Me disponía a ver el último episodio
de esta tercera temporada de True Detective con una mezcla de entusiasmo y
miedo. Por una parte, el iluso de mí aún guardaba esperanzas de que la historia
concluyese por todo lo alto, dejando a los fans vitoreando a Pizzolatto y
ansiosos por ver una cuarta temporada. Por otra parte, algo me decía que este
capítulo tendría que durar lo mismo que un largometraje si quería esclarecer
todos los cabos sueltos que había sembrado a lo largo de los siete episodios anteriores.
Como esto resultaba imposible de creer, el temor de encontrarme ante un
desenlace insatisfactorio y, peor aún, inconcluso crecía por momentos. Los que
hayáis seguido estos pequeños análisis semanales –gracias por adelantado– quizá
recordéis que ya en el quinto episodio comencé a tener mis dudas sobre el acto
final; hasta ese momento, el ritmo que la serie había marcado daba a entender
una conclusión si no precipitada, sí insuficiente. Claro que, ¿cuándo se puede
considerar que algo ha sido suficiente?
Siento que, con el tiempo, el éxito
de su primera temporada ha resultado una maldición. Una losa que la serie lleva
soportando desde entonces y de la que no se puede librar, por mucho que lo
intente: si en la segunda temporada Pizzolatto buscó alejarse todo lo posible
de las marismas de Louisiana, en esta tercera ha regresado a una ambientación e
historia similares en un intento de rescatar la esencia que lo catapultó a la
fama, sin que ninguna de las dos pudiese desmarcarse de la alargada sombra que proyectó
la original. Claro que hablo siempre desde mi punto de vista, soy consciente
que algunos no tienen ese problema, llegando incluso a gustarles más las temporadas
posteriores que la primera. Sin embargo, en el caso de ésta creo que, además de
no cumplir con las expectativas que ella misma se había creado, ha terminado
cavando su propia tumba. Ya no es cuestión de que ninguna de las teorías que la
audiencia pudo construir a partir de la trama no se hayan cumplido, sino que el
guión no ofrece una alternativa suficientemente convincente ni interesante para
perdonárselo.
Duele aún más porque el guión parte
de buenas ideas –las tres líneas temporales, la progresiva pérdida de memoria
de Wayne Hays y sus complejas relaciones sentimentales y laborales, las
recovecos del caso Purcell, etc.–, el problema está en cómo las utiliza. Todos
los engranajes de la maquinaria están bien ideados pero, por alguna razón, la
disposición de los mismos hace que el conjunto no termine de funcionar. Por
ejemplo, Roland West es un personaje magnífico, con una marcada personalidad,
tan atormentado como lo pueda estar Hays o más, pero la historia decide
obviarlo casi por completo. Tengo entendido que Pizzolatto tenía más interés en
desarrollar el de Hays, pero eso no debería ser excusa para relegarlo a un
secundario de lujo, más aún cuando a este primero tampoco es que lo explore en
demasía: su pasado en Vietnam apenas se expone, su relación con West no está
tan bien resuelta como la de Rust y Marty y tampoco conocemos demasiado a su
familia, más allá de las discusiones con Amelia que con el paso de los
episodios resultaban un tanto repetitivas, al menos para mí. No digo que su
personaje no brillara, sino que no encuentro motivos para impedir que su compañero
lo hiciera también. Esto se deja ver con mayor claridad en este octavo episodio,
donde la estrella resulta ser el personaje de Stephen Dorff que, con muy poco,
consigue hacer mucho. La escena del bar de moteros es uno de los grandes
momentos de la temporada.
En cuanto al caso en sí, lo cierto
es que todo fue un gran señuelo para pescar al espectador y mantenerlo
enganchado. Es como si HBO le dijese a Pizzolatto que cada capítulo tenía que
contener la cantidad justa de pistas falsas para que los clientes no cancelasen
su suscripción antes de tiempo. Todo lo que Hays y West investigaron a lo largo
de tres décadas resultó en el secuestro de una ricachona loca con delirios de
madre. Ya está. No busquéis nada detrás de la fábrica de alimentación del Sr.
