Unos días antes de desembarcar en el Zinemaldia, me encontraba en X desempolvando mi cuenta con el fin de utilizarla como plataforma para cubrir el mencionado festival, cuando me vi envuelto en una polémica antes de que pudiera decir ¡acción! Esta se había originado a raíz de la pobre gestión de acreditaciones de otro festival, el de cine fantástico de Sitges, que dejaba en la estacada a blogueros insignes que llevaban años cubriendo fiel y desinteresadamente el certamen. Entre los motivos de la suspensión se aludía a unos criterios de filtro más exigentes que en años precedentes, criterios que por otra parte nunca se concretaron. Ya sabemos que cuando esto ocurre, se abona el terreno para la indignación.
De esta forma, las redes abrían un debate entre los que defendían el mérito a la acreditación de estos creadores de contenido diletantes, armados con su pasión por el cine de género y su voluntad de desempeñar su trabajo de la mejor manera, y aquellos que estaban de acuerdo en cribar a muchos amateur que se disfrazaban de prensa profesional para disfrutar de unas vacaciones cinéfilas. Entre estos segundos, se erigió en portavoz y paladín un personaje conocido como Oskar Belategui, un tipo profesional, muy profesional, como demuestra su escueta biografía a modo de currículum vitae donde presume, siempre en letras mayúsculas para no dejar lugar a dudas, del medio al que pertenece, además de impartir un máster relacionado con su oficio de PERIODISTA. Es importante recalcar esto para que nuestros pequeños subconscientes asocien automáticamente al Señor Belategui con el noble arte al que se dedica profesionalmente.
El susodicho defendía, con una antipatía y altivez propias de la red social donde se libró la discusión, que el profesionalismo se mide única y exclusivamente con los emolumentos que recibes a cambio. Una postura mercantilista que reducía al absurdo el debate, estableciendo una relación directa entre el sueldo —o la ausencia de él— y la profesionalidad, como si el dinero cobrado fuera invertido en ética. La sucinta defensa de Oskar, si bien quedaba académicamente blindada de ataques furibundos, sufría un defecto de base y era ligar la profesionalidad a una condición socioeconómica, en lugar de a una actitud deontológica. Después de un intercambio de pareceres cada vez más airado, la contienda se saldó con un sano bloqueo de su parte, una medida muy común en estos tiempos donde voces juiciosas como las de mi paisanu José Luis Balbín cada vez escasean más.
Cobrar un sueldo determina un estatus laboral, no es indicativo de rigor ni calidad. En su afán por defender su posición de privilegio, el Señor Belategui sacó a relucir el sesgo de clase que considera al creador diletante varios escalones por debajo en la jerarquía monetaria, que él establece como baremo para medir la calidad profesional. Esta forma de entender el periodismo no solo es una lacra para el oficio, sino que es un escudo tras el cual se parapetan los mediocres para defender un chiringuito cada vez más exiguo gracias al auge de medios alternativos, a los que orgullosa y humildemente me adhiero, que han llegado como un vendaval de aire fresco a un ropero viejo precario y carcomido por personajes como el Señor Belategui.
Antes de entrar en materia, si aún no lo has hecho, tienes disponible para leer la primera parte de estas crónicas...
Fjord
El cineasta rumano Cristian Mungiu se consagra dentro de un selecto grupo de directores tras ganar su segunda Palma de Oro con Fjord. Siguiendo la tradición del mejor cine de ensayo, la cinta sigue a los Gheorghiu, una familia rumano-noruega que practica un cristianismo evangélico muy devoto y se instala en un remoto pueblo situado en un fiordo. Sus hijos se educan bajo un sistema de valores estrictamente conservador, lo cual no les impide hacerse amigos de una joven noruega vecina suya. Sin embargo, cuando su hija mayor Elia aparece en el colegio con moratones en su cuerpo, la comunidad pone en tela de juicio los métodos pedagógicos de los Gheorghiu.
Con una puesta en escena formal, hierática, y unos atenuados Renate Reinsve y Sebastian Stan, Mungiu busca levantar ampollas en el espectador con un estudio incisivo y quirúrgico de la psicología de las mayorías, en este caso noruega, pero que podría extenderse al conjunto de la sociedad posmoderna caracterizada por una polarización galopante. Un filme de una lucidez abrumadora que confronta nuestro sistema de valores con uno ajeno para comprobar si somos tan tolerantes e inclusivos como creemos.
