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El realizador galo Jacques Audiard, ganador en 2015 de la Palma de Oro por Dheepan, debuta en territorio americano con Los hermanos Sisters, un excéntrico western que narra las desventuras de Charlie y Eli Sisters –interpretados por Joaquin Phoenix y John C. Reilly respectivamente–, dos hermanos que trabajan como secuaces a las órdenes de un terrateniente apodado El Comodoro. Tras regresar de su última misión, este les manda cazar a Hermann Kermit Warm (Riz Ahmed), un buscador de oro a quien sigue John Morris (Jake Gyllenhaal), un investigador que contrató el propio Comodoro. Pese a contar con todos los ingredientes necesarios para alcanzar el éxito, algo marcha mal en esta obra desde el momento en que inicia hasta su mismo final.

No creo que exagerase si dijese que esta es la película que más me ha decepcionado en lo que va de año, por múltiples razones. Primero, porque teniendo a actores de semejante envergadura, uno confía en ver un producto que añada algo nuevo a este longevo género; segundo, porque esperaba una historia cuanto menos coherente, que supiese explotar de forma innovadora conceptos ya vistos; tercero y último, porque tenía más esperanzas depositadas en este realizador y guionista del que tanto y tan bien había oido hablar y que tan prolífica carrera había tenido en Francia. A falta de ver más obras de su filmografía, no entiendo cómo puede alguien con esas credenciales hacer un trabajo tan desdibujado. Porque, por encima de todo, Los hermanos Sisters es un lío de cuidado.

Argumentalmente, la película no tiene un verdadero hilo conductor que la mueva hacia delante, partiendo por una premisa que arranca con la absurda idea de que El Comodoro mande a alguien para ir de pueblo en pueblo siguiendo a su objetivo y más tarde envíe a otros para acabar con el mismo. Sé que parece una estupidez, un pequeño detalle que no debería repercutir en la calidad del filme; el problema es que todo el desarrollo pivota sobra este principio. Además, muchas de las situaciones que surgen por el camino se deben en gran medida a que son dos en lugar de uno los grupos que buscan a Hermann y sin embargo, Audiard no ve ninguna necesidad en explicarnos por qué alguien tomaría una decisión tan perjudicial para sus propios intereses. Entiendo que este tal Hermann, como cualquier otro prospector, estará o habrá estado en alguno de los puntos de extracción de oro más señalados de la zona, así que, ¿por qué no mandar a los tres juntos en su búsqueda? ¿Por qué no llevar a cabo una sola investigación en lugar de varias? ¿Acaso El Comodoro no puede encontrar a alguien que pueda hacer ambas cosas? No sólo se estaría ahorrando dinero sino también potenciales quebraderos de cabeza. Cuando la premisa con la que partes hace aguas, todo lo demás se va también por el retrete.


Por otra parte, el personaje de Riz Ahmed no es más que un MacGuffin con patas al que, para mi sorpresa, intentan darle profundidad en la recta final del filme. Lo cierto es que Audiard parece tener un aprecio especial hacia este personaje, razón por la cual le da muchos más minutos de los que realmente merece, alargando artificialmente su rol y de paso entorpeciendo su ya de por sí errático ritmo. Su relación con el resto de personajes no termina de funcionar ni a nivel de química ni tampoco en lo narrativo y por si fuera poco, la explicación por la cual éste busca oro parece sacada más de una película de fantasía medieval que de un western.

Es francamente difícil conectar con la narración cuando ésta navega entre los despropósitos de los hermanos Sisters y los desvaríos de Warm y John Morris que a menudo me hicieron dudar si estaba viendo una película o un simposio. Fueron muchas las ocasiones en las que me esperaba algún giro, alguna sorpresa que me enganchara a esta historia y todas ellas terminé frustrado. Así durante dos largas horas en las que ni sabe sacar provecho a los increíbles paisajes en los que se ambienta –a excepción de un par de planos– ni propone una banda sonora con aroma a western. Nada.


