jueves, 30 de marzo de 2017

Naturaleza tecnológica


En 1995, el público que estuviese interesado en indagar sobre la estrecha relación entre la tecnología (artificial) y el ser humano (natural) guardaba a Metrópolis y Blade Runner como grandes exponentes cinematográficos…y a partir de aquel año, tendrían también Ghost in the Shell de Mamoru Oshii. Este anime llegó a Occidente gracias a Akira, que abrió años antes la veda tras cosechar gran éxito mundial, pero fue mucho más allá de lo que aquel film jamás hiciera y quizá fue precisamente su complejidad la que impidió una expansión de este género, más allá de territorio nipón. La película, que se basa en el aclamado manga de Masamune Shirow, nos cuenta la historia de la Mayor Motoko Kusanagi, una cyborg reconstruida en los créditos iniciales del film a partir de su cuerpo orgánico, que combate el ciber-crimen navegando por las autopistas digitales de la información. Ambientada en 2029, donde las fronteras nacionales han desaparecido y las grandes multinacionales ocupan su lugar, la sociedad hace tiempo que abrazó el estilo de vida tecnológico; mucho humanos han sustituido su frágil carcasa biológica en favor de un cuerpo de metal y aquellos que aún no lo han hecho, subsisten como híbridos entre lo mecánico y lo humano. En cuanto a Kusanagi, su peliaguda labor dentro del equipo antiterrorista conocido como Sección 9 no le impide reflexionar sobre su situación vital: ¿podría considerarse humana aún poseyendo un cuerpo artificial? Y de ser así, ¿qué sentido tendría la existencia del Hombre? ¿Es el cyborg la siguiente etapa en la cadena evolutiva? 


Todos estos temas y más son tratados al detalle en un metraje que no llega a la hora y media de duración; aquí es donde encuentro mi primer y único punto negativo. No me malentendáis, respeto a Oshii por no extenderse sin razón pero creo que esta obra sí tiene motivos suficientes para extender su metraje. Primero, porque nos presenta un mundo distante y denso, en el que la humanidad vive más alejada que nunca de sus orígenes. Segundo, por la naturaleza contradictoria de la protagonista, cuya lucha interna por encontrar su identidad supera con creces a la lucha contra el crimen. Y por último, porque estos dos elementos se aúnan al tono oscuro de la cinta para convertirla en un verdadero desafío para el espectador. Ghost in the Shell cuenta con un planteamiento inteligente, apabullantes escenarios inspirados en el viejo Hong Kong y muchas preguntas que responde valientemente pero le cuesta conectar con el espectador. Quizá porque es demasiado fría, hierática incluso, y poco comunicativa. Es como si un genio tratase de explicarte un galimatías; requieres numerosas explicaciones antes de comenzar a comprender lo que quiere decir. Esta característica no es necesariamente negativa pero sí complica mucho su visionado, sobretodo si no te apasiona su universo cyberpunk. 


Piensen en el final de Blade Runner y en las preguntas que dejaba sin responder; hoy día continúa siendo uno de los finales abiertos más polémicos de la historia reciente -al igual que muchos, yo aún me pregunto si Deckard es humano o replicante-. Pues este anime parece fruto de la frustración de alguien decidido a darle respuesta al final de la cinta de Ridley Scott; porque Oshii sí se moja a la hora de contestar la gran pregunta. La mente de la mayor Kusanagi es la de un niño con crecimiento acelerado; comienza como una soldado centrada únicamente en el combate y termina…bueno no quiero desvelar cómo termina, pero su cambio es radical. El título Ghost in the Shell, que traducido a nuestro idioma sería “El alma de la máquina”, se refiere precisamente al viaje introspectivo que la Mayor inicia a medida que avanza en su investigación, al descubrimiento de su faceta emocional. Pero, ¿cómo puede ser que un androide adquiera dimensión humana? Oshii reivindica el alma del individuo por encima de la apariencia, ya sea robótica o humana. A lo largo de la historia hemos tenido muchos casos de personas carentes de emociones y empatía a las que podríamos considerar deshumanizadas; entonces, hipotéticamente hablando, ¿por qué habríamos de colocar a esta gente por encima de la Mayor en la escala evolutiva? Oshii afirma por medio de su guión que no podemos y eso abre la gran cuestión sobre la debilidad biológica: ¿sería la mecanización del cuerpo el siguiente paso hacia la perfección del ser? ¿O estaríamos alejándonos excesivamente de nuestra composición original? Estamos entrando en territorio inexplorado, cuestiones que imponen respeto por lo trascendental de su respuesta. La película -y su secuela Innocence- no esquivan estas preguntas sino que las encaran y por ello esta saga es tan venerada por sus fans. 



En conclusión, Ghost in the Shell es una de esas anomalías cinematográficas que surgen de cuando en cuando y deslumbran a todo aquel que la ve. La cinta de Mamoru Oshii tiene suficientes variantes para enganchar al adepto: ya sea por su música coral, que emana cierto misticismo como si el nacimiento de este androide fuera algo divino o simplemente por su revolucionaria animación. Todos los elementos aunados conforman un film difícil de pasar por alto y aún más difícil de olvidar aunque a priori parezca inaccesible. La historia y la profundidad del mundo en el que se recrea es hipnótica; pasará a la historia como una de las cintas mejor ambientadas de la historia. Sucesora espiritual de Neuromante de William Gibson -sobretodo lo relacionado con los cibercrimenales, las redes de la información y los entresijos cerebrales de la máquina-, este film existe como su protagonista: vistoso para la vista y poesía para la mente.

8,5/10: ¿MATERIAL O ESPIRITUAL? ESA ES LA CUESTIÓN

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