Pero más allá de eso, Fjord ahonda sin miedo ni pudor en la violencia institucional, una retratando una burocracia inflexible e insegura de sí misma que prejuzga y aplasta desde un púlpito a todo aquel que no se alinea con sus dogmas. Un título incómodo, perturbador e introspectivo que nos obliga a reflexionar sobre el monopolio de la razón. Mungiu nos muestra las grietas de un sistema liberal imperfecto e interpele, desde una ambigüedad y gelidez emocional que fomenta el debate, a preguntarnos si llegado el caso seríamos tan tolerantes como predicamos.
Lejos de los árboles
La realizadora y guionista catalana Meritxell Colell expande sus límites narrativos y audiovisuales en su tercer largometraje, Lejos de los árboles. Una película marcada por una experimentación y audacia infrecuentes en la cartelera actual, que sigue las andanzas de Adela (Angélica Castelló), una compositora mexicana que viaja a las profundidades andinas de Perú junto a su guía Lucho (José Luis López Cama) en una búsqueda obsesiva, casi mística, de sí misma y de su identidad familiar.
Tal vez la propuesta más arriesgada y alternativa que disfruté en el Zinemaldia. Colell no hace concesiones ni acomoda su particular visión a los gustos del público. Lejos de los árboles requiere un salto de fe por nuestra parte, dejarnos llevar por las divagaciones poéticas y los juegos audiovisuales que formula a lo largo de sus dos horas de metraje. No se circunscribe a una narrativa o puesta en escena académica, vuela libre y desinhibida por el lienzo audiovisual, fluyendo como el viento, la lluvia o el resto de elementos que envuelven al filme.
La obra nos adentra en un mundo de abstracción y pensamiento lírico conectado a una percepción naturalista que reivindica las minorías indígenas, concretamente la quechua, y teje su destino al de los exiliados tras la Guerra Civil española en un ejercicio fuertemente melancólico y añejo de memoria histórica.
Lejos de los árboles es ambiciosa, en ocasiones quizá demasiado, queriendo abarcar diversas temáticas y sensibilidades dentro del mismo relato. Una alquimia cinematográfica compleja que por momentos se vuelve inestable y desmesurada, tal vez mereciera más comedimiento en sus formas, no así en su fondo. Lo que es innegable es el descaro con el que Colell despliega su arte.
Wild Horse Nine
Después de los éxitos incontestables de Tres anuncios en las afueras (2017) y Almas en pena de Inisherin (2022), Martin McDonagh demuestra que no ha perdido un ápice de talento en la escritura con esta deliciosa sátira política protagonizada por dos agentes de la CIA enviados a Chile para “desestabilizar su democracia” y cito textualmente. Una comedia cargada de mala leche y socarronería propias de un autor brillante que sabe que la mejor forma de seriedad es la que menos en serio se lo toma.
Wild Horse Nine funciona a múltiples niveles. En primer lugar y el más evidente, como crítica mordaz a la siniestra política exterior de unos EE.UU. que no pueden aguantarse las ganas de meter mano en democracias ajenas. Con fina ironía y sarcasmo, McDonagh desnuda la geopolítica mundial para llevarla a un absurdo no tan alejado de la realidad actual.
En segundo lugar, ejerce de vehículo para el lucimiento —y la premiación— de su cabeza de cartel, un fascinante John Malkovich que interpreta a un veterano espía, un antihéroe de carácter fordiano en busca de una redención utópica. Un trabajo camaleónico que da pie a las risas, a la indignación y en último lugar, a un sentimiento arrebatado de empatía al que ayuda un igualmente oscarizable Sam Rockwell y la curiosa, y a menudo conflictiva, amistad que entablan en pantalla. Esta dupla es un caramelo irresistible para el público, que se deleitará con cada una de sus conversaciones sintiéndose partícipe en la distancia.