Hoyt, ni de Harris James, ni tampoco de los padres Tom y Lucy Purcell –se llegó
a especular que los hijos no eran de Tom–. ¿Recordáis la guarida del diablo,
ese parque de nombre siniestro donde fueron vistos por última vez los niños
desaparecidos? Pues no resultó ser más que eso, un parque. Toda la conspiración
que la periodista le expone a Hays en 2015 es una auténtica ida de olla, la
precipitación del fiscal por cerrar el caso es absurda y los asesinatos de
Lucy, Tom y Dan O’Bryant resultan gratuitos. ¿Tantas idas y venidas por un
intento de adopción que terminó en secuestro y asesinato involuntario? ¡Porque
así fue como murió el niño, por accidente! Las risas se oyen de Arkansas a
Tombuctú.
Pero, os estaréis preguntando, ¿no
habían conectado el caso Purcell con el de Dora Lange de la primera temporada?
Sí y no. Es decir, que la oportunidad de colar un guiño era demasiado tentadora
como para desaprovecharla. ¿Qué os creíais, que iba a ser algo más gordo? Lo
que más me molesta de todo esto son todos los que dicen que “el guión no tiene
que hacer realidad ninguna de las teorías de los fans” o que “Pizzolatto
buscaba romper la cuarta pared y reírse de todos los conspiranoicos”. Ahora
resulta que esperar algo basándose en lo que la propia historia insiste en contarte
una y otra vez, por activa y por pasiva, se le llama ser original. Que la
historia vaya todo el rato por un lado y al final cambie al contrario sin mayor
explicación mola mucho. Imaginaos que en Dark City, todo lo que Murdoch
experimentó no fuese más que un delirio y realmente estuviese confinado en un
psiquiátrico. Para todos aquellos que se humedecen sólo con pensar en un vuelco
argumental: estos no convierten automáticamente a una historia en buena u
original.
Uno de los puntos fuertes de esta temporada
fueron sin duda las actuaciones, tanto del dúo protagonista como de algunos
secundarios como Scoot McNairy, que volvió a demostrar una vez más lo gran
actor que es. Además, Carmen Ejogo muestra carácter y empaque en cada una de
sus discusiones con el personaje de Mahershala Ali. Un explosivo choque de
trenes que, aún estando sobreutilizado en la trama, no deja de ser uno de los
grandes alicientes de cada episodio. Por otra parte, Michael Rooker está
trágicamente desaprovechado en la historia y es una pena, porque borda los
escasos minutos que aparece en pantalla. El hecho de que no lo utilizaran,
aunque fuera testimonialmente, a lo largo de la temporada es uno de los grandes
misterios de la serie. Lo que podría haber sido una presencia amenazante, se
quedó en un viejo borracho al que le gusta ir de safari.
En definitiva, dicen que el final es
la parte más importante de una película, ya que es la que nos deja con buen o
mal sabor de boca. Es como ir a un restaurante y que todo esté exquisito menos
el postre o echarle horas a un juego para llegar a un jefe final decepcionante.
True Detective III es una experiencia interesante, en algunos momentos roza la
excelencia pero, al final, lo que queda grabado en nuestra memoria es su desenlace.
Puede parecer injusto que un guión al completo se juzgue por sus últimas
páginas pero, como nos suele decir Pizzolatto en sus historias, la vida pocas
veces es justa. Ese pesimismo que inunda la serie desde la irrupción de Rust
Cohle se vuelve ahora contra ella y de forma irónica, termina siendo su sino. Y
es que quizá él esté abocado a seguir escribiendo más temporadas de True
Detective y nosotros, los espectadores, estemos condenados a decepcionarnos en
bucle recordando, con frustración y melancolía, aquella distante anomalía que
una vez creímos cierta.
6/10: EL TIEMPO ES UN CIRCULO PLANO
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