¡Es la guerra! Una transición brusca deja paso al bosque nublado de Vietnam, a las cruentas batallas y al olor del napalm. Lejos queda el fuego constructor de la siderurgia y el aire puro de las montañas nevadas del hogar. Mike sostiene un lanzallamas, en vez de su característico rifle, y con él abrasa a un Vietcong que minutos antes había masacrado a unos civiles compatriotas suyos. Imágenes barbáricas que dictan sentencia: los tiempos de honor han terminado. La locura comienza. Aunque hoy la recordamos como un conflicto clave de la Guerra Fría, no debemos olvidar que también fue una guerra civil donde se cometieron crímenes en ambos bandos. Ejemplos de ello son las matanzas de Mỹ Lai y de Huế.
Aquello es una carnicería. Las atrocidades se suceden a ráfagas, sin tiempo para pensarlo. Parpadeas y eres hombre muerto. El montaje se adapta al contexto, con cortes violentos e intrusivos que enfatizan la ansiedad. Meses después de aterrizar en Vietnam, Mike y Nick se reencuentran por casualidad. Pero antes de que puedan darse un abrazo, son capturados por el enemigo, quien les lleva a una cárcel improvisada de bambú y alambre, ubicada en la ribera de un río. Si hasta entonces habíamos visto el terror, ahora vamos a conocerlo en primera persona.
Cimino vuelve a tomar otra decisión arriesgada. Después de contar un prólogo de una hora, se salta el entrenamiento militar y va directamente a la acción. No es una elección insustancial. Busca confundirnos, pillarnos a contrapié. Quiere que nuestra llegada a Vietnam sea tan traumática como lo fue para ellos. Que nuestra cabeza aún esté en Clairton, mientras respiramos los gases de los agentes químicos.
Si hubiéramos pasado tiempo en un campamento, nos habríamos acostumbrado a la nueva realidad. Ya no veríamos a Mike, Nick y Steve como obreros, sino como soldados. Pero nada puede prepararte para la guerra. El impacto de entrar en el campo de batalla es tal, que todo tu mundo se derrumba. Para Cimino, la guerra genera la fractura.
La secuencia del cautiverio es otra de las piedras angulares del filme. No solo porque reúne de nuevo a los protagonistas bajo circunstancias críticas, sino por la presentación de la ruleta rusa. Un elemento fundamental para entender la tesis de El cazador. Si bien no hay documentación que demuestre que el Vietcong emplease este método de tortura de forma sistemática, la película tampoco busca la fidelidad histórica.
Recordemos que la de Vietnam fue la primera guerra televisada. A lo largo del conflicto, hubo una importante presencia de reporteros y cámaras de guerra, que viajaron hasta allí para documentar los horrores que se estaban cometiendo. Todos los días desde la comodidad de sus hogares, las familias americanas eran testigos del horror. Cimino debía encontrar una manera de agitar la conciencia de una sociedad insensibilizada y la mejor forma de hacerlo, era a través de una metáfora.
Las escenas de la ruleta rusa en El cazador no deben interpretarse con literalidad, sino como una hipérbole de la agónica existencia de los soldados. La naturaleza de la guerra de guerrillas generó un clima de miedo constante. Cada minuto en el frente era un lanzamiento de moneda al aire. Cara o bala. El nivel de estrés que experimentaron fue tan alto que muchos se refugiaron en las drogas, mientras otros simplemente quebraron. De hecho, el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) fue reconocido oficialmente a raíz de la epidemia de casos entre los veteranos de esta guerra. Qué mejor forma de transmitir la zozobra que sintieron los combatientes que con un juego como la ruleta rusa, donde el azar y la muerte van de la mano.
A Steve le sobrepasa la situación. Nick aún la está asimilando y Mike, el más entero de todos, intenta calmar los ánimos, aunque sus esfuerzos son en vano. Lo cierto es que sus vidas penden de un hilo. Las probabilidades de supervivencia apenas se vislumbran desde un zulo, con el agua del Mekong por las rodillas —en realidad, se rodó en el río Kwai— y una partida de ruleta rusa jugándose sobre tu cabeza. Si juegas, dependes de la suerte para vivir, y si no, dependes de la benevolencia de tus captores.