Además, como toda gran película que se precie, cuenta con un elenco de secundarios formidable entre los que destacan Steve Buscemi, Parker Posey y Mariana Di Girolamo, cada uno desempeñando un rol preciso en este hilarante rompecabezas que no dejará indiferente a nadie. El guión de McDonagh fluctúa entre la tristeza, la subversión y la comedia negra con una maestría y sutileza al alcance de muy pocos; implacable y fatalista, el dramaturgo británico-irlandés nos ofrece su obra más descreída hasta la fecha.
Mugalim
Desde Kazajistán con amor nos llega esta sencilla y bienintencionada comedia dramática sobre el poder transformador del arte en Balkhash, una pequeña localidad bañada por uno de los lagos más grandes de Asia. Esta efervescente cinta supone la ópera prima de la directora y guionista Ayana Nurdinova, quien entrelaza con esmero y dedicación artesanal un mural preciosista con las vidas de los habitantes de esta encantadora villa.
Lo más valioso de Mugalim, aparte de la frescura que aporta el reparto, es el descubrimiento, en clave costumbrista, de la cultura kazaja revestida del pasado industrial soviético que sobrevuela la cinta como un fantasma en una película de mansiones encantadas. Hay algo estimulante y esplendoroso en ver el auge de una sociedad emergente, con un lienzo en blanco por futuro, que contempla con la ternura e inocencia del primerizo un horizonte de posibilidades. En ese horizonte se encuentra la figura del pianista Zhandos (Oljas Dalelkhan), profesor de música que se siente artísticamente encorsetado y ansía mudarse a la gran ciudad en busca de los laureles que en su pueblo natal le son negados.
La cinta, de apenas hora y media de duración, no llega a desarrollar algunas de las preguntas que acertadamente plantea sobre el desarrollo vital del artista y los diferentes roles que este puede desempeñar, pero logra abrir una vía de comunicación estimable con el público, que se encariña rápidamente de los personajes. Nurdinova no tiene vocación de trascendencia con su película y eso, en un circuito cargado de egolatría y complejo mesiánico, es una gran virtud. Mugalim puede que no pase a la historia, pero reconforta nuestros corazones.
Soudain
El plato fuerte del festival viene desde Japón con acento francés. Estamos hablando de la políglota e interdisciplinar Soudain (2026) de Ryūsuke Hamaguchi, una obra sanadora, transformadora e idealista que eleva el cine a la categoría de alimento espiritual. Si antes alabé la dupla conformada por Malkovich y Rockwell en Wild Horse Nine, no caben menos elogios para el tango poético, majestuoso, que nos brindan Virginie Efira y Tao Okamoto. Una experiencia inolvidable de más de tres horas que se hacen cortas, porque uno nunca se sacia del maná que con sumo cuidado sirve Hamaguchi.
El filme adapta libremente la profunda correspondencia que intercambiaron durante meses las japonesas Maho Isono, antropóloga médica y cultural, y la fallecida filósofa Makiko Miyano, diagnosticada con cáncer de mama metastásico. En ella reflexionan acerca de las dolencias que aquejan a la sociedad capitalista, como el tabú de la vejez, la falta de empatía y de cuidados al prójimo. Una cinta-milagro que reivindica la bondad como elemento catalizador del cambio social y que desafía, con suma delicadeza y sosiego, un sistema que atrofia la compasión y erosiona la convivencia.
Hamaguchi tiende puentes de comprensión multiculturales a través de la estrecha relación que forjan Marie-Lou Fontaine, directora francesa de un centro de ancianos que lucha por implantar una innovadora filosofía de cuidados enfocada en humanizar el trato entre cuidador y paciente, y la filósofa y directora de teatro Mari Morisaki, la cual convive con un cáncer en estado terminal que no le impide disfrutar de la vida al máximo. Juntas, tienden puentes de amor que trascienden todas las fronteras y barreras del lenguaje, una historia de amistad indeleble que tiende una mano amiga a la audiencia. Porque el cine de Hamaguchi tiene tanto de íntimo como de interactivo, te invita a formar parte del experimento social, si así lo deseas. Una invitación que llega cálidamente, con una leve caricia que nos recuerda el poder abstracto del cine para alterar estados de conciencia.
