Crítica sin spoilers – Marty Supreme (2025)

La vida guarda designios inescrutables. En ocasiones, se nos revelan al filo de un instante trémulo y otras veces, permanecen ocultos para siempre, a plena vista, como una fórmula escrita con tinta invisible sobre una pizarra de carne y pensamientos convulsos. Atribúyanlo a su divinidad favorita, al cosmos o a un capricho burlón. Lo cierto es que sobre el vasto reino de creencias y posturas irreconciliables que hemos construido neciamente, se extiende una pesarosa bruma de realidad, no menos cierta por meter la cabeza en un pozo de terquedad suicida. El miedo a perder un control que nunca tuvimos nos arrastra, a menudo, al campo gravitatorio del autoengaño.

 

El otro día, charlando entre amigos (y entre copas), surgió una de esas preguntas cíclicas que asaltan a la mente divagante; el pequeño oasis que se forma entre desiertos de rutina. Hablábamos acerca de aquellas cosas que nos vuelven indefensos, todo lo que se nos escapa, los pequeños y grandes acontecimientos que sacuden nuestra vida sin remedio. Al final, acordamos que levantar un muro de desprecio e intolerancia no era la postura idónea, sino la forma más rápida de ennegrecer el alma. Por el contrario, el acto existencial más audaz era navegar las adversidades, igual que Spencer Tracy en Capitanes intrépidos (1937), con una sonrisa por bandera y un corazón henchido actuando de brújula; cuanto más cuestan los actos, más merece la pena luchar por ellos. Como veis, la vida no es tan compleja como creemos, lo difícil es mirarla frente a frente, a la cara.


Póster oficial de la película

Si uno se aproxima a la vida de Marty Reisman, excéntrico campeón de tenis de mesa y un referente del deporte en su país, enseguida advierte que no es de los que acepta el destino como le viene, sino que lo retuerce y lo golpea hasta que se amolda a su particular visión del mundo. Se ha convencido de que está predestinado a cambiar las cosas y nadie ni nada podrá evitarlo. Disipará la bruma y, si hace falta, la atravesará para derrotar a la realidad, pero lo conseguirá. Así comienzan muchas historias de perdedores y unas pocas de triunfadores; esta es la historia de Marty Supreme.


Tras la abrupta separación de los hermanos Safdie, cuya meteórica carrera despegó en Good Time (2017) y se consagró con la anfetamínica Diamantes en bruto (2019), cinta que reivindicaba la figura de Adam Sandler como algo más que un emblema del humor zafio, el público se preguntaba quién de ellos llevaba la voz cantante. Ambos estrenaron película el mismo año, ambas enmarcadas en el mismo género del biopic deportivo: por un lado, Ben se asociaba con ‘La Roca’ Johnson en The Smashing Machine; por otro, Josh convertía a Timothée Chalamet en Marty, un jugador de ping-pong talentoso, a la par que arrogante, que está dispuesto a saltarse todas las normas y convenciones sociales de su época, los 50, en su camino al éxito. Con los jugadores sobre el terreno —en otra época, al reparto se lo conocía como “the players”, sobretodo en el ámbito teatral— y la suerte echada, tan solo quedaba ver cuál de los dos hermanos se alzaría con el título de campeón.


Lo que en un principio se anticipaba como un duelo parejo, acabó siendo una victoria aplastante de Josh Safdie. Marty Supreme es la heredera natural de sus anteriores películas, un título pasadísimo de rosca que evoca al Scorsese impredecible, adicto a la cocaína, de los años 80 y 90. En comparación, The Smashing Machine queda en un (mal) intento por renovar los códigos de un género manido con maquillaje y ñoñerías telenovelescas.


Marty huye por las calles de Nueva York

Marty Supreme es una oda al exceso. Josh Safdie saca su poderoso rayo tractor para atraernos, sin solución de continuidad, a un mundo donde la mesura y la contención brillan por su ausencia. Su visionado es lo más parecido a una jam session en la que una jirafa se sube al escenario y toca el clarinete con la maestría de Artie Shaw; es una fantástica temeridad. Hay que tener mucha determinación o ser un inconsciente para gastar $70 millones de dólares —el mayor presupuesto en la historia de la productora independiente A24— en rodar una película de época sobre el ping-pong en EE.UU. Incluso contando con el tirón de una estrella como Chalamet, la idea resulta descabellada. Pero es que la ejecución lo es aún más si cabe.


El filme arranca y lo primero que aparece en pantalla es una ambientación cuidada del Nueva York de los cincuenta. Me gusta lo que veo. Acto seguido, comienzan a sonar los sintetizadores e irrumpe la inconfundible voz de Marian Gold de los Alphaville. ¡Es Forever Young! Estoy de acuerdo en que Safdie no ha inventado los anacronismos, pero hay que saber utilizarlos sin caer en excesos ni patochadas. En su caso, el conjunto funciona por la ‘musicalidad’ de la narrativa. El guion coescrito con Ronald Bronstein es puro nervio, una batería de escenas que se suceden a ritmo de la electrónica ochentera más delirante. Tanto es así que las rompedoras melodías de Tears for Fears o New Order jamás desentonan con la acción de la película. Es esta clase de eclecticismo, de riesgo juvenil, el que necesita el cine; alejarse de la fórmula y agitar la coctelera, como dijo aquel.