La secuencia de rescate fue una de las más trepidantes de la cinta y la más difícil de rodar. Durante una toma en la que De Niro y John Savage colgaban de un puente, el helicóptero, que volaba bajo para rescatarles, se enganchó con las cuerdas y las retorció, lo que casi les cuesta la vida. Tardaron dos días en rodarla. Sus gritos y los del equipo se dejan oír en el montaje final.
Por suerte logran escapar con vida, aunque no salen indemnes. Steve queda parapléjico y un grave trastorno se empieza a fraguar en la mente de Nick. Mike, que parecía el más trastornado de los tres durante su cautiverio, sale mejor parado. La carrera de De Niro presagiaba un papel más furibundo. No en vano, venía de interpretar a Travis Bickle en Taxi Driver (1976), otro veterano de Vietnam con un funesto desenlace. Acostumbrados a su lado más salvaje, resulta refrescante verlo en un personaje con más matices. Mike no es un tipo duro al uso ni un loco, es un joven sensible que esconde su herida y finge estar bien.
En un principio, el público se alinea con Nick, ya que ejemplifica la figura del héroe casto. Pero más adelante, veremos cómo se invierten los roles. Sus arcos de personaje se cruzan en direcciones opuestas: el de Mike camina hacia la redención, mientras el de Nick se precipita al vacío. Es aquí donde se cimenta uno de los temas centrales del filme: la influencia del azar, así en la guerra como en la vida.
Ya en Saigón, el recuerdo del cautiverio parece un mal sueño. Acompañamos a Nick a través de su rehabilitación en el hospital militar. Sentado sobre una balaustrada, observa cómo cargan féretros en un camión. Él podría haber sido uno de ellos. Quizá lo sea. Un médico le interrumpe para hacerle unas preguntas. Sospecha que su nombre, Nikanor Chevotarevich, no sea americano. Pero eso a Nick le trae sin cuidado. Él solo tiene ojos para el chico negro sin brazos que tiene enfrente suya. Allá donde mire, solo hay muerte y devastación. Este momento es clave para entender el derrumbe psicológico del personaje.
Los médicos le dan el alta y lo arrojan a la calle. Diagnóstico: fuerte y saludable. Si apenas pueden atender a los heridos físicos, imagínense a los enfermos mentales. Nick amaga con llamar a Linda, pero cuelga antes de que pueda contestar. Intenta aferrarse a la vida que tenía, pero se ve borrosa. Como si le perteneciera a otra persona.
La noche de la ciudad lo engulle y se encuentra a gusto, porque nadie lo reconoce. No hay saludos incómodos, nadie lo recibe como un héroe ni le da palmadas en la espalda por los “servicios prestados”. Solo es un alma descarriada más, un rostro entre la multitud. Frecuenta bares y prostíbulos y a punto está de pagar por tener sexo, pero algo lo hace recular. Un instinto del pasado. No puede caer tan bajo, piensa.
Atrapado en un callejón, Nick sucumbe a los cantos de sirena de un aristócrata francés que lo atrae al peligroso mundo de la ruleta rusa. Entre el gentío de la sala, distinguimos a Mike; lástima que Nick no lo vea. Como el insecto que cae en las redes de una araña, no es consciente de que su próximo paso podría ser fatal. Tal vez su última oportunidad. La cinta está plagada de momentos cruciales. Mike y Nick no se volverán a ver jamás.
Si veníamos de ver el lado más sanguinario del conflicto, ahora Cimino nos expone al más depravado. Cuando un pueblo atraviesa dificultades, también muestra su cara más repugnante. Y no hablamos solo de vietnamitas. Saigón se ha convertido en el mercado global de la perversión y su divisa es la desesperación.
