jueves, 26 de enero de 2017

Mirada soñadora, corazón sufridor y alma inconformista

La ciudad de las estrellas (La La Land en su título original) supone el tercer largometraje de Damien Chazelle, un joven realizador que irrumpió en escena con la vibrante Whiplash y que, con esta obra, se consagra com uno de los mejores cineastas del momento. La película cuenta la historia de Mia y Sebastian, dos jóvenes idealistas en busca de fortuna que malviven en la vasta ciudad de Los Angeles. Ella sueña con ser actriz de Hollywood; por la otra parte, él lucha cuál paladín, por salvar al jazz del olvido. De primeras no encajan el uno con el otro pero pronto descubrirán, por azares del destino, que no son tan distintos. Es más; su relación, artística y sentimental, parecía estar escrita en las estrellas. Protagonizada por el dúo Gosling-Stone, que ya viéramos en la encantadora película Crazy, Stupid Love (2011) y en Gangster Squad (2013), este drama romántico musical revitalizará tus ambiciones y dejará su huella en todo aquel que se sienta identificado con el proceso creativo del artista. 

Mientras escribo estas líneas me permito el lujo de deleitarme con el álbum Sketches of Spain de Miles Davis, una maravilla para los sentidos que, paradójicamente, guarda similitudes con uno de los protagonistas del filme. Sebastian (Gosling) es un excelente pianista con unos ideales que lo mantienen en la pobreza: se resiste al cambio, le frustra que la sociedad olvide una música que le apasiona y no aceptará órdenes de cualquiera. Pasa las noches entre clubes de jazz dejados de la mano de Dios y, entre caminata y caminata, se deja llevar por sus aspiraciones; imaginando un futuro improbable. Sin embargo, hay algo en común entre el jazz de Miles y el carácter de Sebastian: el inconformismo. Esa improvisación que hizo grande al trompetista y que repite Sebastian como un mantra, es la que mantiene al arte en constante evolución. Y lo mismo podría decirse de Mia, una joven actriz con aspiraciones de escritora que busca encontrar esa obra que la diferencie del resto y la catapulte al estrellato. No obstante la cruda realidad no es ajena a ellos,  lo que les hará replantearse si han elegido bien y, de ahí, llega la inevitable pesadilla del artista: ¿de verdad tengo talento o sólo es fruto de mi imaginación? Porque, reconozcámoslo, hay ciertas verdades que duelen y con tal de evitarlas llegamos incluso a construir una mentira. Hasta cierto punto, ambos viven esclavos del reconocimiento y quizás por ello, terminaron juntos. Porque no hay nada mejor que tener un apoyo constante; un bálsamo en medio de la tormenta. La historia imaginada por Chazelle no es sólo el reflejo de su experiencia en Hollywood sino la experiencia universal de todo aquel que, en algún capítulo de su vida, decidió perseguir su sueño. Durante el transcurso de la cinta, el guionista y realizador de Whiplash, consigue crear un vínculo entre el espectador y los protagonistas a partir del cuál desencadenará una gran variedad de emociones. Este fue, sin duda, uno de los mejores arcos narrativos del año independientemente de lo que piense del final. Porque, sin desvelarlo, he de decir que me dejó perplejo y conmovido a partes iguales. 


Pero esta película no se sustenta únicamente en un guión magnífico o en unas interpretaciones sobresalientes sino que, como todo musical que se precie, también nos seduce con su apartado visual. Pocas veces se ha visto Los Angeles tan bellamente retratada, con tanto color y tanta pasión; ello puede deberse a su reputación como la ciudad de los sueños rotos. Chazelle, sin embargo, opta por el optimismo aunque tampoco desmesurado. En su relato entra en juego el valor de las decisiones y de la nostalgia pero sabe equilibrarlo con un mensaje de esperanza necesario para los tiempos que corren. Estamos ante un cine que combina deliciosamente lo moderno con lo clásico; se ambienta en el presente y pese a ello, uno no puede evitar pensar en tiempos pasados. A través de menciones esporádicas, tanto Mia como Sebastian relucen un tono clásico en sus miradas. Además, gran parte del clasicismo que despide se debe a la propia filmación de la película (en Cinemascope) así como la magnífica idea de rodar en la propia ciudad y no en decorados. Ni me imagino lo difícil que debió ser capturar magia en cada escena. En mi opinión, ese es el mayor logro del filme; el equilibrio entre el alegre color de los vestidos y los cielos estrellados y el amargor de los obstáculos que nos depara la vida. La iluminación también juega un papel esencial a la hora de resaltar las expresiones de los protagonistas y destacarlos de la muchedumbre, algo que le aporta ciertos rasgos característicos de los musicales de Broadway. Me gustó que empezará a lo grande con un plano secuencia de un atasco, tan arduo de filmar como armónico de visualizar, que sintetiza en pocos minutos todo lo que Chazelle desea transmitirnos: la cámara dinámica te sumerge en las complejas coreografías llevadas a cabo con esmero por Mandy Moore. Una cosa es ver un musical y otra muy distinta sentirlo; formar parte de él. La ciudad de las estrellas te atrapa y no te suelta hasta pasados los créditos.

En cuanto a las interpretaciones, poco queda por decir que no se haya dicho ya. ¿Sabíais que originalmente iban a protagonizarla Miles Teller y Emma Watson? No sé lo que resultaría de ese dúo. Lo que sí sé es que Ryan Gosling y Emma Stone derrochan química en pantalla y gracias a su carisma natural, la obra es rotunda. La frase: “no hubiera sido lo mismo” se aplica aquí más que en ningún otro título. En su tercera colaboración ambos se conocen lo suficiente como para coordinar sus movimientos de baile al detalle. Ya dijo el director que su intención era buscar una pareja que recordara a la de Fred Astaire y Ginger Rogers y,  si bien las comparaciones son odiosas, puede decirse que lo ha logrado. 


Por último aunque no menos importante, ¿qué sería un musical sin una buena banda sonora? En este apartado, Chazelle y su buen amigo Hurwitz vuelven a alcanzar lo imposible. A lo largo de la cinematografía hemos visto incontables musicales para todos los paladares y, sin embargo, Hurwitz ha diseñado una música reminiscente que, a su vez, explora nuevas mezclas. Coge un género tristemente olvidado como el jazz y le da una vuelta de tuerca vigorizante para encandilar al público joven e inexperto. Esta es una de esas BSO que crean afición y fomentan la cultura entre un público que, a falta de buenos acordes, pone su mirada en cantantes sensacionalistas. Aplaudo su esfuerzo y su pasión por traernos de vuelta ese cine que tantos echábamos de menos.

En definitiva, La ciudad de las estrellas viene para salvarnos de un año cinematográfico discreto y pone de manifiesto que los musicales (cuando están bien hechos) son la quintaesencia del séptimo arte. Hacía años que no salía de la sala tan deleitado; tan ampliamente satisfecho y colmado por el espectáculo que acababa de presenciar. En muchos aspectos, esta tercera obra de Chazelle pertenece a los teatros de Broadway ya que su historia trasciende el celuloide; ya imagino versiones, a cada cual más distinta que la anterior, de esta historia universal sobre la búsqueda del amor y el dilema del éxito; sobre las elecciones de una vida tan corta para las grandes mentes que a veces nos obliga a renunciar a algunos de nuestros sueños. 


10/10: Que la luz de las estrellas se reflejen en tu arte

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