protagonistas o por su joven y prometedor realizador, sino más bien por su propuesta. La familiaridad de la premisa provocaba en mí una sensación de déjà vu que, lejos de echarme para atrás, me entusiasmaba. Seis personajes luchando por sobrevivir en terreno desconocido, bajo condiciones extremas y para colmo, siendo amenazados por una especie animal (o alienígena) desconocida, que se presenta al espectador en forma de incógnita. Un poco de misterio, suspense, terror y todo ello con un telón de fondo subacuático que podía prestarse a muchos momentos de tensión claustrofóbica. ¿Qué más podía pedir un aficionado al género como yo? Lamentablemente, el resultado dista mucho de las expectativas.


Lo primero que acusé de esta producción fue su floja historia. Y es que los guionistas Brian Duffield y Adam Cozad jamás se alejan de sus influencias, tanto que uno se pregunta cómo pudieron rascar 50 millones de presupuesto con tan poquito. No creo que nadie (ni siquiera yo) esperásemos ninguna innovación argumental de gran calado, pero hay que pedirles más a los narradores de Hollywood, que parecen más interesados en imitar lo conocido que en explorar nuevos horizontes, pensando que quizá así el público no los castigará en la cartelera. En muchas oportunidades, la diferencia entre una película mala y una entretenida es el atrevimiento que el director y su equipo de producción estén dispuestos a echarle. La clave de Underwater no residía tanto una historia brillante y profunda, sino en el descaro que William Eubank y los guionistas le pusiesen al proyecto. Desgraciadamente, da la sensación de que lo hicieron faltos de motivación y lo que es peor, de ideas. Podrás errar o acertar, pero en un título como este, nunca deberían acusarte de timorato.


Los personajes, interpretados competentemente por un buen elenco de actores, son tan aburridos como un documental de la dos en un sábado de sobremesa. Aunque hay un ligero esfuerzo por subvertir las expectativas de la audiencia, sobretodo en lo referido a quien muere y vive, ninguno nos importa lo más mínimo y por lo tanto, no logramos empatizar con ellos ni con la situación que atraviesan. Es cierto que disfruté, en cierta medida, de su ritmo acelerado y de una buena secuencia de escenas de suspense, pero eso no justifica ni mucho menos el precio de la entrada. 

Además, Underwater es muy torpe cada vez que intenta profundizar en su argumento. Quitando las divagaciones existencialistas de la protagonista, tan bonitas como vacías, no hay siquiera un esbozo de una historia. Me pareció curioso, por desacertado, la ingente cantidad de información introducida en los títulos de crédito iniciales, que luego no mencionan nunca más hasta…¡sorpresa, los créditos finales! Tengo la impresión de que el guion inicial era tan escueto que los productores, temiéndose la debacle que se les avecinaba, decidieron añadir pequeñas pinceladas argumentales de esta forma tan poco sutil.


Si el guion dista mucho de ser bueno, tampoco sirve de mucha ayuda un aspecto audiovisual errático, agotador y confuso hasta decir basta. Los primeros planos se suceden, los cortes se vuelven cada vez más vertiginosos y de peor gusto y encima de eso, el filtro lóbrego que le aplican a la imagen hace de cada escena un auténtico embrollo, únicamente salvado cuando la tripulación se encuentra en interiores. Entiendo que su objetivo era transmitir la oscuridad que sienten los personajes al transitar por el fondo marino, pero el conjunto de decisiones que toma el equipo de filmación es tan desafortunado que uno no puede hacer otra cosa que llevarse las manos a la cabeza viendo el poco partido que le sacan al escenario. Por su parte, Marco Beltrami compone una BSO poco inspirada, que pasa desapercibida en todo momento pese a los esfuerzos por meter sonidos sintéticos, que sirvan de aliciente a las imágenes. 

En definitiva, dudo que Underwater le merezca la pena a nadie. Por un lado, aquellos que no tengan en alta estima este género, verán aquí un burdo copia y pega; por otro lado, si eres un apasionado de la ciencia ficción y ver monstruos es lo tuyo, tienes ofertas en VOD mucho más interesantes que esta. Sí, el diseño artístico es bastante bueno, tanto de los trajes de buzo como de las bestias marinas, y sí, la hora y media de metraje no se hace pesada en ningún momento. William Eubank y el encargado de montaje hicieron un buen trabajo en hacer que esta película fuese al menos soportable, pero ¿basta con eso? Yo creo que no, porque Underwater está más empeñada en parecerse a los clásicos del género que en satisfacer al espectador con algo fresco y gamberro.



4,5/10: EN LA OSCURIDAD DE LA SALA, NADIE PUEDE OIR TUS RONQUIDOS.