Esta edición del Zinemaldia estuvo trufada de grandes películas, pero solo esta alcanza la gloria por su infinita capacidad de observación, análisis y confrontación de ideas que el capitalismo niega y que Hamaguchi, en su sempiterna búsqueda del cambio social, ensalza con la voz serena, honda y sustancial de un digno heredero del legado humanista de Yasujirō Ozu.
Tender Loving Care
Siempre que un cineasta reverenciado anuncia su adiós, es inevitable que el cinéfilo derrame una lágrima de saudade. Es el caso de Tender Loving Care, la carta de despedida al séptimo arte que firma el autor británico Mike Leigh. Uno de los grandes nombres de la cinematografía inglesa, su laureado recorrido camina en paralelo al de gigantes coetáneos como Ken Loach o Stephen Frears, que crecieron admirando el Free Cinema y lo hicieron evolucionar desde sus inicios televisivos hasta consagrarse en la cinefilia europea.
Mike Leigh imprime su estilo naturalista y profundamente humanista a esta cinta de carácter social que pone de relieve el cuidado a nuestros seres queridos como pegamento del tejido comunitario y familiar. Para ello, la película sigue las vidas de Amy (Kate O'Flynn) y Rosie (Alice Bailey Johnson), dos trabajadoras sociales y ante todo amigas que se mudan a vivir juntas tras la ruptura sentimental de una de ellas. De esta forma, las acompañamos en su día a día y nos impregnamos de realidad, en ocasiones amarga, pero también divertida, ligera y emotiva.
Tender Loving Care pasa en un suspiro. Una película reconfortante e íntima que imita a la vida misma, dando cabida de igual manera a la risa y al llanto, a la tristeza y a la alegría, sin recrearse en ninguna emoción en concreto. Leigh no manipula al espectador, sino que rueda con ojo observador las dinámicas que surgen naturalmente en el transcurso de la vida. Además, cuenta con un reparto comprometido con la causa, donde nadie sobresale por encima de otro y todos tienen su momento para brillar. Esta cinta ensalza los valores sensatos, el buen trato entre semejantes y una actitud estoicamente positiva hacia la vida a pesar de los embates que en ocasiones sufrimos.
Justa mecedora de la Concha de Oro a mejor película, Tender Loving Care es la despedida perfecta de un cineasta que siempre se preocupó por la salud de la sociedad. Puede que algunos le achaquen su formalidad o la tierna mirada con la que observa a sus personajes, pero en mi opinión, este es el cine más difícil de todos, el que prescinde de artificios y trucos estéticos y se sienta tranquilamente a estudiar la condición humana como salvoconducto hacia una sociedad más cabal y bondadosa.
Moscas
Fernando Eimbcke firma una fascinante joya sobre la incomunicación y el insoportable peso de la soledad en la caótica inmensidad de México D.F. Cine cercano, llano y eminentemente ciudadano con una factura técnica cuidada y una historia sencilla bajo la cual se esconden capas de sensibilidad insospechada.
La historia nos presenta a Cristian, un niño despierto e ingenioso al que le apasionan las máquinas recreativas, que nos evoca a la novela picaresca. Por otro lado, conocemos a Olga, una señora taciturna y arisca que vive aislada del mundo exterior en un bloque de pisos. Los caminos de ambos se cruzan inesperadamente cuando más se necesitan para resignificar el dolor y compartir la carga del otro.
Eimbcke construye un cuento deliberadamente austero en lo estilístico para dejar espacio a los personajes, sin caer en la sensiblería barata o en las frases grandilocuentes. Gracias a la química enternecedora que comparte el dúo protagonista, el espectador se queda pegado a la pantalla, deseando conocer más de sus trágicas vidas.
Moscas tiene un espíritu protestatario y underground que combate la soledad devastadora, no desde la exaltación, sino desde la calidez y el afecto que dos seres humanos de contextos y edades diferentes se pueden llegar a profesar. Un filme que revitaliza y resuena fuerte en tu interior, con un blanco y negro exquisito y un sonrisa sincera y abierta que cosecha la complicidad del público.
El deshielo
Tras el éxito cosechado con su ópera prima 1976, la realizadora y guionista Manuela Martelli se sumerge en un reto diferente con El deshielo, una cinta sugerente que intenta convertir una intriga de desapariciones en una protesta alegórica sobre la transición democrática de Chile después de la dictadura de Augusto Pinochet.