Imagen promocional de Marty Supreme

Cuando uno se plantea realizar una película deportiva, se presentan dos escenarios. El primero, más clásico y satisfactorio, es aquel en el que seguimos al héroe a través de su periplo atlético, desde sus humildes inicios hasta su culminación. Es el formato de grandes éxitos como Rocky (1976), Karate Kid (1984) o Titanes (2000), cintas que ensalzan el deporte como epítome de la superación personal. El otro escenario dibuja un arco argumental más complejo, donde el deporte ocupa un segundo plano, actuando como telón de fondo para un estudio de personaje incisivo. Es el caso de El buscavidas (1961) o Toro salvaje (1980); acertadamente, el mayor de los Safdie opta por este último. Habida cuenta de que el ping-pong no es la disciplina más cinematográfica, el cineasta neoyorquino se las ingenia para transformar la trepidante juventud de Marty Reisman en un tour de force oscarizable para el lucimiento de su estrella protagonista.


La electrizante actuación del joven actor es uno de los grandes reclamos de esta patética odisea desarrollada en los márgenes de la sociedad. Conscientes de ello, A24 ha centrado la publicidad en su figura —no en vano, el póster dibuja una jerarquía actoral en la que él ocupa el centro y los demás actores figuran debajo suya, como amparados por su paraauras—. Todos los sucesos del guión pivotan a su alrededor, es la fuerza dominante, el catalizador de la acción. El resto del reparto destila carisma, pero tienen poco peso específico. Desde el empresario Kevin O’Leary, a quien el público americano conoce como Mr. Wonderful en el reality show Shark Tank; el cineasta Abel Ferrara en un papel tan excéntrico como desmedido; Odessa A’zion como contraparte femenina de Chalamet; o Gwyneth Paltrow poniendo una nota de sutileza, sensibilidad y erotismo sincero que agradece una historia atiborrada de estímulos.


Josh Safdie y Timothée Chalamet, juntos durante el rodaje

Por extraño que parezca, el gran inconveniente de Marty Supreme es también su más preciada cualidad. Ese ritmo tan frenético que ni las horas pueden seguir, aporta frescura al visionado y desinhibe a una audiencia que está deseando sorprenderse con los métodos heterodoxos de un director desacomplejado. Sin embargo, esto es una hoja de doble filo, ya que la película se ve obligada a mantener ese tono para que no se le venga abajo todo el tinglado y, con un metraje tan alargado, acaba descarrilando. Otras cintas adrenalínicas como ¡Jo, qué noche! (1985), Corre, Lola, corre (1998) o Clímax (2018) apostaron por reducir la duración y mejorar la cadencia, en pos del equilibrio. Safdie se entrega por completo al exceso. Hipertrofia la narrativa por encima de sus posibilidades, reciclando escenas que subrayan una y otra vez los mismos conceptos, las mismas ideas. Toda esta broza argumental daña la armonía del filme y lo agota hasta que termina arrastrándolo en un desenlace irreconocible con los vibrantes compases iniciales.


Al guion de Bronstein le faltan matices y le sobra ruido. Su historia de caída y redención logra subvertir las expectativas pero, en lugar de ensalzar sus virtudes, se recrea en sus defectos. Marty Supreme es ante todo una celebración de la hipérbole, por la hipérbole, para la hipérbole. Cualquier lectura sosegada queda enterrada bajo toneladas de histrionismo; no deja margen para la reflexión. El montaje ha sido ideado para sacar clips de treinta segundos o un minuto a lo sumo y subirlos a TikTok con el fin de generar impacto. El cine como herramienta de viralidad…


Marty, eufórico, celebra un punto

En definitiva, la obra destaca por la actuación de un actor en estado de gracia y por el carisma de un director con una visión firme y denodada, que planta batalla al Hollywood convencional. Su cine es una interpretación posmoderna del de Martin Scorsese, pasado por el filtro de las redes sociales. El estilo ya lo tiene, pero le falta lo más importante, la rabia. Sus obras cumbre tenían una cualidad vitriólica que trascendía a la pantalla. Taxi Driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo…todas ellas son películas virulentas, corrosivas, que ponían en solfa el lado más perverso y depravado del alma humana. Scorsese se jugaba la vida en cada proyecto. Era consciente de que su próxima película podría ser la última y, aún así, no se detuvo. Sabía que no podía controlar la vida, con todos sus azares e infortunios. Lo que sí podía controlar era la forma en que la vivía. Ese es el auténtico Marty supremo.


7/10: QUIEN NO LLORA, NO MAMA.

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