Crítica - Alexander Nevsky

Rusia. Año 1242. Las huestes de la Confederación Livonia, una alianza que aúna los intereses expansionistas del Sacro Imperio Germano con los deseos de la Iglesia Romana por catolizar nuevos territorios, gobernando durante siglos la extensión de terreno conocida hoy día como los Países Bálticos, ha invadido las ciudades novgorodienses de Pskov y Yúriev, sembrando el pánico entre la población. Con apenas 21 años, el joven príncipe de Nóvgorod, Aleksandr Nevskiy, tendrá que liderar a su pueblo contra la amenaza de la invasión teutona. La película que tratamos en esta ocasión es considerada uno de los grandes clásicos del cine soviético.


Escrita y dirigida por Sergei Eisenstein, Alexander Nevsky narra el épico conflicto acaecido a mediados del siglo XIII entre el pueblo ruso y el alemán por hacerse con el territorio antaño conocido como la República de Nóvgorod, ubicada en la región septentrional de Rusia. El protagonista absoluto de esta historia, el príncipe Nevsky, está interpretado por la gran estrella del cine soviético Nikolay Cherkasov, actor que reinaría en las carteleras rusas durante la primera mitad del siglo XX.

El film, estrenado en 1938, es una dramatización con fuerte carga social y propagandística, haciendo uso de un episodio histórico para arengar al pueblo ruso en lo que ellos denominaron la Gran Guerra Patria y que el resto conocemos como la II Guerra Mundial. Lo más importante a subrayar de esta obra –aparte de sus innovaciones técnicas y sonoras– es entenderla como una pieza de museo, un relato de un tiempo pasado que nos transporta directamente a los inicios de la URSS, haciéndonos ver cómo el cine puede ser utilizado a la vez como entretenimiento de masas y como medio para lanzar un mensaje.


El cine ha sido utilizado históricamente como elemento propagandístico por todas las grandes potencias mundiales. De esta forma, la Alemania nazi, Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia emplearon, en mayor o menor medida, el cinematógrafo para ganarse el favor de sus ciudadanos para que estos, a cambio, fuesen motivados al frente de batalla. Afortunadamente, la victoria se la acabaría llevando el bando aliado, aunque esta no llegó gratis: se calcula que entre 50 y 70 millones de personas murieron en esta guerra, lo equivalente al 2,5% de la población mundial, convirtiendo la IIGM en la más mortífera guerra de nuestra historia. 


Sergei Eisenstein, que había liderado la industria del cine ruso en el período de entreguerras con filmes tan reconocibles como El acorazado Potemkin, La huelga u Octubre, llevaba años sin un trabajo importante cuando le ofrecieron realizar Alexander Nevsky. La idea original para la película provenía del novelista Pyotr Pavlenko, un gran entusiasta y promotor de los valores soviéticos que veía en esta una oportunidad perfecta para propagar sus ideas a lo largo y ancho de la sociedad rusa. Pavlenko, que contaba con el respaldo de los líderes del partido, actuaría como supervisor de Eisenstein durante el rodaje para asegurarse de que todo salía según lo previsto.

El guion tomaría como eje central narrativo la conocida Batalla del Lago Peipus, que enfrentó un 5 de abril de 1242 a las fuerzas comandadas por Nevsky contra el invasor teutón y a partir de ahí, Pavlenko tendería un sinfín de paralelismos con los valores ideológicos que intentaban transmitir por aquel entonces. El resultado es una película “histórica” con doble filo: por un lado, podemos verla como una hipérbole de la victoria de Nevsky sobre los alemanes; por el otro, podemos sacar numerosas lecturas sobre la lucha de clases, el culto al líder, el movimiento obrero o la defensa a ultranza de la Madre Rusia contra el enemigo común, que por aquel entonces era la Alemania de Hitler.



Alexander Nevsky es un documento tremendamente valioso e interesante, no solo porque cuenta dos historias yuxtapuestas, sino porque lo hace de una forma tan brillante que muchas de sus imágenes han inspirado cintas épicas posteriores.

Pero antes de meterme de lleno en el guion, hay que hablar de las grandes innovaciones técnicas que aportó esta obra y la figura de Eisenstein en general. Sería muy difícil, casi imposible, entender el cine tal y como lo conocemos sin la visionaria mente del director nacido en Riga.

En Alexander Nevsky, una obra menor dentro de su legendaria filmografía, Eisenstein destaca sobretodo por la secuencia de treinta minutos en la que los soldados germanos y los rusos se enfrentan cara a cara sobre el lago helado de Peipus. Lo que más me maravilló de esta secuencia es su montaje –un apartado siempre cuidado por el realizador– y la banda sonora que lo acompaña. Hasta entonces, la fuerza dramática de sus obras radicaba única y exclusivamente en la forma en que montaba las imágenes para provocar emociones, haciendo uso de sus autodenominadas técnicas de montaje: métrico, rítmico, tonal, armónico e intelectual; ahora y gracias a la estrecha colaboración con otro genio como Sergei Prokofiev –con quien también trabajaría en Iván el Terrible–, Eisenstein regresaba tras una década sin poder completar un proyecto.


La fuerza de la música de Prokofiev yace en la tensión que construye y el miedo que infunde en los corazones de los espectadores. Acompañados por los majestuosos planos de Eisenstein, en los que vemos a una marea de teutones acercarse con rabia a la posición del ejército de Nevsky, la partitura de Prokofiev le confiere aún más majestuosidad y grandeza a la hazaña que están a punto de conseguir. Una vez culminada la escalada de tensión, las filas rusas arremeten contra los enemigos y la música cambia por completo, volviéndose más alegre y optimista, presagiando la victoria de los héroes de esta historia. Los germanos, antes vistos como un enemigo imponente, comienzan a verse en apuros mientras los personajes secundarios los derrotan con bastante facilidad –llegando incluso a jugar con tonos cómicos protagonizados por el herrero, que parece estar pasándoselo en grande, como si aquello fuese una feria o un parque de atracciones–. A la fuerza sobrehumana de los soldados de Nevsky se combina la débil y cobarde imagen de los germanos y de sus tétricos aliados religiosos, colectivo que aquí se muestra casi como un culto pagano.