En lo que respecta a las actuaciones, el mejor y más carismático resulta ser John C. Reilly, un grandísimo intérprete injustamente encasillado en papeles secundarios y cómicos. Aquí muestra más facetas además de la humorística, convirtiéndose el verdadero alma de la historia; el único personaje con el que conectamos y empatizamos en todo este disparatado viaje. Joaquin Phoenix cumple bien en su papel de hermano loco, tirado a la bebida y metido en todos los fregados imaginables pero falla a la hora de darle significado a su comportamiento, terminando reducido a una mera caricatura. Y es que Audiard no sabe o no le interesa explorar la destructiva relación entre estos dos hermanos, ambas balas perdidas, que vagan de un lado a otro sin mayor propósito en la vida más que matar. Sabemos que algo les atormenta pero en ningún momento desarrolla la idea, tan sólo crea situaciones artificiales de enfrentamiento para tratar de engañar al espectador con fuegos de artificio. Audiard utiliza el drama como un verdadero trilero. En cuanto a Gyllenhaal y Ahmed, me cuesta valorar sus interpretaciones cuando sus personajes resultan tan planos y su relación tan forzada.

En definitiva, si esperabais como yo una joya moderna del western, me temo que Los hermanos Sisters no cumple ni de lejos con dichas expectativas. Su historia carece de sentido, es inconexa y francamente soporífera; los personajes son en su mayoría insoportables; las escenas de acción están mal rodadas, les falta impacto y gran parte de ellas tienen lugar en la oscuridad de la noche; la fotografía desperdicia planos panorámicos impresionantes en favor de absurdos primeros planos nunca antes vistos en el género. La cinta de Audiard naufraga a todos los niveles y lo peor de todo es que parece no importarle lo más mínimo. Tiene tal confianza en sí mismo y en su producto que, en lugar de rectificar, vuelve a incurrir en los mismos errores, lo cual es una pena vista la calidad del reparto y el esfuerzo que los protagonistas depositan en sus personajes. Al final, la película se queda en un quiero y no puedo; un intento de emular otros títulos recientes sin el ímpetu ni el ingenio de estos.


4/10: ¿CENTAUROS DEL DESIERTO? ¡MAS BIEN LUCKY LUKE!


La nueva película de Scott Cooper, ambientada en el Salvaje Oeste, nos cuenta la historia del viejo capitán del ejército de la Unión Joseph J. Blocker y su viaje, tanto físico como espiritual, en busca de redención y paz interior.


La filmografía del realizador Scott Cooper es corta pero brillante: hizo su debut con el drama Corazón rebelde, que le valió a Jeff Bridges su único Oscar hasta la fecha; luego vino La ley del más fuerte, otro drama con tintes de thriller y elementos cogidos del western, que marcó la primera colaboración con Christian Bale; por último, Black Mass se alejaba más del género dramático al que estaba acostumbrado, para adentrarse de lleno en el mundo del hampa en Boston, siguiendo los pasos de un Johnny Depp refulgente en el papel del mafioso Whitey Bulger. Y así llegamos hasta Hostiles, filme que supone su primera gran incursión en el género y en la cual cuenta con el apoyo de uno de los grandes actores de nuestra generación como protagonista. La historia se sitúa en algún lugar de Nuevo México, treinta años después del final de La Guerra de Secesión. Joseph Blocker (Bale) es un condecorado capitán unionista que se encuentra en el ocaso de su carrera militar. Blocker guarda un gran rencor hacia los indios, contra quienes se enfrentó en numerosas ocasiones y perdió a un gran número de amigos en el camino. Enfermo de nostalgia y hastiado de tanta lucha, el ajado capitán recibe órdenes de escoltar a un convaleciente líder Cheyenne y a su familia hasta Montana, en el norte de  EE.UU. Reticente en un inicio, Blocker emprenderá sin saberlo otro camino hacia la reconciliación consigo mismo y con su vida errante. Protagonizada por Christian Bale, Rosamund Pike y Wes Studi, Hostiles tiene todos los ingredientes para erigirse como uno de los grandes Westerns del siglo XXI.