El filme está protagonizado por la pequeña Maya O’Rourke, quien interpreta a Inés, una niña que vive en el hotel de montaña de sus abuelos. Durante su estancia, se hace amiga de una joven esquiadora alemana llamada Hanna, la cual desaparece sin dejar rastro. Así comienza una investigación que sacará a relucir problemas familiares que permanecían ocultos bajo la nueve.
Con un argumento seco y prusiano que en ocasiones parece rechazar al público, El deshielo es un artefacto inaccesible, cine sesudo que se vanagloria de una pretendida intelectualidad para vomitar un discurso deslavazado en la línea de un cuadro de Jackson Pollock. Resulta arduo y exigente enfrentarse a este visionado, ya que siempre se mueve por laberintos simbólicos que poco o nada tienen que ver con la trama principal. Esto genera una desconexión entre directora y audiencia, distancia que parece deseada, ya que Martelli a menudo se sitúa en un escalón por encima del resto en su análisis, casi como si estuviera haciendo una película solo para sus ojos, que el resto no podrá disfrutar porque su visión es demasiado cegadora, como mirar a la nieve en un día soleado.
Martelli sobrecarga el subtexto con tantos conceptos sociopolíticos que embarulla el thriller y ofusca al público, que en más de una ocasión se pregunta si es cosa suya o la película lo toma por tonto. El espectáculo es, en forma y fondo, tan solemne e impenetrable como un iceberg de la Antártida, confeccionado por una directora tan ensimismada en sus pensamientos que no encuentra tiempo para traducirlos al resto.
In my father’s room
Traducida libremente como In my father's room, Muyou no hito, que en realidad significa Una persona inútil, adapta un relato homónimo escrito y dirigido por la directora japonesa Maha Harada. Una ópera prima de inusitada sensibilidad y minimalismo que actúa como homenaje poético a la obra del pintor abstracto Mark Rothko, a la vez que indaga en las complejas relaciones familiares de una familia trabajadora.
Satomi (Aoi Yû) lleva años trabajando en un museo de arte de Tokyo, donde custodia una obra original de Rothko, cuando recibe un sobre que alberga una misteriosa llave. Esta abre una habitación con los preciados recuerdos de su padre recién fallecido. De esta forma, padre e hija conectan más allá de la vida a través del arte y en el proceso, hallan refugio en la belleza sutil de su creatividad.
Harada trenza un delicado drama sobre el duelo, con un lirismo audiovisual fascinante que destapa capas de profundidad inadvertidas hasta un colofón que embriaga de emoción. El filme explora los vínculos secretos que entablamos gracias a la expresión artística, sobretodo la de aquellos autores anónimos que combaten el olvido con su humilde imaginación. In my father’s room es un canto a todos los poetas perdidos y reivindica la labor artística como legado de identidad que dejamos tras de sí cuando la vida se agota.
Una historia pulcra y modesta que se hace más grande cuanto más pequeña. A pesar de sus imperfecciones, como un abuso de montajes poéticos y un tercer acto engolado que se recrea demasiado en sus virtudes, Harada alcanza con su ópera prima un nivel de evocación asombroso.
Con esto, amigos y amigas de Universo Lumière, concluimos este repaso de la 74º edición del Festival de Cine de San Sebastián, que confirma algunas contendientes a la temporada de premios y nos descubre joyas ocultas que darán mucho que hablar en los meses venideros.
Me despido, como siempre, con un bagaje muy positivo en lo cinematográfico y en lo humano. He tenido la fortuna no solo de ver grandes filmes, sino de compartir tiempo con bellísimas personas como Fran y Cris de Más Cine, Jon de Amantes de Uyuni y Jaume de El Joven Cineasta, además de forjar nuevas relaciones que abren la puerta a aventuras fantásticas. Todo en ello, en conjunto, conforman una experiencia memorable que permanecerá por siempre en mi recuerdo.
Antes de despedirme, quiero agradecer a toda la organización que hizo posible este certamen y muy especialmente a la figura de José Luis Rebordinos, un director de festival modélico que ha impulsado con valentía y audacia un tipo de cine idiosincrático del Zinemaldia. ¡Eskerrik asko, José Luis!










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