Los coros, normalmente utilizados para darle mayor gravedad a la escena, se dejan escuchar una vez que los germanos vuelven a la carga. Cuando los rusos se alzan con la victoria definitiva, el júbilo vuelve a sentirse con las notas alegres del compositor. El ritmo que la música y el montaje le imprimen a cada momento de la batalla logran evitar que nos perdamos; siempre sabemos quién va ganando y quién perdiendo y cuando uno de los bandos vuelve a la carga, mientras el otro baja la guardia, algo muy importante teniendo en cuenta la confusión que pueden generar y generan los combates de esta envergadura.

Aparte de ser un gran cineasta, Eisenstein fue un gran innovador y maestro de la técnica cinematográfica, siendo uno de los principales promotores de la teoría de montaje soviético, que encuentra sus raíces en la figura de Lev Kuleshov y su Escuela de cine de Moscú (VGIK), la más antigua del mundo. Gracias a él obtuvimos el llamado Efecto Kuleshov, una demostración de que el orden y la disposición de las imágenes creaban distintas emociones según el contexto. Si al plano del personaje le seguía uno con un plato de comida, este evocaría hambre; si le seguía el de una niña en un ataúd, sentiría tristeza; y si era el de una mujer posando, sentiría amor o deseo.


Si bien D.W. Griffith y su obra maestra, Intolerancia (1916), serviría como fuente de inspiración para el cineasta letón, sobretodo en lo referente al montaje lineal o continuo como forma de narrar una historia mostrando una sucesión de escenas en orden cronológico, Eisenstein revolucionaría el medio. Su mayor contribución en el ámbito teórico es, sin duda, la tesis-antítesis-síntesis como filosofía a la hora de cortar las imágenes para conseguir un montaje más efectivo. El resultado que surge entre el choque de dos ideas opuestas (tesis y antítesis), es la síntesis, la cual a su vez se confronta con otra antítesis para elaborar otra síntesis y así hasta que todos los temas y emociones de la historia  hayan sido transmitidos a la audiencia.


Por otro lado, se dice que con el fin de armonizar la partitura de Prokofiev a la plasticidad de las imágenes, este veía cada noche lo que se había filmado durante el día y analizaba el ritmo y la duración de la secuencia para elaborar la música. La banda sonora resultante es una de las más icónicas, admiradas y mejor acopladas con las imágenes que se hayan hecho jamás. La compenetración entre el director y el compositor sería tan crucial para la historia del cine, que daría pie a futuros tándems como el de Nino Rota/Federico Fellini, Ennio Morricone/Sergio Leone, Steven Spielberg/John Williams o más recientemente, Alan Silvestri/Robert Zemeckis o Justin Hurwitz/Damien Chazelle entre muchos otros.


Respecto al guion, Alexander Nevsky es muy sencilla tanto en planteamiento como en desarrollo. Tras presentarnos a nuestro héroe y sus tribulaciones con los mongoles, Eisenstein nos expone las crueldades de los invasores teutones y la amistosa convivencia de unos incautos novgorodienses que habrán de ser comandados hacia la victoria por su gran líder Nevsky. Entremedio nos cuentan una pequeña subtrama a modo de triángulo amoroso para añadirle un toque humanista y ligero a la película que sirva, a su vez, de contrapunto a la devastadora guerra y le de un final acorde al mensaje de optimismo y de arenga que la URSS quería promover por aquel entonces. Fijaos también en cómo el pueblo novgorodiense se rebela contra los comerciantes y los nobles, tendiendo un claro paralelismo con la lucha de clases Karl Marx. Como veréis, el guion es más un medio para alcanzar un fin que una historia realmente compleja e independiente.


Además, cabe mencionar que unos meses después de su estreno en 1938 y tras haber cosechado gran éxito en taquilla, la película desaparecería de la cartelera cuando Alemania y la Unión Soviética alcanzaron un acuerdo de no agresión en 1939, conocido como el Pacto Ribbentrop-Molotov. Como muestra de conciliación, el alto mando soviético le encargó a Eisenstein dirigir en el teatro Bolshoi La valquiria, una de las óperas más famosas del compositor alemán Richard Wagner. Al final, la historia se cuenta sola: la invasión alemana de Rusia en 1941 echaría por tierra esos planes y en su lugar vería el reestreno por todo lo alto de la épica de Eisenstein.

Como ejercicio de recuerdo histórico, Alexander Nevsky es una película de valor incalculable; una máquina del tiempo que ejemplifica el enorme poder de persuasión del cine del maestro Eisenstein. Hasta el siniestro ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, se rindió a la genialidad del realizador letón definiendo su obra maestra, El acorazado Potemkin, como una película maravillosa sin parangón en el cine. Sin embargo, echando la mirada más allá de la política y de la propaganda –que tantas veces se ha inmiscuido en la cinematografía–, Alexander Nevsky es una proeza técnica y uno de los primeros grandes ejemplos del cine como medio audiovisual (banda sonora e imagen). Por separado, la épica, alegre y gloriosa música de Prokofiev y el emocionante, tenso y dinámico montaje de Eisenstein son una delicia; combinados, una genialidad de las que marcan el futuro de todo un arte.

7/10: MITOS Y REALIDADES DEL CINE.

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