Antes de pasar al siguiente bloque, quisiera mencionar otro elemento destacable. Fijaros cómo Cimino jamás define una jerarquía militar. La película prescinde del estereotípico sargento de hierro que llega para salvar el día. En Vietnam reina el caos. Mike, Nick y Steve salen vivos gracias al apoyo mutuo y a una voluntad inquebrantable. Una visión que concuerda con el clima de escepticismo de los años 70 y que reabre un debate nacional.
Mike regresa a casa. Sus amigos le esperan para hacerle un recibimiento por todo lo alto, pero él no está para celebraciones. En lugar de eso, se encierra en la habitación de un motel barato, solo, en su pequeña isla donde llorar tranquilo. Suena la Cavatina y nos golpea con su efecto nostálgico. Aunque la canción no se compuso para la película, bien lo parece. Mike saca la cartera de Nick, contempla la foto de Linda y duda. Duda del futuro y de sí mismo.
¿Cómo se rehace una vida hecha añicos? El cazador se toma tiempo para intentar responder a esta pregunta tan complicada. El sentimiento de culpa, la ausencia y un hogar que ya no podrá ver con los mismos ojos. Mike ha perdido la inocencia, si es que alguna vez la tuvo. Se acerca a Linda. Ella también necesita consuelo, calor humano. Hace mucho que no lo siente; desde que se fueron. Sin embargo, cuanto más intiman, mayor remordimiento siente Mike. Debería haber vuelto Nick y no él.
Pero el pueblo también ha cambiado. El ambiente es lúgubre y los ánimos han decaído. A medida que avanza, el tiempo hace mella en sus habitantes. Podemos verlo en el rostro de Ángela, la mujer de Steve, que ha quedado catatónica tras ver el estado de su marido. Incluso los que siguen igual, como Stanley, se ven demacrados. Nada vuelve a ser lo mismo.
Ni siquiera la caza se siente igual, como estamos a punto de comprobar con una de las escenas más poderosas del filme. Mike y los colegas vuelven a quedar para cazar ciervos, como en los viejos tiempos. Se separa nuevamente del grupo, obcecado con llevarse un trofeo a casa. Después de una larga y serena caminata por las montañas, al fin lo tiene en el punto de mira. El ciervo es suyo, pero lo deja escapar con vida. Lo mira fijamente y se despide de él. Las reglas que antes daba por sentado, su filosofía del disparo único, ya no tienen sentido.
Mientras sus amigos se han estancado o, peor aún, han caído víctimas de la guerra, Mike atraviesa cambios. Caminamos con él en su viaje a la madurez, avanzando para seguir vivos. Para seguir sintiendo. Según Cimino, solo a través de la aceptación podemos cerrar la herida. Mike y Linda se apoyan con la esperanza de construir un mañana mejor.
Quien no acepta los cambios es Stanley, que sigue igual de inmaduro e impulsivo. Él y Mike se enzarzan en la cabaña, cuando este vuelve de la cacería abortada. Stanley amenaza a sus colegas con su ridícula pistola. Esto no le sienta bien a Mike, que le arrebata el arma y le apunta con ella. Stanley no sabe lo que es quitar una vida; él sí. Si no va a entender el mensaje por las buenas, lo hará por las malas. Un dato curioso de esta escena es que De Niro le propuso a Cazale introducir una bala en el revólver para elevar la tensión, a lo que él accedió.
Mike parece decidido a pasar página y mirar al futuro, pero antes deberá confrontar su pasado. Por un lado, saca a Steve del anonimato en el que vive. Él representa al veterano silenciado, el rostro de una vergüenza que EE.UU. tapó. Nadie en el pueblo desea saber nada del chico y Mike tendrá que hacer lo imposible para rescatarlo una vez más. Se repite la misma historia que en Vietnam, pero en suelo americano. Solo un veterano puede devolverle la vida a otro veterano. Esta escena me recuerda a otros filmes soberbios que tocaron antes el tema, como Escrito bajo el sol (1957) o Los mejores años de nuestra vida (1946).
Por otro lado, aún recuerda la promesa que le hizo a Nick antes de la guerra. Tiene que regresar a por su amigo. Traerlo de vuelta, vivo o muerto. Su código de honor le obliga. Es su deber moral. Así comienza el clímax de la película, uno de los más intensos y traumáticos que el cine americano recuerde.