La situación que atraviesa este género podría recordar de alguna forma al protagonista de esta cinta: una vieja gloria que ha atravesado tiempos mejores y que ha sufrido en sus propias carnes el peso del olvido. Lejos queda ya la época dorada que abarcó desde los años 40 hasta sus últimos estertores en los 70. Sin embargo, en los últimos años, el Western ha experimentado una especie de resurgir, parecido al de los años 90, donde títulos como Bailando con lobos, Wyatt Earp o Tombstone colmaron las ansias de los seguidores de este particular género. Esta nueva reaparición se debe a directores del talento de James Mangold, Quentin Tarantino, Iñárritu y ahora Scott Cooper, que con Hostiles firma uno de los mejores westerns crepusculares desde la grandiosa Sin perdón de Clint Eastwood. Estamos ante una cinta de ritmo pausado, que se cuece a fuego lento, pero que siempre sabe a donde quiere ir y el mensaje que trata de transmitir.  El director no huye de la violencia inherente a este período histórico pero tampoco busca que sea el centro de atención como Django desencadenado o Bone Tomahawk. Aquí la historia y sobretodo los personajes, cobran mayor importancia. Las conversaciones entre los compañeros de viaje del capitán Blocker no tienen desperdicio e incluso personajes secundarios como el de Rosamund Pike juegan un papel esencial en su desarrollo. El tono es mayoritariamente contenido y solemne, acompañado ocasionalmente de alguna escena de acción visceral.


El argumento toma gran inspiración de La diligencia y Centauros del desierto, dos clásicos ineludibles de John Ford. Queda claro desde el principio que tanto los guionistas como Cooper son amantes del sello “fordiano”: el antihéroe como protagonista, su afinidad por retratar grandes paisajes en sus películas e incluso su tratamiento del nativo americano, bueno o malo, pero siempre separado de la sociedad blanca emergente. Es cierto que la historia no sorprenderá a ningún cinéfilo por sus giros de guión ni sus diálogos dinámicos pero sí tiene mucho que decir en relación a la difícil convivencia entre los indios y los descendientes de inmigrantes europeos. En ese aspecto me recuerda vagamente al desasosegante thriller, Wind River, aunque Hostiles parte en su inicio con un conflicto abierto entre estas dos razas. Una herida abierta, difícil de cerrar e imposible de olvidar. Hostiles está llena de cansancio por una profunda tristeza que acompaña a los personajes de Wes Studi y Christian Bale allá adonde van. Han estado en constante enfrentamiento, dejando que el odio y la lucha definiesen sus vidas y ahora, en la recta final, se encuentran agotados, desgastados y deseando acabar sus días en armonía. Pero, ¿es demasiado tarde para eso? ¿podrán enmendar sus errores, fumar la pipa de la paz y dejar que las generaciones futuras construyan un futuro sin masacres?


En el terreno interpretativo sobresalen tres actores por encima del resto: Rosamund Pike, Wes Studi y Christian Bale. No quiero entrar mucho en detalle, ya que eso significaría destriparos gran parte de los secretos que guarda la película, pero los tres están a la altura de las expectativas. De sus actuaciones depende gran parte del éxito o el fracaso del filme. De resultar poco creíbles o carentes de emoción, Hostiles hubiese quedado en un ejercicio de reflexión interesante pero hierático, con una fotografía variada y siempre acertada de Masanobu Takayanagi pero al que le falta el alma, esencia. Un propósito para existir. También quiero mencionar a Ben Foster, un actor sensacional que siempre tiene algo que aportar por muy corta que sea su aparición en pantalla. Su personaje juega un papel crucial en la evolución del protagonista y en las decisiones que tomará a posteriori.

En definitiva, estamos ante una obra cruda, que trata el Salvaje Oeste como un lugar que contrasta la belleza de la naturaleza con la acción devastadora y despiadada del ser humano, sin importar su procedencia ni el color de su piel. Su tesis es que hemos cometido atrocidades desde tiempos inmemoriales y que el curso de las cosas parece condenado a ser el mismo. No obstante, como ocurre en cualquier historia personal, no se trata de salvar a la sociedad ni al mundo en su totalidad; ni Joseph J. Blocker es Batman ni la línea entre el héroe y el villano está claramente definida. Se trata de enterrar el hacha de guerra y coexistir, que nuestro odio no domine nuestra vida y que, aunque sea por un breve momento, abandonemos las hostilidades y podamos disfrutar del descanso del guerrero.


8/10: EN BUSCA DE LA ANSIADA REDENCIÓN.

Ficha técnica

Título original: Man without a star

Año: 1955

Duración: 90 min.

País: EE.UU.

Director: King Vidor

Guión: Borden Chase, D.D. Beauchamp

Fotografía: Russell Metty

Música: Jospeh Gershenson

Género: Western

Reparto: Kirk Douglas, Jeanne Crain.

El renacido es el último filme del brillante dúo Iñárritu-Lubezki, que cambia el teatro de Broadway por el salvaje Oeste, a Michael Keaton por Leonardo Dicaprio, el lirismo por la brutalidad. Ésta es la historia real de Hugh Glass (DiCaprio), cazador y trampero, que durante una expedición es sorprendido y atacado por una osa que intenta proteger a sus cachorros. Herido de muerte, Glass es cruelmente abandonado por uno de sus compañeros, John Fotzgerald (Tom Hardy). Sin embargo, Hugh “resucita” e inicia una colosal odisea de más de trescientos kilómetros con el fin de vengarse de Fitzgerald.

Empiezo hablando por la fotografía de Emmanuel Lubezki, uno de los aspectos más preciados de esta obra. El mexicano, ganador de dos Oscars consecutivos, asiduo del director cuya colaboración en Birdman le valió su última estatuilla en la pasada edición. Si aquella revolucionó la forma en la que entendíamos la edición y el montaje, un sobresaliente experimento que culminó con un éxito rotundo entre la crítica mundial, El renacido no lo es menos. El hecho de que sus más de dos horas y media de metraje estén íntegramente filmados con luz natural supone un hito cinematográfico, a la altura de la legendaria historia de supervivencia de Hugh Glass. Muchos calificarían la decisión como un arriesgado ejercicio de grandilocuencia, llevado por un monumental ego únicamente equiparable a su consecuente fracaso. No obstante, tras ver la precisión quirúrgica con la que filma cada movimiento, sus detractores no tendrán más remedio que aplaudir la brillantez de su obra acabada, admitiendo manque les pese la fuerza y el compromiso con el que éste artista ingenia cada uno de sus proyectos. Jamás hubo mejor uso de la luz como en El renacido, jamás se ha mostrado a la naturaleza tan visceral como aquí y es que el frío y las inclemencias se sienten en primera persona, la madre naturaleza adquiere mayor presencia que las actuaciones o incluso la historia. El guión es una adaptación de varios relatos que narran el trepidante viaje de Glass a través de las montañas de Montana y Dakota, una historia de lucha y superación personal como ninguna que se haya visto antes en la gran pantalla y pese a su grandeza -o quizás por culpa de ella-, fallan en transmitir algo más que la crudeza de los acontecimientos. Me faltó un elemento más espiritual en el desarrollo del personaje de Glass, una cierta introspección quizá abstracta, quizá filosófica pero al fin y al cabo introspección. Rascando la superficie de un relato tan heroico como milagroso, el guionista peca de ser excesivamente lineal y directo, poco sutil. Nada tiene que ver la carga de violencia del filme, más bien la carencia de una alternativa, una vía de escape que indague en las razones que llevan a un hombre muerto a resurgir de sus cenizas cual ave fénix. Los diálogos son escuetos y atinados, no hay “relleno” ni historias secundarias que desvíen nuestra atención del justiciero Hugh Glass. DiCaprio abandona el traje y la gomina de El Lobo de Wall Street para equiparse con un fusil y vestirse con un atuendo de pieles, ensuciándose las manos de barro y sangre, desenvolviéndose en un medio donde la diferencia entre la vida y la muerte es cuestión de mucho sacrificio y algo de fortuna. Su interpretación es la más descarnada de su carrera, destacando por encima las expresiones corporales y faciales de las dialécticas. Esto es el salvaje Oeste y que mejor que Tom Hardy para habitarlo, un actor cuyo éxito le ha llegado gracias a personajes desalmados como Bane o Bronson. Ese tipo de carácter que distingue al actor británico encaja a la perfección, transmitiéndonos la ferocidad con la que se convivía antaño, haciendo que nos sintamos incómodos con las decisiones que toma y con como las toma. Porque, si Glass era un superviviente también lo eran Fitzgerald y los indios ya que, aquel que no lo fuera, sufría duramente las consecuencias. Aparte de éstos, Gleeson y Poulter tienen papeles testimoniales, poco relevantes y carentes del carisma pertinente, algo justificado teniendo en cuenta la confrontación incansable entre DiCaprio y Hardy, dos hombres con mentes diametralmente opuestas cuyas desavenencias destruyen como un torrente todo lo que se encuentra en sus caminos. La dirección de Iñárritu viene envuelta en polémica, alrededor de las repetidas quejas por parte del cuerpo técnico, que clama haber sufrido unas condiciones deplorables de rodaje. Algo lógico, teniendo en cuenta el reto que suponía filmar cronológicamente en exteriores en pleno invierno. Muchos dirán que ese tipo de clima puede recrearse sin dificultad por pantalla de ordenador, pero yo soy de la opinión que un filme de este calado debe intentar mantener la verosimilitud en todo momento, firmando una cinta lo más cercana a la realidad de su periodo, distanciándose de trucos tecnológicos que edulcoran y mancillan la ambientación de la película. El mexicano ha querido que él y su equipo vivan próximos a la naturaleza, lidiando con los descensos bruscos de temperatura, saliendo de la zona de confort para adentrarse en el corazón de las montañas nevadas de Alberta. Destacar también la música, elemento fundamental para hacernos llegar la tensión de la escena, acelerando los latidos de nuestros maltrechos corazones. Mayoritariamente son los instrumentos de percusión -como el tambor- y los de cuerda los más presentes, con temas variados que mantienen un tono solemne. 