Último bloque en Vietnam. Mike regresa, no como soldado raso, sino como héroe condecorado. Se observa en el reflejo de aquel boina verde con el que charló en la boda; ahora lo entiende. El recuerdo se antoja tan lejano que parece otra vida. Se acerca el final de la guerra. Saigón es un polvorín a punto de explotar. Si quiere encontrar a Nick debe hacerlo sólo y debe hacerlo rápido. Esto no es Salvar al Soldado Ryan (1998). A nadie le importa si vive o muere. Recuerden que el fracaso de EE.UU. se debió, entre otros factores, a la falta de estructura y de estrategia militar, además de una inestabilidad política permanente en Vietnam del Sur. Era cuestión de tiempo que Saigón cayese.
Una vez retornado, Mike emprende una búsqueda que le llevará a las entrañas del Hades. Contacta con el adinerado francés, pero le cuenta que se ha retirado del negocio. Se le ve agitado, como si huyese de su conciencia, aunque finalmente accede a llevarlo hasta Nick. Juntos, cruzan el río Aquerón —la morada de los muertos— y desembarcan en la caseta donde, al parecer, se encuentra. Enseguida advertirá que su amigo ya no existe.
Un viejo hombrecillo, de pie frente a una mesa, sostiene un revólver. A cada extremo de la mesa, se sienta un joven con una cinta roja atada a la cabeza, en actitud de concentración. El anciano introduce una bala en el revólver, gira el tambor y se la entrega a uno de los jóvenes. Este la recoge, apunta con ella su sien y dispara sin pestañear. La pólvora explota y propulsa la bala, que atraviesa el cráneo del joven. La muchedumbre, salpicada con su sangre, se funde en un clamor de victoria o de derrota, según la apuesta. Mike coge aire y reclama ver a Nick, al que allí conocen como «El americano». Ha llegado el momento de la verdad…
Mike y Nick, dos caras de la gran pesadilla americana. Antes de la guerra, Nick representaba el idealismo y la unidad; mientras, Mike era reservado y solitario, el eterno pragmático. Tras su paso por ella, ambos entendieron que el futuro que imaginaban jamás se podría realizar, pero solo uno supo afrontar el hecho. Nick se perdió para siempre, atrapado en un mundo de dolor autoinfligido. Su carácter inocente no soportó la cruda realidad. Por el contrario, Mike supo liberarse de ese yugo, luchando por rescatar como un líder a sus afligidos amigos. Mike eligió vivir.
A través del plano y del montaje, Cimino provoca un creciente desasosiego en el espectador. La imagen, envuelta en sombras, adquiere un cariz de gravedad. Solo están iluminados Mike y Nick alrededor de la mesa, aunque la luz tampoco es acogedora; todo en ese lugar quiere matarte. El ambiente está cargado de miedo y de tensión. Mil ojos extraños observan a nuestros protagonistas como hienas esperando la carroña. El encuadre cerrado y la ausencia de sonido extradiegético anticipan la tragedia que estamos a punto de vivir.
El juego de la cámara acentúa la incertidumbre: ¿quién sobrevivirá? Resulta difícil elegir. Sentimos afinidad por ambos, aunque sabemos que la muerte de Nick ya se dio mucho antes de esta escena. No se puede matar a un muerto. Mike, sin embargo, está dispuesto a todo con tal de cumplir su promesa. Con tal de hacerle volver.
Nick dispara primero con un gesto automático. Ya ha jugado muchas partidas. Conoce bien la mecánica. El chasquido del revólver no anuncia bala. Sigue con vida. Turno de Mike. Intenta dialogar con Nick, pero no le responde. En su mirada no se vislumbra un ápice de familiaridad. Es un desconocido para él. Otro rival al que vencer. Cada vez que se sienta a esa mesa, es cuestión de vida o muerte. Nick está completamente alienado.