 En definitiva, El renacido representa un giro radical en las carreras de todos sus partícipes desde el director Iñárritu hasta el último de los ayudantes, debido a sus características pocas veces vistas en la producción de un filme. Puede que sea su singularidad la culpable de dividir a la crítica por igual, dicho esto es irrefutable que visualmente e interpretativamente la última obra de este magnífico realizador roza la excelencia. Por otra parte, sería de tercos no admitir sus carencias a la hora de arriesgar y trascender más allá de la sangre y la violencia. La épica del cazador “resucitado” cuya travesía perduró hasta nuestros tiempos merecía algo más sustancial incluso metafísico de lo visto, el interés que suscitó no se debe exclusivamente a las pruebas físicas que superó sino a las mentales, un aspecto que ni Iñárritu ni el guionista lograron aprovechar. Una narración que resulta demasiado yerma, incapaz de sacarle todo el provecho, lastrada por sus evidentes límites y sobrepasada por la grandeza de su hito. Tras verla pasará por sus cabezas el nombre de Terrence Malick, sus maneras e imágenes -Lubezki ha trabajado con él en numerosas ocasiones- pero no su fuerza ni originalidad, calificándola como un tosco intento de imitación. Lo que está claro es que DiCaprio se erige una vez más como uno de los actores más camaleónicos de los últimos años, entrando en un selecto grupo de actores para la eternidad. Hugh Glass luchó por su vida, contra los elementos y los hombres, en tiempos poco amistosos y ahora, dos siglos más tarde, volvemos a revivir la resistencia del hombre ante la adversidad.