La escena final de la ruleta rusa no es solo un acto de violencia extrema. Esconde la tesis de la película: la guerra no solo mata hombres, mata esperanzas, vínculos, raíces. Mike y Nick simbolizan la polaridad entre fortaleza y aislamiento. Entre el héroe que regresa a Ítaca y el que se pierde para siempre en el Hades. El espectador, sometido al mismo estrés que los soldados, comprende el deterioro psicológico del conflicto bélico. El desarraigo de Nick agota sus energías, hasta que solo queda una vasija vacía y entonces, muere. Mike llora su muerte desconsolado. No pudo salvarlo, pero aún puede traerlo a casa y darle descanso. Cerrar la herida. Gente que estuvo en el estreno asegura que muchos salieron despavoridos de la sala. Mujeres y hombres que salieron a llorar, cuando vieron su historia representada en la pantalla.
El epílogo cierra esa herida con un homenaje velado a todas las víctimas. Las que volvieron y las que se quedaron por el camino. Muchos le achacan al filme su pausa. Según yo lo veo, esa lentitud es indispensable para hacernos partícipes de la acción. No limitarse a ser meros espectadores, que ven una película con la misma atención con la que engullen una comida basura. Cimino quiere emocionarnos y para conseguirlo, necesita que nos involucremos. Para él, el cine es otro ritual que une a las personas; es una experiencia que nos humaniza y nos une. Sin el prólogo y el epílogo, El cazador sería una aventura bélica más.
El pueblo se viste de luto para despedir a su héroe caído. La imagen se vuelve más amplia, pero no transmite paz. El desánimo predomina en la escena. Incluso los árboles, que tanto amaba Nick, parecen llorar su pérdida. El humo de la fábrica tiñe de negro la naturaleza. Los rostros desencajados de sus amigos y familiares desfilan ante nuestros ojos. Mike observa el féretro y le presenta respetos a su amigo con un saludo militar.
En un ejercicio de circularidad narrativa, la última escena nos devuelve al bar donde comenzó la película. No obstante, ni el bar luce igual ni la gente es la misma. Apenas hay luz en el interior. El ambiente es más frío y lúgubre. No hay miradas cómplices entre los amigos allí reunidos. Incluso John, que siempre fue el alma de la fiesta, tiene un tono apagado y cuando está a solas en la cocina, rompe a llorar. Todos parecen ausentes, incapaces de vislumbrar un futuro sin Nick.
Tras un silencio solemne, los amigos sentados a la mesa llena de comida, arrancan a cantar «God Bless America». No es una interpretación exaltada ni hace gala de un patriotismo efervescente. Todo lo contrario. Es un cántico emotivo. Un himno al consuelo, que busca reanimar el espíritu de un pueblo abatido y de una nación conmocionada. Aún es pronto, muy pronto para el optimismo, pero no para la sanación. Un proceso del que EE.UU. aún no ha salido. Porque un país lo componen sus personas.
Linda mira a Mike y sonríe abiertamente. Imagina un futuro juntos. Amándose. Respetándose. La idea la reconforta. Quizá nunca llegue a amarlo igual que a Nick, pero aquel amor se fue como tantas cosas. Como tanta gente. Lo importante son los que se quedan. Echar raíces para no marchitarse. Eso es el arraigo.
El cazador fue un éxito de crítica y taquilla. Cosechó cinco premios Óscar, entre ellos el de mejor película, dirección y actor de reparto para un Christopher Walken estelar. A pesar del gran trabajo de fotografía del legendario Vilmos Zsigmond, perdió frente al de Néstor Almendros en otro filme deslumbrante como Días del cielo. La película no sólo inició una conversación social, sino que propulsó las carreras de dos titanes como Meryl Streep y el mencionado Walken y también supuso la despedida del eterno John Cazale, que murió antes del estreno. Falleció acompañado de su gran amor, Meryl Streep y de su gran amigo, Robert De Niro. La historia de afecto que une a estos tres actores es la misma que nos cuenta Cimino en el filme. La historia de una amistad abnegada que sobrevive a la tragedia.
10/10: CIMINO BENDIGA A AMÉRICA.








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