8/10: LUCHAR PARA SOBREVIVIR




Los Ocho Odiosos -me niego a llamarla de otra manera- es el segundo de tres westerns que Tarantino tiene pensado hacer para convertirse en lo que él denomina “un verdadero director de westerns” y junta de nuevo a gran parte del reparto de sus anteriores películas: Kurt Russell de Death Proof, Samuel L. Jackson que colaboró, en mayor o menor medida, en todas sus películas a excepción de su ópera prima Reservoir Dogs y Kill Bill Vol.1, Walton Goggings, Michael Madsen y Tim Roth entre otros. A ellos se unen Jennifer Jason Leigh, Bruce Dern y Demian Bichir para conformar el grupo que da nombre al título. La historia, como muchos ya sabréis, transcurre mayoritariamente en la mercería de Minnie, regentada por Minnie y su marido, una posada para viandantes y forasteros. Durante una ventisca, una diligencia ocupada por el cazarrecompensas John Ruth (Russell) y su prisionera Daisy Domergue (Leigh) se ve obligada a hacer escala en dicha mercería en su ruta hacia Red Rock, donde Ruth cobrará la recompensa de 10.000 dólares por Daisy y Daisy…bueno, ella será ahorcada en la plaza del pueblo como pago por sus horribles actos. Pero en su trayecto se encontrarán con dos desdichados autoestopistas del Oeste: el Mayor Marquis Warren (Jackson), héroe de guerra de la Unión convertido a cazarrecompensas y el ex-soldado Chris Mannix (Goggings), charlatán y bandido confederado. Cuando llegan a la mercería, se encontrarán con cuatro inquilinos un tanto sospechosos  y un montón de preguntas esperando una respuesta.


Me gustaría empezar por la famosa fotografía, anunciada y promulgada entre los cinéfilos del mundo por ser la primera vez, en mucho tiempo, que se rodaba íntegramente en 70 mm. Panavision -formato que dio vida a épicas como Ben-Hur, Éxodo o 2001: odisea en el espacio-. Robert Richardson firma un resultado majestuoso, mi único pesar es no haber podido disfrutarla en una sala de cine apropiadamente equipada, conformándome con la versión digital. Aún así, solo con imaginarme la impresión que tendría ver las montañas nevadas de Colorado en versión panorámica, me doy cuenta de la importancia de filmar en dicho formato. Cierto es que la cinta se desarrolla en un espacio cerrado, lo que a priori debería disuadir a cualquiera de filmar en 70 mm. Sin embargo, el efecto que esta filmación le otorga a Los Ocho Odiosos es el de ver una obra de teatro, donde el espectador observa todo lo que ocurre en la escena, nada ni nadie se le escapa a la vista y según el propio Tarantino, resulta muy efectivo con una historia de intriga y misterio como la que aquí nos presenta. El guión, como no podía ser excepción, escrito por Tarantino es un cruce entre una novela de Agatha Christie y la violencia más visceral de Kill Bill. La primera mitad del filme -recordad que en la versión extendida, hay una obertura y un intermedio- está llena de tensión, suspense y desconfianza entre los ocho huéspedes. John Ruth está convencido de que algo malo está a punto de ocurrir, de que alguien no es quien dice ser. Así comienza un juego de Cluedo en el medio Oeste, una versión de La cosa de John Carpenter, donde el frío y la nieve juegan el papel de prisión. Todo marcha según lo previsto, hasta que algo ocurre, un suceso que cambia totalmente el escenario y es ahí donde presumo que el intermedio de quince minutos daría comienzo. No obstante, no estoy seguro de cual es la razón, si es una mala ejecución por parte del guionista o la ausencia de intermedio en el formato digital, pero ese viraje de 180º que toma la historia me resultó demasiado abrupto, forzado e innecesario en una obra que hasta el momento estaba sobresaliendo. El suspense se fue por la borda, en pos de la violencia más tarantiniana, lo cual normalmente me encanta pero en Los Ocho Odiosos naufraga. El ejemplo más claro es el de La cosa; desde el primer minuto hasta el último segundo, Carpenter juega con nuestras emociones y nuestra mente, volviéndonos tan paranoicos como sus personajes, en definitiva, metiéndonos el miedo en el cuerpo, trasladándonos al frío polar Antártico. Aquí eso no ocurre, la tensión se siente por momentos y va “in crescendo" hasta que Tarantino decide que es hora de la casquería marca de la casa. Y junto a ella llegaron las incongruencias, que me sacaron momentáneamente de la acción, hasta que el sonido de las pistolas desenfundándose volvieron a captarla. Las actuaciones son estelares. El mejor sin duda es Samuel L. Jackson, su musa, que nos brinda una de sus mejores interpretaciones desde la infravalorada Jackie Brown. El personaje de Marquis Warren es el gran protagonista, tanto por diálogo como por peso, pero sin su gran actuación, el personaje jamás habría tenido el carisma con el que Tarantino lo escribió, todo se habría quedado en la tinta del libreto. Tras él, Kurt Russell, curtido actor que ya protagonizó este mismo año otro western con Bone Tomahawk, encarna a la perfección a John Ruth el personaje más precavido y obseso de todos. Pero obviar al resto del reparto sería como dejar un manjar a medias, ya que tanto Leigh como Goggings -quizá en su papel de mayor entidad hasta la fecha-, Roth, Madsen, Bichir y hasta el veterano intérprete Bruce Dern, bordan sus respectivos roles y todos, sin excepción, hacen honor a su calificativo de odiosos. Tarantino es un maestro del buen rollo, un gurú de la armonía, famoso por crear una atmósfera de trabajo enriquecedora y amena, donde todos desde el iluminista hasta el actor se conocen y aportan su granito de arena para conseguir el mejor producto posible. La música, qué decir de la banda sonora conducida por el maestro compositor Ennio Morricone, causante de bandas sonoras para el recuerdo como la de Un puñado de Dólares, El Bueno, El feo y el malo, Hasta que llegó su hora o La misión entre muchas otras, nominado cinco veces a los premios de la Academia y ganador de uno honorífico -¡solo faltaba!- como reconocimiento a su ilustre y prolífica carrera. Al comenzar la película y escuchar esa música ya me sentía en un spaghetti western de Sergio Leone, en el momento en el que los títulos se sucedían y llegado el “Music composed by” con el nombre Ennio Morricone debajo, los pelos se me pusieron como escarpias y me apetecía saltar de mi asiento y aplaudir de emoción. Algunos de vosotros sabréis que Ennio compuso también la música para La cosa, una mera anécdota sino fuera porque el director y causante de su contratación es el rey de los cinéfilos, Quentin Tarantino. Él tenía tan presente querer homenajear al clásico de Carpenter, que emitió un pase privado de la película en su casa para los ocho protagonistas y hasta incluyó un tema de la película que había sido rechazado para el montaje final.


Concluyendo, Tarantino lo vuelve a hacer, es su octava película y sigue sorprendiéndonos como lo hizo con Reservoir Dogs. Dice que hará dos películas más, que llegadas diez parará y se dedicará a escribir novelas u obras de teatro o lo que él quiera, yo rezo para que eso nunca pase y podamos disfrutar de muchas más de sus “locas” ideas. Es cierto que no llega al nivel de excelencia de algunas de sus obras maestras, por culpa de sus fallos de guión e incoherencias, para conveniencia de un giro dramático de los acontecimientos que no me convenció, como tampoco lo hizo la violencia gore, demasiado estrafalaria para una historia que se antojaba más contenida y menos tarantiniana si se me permite la expresión. No obstante, su maravillosa factura, las tremendas actuaciones y una música excelente componen una cinta que muchos realizadores matarían por hacer. Con ésta, su octava obra, el genio nacido en los 60, criado por un televisor y un reproductor de vinilos, continúa ocupando el trono de Hollywood manque le pese al estirado académico, licenciado honoris causa, que grite de odio y rencor hacia su larga figura: ¿¡cómo lo consigue ese bastardo!? Talento y pasión, ese es Quentin.

8/10: ¡VENID Y PROBAD EL PLOMO DE LA JUSTICIA!

 P.D. Os dejo con el tema Bestiality, la pieza que se quedó fuera de la versión final de The Thing, de John Carpenter. Desde luego, un tema muy apropiado para The Hateful Eight, que quizá habría desentonado con la susurrante música de la obra original.